La Tramontana aullaba aquella noche como un animal herido, golpeando los gruesos cristales de la villa con una furia que parecía personal, vengativa. El mar de la Costa Brava, habitualmente un lienzo azul y sereno que inspiró a Salvador Dalí, se había convertido en un abismo negro, escupiendo espuma blanca contra las rocas afiladas del Cap de Creus. Mateo respiraba con dificultad, el polvo de yeso le cubría la cara, el sudor le picaba en los ojos. En su mano derecha, un mazo de demolición temblaba; en la izquierda, sostenía una linterna cuya luz parpadeante cortaba la oscuridad de aquel sótano que no figuraba en ninguno de los planos arquitectónicos.
Había pasado tres meses renovando esta majestuosa casa blanca, enamorándose de cada grieta de sus paredes y, trágicamente, de la mujer que la habitaba. Pero ahora, frente al muro falso que acababa de derribar, el amor se estaba transmutando en un terror frío y viscoso que le paralizaba las entrañas.
El agujero en la pared revelaba una habitación oculta, intacta, sellada como una tumba egipcia. El aire que escapó de allí olía a humedad, a salitre y a algo dulce y pútrido a la vez, como perfume francés mezclado con sangre seca. Mateo tragó saliva y cruzó el umbral. El haz de luz de la linterna barrió el espacio: caballetes con lienzos cubiertos por sábanas polvorientas, estanterías repletas de libros de anatomía y ocultismo, y en el centro, un escritorio de roble macizo.
Sobre el escritorio, iluminado ahora por la luz temblorosa, había un diario de cuero negro y una caja de madera tallada. Mateo, guiado por un instinto morboso que superaba su miedo, abrió la caja. Dentro, descansaba un reloj de bolsillo de oro, manchado de óxido oscuro, y un mechón de pelo negro atado con una cinta roja. Pero fue lo que había debajo del reloj lo que hizo que el mazo cayera de sus manos con un estruendo ensordecedor, golpeando el suelo de piedra.
Era una fotografía antigua, con los bordes amarillentos. En ella, aparecía Elena, su Elena. Estaba radiante, más joven, sonriendo con esa intensidad salvaje que a él le había robado el alma. Sus brazos rodeaban el cuello de un hombre. Mateo acercó la linterna, negándose a creer lo que sus ojos, la lógica y su propia cordura le gritaban.
El hombre de la foto era él.
No “se parecía” a él. No era un familiar lejano. Era él. La misma mandíbula angulosa, la misma cicatriz tenue en la ceja izquierda —un recuerdo de un accidente de bicicleta en su infancia—, los mismos ojos oscuros, la misma forma de inclinar la cabeza hacia la derecha al sonreír. Llevaba puesta la misma camisa de lino blanco que Elena le había regalado a Mateo la semana anterior, insistiendo en que era su “estilo perfecto”.
El corazón de Mateo golpeaba contra sus costillas con la fuerza de la Tramontana. Leyó la inscripción en el reverso de la foto, escrita con la elegante caligrafía de Elena: “Para mi amado Alejandro, mi alma gemela, hasta que la muerte nos reúna. Cadaqués, 2018”.
Alejandro. El difunto marido. El hombre del que nadie en el pueblo quería hablar. El hombre que, según Elena, había muerto trágicamente en un accidente de barco en alta mar, cuyo cuerpo nunca fue recuperado.
El terror se apoderó de Mateo. Si Alejandro estaba muerto… ¿quién era él? O peor aún, ¿por qué Elena lo había contratado? ¿Por qué se había enamorado de él? Todo encajaba con una precisión macabra: cómo ella le acariciaba el pelo exigiéndole que se lo dejara crecer de cierta manera, su insistencia en que usara un perfume específico que, según ella, “pegaba con el aura de la casa”, sus susurros en la oscuridad llamándole por nombres ininteligibles que ahora cobraban un sentido aterrador. No lo amaba a él. Estaba reconstruyendo a un fantasma. Era un molde, un maniquí de carne y hueso destinado a llenar el vacío de un muerto.
Un ruido a sus espaldas lo hizo girar bruscamente. El haz de la linterna iluminó la entrada de la habitación oculta. Allí estaba Elena. Llevaba un camisón de seda blanca que flotaba alrededor de su figura esbelta como la bruma del mar. En su mano derecha, sostenía un viejo revólver de cañón largo, el mismo que le había dicho que era una reliquia inofensiva de la Guerra Civil. Su rostro, habitualmente una máscara de melancolía seductora, estaba transfigurado. Sus ojos brillaban con una locura fría y calculada.
—No debiste romper esa pared, mi amor —dijo ella. Su voz era suave, casi un susurro melódico que contrastaba atrozmente con el arma que le apuntaba al pecho—. Pero supongo que estaba en tu naturaleza. Alejandro siempre fue demasiado curioso para su propio bien.
—¿Quién eres? —logró articular Mateo, su voz sonando extraña y aguda en sus propios oídos. Retrocedió hasta chocar con el escritorio—. ¿Quién soy yo?
Elena sonrió, una sonrisa triste y devota.
—Tú eres mi segunda oportunidad, Alejandro. El mar te llevó, pero la tierra te devolvió a mí. Tardé cinco años en encontrarte, en traerte de vuelta a nuestra casa blanca. Y ahora que estamos juntos, no permitiré que te vuelvas a ir. Nunca más.
El viento golpeó la casa con furia renovada, un trueno hizo temblar los cimientos de la villa, y en ese instante de terror absoluto, la mente de Mateo viajó hacia atrás, buscando desesperadamente el momento en que su vida había dejado de ser suya y se había convertido en la reencarnación de un cadáver.
Todo había comenzado seis meses antes, en la lluviosa primavera de Barcelona.
Mateo Rovira era un arquitecto de treinta y dos años, talentoso pero estancado. Su despacho, un minúsculo cubículo en el Barrio Gótico, apenas daba para pagar el alquiler. Se especializaba en la restauración de edificios históricos, un nicho hermoso pero poco rentable para un profesional independiente sin conexiones en la alta burguesía catalana. Su vida era una rutina gris de planos, café frío y maquetas de cartón pluma.
Hasta que llegó el sobre negro.
No tenía remitente, solo su nombre escrito en letras de plata y un sello de cera roja con un escudo familiar irreconocible. Dentro, había un billete de tren de primera clase a Figueres, un cheque por diez mil euros en concepto de “anticipo de honorarios” y una nota escrita en papel de hilo: “La Casa Blanca del acantilado en Cadaqués requiere su visión. Venga este viernes. La puerta estará abierta. E. Valles”.
Cualquier persona sensata habría dudado. Un cheque de semejante cantidad de un desconocido era motivo de sospecha. Pero Mateo estaba desesperado y, sobre todo, era un romántico incurable. La mención de Cadaqués, el pueblo mágico, el refugio de Dalí, Picasso y Lorca, el lugar donde la luz del Mediterráneo se volvía surrealista, fue el anzuelo definitivo.
El viernes por la mañana, alquiló un coche en Figueres y condujo por la serpenteante y peligrosa carretera que atravesaba el Parque Natural del Cap de Creus. Al llegar a la cima de la colina y ver el pueblo blanco derramándose sobre la bahía azul, Mateo sintió una extraña punzada en el pecho, un déjà vu inexplicable. Era como si ya conociera la curvatura exacta de la costa, el olor de las buganvillas y la sal.
Siguiendo las coordenadas del GPS, dejó atrás el bullicio turístico del centro y se adentró en un camino de tierra que bordeaba los acantilados más escarpados, lejos de Portlligat. Allí, aislada del mundo, erguida como un faro solitario frente a la inmensidad del mar, estaba la Casa Blanca.
Era una obra maestra del modernismo decadente. Construida en los años veinte, combinaba las líneas orgánicas de Gaudí con el minimalismo mediterráneo. Sus muros estaban encalados, pero la pintura se desprendía en grandes escamas, revelando la piedra oscura debajo. Las ventanas, grandes ojos de cristal, miraban al mar con una melancolía palpable. El jardín era un caos de plantas autóctonas crecidas salvajemente, olivos retorcidos por el viento y estatuas de piedra cubiertas de líquenes.
Mateo empujó la pesada verja de hierro forjado, que cedió con un chirrido fantasmal. El sonido de sus pasos sobre la grava parecía resonar en todo el acantilado. La puerta principal, de madera maciza tallada con motivos marinos, estaba, tal como prometía la nota, entornada.
Entró en un gran vestíbulo de suelos de mármol ajedrezado. El interior era un santuario de sombras y silencio, apenas interrumpido por el sonido constante de las olas rompiendo abajo. Olía a cera de abejas, a libros viejos y a jazmín.
—Bienvenido, señor Rovira.
La voz vino de la parte superior de la gran escalera curva. Mateo alzó la vista y, en ese preciso instante, firmó su propia sentencia.
