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La Estatua Sin Rostro en la Plaza de Cibeles

El reloj del Palacio de Cibeles marcó las tres de la madrugada con un eco lúgubre que pareció reverberar en los huesos de Elena. La lluvia caía a plomo sobre Madrid, una cortina de agua helada que transformaba el Paseo del Prado en un río oscuro y desolado. Suspendida a quince metros del suelo, en el andamio de acero que abrazaba a la diosa de mármol, Elena temblaba. No era el frío húmedo que se colaba por su impermeable amarillo, ni la fatiga de semanas de trabajo sin descanso. Era el terror puro, primitivo y asfixiante que le paralizaba los pulmones.

Frente a ella, iluminada por los relámpagos esporádicos y el haz tembloroso de su linterna, la diosa Cibeles se erguía en su carro tirado por los leones Atalanta e Hipómenes. Pero la deidad ya no era un símbolo de la majestuosidad de la capital española. Se había convertido en un altar de muerte.

Elena tragó saliva, sintiendo el sabor metálico del pánico. Bajó la mirada hacia la base de la fuente. Allí, flotando boca abajo en el agua agitada, teñida de un rojo carmesí que se diluía lentamente, yacía el cuerpo de don Alberto, el vigilante nocturno del Ayuntamiento. Hacía apenas veinte minutos, el anciano le había llevado un termo con café, bromeando sobre el clima infernal. Ahora, su sangre alimentaba las fauces de los leones esculpidos.

Pero lo que rompía la cordura de Elena no era el cadáver. Era lo que tenía justo enfrente.

Lentamente, como si su cuello estuviera hecho de cristal quebradizo, Elena alzó la vista hacia el rostro de la diosa. Un grito ahogado murió en su garganta. El mármol de la cara de Cibeles, que había permanecido liso y borrado, sin rasgos, durante las últimas setenta y dos horas, había vuelto a mutar. La piedra blanca se había ondulado, estirado y contraído como si fuera carne viva bajo un hechizo oscuro. Ahora, esculpidos con una precisión macabra, los rasgos faciales no pertenecían a la deidad grecorromana. Eran los rasgos de don Alberto.

El mármol capturaba la expresión exacta del terror agónico del vigilante en el instante de su muerte: los ojos desorbitados, la boca abierta en un grito silencioso, las arrugas profundas de su frente marcadas por el dolor. Era una máscara mortuoria perfecta, viva, tallada por una fuerza invisible e implacable.

«No puede ser real», susurró Elena, retrocediendo un paso en la plataforma metálica del andamio. Sus botas resbalaron sobre la rejilla mojada. «Estoy perdiendo la cabeza. El estrés, la lluvia… es una alucinación».

Pero la realidad era terca y cruel. Este era el tercer rostro. La tercera muerte. Cada noche, cuando la ciudad dormía bajo el manto de la oscuridad, la estatua sin rostro robaba la identidad de un ciudadano de Madrid. Y en el instante exacto en que las facciones se materializaban en la piedra fría, el dueño de ese rostro moría de forma violenta y abrupta. La maldición de Cibeles se había despertado, y Elena, la arquitecta jefe de la restauración más importante del siglo, estaba atrapada en el epicentro de la pesadilla.

Un trueno ensordecedor sacudió la plaza, haciendo vibrar los cimientos del Banco de España y del Cuartel General del Ejército. Elena se aferró a la barandilla. El agua goteaba del rostro marmóreo de don Alberto, haciéndolo parecer como si la estatua estuviera llorando lágrimas de la tormenta.

El teléfono móvil en el bolsillo de Elena vibró frenéticamente. Con las manos entumecidas, logró sacarlo. Era el Inspector Vargas, de la Policía Nacional.

—¿Elena? —la voz de Vargas sonaba estática, urgente—. Hubo otro. En la Calle Alcalá. Un accidente de tráfico espantoso. Un taxista. Tienes que bajar de ahí, el temporal está empeorando y…

—Vargas —le interrumpió Elena, con la voz rota y temblorosa—. No es el taxista. Ven a la fuente. Ahora.

—¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

—Don Alberto. El vigilante. Está en el agua, Vargas. Y su cara… Dios mío, su cara está en la diosa.

El silencio al otro lado de la línea fue más denso que la tormenta. Vargas había visto los cadáveres anteriores. El primero, una joven turista inglesa que cayó desde un balcón en el barrio de las Letras justo cuando su rostro angelical apareció en la piedra de Cibeles. El segundo, un banquero que sufrió un infarto fulminante en su despacho del Paseo de Recoletos; su mueca de dolor aún adornaba la estatua la noche anterior antes de desvanecerse al amanecer.

—No te muevas —ordenó Vargas—. Voy para allá. No mires a la estatua, Elena. ¡No la mires!

Pero Elena no podía apartar la vista. Había algo hipnótico en la monstruosidad del mármol. Mientras observaba, notó algo que heló la sangre en sus venas, deteniendo su corazón por un instante interminable. El rostro de don Alberto estaba empezando a desdibujarse. Los rasgos se derretían como cera caliente bajo la lluvia. La piedra volvía a alisarse, borrando la nariz, cerrando la boca, fundiendo los ojos hasta dejar, una vez más, un óvalo blanco y pulido, desprovisto de humanidad. La estatua volvía a ser la entidad sin rostro.

Elena sabía lo que eso significaba. La diosa tenía sed de nuevo. El ciclo no terminaba con un rostro por noche; el hambre de la piedra crecía, acelerándose.

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