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El Último Resplandor de las Fallas

El olor a pólvora no era solo un aroma en Valencia; era una religión. Y para Mateo, era el aire que respiraba. Pero esta noche, la víspera de la Cremà, el aire estaba envenenado. Faltaban apenas cuatro horas para que el cielo sobre la Plaza del Ayuntamiento se partiera en mil pedazos de luz y fuego en el espectáculo pirotécnico más grande que la ciudad hubiera visto jamás. Mateo, a sus veintiocho años, era el maestro pirotécnico más joven en tener el honor de diseñar la Nit del Foc. Sin embargo, mientras sus dedos temblorosos acariciaban la placa base del panel de detonación principal, el sudor frío que empapaba su nuca no era por los nervios del debut. Era puro y absoluto terror.

Una luz roja parpadeaba en el canal 47. Un canal fantasma. Él no había programado nada en el canal 47.

Mateo tragó saliva, el sonido de las charangas y los petardos de la calle filtrándose a través de las lonas de la carpa de control. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y la constante exposición al humo, se clavaron en la pantalla del ordenador. Las líneas de código de detonación fluían como un río digital, pero había un afluente oscuro que se desviaba del código principal. Un subrutina de retardo. Alguien había puenteado el sistema. Si él pulsaba el botón de inicio a la medianoche, no solo se encenderían las carcasas de titanio y los crisantemos de colores. El canal 47 enviaría una señal de radiofrecuencia encriptada.

Agarró una linterna y su caja de herramientas, ignorando las llamadas de su equipo de técnicos que celebraban con cervezas fuera de la zona de seguridad. El corazón le golpeaba contra las costillas con la fuerza de una mascletà. Siguió el cableado furtivo, un filamento negro tan fino como un cabello, que se arrastraba bajo las tablas de madera, cruzaba el asfalto oculto bajo las cintas protectoras, y se adentraba en el corazón de la falla principal, un monumento colosal de cartón piedra de treinta metros de altura que representaba a los dioses del Olimpo en una sátira sobre la corrupción política.

La plaza estaba abarrotada, un mar de miles de personas riendo, bebiendo, ajenas a la muerte que acechaba en las sombras. Mateo se deslizó bajo las vallas de seguridad, mostrando su credencial al guardia, quien le dedicó un asentimiento distraído. Se arrastró por la base de la falla, tosiendo por el polvo acumulado. El cable negro subía por el interior de la estructura de madera que sostenía la pierna gigante del dios Zeus.

Mateo encendió la linterna. La luz cortó la oscuridad del interior de la falla, revelando un andamiaje de madera y olor a pintura fresca. Subió, peldaño a peldaño, sintiendo que la madera crujía bajo su peso. A quince metros de altura, el cable negro terminaba su recorrido. Se conectaba a un objeto que no tenía lugar en una falla.

No era un petardo. No era pólvora negra.

Era un bloque compacto, del tamaño de una caja de zapatos, envuelto en cinta aislante negra y coronado por un temporizador digital y un receptor de radio. El olor a químicos sintéticos reemplazó al de la madera y el cartón. Era C-4. Explosivo plástico militar. Y no estaba solo. Del bloque principal salían decenas de cables que se ramificaban como venas hacia otras partes de la falla y, presumiblemente, hacia los monumentos de las calles adyacentes.

Si la señal del canal 47 llegaba a este receptor, la explosión no sería un espectáculo visual. Sería una masacre. Miles de personas serían vaporizadas en un instante, y la metralla de madera, clavos y cartón piedra actuaría como una lluvia de cuchillas sobre la multitud. Era un atentado de proporciones apocalípticas.

Mateo sacó unos alicates, con la mano temblando tan violentamente que casi los deja caer. Solo tenía que cortar el receptor. Cortar el cable. Pero entonces, la luz de su linterna rozó algo pegado en el lateral del explosivo. Un pequeño objeto que hizo que la sangre se le helara en las venas, paralizando sus músculos y cortando su respiración.

Era un pequeño caballo de madera, tallado a mano, con la pata delantera derecha rota. Estaba quemado en los bordes.

El aire pareció desaparecer del interior de la falla. Las voces de la multitud exterior se desvanecieron en un zumbido blanco. Ese caballo… ese caballo lo había tallado su padre hace veinte años. Y la última vez que Mateo lo había visto, estaba en las manos de su hermano mayor, Alejandro, la noche en que el taller pirotécnico de su familia ardió hasta los cimientos. La noche en que sus padres murieron carbonizados. La noche en que los bomberos solo encontraron cenizas y un fragmento de hueso que identificaron como los restos de Alejandro.

—No… —susurró Mateo, la voz quebrándose en la oscuridad—. Estás muerto. Tú estás muerto.

Pero el caballo era innegable. La quemadura en el borde era la misma que él había llorado durante años. Y el nudo en el cableado… un nudo marinero de doble vuelta. Una técnica absurda para la electrónica, pero una que Alejandro, obsesionado con los barcos en su juventud, siempre usaba para todo.

Un pitido electrónico rompió el silencio. La pantalla del temporizador del explosivo cobró vida. No estaba esperando la señal del ordenador de Mateo. Alguien, en algún lugar de Valencia, lo había activado manualmente.

03:59:59.

Cuatro horas. Exactamente el tiempo que faltaba para la Nit del Foc.

Alejandro estaba vivo. Y quería reducir Valencia a cenizas.

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