Elena Valles descendía los escalones con la gracia de una aristócrata de otra época. Llevaba un vestido negro, sencillo pero de caída impecable, que contrastaba dramáticamente con la palidez de su piel y la intensidad de sus ojos oscuros, casi violetas. Su cabello castaño oscuro estaba recogido de manera descuidada, dejando escapar mechones que enmarcaban un rostro de proporciones clásicas, melancólico y peligrosamente atractivo.
—Señora Valles —Mateo carraspeó, intentando recuperar la compostura profesional—. O señorita. Recibí su carta. Debo admitir que sus métodos son… inusuales.
Elena llegó al pie de la escalera y lo miró fijamente. Su mirada fue un escáner físico y emocional; recorrió la cara de Mateo, sus hombros, sus manos, con una intensidad que lo hizo ruborizarse. Por un milisegundo, Mateo creyó ver lágrimas asomando en los ojos de la mujer, pero ella parpadeó y la vulnerabilidad desapareció, reemplazada por una sonrisa enigmática.
—Llámeme Elena, por favor. Y discúlpeme por el misterio. Soy una mujer de impulsos. Vi su trabajo de restauración en la Casa Ribera en una revista de arquitectura hace unas semanas. Supe de inmediato que usted era el único que podía entender el alma de esta casa. El único que podía… devolverle la vida.
Le ofreció la mano. Mateo la tomó; estaba fría como el hielo, pero su tacto le provocó una descarga eléctrica que le recorrió el brazo hasta la nuca.
—Es una propiedad magnífica —dijo Mateo, apartando la mirada hacia los frescos del techo para disimular su turbación—. Pero veo problemas estructurales graves. Humedad en los muros de carga, grietas en la fachada este…
—Para eso está usted aquí, Mateo. —Ella pronunció su nombre con una familiaridad extraña, paladeando las sílabas—. Quiero que se mude a la casa de invitados del jardín. Quiero que trabaje aquí a tiempo completo. Le pagaré el triple de su tarifa habitual. Dispone de un presupuesto ilimitado. Solo hay una condición.
—¿Cuál?
—La estructura original no puede ser alterada. Quiero que todo vuelva a ser exactamente como era. Como era hace cinco años. Ni un clavo en un sitio diferente. Ni una piedra movida de su lugar original.
Aceptó. Por supuesto que aceptó. El proyecto era el sueño de cualquier arquitecto, y la presencia de Elena, un imán gravitacional del que era imposible escapar.
Las primeras semanas en Cadaqués fueron un idilio de trabajo febril y descubrimientos fascinantes. Mateo pasaba los días midiendo, dibujando y supervisando a una pequeña cuadrilla de albañiles de confianza que Elena había traído de Francia, argumentando que los trabajadores locales eran “demasiado cotillas y ruidosos”.
La casa de invitados era un pequeño paraíso de paredes de piedra y grandes ventanales. Por las noches, Mateo y Elena compartían cenas en la inmensa terraza principal, bajo un cielo cuajado de estrellas. Bebían vinos tintos intensos del Empordà y hablaban de arte, de Dalí, de la locura y la belleza.
Elena era una anfitriona cautivadora, pero había abismos en ella. Nunca hablaba de su pasado. Si Mateo le preguntaba por el propietario original de la casa o por su familia, ella desviaba la mirada hacia el mar negro y cambiaba sutilmente de tema. Sin embargo, en la intimidad de aquellas noches, la tensión entre ambos crecía, palpable y densa.
Ocurrió en la cuarta semana. Una tormenta de verano, repentina y violenta, interrumpió su cena. Mateo y Elena corrieron hacia el interior de la casa, riendo bajo la lluvia, empapados. En la oscuridad del salón, iluminados solo por los relámpagos, chocaron. Mateo la sujetó por la cintura para evitar que cayera. Sus rostros quedaron a centímetros de distancia. El olor a jazmín y lluvia de Elena lo embriagó. Ella lo miró con una desesperación que le cortó la respiración, y sin decir una palabra, unió sus labios a los de él.
Fue un beso hambriento, fiero, con sabor a sal y a urgencia. Hicieron el amor aquella noche en la inmensa cama de dosel de la habitación principal, rodeados de muebles antiguos y el rugido del mar. Para Mateo, fue una revelación, la consumación de una pasión que lo consumía. Para Elena, en retrospectiva, fue un ritual de posesión.
A la mañana siguiente, todo comenzó a cambiar de forma imperceptible, como una marea que sube silenciosa.
Mateo despertó solo en la gran cama. Sobre la silla de terciopelo, encontró un conjunto de ropa pulcramente planchado: unos pantalones de lino de un corte clásico y una camisa blanca abotonada. Una nota de Elena decía: “Tu ropa estaba húmeda. Ponte esto. Te quedará perfecto”. Mateo se la probó. Le quedaba como un guante. La tela olía ligeramente a sándalo y a un perfume caro, masculino y antiguo.
Cuando bajó a desayunar, Elena lo miró con devoción.
—Estás precioso —susurró, acercándose para ajustarle el cuello de la camisa—. Te favorece el blanco. Siempre te favoreció.
Mateo frunció el ceño, confundido por el “siempre”. Pero lo descartó, embriagado por el beso matutino que ella le ofreció.
Sin embargo, los detalles comenzaron a acumularse. Una semana después, Elena trajo a un peluquero privado desde Girona.
—Tienes el pelo demasiado rebelde, mi amor —le dijo dulcemente, acariciándole la nuca—. Deja que Claude te lo arregle un poco. Un estilo más clásico.
Cuando Mateo se miró al espejo, el corte de pelo le daba un aire diferente, más aristocrático, más serio. El flequillo que solía caer sobre su frente estaba peinado hacia atrás. Se sentía extraño, pero a Elena parecía enloquecerle el nuevo look. Esa noche fue más apasionada que nunca, susurrando en la oscuridad palabras en catalán antiguo, aferrándose a él como si temiera que se desvaneciera en el aire.
Pero el amor no podía cegar completamente la mente analítica de un arquitecto. Hubo cosas en la casa que empezaron a perturbar profundamente a Mateo.
Al medir los planos del ala oeste, encontró discrepancias brutales. Las matemáticas no mentían: el espacio exterior del muro lateral medía catorce metros, pero las habitaciones contiguas en el interior sumaban solo doce. Había un espacio de dos metros de ancho a lo largo de todo el pasillo que simplemente… no existía. Cuando le comentó esto a Elena, proponiendo investigar si había daños estructurales ocultos, ella palideció y su tono se volvió cortante.
—Esa pared es maciza. Son cimientos antiguos. Te prohíbo que la toques, Mateo. ¿Recuerdas nuestra condición? Nada de alteraciones.
Fue la primera vez que levantó la voz. Sus ojos brillaron con un destello de ira tan fría que Mateo asintió rápidamente, pidiendo disculpas. Pero la semilla de la duda estaba plantada.
El aislamiento también empezó a hacer mella. Mateo casi no bajaba al pueblo. Las pocas veces que lo hizo para comprar tabaco o material de dibujo en el centro de Cadaqués, notó las miradas.
Era un martes por la tarde. Entró en el Bar Marítim, un lugar tradicional lleno de viejos pescadores de piel curtida. Al cruzar la puerta, las conversaciones cesaron en seco. El tintineo de los vasos se detuvo. Un anciano que jugaba al dominó en la esquina tiró una ficha al suelo; sus ojos, desorbitados bajo una boina azul, miraban a Mateo como si estuviera viendo al mismísimo demonio.
Mateo se acercó a la barra, sintiendo el peso de docenas de ojos hostiles clavados en su nuca.
—Un cortado, por favor —pidió, forzando una sonrisa al camarero.
El camarero, un hombre corpulento de unos cincuenta años, no se movió. Su rostro estaba tenso, pálido. Tragó saliva ruidosamente antes de acercarse al mostrador y agarrar un trapo con fuerza.
—¿Eres tú? —susurró el camarero, su voz temblando ligeramente—. No puede ser. Él murió frente a Cap de Creus. Todos vimos los restos del barco.
—Perdone, ¿me confunde con alguien? —preguntó Mateo, la incomodidad subiendo por su espalda como una araña—. Soy Mateo Rovira, el arquitecto. Estoy trabajando en la casa de…
—La viuda negra —interrumpió el viejo del dominó, levantándose de la silla con dificultad—. La bruja del acantilado. ¿Has vuelto de las profundidades del mar, Don Alejandro? ¿El infierno no te quiso?
El silencio en el bar se volvió amenazante. Mateo, sin esperar el café, retrocedió y salió del bar, su corazón latiendo apresuradamente. Caminó a paso rápido por las estrechas calles empedradas, sintiendo que la blancura deslumbrante de las paredes de Cadaqués se cerraba sobre él, claustrofóbica.
“Don Alejandro”.
Al llegar a la villa, intentó confrontar a Elena. La encontró en el invernadero, podando unos rosales blancos con unas tijeras de podar inusualmente afiladas.
