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La Deuda de Sangre en el Mestalla

La caja de madera negra llegó a las once de la noche. No tenía remitente, ni sellos, ni rastro de haber pasado por ninguna oficina de correos. Simplemente apareció frente a la puerta del lujoso ático de Mateo Vargas, con vistas a la futurista Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia. Mateo, el delantero estrella del Valencia CF, el “Niño de Oro” de la ciudad, estaba a menos de cuarenta y ocho horas del partido más importante del año: el Derbi contra el Levante UD.

El sudor frío le empapó la camiseta de algodón en el instante en que levantó la tapa. No era una amenaza vacía de un ultra rival. No era una carta de un fanático enloquecido. Dentro de la caja, descansando sobre un lecho de terciopelo carmesí, había dos objetos que hicieron que el mundo de Mateo dejara de girar.

El primero era una alianza de oro desgastada, con una inscripción apenas visible en el interior: Para siempre, Rosa y Manuel. El anillo de su padre adoptivo.

El segundo era un crucifijo de plata manchado con una sustancia oscura y seca. Sangre. La cruz que su madre adoptiva, Rosa, nunca se quitaba del cuello.

Y debajo de ambos, una nota escrita en una cartulina gruesa y blanca, con letras mayúsculas, precisas y aterradoras:

«MARCA UN GOL EN EL DERBI, Y TUS PADRES MUEREN. PIERDE EL PARTIDO. SI ACUDES A LA POLICÍA, TE ENVIAREMOS SUS CABEZAS ANTES DEL SAQUE INICIAL. EL CRONÓMETRO ESTÁ EN MARCHA, MATEO.»

El aire abandonó los pulmones del futbolista. Un zumbido ensordecedor inundó sus oídos, ahogando el ruido del tráfico de la Avenida de Francia. Mateo cayó de rodillas, con las manos temblorosas aferrando los bordes de la caja. Sus padres. Sus humildes y bondadosos padres que aún vivían en la pequeña casa de Cullera, que habían sacrificado todo para que él pudiera comprar sus primeras botas de fútbol.

El pánico, crudo y animal, se apoderó de él. Sacó su teléfono móvil con dedos torpes y marcó el número de su madre. Bip… bip… bip… Saltó el buzón de voz. Marcó el de su padre. Buzón de voz. Marcó el teléfono fijo de la casa. Sonó diez veces antes de cortarse.

—¡No, no, no! —gritó Mateo en la soledad de su apartamento, arrojando el teléfono contra la pared de mármol, haciéndolo añicos.

El corazón le golpeaba el pecho con la fuerza de un martillo hidráulico. Era un secuestro. Un chantaje relacionado con las apuestas clandestinas, tenía que serlo. El Derbi de Valencia movía millones de euros en el mercado negro de apuestas asiáticas y europeas. Si el Valencia CF perdía contra el Levante, un equipo teóricamente inferior esta temporada, las cuotas destrozarían las bancas y harían inmensamente ricos a quienes hubieran apostado en contra. Y él era el máximo goleador de La Liga; sin sus goles, el Valencia estaba ciego.

Pero la sangre en el crucifijo le decía que esto no era obra de simples corredores de apuestas. Era la mafia.

Mateo corrió hacia su dormitorio, agarró otro teléfono móvil —un dispositivo de seguridad que solo usaba para emergencias— y marcó el único número en el que podía confiar. No era la policía oficial. Era Diego “El Muro” Navarro, un ex sargento de la Guardia Civil que ahora trabajaba como jefe de seguridad privada del club, un hombre con contactos en los rincones más oscuros de la ciudad del Turia.

—Diego —jadeó Mateo en cuanto el hombre descolgó. Su voz era un susurro quebrado—. Los tienen. Tienen a mis padres.

Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea.

—Dónde estás, chico —preguntó Diego, su voz grave, tranquila y peligrosamente fría. —En mi apartamento. Me han dejado una caja… hay sangre, Diego. Hay sangre de mi madre. —Cierra todas las puertas. No enciendas más luces. Llego en diez minutos. Y por lo que más quieras, no llames a nadie más.

Los diez minutos más largos en la vida de Mateo transcurrieron en la más absoluta penumbra. Sentado en el suelo de su cocina, con un cuchillo de trinchar en las manos temblorosas, cada crujido del edificio lo hacía saltar. ¿Cómo habían llegado hasta su puerta? El edificio tenía seguridad las veinticuatro horas. Quienquiera que fuera, tenía poder. Mucho poder.

Cuando dos toques secos sonaron en la puerta, seguidos de un rasgueo específico, Mateo abrió. Diego entró como una sombra, un hombre grande, de hombros anchos y rostro surcado de cicatrices, vestido con una gabardina negra. Sin decir una palabra, Diego se acercó a la mesa del salón donde Mateo había dejado la caja.

Se puso unos guantes de látex negro y examinó los objetos con la precisión de un forense. Olfateó la sangre seca en el crucifijo.

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