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La Casa Blanca en Cadaqués

La Tramontana aullaba aquella noche como un animal herido, golpeando los gruesos cristales de la villa con una furia que parecía personal, vengativa. El mar de la Costa Brava, habitualmente un lienzo azul y sereno que inspiró a Salvador Dalí, se había convertido en un abismo negro, escupiendo espuma blanca contra las rocas afiladas del Cap de Creus. Mateo respiraba con dificultad, el polvo de yeso le cubría la cara, el sudor le picaba en los ojos. En su mano derecha, un mazo de demolición temblaba; en la izquierda, sostenía una linterna cuya luz parpadeante cortaba la oscuridad de aquel sótano que no figuraba en ninguno de los planos arquitectónicos.

Había pasado tres meses renovando esta majestuosa casa blanca, enamorándose de cada grieta de sus paredes y, trágicamente, de la mujer que la habitaba. Pero ahora, frente al muro falso que acababa de derribar, el amor se estaba transmutando en un terror frío y viscoso que le paralizaba las entrañas.

El agujero en la pared revelaba una habitación oculta, intacta, sellada como una tumba egipcia. El aire que escapó de allí olía a humedad, a salitre y a algo dulce y pútrido a la vez, como perfume francés mezclado con sangre seca. Mateo tragó saliva y cruzó el umbral. El haz de luz de la linterna barrió el espacio: caballetes con lienzos cubiertos por sábanas polvorientas, estanterías repletas de libros de anatomía y ocultismo, y en el centro, un escritorio de roble macizo.

Sobre el escritorio, iluminado ahora por la luz temblorosa, había un diario de cuero negro y una caja de madera tallada. Mateo, guiado por un instinto morboso que superaba su miedo, abrió la caja. Dentro, descansaba un reloj de bolsillo de oro, manchado de óxido oscuro, y un mechón de pelo negro atado con una cinta roja. Pero fue lo que había debajo del reloj lo que hizo que el mazo cayera de sus manos con un estruendo ensordecedor, golpeando el suelo de piedra.

Era una fotografía antigua, con los bordes amarillentos. En ella, aparecía Elena, su Elena. Estaba radiante, más joven, sonriendo con esa intensidad salvaje que a él le había robado el alma. Sus brazos rodeaban el cuello de un hombre. Mateo acercó la linterna, negándose a creer lo que sus ojos, la lógica y su propia cordura le gritaban.

El hombre de la foto era él.

No “se parecía” a él. No era un familiar lejano. Era él. La misma mandíbula angulosa, la misma cicatriz tenue en la ceja izquierda —un recuerdo de un accidente de bicicleta en su infancia—, los mismos ojos oscuros, la misma forma de inclinar la cabeza hacia la derecha al sonreír. Llevaba puesta la misma camisa de lino blanco que Elena le había regalado a Mateo la semana anterior, insistiendo en que era su “estilo perfecto”.

El corazón de Mateo golpeaba contra sus costillas con la fuerza de la Tramontana. Leyó la inscripción en el reverso de la foto, escrita con la elegante caligrafía de Elena: “Para mi amado Alejandro, mi alma gemela, hasta que la muerte nos reúna. Cadaqués, 2018”.

Alejandro. El difunto marido. El hombre del que nadie en el pueblo quería hablar. El hombre que, según Elena, había muerto trágicamente en un accidente de barco en alta mar, cuyo cuerpo nunca fue recuperado.

El terror se apoderó de Mateo. Si Alejandro estaba muerto… ¿quién era él? O peor aún, ¿por qué Elena lo había contratado? ¿Por qué se había enamorado de él? Todo encajaba con una precisión macabra: cómo ella le acariciaba el pelo exigiéndole que se lo dejara crecer de cierta manera, su insistencia en que usara un perfume específico que, según ella, “pegaba con el aura de la casa”, sus susurros en la oscuridad llamándole por nombres ininteligibles que ahora cobraban un sentido aterrador. No lo amaba a él. Estaba reconstruyendo a un fantasma. Era un molde, un maniquí de carne y hueso destinado a llenar el vacío de un muerto.

Un ruido a sus espaldas lo hizo girar bruscamente. El haz de la linterna iluminó la entrada de la habitación oculta. Allí estaba Elena. Llevaba un camisón de seda blanca que flotaba alrededor de su figura esbelta como la bruma del mar. En su mano derecha, sostenía un viejo revólver de cañón largo, el mismo que le había dicho que era una reliquia inofensiva de la Guerra Civil. Su rostro, habitualmente una máscara de melancolía seductora, estaba transfigurado. Sus ojos brillaban con una locura fría y calculada.

—No debiste romper esa pared, mi amor —dijo ella. Su voz era suave, casi un susurro melódico que contrastaba atrozmente con el arma que le apuntaba al pecho—. Pero supongo que estaba en tu naturaleza. Alejandro siempre fue demasiado curioso para su propio bien.

—¿Quién eres? —logró articular Mateo, su voz sonando extraña y aguda en sus propios oídos. Retrocedió hasta chocar con el escritorio—. ¿Quién soy yo?

Elena sonrió, una sonrisa triste y devota.

—Tú eres mi segunda oportunidad, Alejandro. El mar te llevó, pero la tierra te devolvió a mí. Tardé cinco años en encontrarte, en traerte de vuelta a nuestra casa blanca. Y ahora que estamos juntos, no permitiré que te vuelvas a ir. Nunca más.

El viento golpeó la casa con furia renovada, un trueno hizo temblar los cimientos de la villa, y en ese instante de terror absoluto, la mente de Mateo viajó hacia atrás, buscando desesperadamente el momento en que su vida había dejado de ser suya y se había convertido en la reencarnación de un cadáver.


Todo había comenzado seis meses antes, en la lluviosa primavera de Barcelona.

Mateo Rovira era un arquitecto de treinta y dos años, talentoso pero estancado. Su despacho, un minúsculo cubículo en el Barrio Gótico, apenas daba para pagar el alquiler. Se especializaba en la restauración de edificios históricos, un nicho hermoso pero poco rentable para un profesional independiente sin conexiones en la alta burguesía catalana. Su vida era una rutina gris de planos, café frío y maquetas de cartón pluma.

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