—Fui al pueblo —dijo Mateo, apoyándose en el marco de cristal—. La gente allí actúa de manera extraña. Un hombre me llamó Alejandro. Me miraban como si fuera un fantasma. ¿Quién es Alejandro, Elena?
Ella no se detuvo. El sonido metálico de las tijeras cortando las ramas gruesas resonó en el húmedo silencio. Snip. Snip.
—La gente de los pueblos pequeños es ignorante y supersticiosa, mi amor —respondió ella, sin mirarlo, su voz peligrosamente calmada—. Alejandro era mi marido. Murió hace cinco años. Fue una tragedia que destrozó mi vida. Se ahogó durante una tormenta. El mar es cruel.
—Pero, ¿por qué me confunden con él? ¿Me parezco a él?
Elena finalmente se giró. Llevaba unos guantes de jardinería manchados de tierra oscura. Sonrió, esa sonrisa que lo desarmaba, y se acercó a él, acariciándole la mejilla con el dorso del guante.
—Todos tenemos un doble en algún lugar del mundo, Mateo. Una coincidencia cósmica. Tú tienes cierto aire… en la postura, quizás. Eso es todo. Por favor, no vuelvas al pueblo. Me pone nerviosa que te expongas a su malicia. Quédate aquí, conmigo. Tenemos tanto trabajo por hacer.
Aquel día decidió creerle. Estaba demasiado enamorado, demasiado atrapado en la telaraña de seda que ella había tejido a su alrededor.
Pero la paranoia comenzó a erosionar su cordura. Mateo empezó a observar los pequeños detalles. La ropa que Elena le compraba seguía llegando. En su armario de la casa de invitados, la ropa colorida e informal con la que había llegado de Barcelona había sido desechada discretamente por la criada muda, reemplazada por trajes de lino blanco, polos oscuros de cachemira, mocasines italianos.
Y luego estaban las noches.
Mateo tenía el sueño ligero. Una noche, despertó de madrugada en la habitación principal. Elena no estaba a su lado. Se levantó en silencio. La casa estaba sumida en tinieblas. Bajó las escaleras descalzo. Escuchó un murmullo proveniente del ala oeste, la zona con los dos metros de espacio desaparecido.
Siguió el sonido. Llegó al pasillo donde terminaba la estructura visible. Elena estaba allí, de pie frente al muro ciego de yeso. Tenía las manos apoyadas contra la pared, la frente pegada a ella, y susurraba. Mateo no podía entender las palabras, pero el tono era desgarrador, una mezcla de súplica, amor y una autoridad enfermiza. Era como si estuviera rezándole a la pared. O a algo que estaba detrás de ella.
A la mañana siguiente, cuando Elena salió a comprar suministros con el chófer, Mateo tomó una decisión. No podía seguir viviendo en la duda. Tomó su cinta métrica, un martillo pequeño y bajó al sótano que se ubicaba justo debajo del misterioso pasillo del ala oeste.
Si había dos metros arriba, los cimientos del sótano debían reflejar ese espacio hueco o estar macizados. Al llegar abajo, comenzó a golpear los ladrillos expuestos del muro este.
Toc. Toc. Toc. (Sonido sordo, piedra sólida). Avanzó un metro. Toc. Toc. Toc. (Sólido). Avanzó dos metros más, hasta la zona que correspondía al final del pasillo superior. Pam. Pam. Pam. El sonido cambió drásticamente. Era hueco. Un eco profundo resonó al otro lado de los ladrillos. Mateo sintió un escalofrío. Fue a buscar el mazo de demolición a la caja de herramientas de los albañiles.
Había comenzado a derribar el muro a primera hora de la tarde, coincidiendo con la llegada de la Tramontana. El viento del norte que, según los lugareños, enloquecía a los cuerdos, empezó a azotar la costa, cubriendo el ruido de los golpes de Mateo contra la pared.
Y así llegamos de nuevo al presente, al polvo, a la fotografía antigua y a la figura espectral de Elena apuntándole con el revólver.
—Baja el arma, Elena —suplicó Mateo, retrocediendo un paso más. Su bota chocó contra la caja de madera en el suelo—. Estás enferma. Necesitas ayuda. Yo no soy Alejandro. ¡Mírame! Soy Mateo Rovira. Soy de Barcelona. Mis padres murieron en un accidente de coche hace diez años. ¡Tengo una vida! ¡Tengo memoria!
Elena rio. Fue un sonido cristalino, desprovisto de humor y lleno de una certeza demencial. Avanzó hacia él, entrando por completo en la habitación oculta. La linterna caída en el suelo proyectaba su sombra enorme y grotesca contra la pared del fondo.
—Oh, mi dulce y confundido amor. La mente humana es tan frágil. Crea ilusiones para protegerse del dolor verdadero.
Con un movimiento rápido de su mano libre, Elena accionó un interruptor en la pared. Una bombilla amarillenta parpadeó y cobró vida, iluminando la habitación por completo. Mateo tuvo que entrecerrar los ojos, pero cuando se adaptaron a la luz, el verdadero horror del lugar se reveló ante él.
Las paredes no estaban cubiertas solo de libros. Estaban forradas de fotografías, recortes de periódicos y mapas. Cientos de fotos de él.
Mateo se acercó a la pared más cercana, el estómago revuelto por las náuseas. Había fotos de él en la universidad, fotos de él bebiendo café en su bar habitual en Barcelona, fotos de él caminando bajo la lluvia, fotos desde la ventana de su antiguo despacho. Las fechas de los recortes abarcaban los últimos cinco años. El tiempo exacto que Alejandro llevaba “muerto”.
Elena lo había estado vigilando. Estudiando. Acechando.
—No fue fácil encontrarte —dijo ella, acercándose por detrás, su voz sedosa rozando la nuca de Mateo—. Cuando Alejandro… se fue de mi lado, me negué a aceptarlo. El universo no podía arrebatarme lo único que me pertenecía por completo. Gasté una fortuna en detectives privados. Contraté expertos en reconocimiento facial. Busqué en cada base de datos de Europa a alguien con su misma estructura ósea, la misma biometría. Tardé tres años en dar contigo. Eras arquitecto. Tan conveniente. Pero tu pelo era un desastre, y tu forma de caminar… carecía de la arrogancia de mi Alejandro.
—Estás loca —susurró Mateo, sin poder apartar la vista de una foto tomada desde un teleobjetivo mientras dormía en su apartamento de Barcelona—. Esto es un secuestro psicológico.
—Es un acto de amor, mi vida —respondió ella, alzando el revólver hasta que el frío metal del cañón rozó la mandíbula de Mateo—. Pasé los últimos dos años preparando todo. Diseñando tu llegada. Haciéndote quebrar económicamente para que no pudieras rechazar mi oferta.
Mateo la miró de reojo. El miedo puro que sentía comenzó a dar paso a una rabia sorda, un instinto de supervivencia primordial.
—Mi falta de clientes… ¿fuiste tú?
—Unos cuantos sobornos a promotores inmobiliarios. Nada que el dinero no pueda comprar. Necesitaba que estuvieras desesperado. Necesitaba que vinieras voluntariamente a la Casa Blanca. Necesitaba que te enamoraras de mí de nuevo, por tu propia voluntad. Y lo hiciste. Eres Alejandro renacido. Tu alma reconoció la mía.
—Yo no soy él —rugió Mateo, dándose la vuelta de forma repentina.
Elena retrocedió un paso, el revólver firme, apuntando directamente a su corazón. El martillo del arma hizo un clic audible cuando ella amartilló el percutor.
—No digas eso —siseó ella, sus ojos llenos de lágrimas furiosas—. No vuelvas a decir eso. La última vez que intentaste dejarme, la última vez que dijiste que no eras mío, tuvimos que ir al barco. Y hubo un accidente. No me obligues a tener otro accidente, mi amor.
El frío caló en los huesos de Mateo. La revelación cayó sobre él como una losa de granito.
—Tú lo mataste. Alejandro no se ahogó en una tormenta. Tú lo asesinaste porque quería dejarte.
—¡Me pertenecía! —gritó Elena, perdiendo por fin el control, la máscara de frialdad resquebrajándose—. ¡Él era mi obra de arte! Yo lo saqué de la calle, le di esta casa, le di mi fortuna, ¡lo convertí en un rey! Y la muy ingrata escoria tuvo la audacia de enamorarse de una maldita camarera del pueblo. Iba a huir con ella.
Elena respiraba agitadamente, las lágrimas corrían arruinando su rostro perfecto.
—Pero tú eres diferente —continuó, bajando la voz a un susurro febril, dando un paso hacia él—. Tú eres perfecto. Tú eres Alejandro, pero mejorado. Sin los defectos. Te he moldeado de nuevo. Aquí estaremos a salvo. Tú repararás la casa, cuidaremos de nuestro paraíso, y nadie nunca más nos separará.
Mateo sabía que hablar no serviría de nada. Estaba atrapado en el sótano con una psicópata asesina, en una casa aislada en medio de un temporal, a kilómetros del pueblo que lo odiaba por tener el rostro de un hombre muerto.
La habitación oculta… Este era el santuario de Alejandro. Su refugio secreto.
Mateo disimuló su mirada, escaneando el escritorio detrás de él. Entre los libros, vio el brillo de algo metálico. Un abrecartas pesado, de bronce puro, afilado como una daga.
—Elena… —dijo Mateo, intentando suavizar su tono, fingiendo rendición—. Tienes razón.
Ella parpadeó, sorprendida por el cambio de actitud. El cañón del revólver bajó un milímetro.
—¿Lo ves? —sonrió ella entre lágrimas, con una esperanza demencial iluminando sus ojos—. Sabía que la Tramontana aclararía tu mente. Ven aquí, abrázame.
—Solo… necesito entender una cosa —Mateo dio un paso muy lento hacia atrás, apoyando la cadera contra el escritorio. Su mano izquierda se deslizó sigilosamente por la superficie de madera pulida, buscando a ciegas—. ¿Por qué este sótano? ¿Por qué lo tapiaste?
La mirada de Elena se desvió hacia las paredes, hacia las estanterías de libros, perdiéndose en el recuerdo.
—Esta era su sala de pintura. Aquí era donde se escondía de mí. El lugar donde escribía sus cartas asquerosas a esa mujer. Cuando volvió el barco vacío… no soportaba entrar aquí. Era como si su fantasma, su traición, estuviera impregnada en las paredes. Así que pedí a los albañiles ciegos de Girona que levantaran el muro y lo sellaran. Quería enterrar el pasado. Hasta que te encontré. Pensé que el nuevo Alejandro no necesitaría este lugar.
La mano de Mateo se cerró alrededor del mango del abrecartas de bronce. Estaba frío y pesado. Un arma improvisada pobre contra un revólver calibre 38, pero era su única oportunidad.
—Pero he abierto la tumba, Elena —dijo Mateo, apretando el abrecartas—. Y los fantasmas están aquí.
En ese mismo instante, un trueno ensordecedor estalló justo encima de la casa, haciendo vibrar las paredes de piedra. Las luces parpadearon violentamente, sumiendo el sótano en la más absoluta oscuridad durante tres agonizantes segundos.
Fue el momento de Mateo.
Con un grito impulsado por pura adrenalina y terror, se abalanzó hacia adelante, arrojando el mazo de demolición que había en el suelo con el pie hacia las piernas de ella. En la oscuridad, se oyó un disparo atronador que iluminó la sala con un fogonazo naranja. La bala pasó rozando la oreja izquierda de Mateo, estrellándose contra la pared de fotografías y rompiendo el cristal de docenas de marcos.
La luz volvió a parpadear. Elena había tropezado con el mazo, cayendo de rodillas. Mateo no dudó. Se abalanzó sobre ella, agarrando la muñeca con la que sostenía el arma. Forcejearon en el suelo polvoriento del sótano. Elena, a pesar de su complexión delgada, poseía la fuerza histérica de la locura. Lanzó zarpazos hacia los ojos de Mateo, arañándole el rostro, gritando insultos incomprensibles.
—¡No te irás! ¡No te irás! —gritaba, la baba salpicando de sus labios pálidos.
El cañón del arma se balanceaba peligrosamente entre el estómago de él y el pecho de ella. Mateo usó todo el peso de su cuerpo para inmovilizarla contra las frías losas de piedra. Con su mano derecha, aún aferrando el abrecartas, amenazó su cuello.
—¡Suelta el arma! —rugió Mateo, su sangre goteando de un rasguño en la frente y manchando el inmaculado vestido blanco de ella—. ¡Suéltala, Elena!
Por un momento, los ojos violetas de la mujer se fijaron en los suyos. En medio del caos, la respiración agitada y el rugido de la tormenta, ella pareció recuperar una brizna de lucidez escalofriante. Su rostro se relajó. Dejó de luchar.
—Me estás lastimando, mi amor —susurró, con una vulnerabilidad que rompió el corazón de Mateo por una fracción de segundo, recordando a la mujer de la que se había enamorado bajo la luz de la luna—. ¿Por qué eres tan cruel conmigo?
Mateo aflojó ligeramente la presión sobre su muñeca. Fue un error fatal.
Con la rapidez de una víbora, Elena giró la muñeca, zafándose del agarre, y llevó el cañón del revólver no hacia Mateo, sino hacia su propio pecho.
—Si no eres mío, Alejandro —sonrió ella con infinita tristeza—, entonces no seremos de nadie.
El disparo retumbó en la habitación confinada, un sonido opaco y mojado. Mateo sintió el impacto de la onda expansiva y la salpicadura caliente de la sangre sobre su rostro. Elena se estremeció violentamente, un gran parche rojo extendiéndose rápidamente por la seda blanca de su camisón, justo en el centro del pecho. El revólver cayó de sus manos sin fuerza.
Mateo se apartó de un salto, horrorizado, jadeando, empujándose contra la pared llena de sus propias fotografías. Se quedó mirando el cuerpo inerte de la mujer que amaba, la mujer que lo había secuestrado mentalmente, la mujer que acababa de suicidarse frente a sus ojos.
La Tramontana seguía rugiendo afuera, indiferente a la tragedia humana.
Mateo cayó de rodillas, temblando incontrolablemente. Miró sus manos manchadas de sangre, la sangre de Elena. Miró el rostro sin vida, pálido y hermoso en la muerte. Y de repente, un nuevo y espantoso pensamiento atravesó su mente, congelando la sangre en sus venas.
Estaba en una casa aislada, rodeado de un pueblo que creía que él era el asesino Alejandro que había vuelto de la tumba. Acababa de descubrirse un cadáver con un disparo en el pecho. Sus huellas estaban por todas partes. Había derribado un muro. ¿Quién en el mundo, qué policía, qué juez iba a creer la historia de un arquitecto idéntico a un hombre muerto, atrapado en una red de psicopatía y manipulación?
No. Para el mundo, y para la Guardia Civil que seguramente llegaría al día siguiente, Alejandro, el asesino, había vuelto para matar a la pobre viuda que lo había llorado durante cinco años.
Mateo se puso de pie, su respiración convirtiéndose en pánico puro. Tenía que huir. Tenía que salir de allí esa misma noche, antes de que alguien descubriera el cuerpo. Corrió hacia las escaleras del sótano, tropezando con los escalones de piedra en la oscuridad, dejando atrás la habitación secreta iluminada por la luz parpadeante y el cadáver de la mujer que lo había amado hasta la locura.
Pero mientras corría por el gran pasillo de mármol del piso superior, dirigiéndose hacia la puerta de roble tallado, un sonido lo detuvo en seco.
Venía del exterior.
Por encima del ruido de las olas y del viento aullante, Mateo escuchó el motor de un coche subiendo lentamente por la empinada carretera de grava del acantilado. Unos faros amarillos barrieron las paredes blancas de la villa a través de los inmensos ventanales, proyectando sombras alargadas y monstruosas en el vestíbulo.
Se escucharon frenazos. Puertas de coche cerrándose. Y luego, el sonido fuerte e insistente de los golpes en la puerta principal.
—¡Guardia Civil! ¡Abran la puerta! —gritó una voz grave y autoritaria desde el otro lado de la madera.
Mateo retrocedió, su corazón cayendo en caída libre. Alguien había escuchado el disparo a pesar de la tormenta. O tal vez alguien del pueblo había subido para asegurarse de que el “fantasma” no le hiciera daño a la viuda.
Estaba acorralado.
Miró sus manos ensangrentadas, miró su ropa manchada. Miró su reflejo en el gran espejo antiguo de marco dorado que adornaba el vestíbulo. El hombre que le devolvía la mirada ya no era Mateo Rovira, el humilde arquitecto de Barcelona. Su cabello peinado hacia atrás, la camisa blanca de lino, el rostro demacrado, afilado por el terror y la tragedia…
Era Alejandro.
Los golpes en la puerta se hicieron más violentos, acompañados del sonido de una herramienta metálica forzando la cerradura antigua. La madera comenzó a crujir.
Mateo cerró los ojos y, en un acto de rendición que borró para siempre la línea entre su cordura y la locura de la casa blanca, se enderezó la camisa, se limpió la sangre de la comisura de los labios con el dorso de la mano y avanzó hacia la puerta.
El abrecartas de bronce aún colgaba de su mano izquierda, pesado y frío, mientras la Tramontana cantaba su canción de muerte en Cadaqués.
La madera de roble centenario, que había resistido el embate de tormentas mediterráneas y el implacable salitre durante décadas, gimió bajo la fuerza bruta de la herramienta metálica. Un crujido sordo y agónico precedió al estallido de las astillas. La puerta principal cedió con un estrépito que compitió con el rugido de la Tramontana.
Tres figuras uniformadas irrumpieron en el gran vestíbulo, sus linternas tácticas rasgando la penumbra del apagón, proyectando haces de luz blanca y fría que bailaban frenéticamente sobre el mármol ajedrezado, los tapices antiguos y, finalmente, sobre él.
—¡Quieto ahí! ¡Las manos donde pueda verlas! ¡Al suelo, al suelo ahora mismo!
La voz del agente de la Guardia Civil retumbó en las paredes de la villa. Mateo, cegado por el resplandor de las linternas, dejó caer el pesado abrecartas de bronce. El sonido del metal contra la piedra resonó como la campana de un funeral. Levantó las manos, sus palmas cubiertas de la sangre carmesí de Elena, que ya comenzaba a secarse y a tirar de su piel.
Se dejó caer de rodillas. El frío del mármol penetró a través de la fina tela de sus pantalones de lino blanco. Dos agentes se abalanzaron sobre él con la contundencia de una jauría, aplastando su pecho contra el suelo, torciendo sus brazos hacia atrás con una fuerza que amenazó con dislocarle los hombros. El chasquido metálico de las esposas cerrándose sobre sus muñecas fue el sonido definitivo de su condena.
—Despejado el vestíbulo —gritó uno de los agentes por la radio sujeta a su hombro—. Tenemos a un sospechoso. Está cubierto de sangre. Solicitamos refuerzos y equipo médico de inmediato. Hay que registrar la casa.
El agente que lo mantenía inmovilizado, un hombre joven con el rostro tenso por la adrenalina y el miedo, le agarró del cabello engominado hacia atrás y le obligó a levantar la cabeza. La linterna le apuntó directamente a la cara. El agente jadeó, un sonido de pura incredulidad.
—Hostia puta… —murmuró el guardia civil, sus ojos abriéndose de par en par—. Sargento, tiene que ver esto. Es… es él. Es Alejandro Montaner.
El sargento, un hombre mayor de bigote canoso y expresión curtida, se acercó. Al iluminar el rostro de Mateo, su mandíbula se tensó. Persignándose instintivamente, el veterano sacudió la cabeza.
—Dios nos asista. Los del pueblo tenían razón. El fantasma ha vuelto de las aguas —el sargento agarró a Mateo por el cuello de la camisa—. ¿Dónde está la señora Elena, pedazo de cabrón? ¿Qué le has hecho?
—Yo… yo no soy Alejandro —balbuceó Mateo, su voz quebrada, ahogándose en su propia garganta. El pánico le impedía articular las palabras con claridad—. Soy Mateo Rovira. Soy arquitecto. Ella… ella está abajo. En el sótano. Se ha disparado. ¡Yo no le hice nada! ¡Tenéis que creerme!
—¡Calla la boca! —le espetó el sargento, dándole un empujón que volvió a estampar la mejilla de Mateo contra el suelo frío—. López, quédate con él. No le quites el ojo de encima. Martínez, ven conmigo. Vamos al sótano.
Los minutos que siguieron fueron una agonía estática. Mateo yacía en el suelo, escuchando el aullido del viento afuera y el goteo incesante de la lluvia contra los cristales. Desde las profundidades de la casa, llegaron primero los pasos apresurados de los agentes descendiendo por la escalera de piedra. Luego, un silencio sepulcral, espeso y preñado de horror. Finalmente, la voz temblorosa del sargento por la radio:
—Central, aquí unidad siete. Soliciten al juez de guardia y al forense. Tenemos un homicidio. Repito, un homicidio. La víctima es Elena Valles. Un disparo en el pecho. Muerte confirmada. Y el arma… el arma está aquí.
Mateo cerró los ojos y dejó que una lágrima solitaria trazara un surco limpio a través de la sangre en su mejilla. La trampa se había cerrado. El foso que Elena había cavado con la meticulosidad de una araña tejiendo su red ahora lo envolvía por completo.
Lo levantaron en volandas y lo sacaron de la casa a empujones. Al salir al exterior, la tormenta lo azotó sin piedad. La lluvia helada le empapó la camisa, borrando la blancura del lino y mezclándose con la sangre de la mujer muerta. Lo introdujeron violentamente en la parte trasera del coche patrulla. A través de la ventanilla empañada, Mateo miró por última vez la Casa Blanca. Bajo la luz de los relámpagos, la imponente estructura no parecía un refugio artístico, sino un inmenso mausoleo, una tumba esculpida en el acantilado que acababa de devorar su vida.
El calabozo de la comisaría de Figueres olía a humedad, orina vieja y desinfectante industrial. Mateo perdió la noción del tiempo. Podían haber pasado horas o días. Estaba sentado en un catre de hierro, temblando bajo una manta áspera que picaba en la piel, vistiendo un mono gris prestado. Su ropa manchada de sangre había sido confiscada como evidencia principal.
La puerta de acero pesado crujió al abrirse. Entró un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje marrón barato y una corbata aflojada. Llevaba una carpeta de cartón rebosante de documentos bajo el brazo y una taza de café en la mano. Su mirada era analítica, fría, la mirada de un carnicero tasando una pieza de carne.
—Soy el Inspector Vargas, a cargo de la división de homicidios —dijo el hombre, arrastrando una silla de metal para sentarse frente a Mateo—. He visto cosas raras en mis treinta años de carrera, Montaner. Crímenes pasionales, ajustes de cuentas, locura pura. Pero fingir tu propia muerte en el mar, esconderte durante cinco años, dejar que tu viuda sufra, solo para volver una noche de tormenta y pegarle un tiro en el corazón… Eso requiere un nivel de psicopatía que roza lo poético.
Mateo levantó la vista. Sus ojos estaban enrojecidos, rodeados de profundas ojeras moradas.
—Se lo he dicho a cada guardia que ha entrado por esa puerta —dijo Mateo, su voz áspera como el papel de lija—. No me llamo Alejandro Montaner. Mi nombre es Mateo Rovira. Soy de Barcelona. Nací el 14 de marzo de 1994. Mi DNI es…
Vargas levantó una mano, deteniendo su letanía, y dejó la carpeta sobre la pequeña mesa de acero atornillada al suelo.
—Ah, sí. La historia del arquitecto. La coartada de la amnesia invertida o la doble identidad. Muy peliculero. Debo admitir que al principio nos confundiste. Cuando te trajimos aquí y empezaste a gritar ese nombre, decidimos seguirte el juego e investigar a ese tal “Mateo Rovira”.
El corazón de Mateo dio un vuelco, una chispa de esperanza encendiéndose en la oscuridad de su desesperación.
—¿Y bien? —preguntó, inclinándose hacia adelante, agarrando los barrotes imaginarios de su cordura—. ¿Hablaron con mi casero en el Barrio Gótico? ¿Con mis clientes de la Casa Ribera? ¿Comprobaron mis cuentas bancarias?
Vargas esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Abrió la carpeta y sacó un puñado de folios.
—Lo hicimos, Montaner. Vaya que lo hicimos. Tus esfuerzos por construirte un alter ego durante estos cinco años fueron meticulosos, te lo concedo. Pero cometiste un error fundamental: pensaste que serías más listo que el rastro digital.
El inspector deslizó un papel hacia Mateo. Era un documento impreso de una aerolínea comercial.
—Mateo Rovira, arquitecto independiente de Barcelona. Sí, existió. Pero el señor Rovira, al parecer ahogado por las deudas y la falta de proyectos, liquidó su vida hace tres meses. Canceló su contrato de alquiler pagando la penalización. Vació sus exiguas cuentas bancarias transfiriendo el dinero a un paraíso fiscal en las Islas Caimán, y el 12 de abril tomó un vuelo de ida sin retorno desde El Prat con destino a Buenos Aires, Argentina. Hemos hablado con la policía de fronteras. Tienen registros en video de un hombre abordando ese avión. Las cámaras no son de alta definición, pero el sujeto llevaba una gorra y gafas de sol. Pasó el control de pasaportes. El señor Rovira está al otro lado del charco, probablemente bebiendo mate y rehaciendo su vida.
El mundo de Mateo se desmoronó, fracturándose en un millón de pedazos afilados. El aire huyó de sus pulmones.
—Eso… eso es imposible —susurró, sintiendo un vértigo paralizante—. Yo no fui a Argentina. Yo vine aquí. A Cadaqués. Ella me envió una carta. Un cheque…
—¿Una carta? —interrumpió Vargas con sarcasmo—. ¿Qué carta? Hemos registrado la casa de invitados donde dicen que dormías, Alejandro. No hay ni una sola prueba de tu supuesto trabajo de arquitectura. No hay planos, no hay ordenadores, no hay herramientas de dibujo. Solo hay ropa tuya. Ropa de Alejandro Montaner. Trajes hechos a medida que la viuda guardó todos estos años.
Mateo recordó con horror cómo la sirvienta muda de Elena le retiraba su ropa antigua, cómo los planos y bocetos desaparecían “para ser archivados” por la misma Elena en una caja fuerte a la que él no tenía acceso. Ella no solo lo estaba transformando físicamente; estaba borrando cualquier evidencia material de su existencia como Mateo Rovira. Había hackeado su vida. Elena Valles no solo era rica; tenía los recursos y la malicia para suplantar una identidad, fabricar una huella digital falsa y hacer que el verdadero Mateo desapareciera en el papel, dejándolo a él atrapado en el cuerpo y el destino de un muerto.
—Es una trampa —gritó Mateo, golpeando la mesa con los puños cerrados, perdiendo los estribos—. ¡Ella lo planeó todo! ¡Estaba obsesionada! Me contrató porque soy idéntico a su marido. Me hizo venir. Destruyó mis rastros. ¡Ella se disparó a sí misma frente a mí porque me negué a ser él!
Vargas suspiró profusamente, recogiendo los papeles con la calma exasperante del que ha escuchado las mentiras más elaboradas del mundo.
—Las pruebas forenses dicen otra cosa, Alejandro. Encontramos tus huellas en el revólver. Y tus huellas en el abrecartas. El ángulo del disparo podría sugerir un suicidio, sí, pero las marcas defensivas en el cuerpo de Elena, los arañazos en tu propia cara, el mazo de demolición usado como arma contundente… todo indica un forcejeo violento. Un intento de asesinato que culminó con un disparo a quemarropa.
El inspector se levantó, ajustándose la corbata.
—Y luego está el motivo. Descubrimos la habitación oculta. La sala de tu pasado. Elena tapió ese lugar porque no podía soportar tu traición. Y tú volviste. Derribaste el muro para recuperar algo, tal vez dinero escondido, tal vez tu orgullo herido. Ella te descubrió. Discutisteis. Y la mataste. Como intentaste matarla de dolor hace cinco años cuando simulaste tu muerte.
—¡Busquen mis huellas dactilares! —suplicó Mateo, las lágrimas desbordando sus ojos, cayendo sobre el mono gris—. ¡Compárenlas con el DNI de Mateo Rovira!
Vargas se detuvo en la puerta, mirándolo con lástima mezclada con asco.
—Esa es la parte más triste de tu espectáculo, Montaner. Lo hicimos. Cuando solicitamos el expediente de Mateo Rovira al registro nacional, descubrimos que los archivos dactilares asociados a su renovación de DNI del año pasado se corrompieron misteriosamente en la base de datos central. Un fallo informático inusual, nos dijeron. Pero tus huellas actuales coinciden con un viejo registro militar de Alejandro Montaner de los años noventa que estaba archivado en papel en Capitanía.
Elena. Ella había corrompido los archivos digitales. Con dinero, con hackers, con la desesperación de una mujer loca de atar. Había borrado la biometría legal de Mateo Rovira.
—No existes, Mateo —parecía susurrarle la voz fantasmagórica de Elena en su mente, mezclada con el eco de la celda—. Solo existe Alejandro. Mío. Para siempre.
Vargas cerró la puerta de hierro de un portazo. El ruido de la llave girando en la cerradura sonó como el martillo de un juez dictando sentencia. Mateo se hizo un ovillo en el catre, abrazando sus rodillas, llorando no por el miedo a la cárcel, sino por el terror absoluto de la desintegración ontológica. Estaba perdiendo su “yo”. Y no había nadie en el mundo que pudiera encontrarlo.
El juicio, celebrado siete meses después en la Audiencia Provincial de Girona, fue un circo mediático bautizado por la prensa sensacionalista como “El Regreso del Fantasma de Cadaqués”. Durante esos siete meses en prisión preventiva, Mateo había envejecido diez años. Su pelo, que antes intentaba mantener alborotado, ahora caía lacio y grisáceo, peinado hacia atrás por la pura inercia de la falta de espejos. Había perdido quince kilos. Su mirada se había vuelto vacía, la mirada de un animal acorralado que ha dejado de golpear los barrotes de su jaula.
El fiscal del estado, un hombre de elocuencia teatral llamado Fiscal Domínguez, construyó un relato impecable, cimentado en pruebas circunstanciales que, tejidas juntas, formaban una soga indestructible.
Llamó al estrado a los pescadores de Cadaqués, quienes juraron, con la mano en la Biblia, haber visto a Alejandro Montaner rondando la Casa Blanca días antes del asesinato. Llamó a los agentes de la Guardia Civil que describieron la escena dantesca del sótano, el muro derribado, el santuario macabro.
Pero el golpe de gracia fue el testimonio del forense y el experto en balística.
—La trayectoria de la bala, señores del jurado —explicó el experto, señalando un maniquí con una vara metálica—, entró por el esternón en un ángulo ligeramente ascendente. La defensa argumenta que la víctima giró la muñeca del acusado y se disparó a sí misma. Anatómicamente posible, sí. Pero extremadamente improbable dada la diferencia de fuerza física entre un hombre joven y una mujer de complexión delgada. Además, la presencia de ADN del acusado bajo las uñas de la víctima demuestra una resistencia feroz por parte de la señora Valles. Estaba luchando por su vida.
La abogada de oficio de Mateo, una joven exhausta y sobrepasada llamada Silvia, intentó argumentar la teoría de la locura de Elena, del secuestro psicológico. Presentó las cientos de fotografías de Mateo que forraban las paredes de la habitación secreta.
—Esto, señores del jurado, es la prueba de una obsesión psicopática —argumentó Silvia, alzando un tablón de corcho con las fotos—. La señora Valles acosó a mi cliente, un inocente arquitecto de Barcelona, por su extraordinario parecido físico con su difunto marido. Lo atrajo a la casa, lo vistió, lo peinó y lo moldeó para llenar su vacío. Y cuando mi cliente descubrió la verdad e intentó huir, ella decidió matarlo y luego suicidarse, asegurándose de culparle a él.
Pero el Fiscal Domínguez destrozó el argumento en su refutación.
—Una teoría fascinante para una novela de terror barata —sonrió el fiscal—. Pero la realidad es mucho más terrenal, codiciosa y cruel. Esas fotografías, señoría, no demuestran que el acusado sea Mateo Rovira. Demuestran que Alejandro Montaner, tras fingir su muerte, se obsesionó con documentar su nueva, aunque patética, vida oculta. O quizás, como sugieren los psicólogos forenses que hemos consultado, el aislamiento prolongado y la culpa le hicieron desarrollar una personalidad dividida. Alejandro Montaner se creyó Mateo Rovira para escapar del horror de lo que le había hecho a su esposa al abandonarla. Pero volvió. Volvió a por el dinero de la familia Valles. Y al no conseguirlo, asesinó a la mujer que le dio todo.
El jurado deliberó durante menos de cuatro horas.
Cuando el portavoz se puso en pie, la sala quedó sumida en un silencio de tumba.
—Nosotros, el jurado, encontramos al acusado, Alejandro Montaner… culpable del delito de asesinato en primer grado con el agravante de alevosía y ensañamiento.
Mateo no sintió nada. Ni ira, ni tristeza, ni sorpresa. Solo un entumecimiento profundo, como si le hubieran inyectado hielo en las venas. El juez dictó la sentencia: Veintiocho años en el Centro Penitenciario de Puig de les Basses, sin posibilidad de revisión hasta haber cumplido dos tercios de la condena.
Mientras los guardias le ponían las esposas para sacarlo de la sala, Silvia, su abogada, se acercó a él. Tenía los ojos llorosos. Le puso una mano en el hombro.
—Lo siento mucho, Alejandro —susurró ella.
El último bastión de su identidad se derrumbó. Su propia abogada, la única persona que se suponía debía luchar por “Mateo”, lo acababa de llamar Alejandro. El triunfo de Elena Valles era absoluto. Desde el más allá, su esposa viuda, su captora y su verdugo, lo había reclamado como suyo.
El tiempo en prisión no es lineal. No fluye como un río; se estanca como un pantano putrefacto. Los años se miden en el desgaste de las suelas de los zapatos contra el patio de cemento, en las marcas en la pared de la celda, en el progresivo encanecimiento del vello facial.
Los primeros cinco años en Puig de les Basses, Mateo luchó. Se aferró a sus recuerdos como un náufrago a una tabla de madera. Recordaba las calles del Barrio Gótico de Barcelona, el olor del café en la Plaza Real, la textura del papel vegetal bajo sus lápices de grafito. Escribió cartas desesperadas al Defensor del Pueblo, a periodistas de investigación, a antiguas amistades de la universidad. Las cartas que no eran devueltas al remitente con el sello de “Desconocido”, se perdían en el laberinto burocrático o eran ignoradas por considerarse los desvaríos de un asesino convicto negacionista de su propia identidad.
Al sexto año, la transformación psicológica comenzó a consolidarse. El cerebro humano, en su infinito instinto de supervivencia, no puede soportar la disonancia cognitiva eterna. Si todo tu entorno, desde los guardias que te insultan hasta los compañeros de módulo que te temen, te llaman por un nombre, eventualmente respondes a él de forma instintiva.
—Montaner, tienes visita —gritaba el guardia a través del pasillo. Y Mateo se levantaba sin dudarlo.
Empezó a ir a la biblioteca de la prisión. Al principio, buscaba libros sobre jurisprudencia y arquitectura. Luego, movido por un morbo masoquista y por el vacío abismal de su mente, empezó a pedir a través del bibliotecario libros sobre la historia reciente de Cadaqués, sobre las familias acaudaladas de la Costa Brava, sobre… Alejandro Montaner.
Descubrió que el verdadero Alejandro había sido un pintor mediocre, un bon vivant que se había casado con la heredera Elena Valles por su fortuna. Descubrió que Alejandro tenía un carácter volátil, que amaba el jazz antiguo y los puros cubanos, que tenía una fobia irracional a las arañas y que sufría de vértigo.
En la celda, durante las largas noches en vela, Mateo comenzó a experimentar sueños extraños. No eran sus propios recuerdos, sino fragmentos inconexos de una vida que había leído, mezclados con la sugestión letal de Elena. Soñaba que caminaba por los acantilados de Cap de Creus, sintiendo un vértigo real, paralizante, mirando el mar negro. Soñaba que besaba a Elena, no bajo la tormenta como Mateo, sino en un yate de lujo, llamándola “mi pequeña gaviota”, un apodo que el verdadero Alejandro usaba según una vieja entrevista en una revista de sociedad.
Estaba sufriendo un borrado de memoria inducido por trauma y asimilación. El “Mateo” original se encogía, desvaneciéndose en el rincón más oscuro de su córtex cerebral, mientras el “Alejandro” artificial, alimentado por el sistema penal y sus propias lecturas, crecía, tomando el control del barco a la deriva que era su cuerpo.
Para el año diez, Mateo Rovira estaba muerto en todo sentido práctico. Alejandro Montaner era el recluso modelo del bloque cuatro. Trabajaba en el taller de ebanistería, tallando pequeñas cajas de madera oscura que recordaban horriblemente a la caja que contenía el reloj de bolsillo en la habitación secreta. No causaba problemas. Hablaba poco. Tenía la mirada de un hombre que había hecho las paces con sus demonios y esperaba pacientemente el final de sus días.
A veces, algún preso nuevo lo intentaba provocar en el patio.
—Oye, fantasma —le decía un navajero de Badalona, empujándolo—. ¿Es verdad que te cargaste a tu parienta porque no te daba la pasta?
Alejandro (porque ya rara vez pensaba en sí mismo como Mateo) lo miraba con unos ojos tan desprovistos de alma humana, tan oscuros e insondables, que el provocador retrocedía instintivamente, sintiendo un escalofrío.
—La maté —respondía Alejandro con una voz monótona y grave— porque el amor es la peor prisión de todas. Y yo no nací para estar encerrado.
Era una mentira que había repetido tantas veces que ahora le sabía a verdad. Se sentía culpable del asesinato. Podía recordar, con claridad fabricada, el peso del revólver en su mano, la decisión de apretar el gatillo, la satisfacción enferma de ver la mancha de sangre expandirse en el vestido blanco de su “esposa”. La manipulación de Elena había trascendido la tumba; le había implantado recuerdos falsos, completando su obra de arte.
Los años doce al veinte pasaron en un suspiro anestesiado. El mundo exterior cambió. Aparecieron nuevas tecnologías, nuevos gobiernos, nuevas guerras. Para Alejandro, el universo se reducía al rectángulo de cielo gris visible a través de los barrotes y al olor a serrín del taller.
El reloj del destino, sin embargo, tiene un engranaje peculiar y retorcido. En el año 2043, cuando Alejandro/Mateo tenía cuarenta y nueve años de edad cronológica, pero el alma de un anciano centenario, el pasado llamó a la puerta de la celda de la mano de una mujer joven.
Se llamaba Inés Costa. Era una abogada del “Proyecto Inocencia España”, una ONG dedicada a revisar casos cerrados utilizando nuevas tecnologías forenses y análisis de datos de inteligencia artificial. Inés no estaba allí para salvar a Alejandro Montaner; estaba allí porque un sofisticado algoritmo de búsqueda de anomalías registrales había detectado un patrón estadístico imposible en los registros civiles de Cataluña de la década de 2020.
Se sentaron frente a frente en el locutorio de la prisión, separados por un grueso cristal blindado. Alejandro levantó el auricular del teléfono intercomunicador. Su mano, callosa y manchada de barniz del taller, temblaba ligeramente.
—Señor Montaner —comenzó Inés. Tenía el pelo corto, gafas de montura negra y una mirada afilada que no se dejaba amedrentar por la reputación del asesino de Cadaqués.
—Hace mucho tiempo que nadie de fuera viene a verme —su voz rasposa resonó en el auricular—. A no ser que traiga noticias de mi propia defunción, señorita, está perdiendo su tiempo. Soy culpable. Cumplo mi condena. Déjeme en paz.
Inés no parpadeó. Abrió un maletín de cuero y sacó una tableta digital, proyectando una serie de imágenes en la pantalla holográfica contra el cristal para que él pudiera verlas.
—Mi departamento ha estado desarrollando una IA capaz de cruzar datos de transacciones financieras, registros de vuelo y metadatos de cámaras de seguridad gubernamentales de hace veinte años —explicó Inés, su tono profesional pero cargado de urgencia—. Estábamos probando el sistema con casos de desapariciones de la década pasada. Y el sistema arrojó una coincidencia del 99.9% entre dos individuos que, legalmente, no tienen relación alguna.
Alejandro desvió la mirada hacia la pantalla. Mostraba dos fotografías. A la izquierda, una foto de carnet de Alejandro Montaner del año 2013, antes de su “muerte” en el mar. A la derecha, una foto extraída de una base de datos universitaria del año 2017 de un tal… Mateo Rovira.
Al ver el nombre escrito debajo de la foto, una punzada de dolor físico agudo atravesó el cráneo de Alejandro. Un dolor enterrado bajo toneladas de cemento psicológico. Un nombre prohibido. Un nombre fantasma. Mateo.
—Las fotografías son de la misma persona —dijo Alejandro, apartando la vista, sudando frío—. Soy yo. O era yo. La soledad nos hace locuras en la mente, señorita Costa. Yo creí ser ese arquitecto durante un tiempo para huir de mi culpa.
—Eso es lo que dijo la fiscalía. Eso es lo que el sistema judicial concluyó —asintió Inés enérgicamente—. Pero la IA encontró algo más. Rastreó el billete de avión que supuestamente compró Mateo Rovira para huir a Buenos Aires. Mediante el análisis biométrico avanzado de los videos del aeropuerto de El Prat en 2018, descubrimos que el hombre que abordó ese avión no era Mateo Rovira. Era un actor contratado, un hombre con una máscara de silicona hiperrealista y prótesis faciales.
El silencio en el locutorio fue ensordecedor. Alejandro sentía que el suelo de la prisión se movía bajo sus pies.
—¿Qué… qué está diciendo? —murmuró.
—Estoy diciendo, señor, que Elena Valles orquestó el asesinato perfecto. Pero no el de usted hacia ella. Sino el de su identidad. Hemos encontrado un rastro de dinero desde cuentas offshore vinculadas a la familia Valles hacia hackers de la red oscura rusa, contratados para corromper la base de datos nacional de huellas dactilares exactamente dos meses antes de que usted llegara a la Casa Blanca. Hemos encontrado los correos encriptados donde Elena encarga el secuestro de su vida digital.
Inés apoyó la mano contra el cristal, acercando su rostro.
—Usted no es Alejandro Montaner. Alejandro Montaner murió ahogado en 2013. Sus huesos probablemente estén en el fondo del Cap de Creus. Usted es Mateo Rovira, un arquitecto inocente de Barcelona. Fue víctima de un secuestro psicológico, un asalto a la identidad sin precedentes en la historia criminal española. Y Elena Valles, al suicidarse y culparle, consumó ese secuestro para toda la eternidad. Hasta hoy.
La presa se rompió. Veinticinco años de represión mental, de tortura psicológica, de asimilación forzada se resquebrajaron en un instante. Un grito gutural, desgarrador, animal, brotó de la garganta del preso. No era el grito de Alejandro, el convicto estoico; era el alarido de Mateo, el joven que había sido enterrado vivo dentro de su propia mente.
Alejandro dejó caer el auricular y comenzó a golpear el cristal blindado con los puños desnudos, sollozando sin control, gritando el nombre que había olvidado.
—¡Soy Mateo! ¡Soy Mateo Rovira! ¡Dios mío, sáquenme de aquí! ¡Soy Mateo!
Los guardias irrumpieron en el locutorio y lo redujeron, inyectándole un sedante. Mientras la oscuridad química lo envolvía, la última imagen que vio fue la de Inés Costa recogiendo sus documentos, con una promesa silenciosa y firme en la mirada.
El proceso de exoneración tardó dos agónicos años. A pesar de las pruebas irrefutables presentadas por el Proyecto Inocencia, el sistema judicial es un mastodonte lento, reacio a admitir errores de tal magnitud. Hubo vistas, apelaciones, testigos técnicos que testificaron sobre la sofisticación del borrado de identidad perpetrado por Elena.
Se demostró que la viuda había contratado a una red criminal internacional para “vaciar” la existencia legal del arquitecto y sustituir sus datos biométricos en los servidores obsoletos de la policía nacional por los de su marido muerto. Las huellas en el arma eran las de Mateo, sí, pero Mateo era Mateo, no Alejandro. Y dado el nuevo contexto de acoso y privación de libertad comprobado, la teoría del suicidio incriminatorio por parte de Elena Valles se convirtió en la única explicación lógica y legalmente sostenida.
El 15 de noviembre de 2045, el Tribunal Supremo anuló la condena original.
Las puertas de Puig de les Basses se abrieron.
El hombre que salió al aire frío y cortante del Ampurdán ya no tenía treinta y pocos años. Tenía cincuenta y un años. Estaba encorvado, su rostro surcado por profundas arrugas de amargura y trauma. Su cabello era completamente blanco, recortado al ras. Vestía un traje barato proporcionado por los servicios sociales, que le quedaba grande.
Inés Costa lo esperaba junto a un coche sobrio. Los medios de comunicación, que veinte años atrás lo habían bautizado como el “Monstruo de Cadaqués”, ahora formaban una barrera de cámaras y micrófonos, gritándole preguntas sobre su “resurrección”, buscando la lágrima fácil de la víctima perfecta.
Mateo no miró a las cámaras. No habló. Entró en el coche en silencio.
—¿Adónde quieres ir, Mateo? —le preguntó Inés, encendiendo el motor—. El estado te ha concedido una indemnización millonaria. Dos millones de euros por cada año de encierro injusto. Tienes dinero para ir a cualquier parte del mundo. Puedes recuperar tu vida en Barcelona.
Mateo miró por la ventanilla, observando los campos yermos de la región. En su interior, se libraba una batalla atroz, una guerra civil psíquica. Legalmente, era Mateo Rovira de nuevo. Sus cuentas bancarias habían sido restauradas bajo su verdadero nombre, su certificado de nacimiento era válido. El mundo lo reconocía.
Pero el daño causado en la arquitectura de su cerebro era irreparable. Había pasado más de veinte años siendo Alejandro. Había soñado sus sueños falsos, había aceptado la culpa del asesinato de Elena, había vivido, respirado y envejecido en la piel del fantasma. ¿Cómo se extirpa un alma injertada durante dos décadas en una celda de aislamiento?
—No hay vida en Barcelona para mí —respondió Mateo, su voz sonando como grava triturada—. La persona que vivía allí murió el día que cruzó la verja de la casa de Elena.
—Entonces, ¿adónde?
Mateo cerró los ojos, sintiendo el viento frío a través de la rendija de la ventanilla. Olía a salitre. Olía a pino. Olía a tormenta inminente.
—Lléveme a Cadaqués.
Inés frenó bruscamente, girándose para mirarlo con horror.
—Mateo, estás loco. Esa casa… es el lugar de tu pesadilla. Además, es una ruina. Tras la muerte de Elena y al no haber herederos, la propiedad quedó embargada por el Estado y abandonada a merced de los elementos. Los saqueadores se llevaron todo de valor, y el salitre ha corroído lo que quedaba. No hay nada allí para ti.
—Lléveme allí, Inés —repitió, abriendo los ojos. En ellos, la abogada vio un destello de una locura mansa, una determinación inquebrantable—. Por favor. Es el único lugar al que pertenezco.
El viaje a través del Parque Natural de Cap de Creus fue un descenso en espiral hacia el abismo de los recuerdos. Cada curva de la carretera le recordaba a Mateo el día que llegó en el coche de alquiler, lleno de esperanza juvenil y ambición arquitectónica. Ahora, el paisaje le parecía un cementerio de rocas afiladas, un lugar maldito donde la tierra y el mar conspiraban para tragar hombres vivos.
Cuando llegaron a la desviación del camino de tierra, Inés detuvo el coche.
—No puedo subir más, Mateo. El camino está destruido. Tendrás que ir andando. Te esperaré aquí.
—No hace falta que espere —dijo él, abriendo la puerta y bajando del vehículo—. Mi abogado gestionará la compra de la propiedad mañana con los fondos de la indemnización. Me quedaré aquí.
Inés quiso protestar, pero la figura de Mateo, caminando lentamente por el sendero rocoso, de espaldas, fundiéndose con la niebla salina, tenía una cualidad definitiva, trágica, como el final inexorable de una obra de teatro griego. Inés dio la vuelta y se marchó, dejándolo a solas con sus fantasmas.
La Casa Blanca ya no era blanca.
Estaba frente a ella. Las paredes encaladas estaban ennegrecidas por el moho y descascarilladas por el viento. El techo del ala este se había hundido parcialmente, y los grandes ventanales que alguna vez miraron al Mediterráneo eran ahora cuencas vacías, rotas, por donde el viento soplaba produciendo un gemido constante, lúgubre, como una jauría de lobos invisibles. Las buganvillas, muertas y resecas, trepaban por la fachada como venas necrosadas.
Mateo cruzó la verja oxidada, que colgaba de una sola bisagra. Avanzó por el jardín devorado por las malas hierbas. No sentía miedo. Sentía una paz enfermiza, tóxica.
Entró en el vestíbulo. El suelo de mármol ajedrezado estaba cubierto de polvo, hojas secas y excrementos de gaviota. La inmensa escalera curva conservaba su majestuosidad ruinosa. Caminó hacia el centro del salón. Cerró los ojos e inhaló profundamente. Por un segundo, bajo el olor a podrido y humedad, creyó captar un rastro fantasmal, imposible, de perfume de jazmín y sándalo.
Caminó hacia el ala oeste. Hacia la entrada del sótano.
Las cintas policiales de color amarillo y negro, descoloridas y rotas, colgaban del marco de la puerta como serpentinas de una fiesta olvidada y maldita. Bajó los peldaños de piedra con cuidado de no resbalar en el limo verde que los cubría.
La habitación oculta estaba devastada. La policía y luego los vándalos la habían destrozado buscando tesoros que no existían. Los cientos de fotografías de él mismo que empapelaban las paredes habían sido arrancadas o se habían descompuesto por la humedad, convirtiéndose en manchas grises irreconocibles en la piedra. El escritorio de roble estaba volcado, podrido.
Sin embargo, Mateo caminó hacia el centro de la sala, al punto exacto donde Elena había caído hace veinte años. Se arrodilló en el polvo. Pasó la mano por el suelo de piedra. La mancha de sangre, por supuesto, había desaparecido hacía décadas, borrada por el tiempo y las filtraciones de agua.
Pero en la mente de Mateo, la escena se reproducía con un color y un sonido ensordecedores. El destello naranja del disparo, el olor acre a pólvora, el rostro pálido de Elena mirándole con una mezcla de locura y amor abyecto.
—¿Por qué? —susurró Mateo, su voz resonando en el sótano vacío—. ¿Por qué yo?
Una brisa repentina se coló por un respiradero del techo, levantando una nube de polvo gris que bailó a su alrededor.
Mateo se sentó en el suelo, cruzando las piernas. La verdad lo golpeó con la fuerza de un tsunami, ahogándolo por completo. Inés le había devuelto su nombre legal, su dinero, su supuesta libertad. Pero el verdadero Mateo Rovira había muerto en esta misma sala hacía veintidós años, asesinado por el trauma, enterrado bajo las mentiras de Elena y cimentado por las paredes de la prisión de Puig de les Basses.
El hombre que estaba sentado en las ruinas de la Casa Blanca no era el arquitecto soñador.
Era el producto final del diseño macabro de Elena. Ella había querido un Alejandro dócil, un Alejandro que nunca la abandonara, un Alejandro atado a esta casa para toda la eternidad. Y lo había conseguido a través de la muerte y el sufrimiento.
Mateo Rovira, el cascarón vacío, se llevó las manos al cabello canoso y lo peinó instintivamente hacia atrás. Enderezó la espalda. Su rostro, surcado por las arrugas, adoptó una expresión de melancolía aristocrática y fría. La metamorfosis, que había comenzado con un beso bajo una tormenta y había madurado en una celda de tres por tres, se completó en la ruina de Cadaqués.
Miró hacia la entrada vacía de la habitación secreta, como si esperara ver descender por las escaleras a una mujer en camisón de seda blanca, sosteniendo una vela.
—Ya estoy en casa, mi amor —susurró el anciano en la oscuridad, con una voz que no pertenecía al arquitecto de Barcelona, sino al fantasma de los acantilados—. Ya estoy aquí. Como querías. Nada volverá a separarnos.
Afuera, la Tramontana comenzó a aullar con fuerza renovada, golpeando las ruinas de la casa blanca, cantando una nana eterna para los locos, los rotos y los muertos, que en Cadaqués, a veces, son exactamente la misma cosa. Y allí, en la penumbra eterna del sótano, el hombre se quedó, esperando el final de sus días, prisionero por voluntad propia en la tumba que había sido construida, con infinita paciencia y crueldad, solo para él.