El olor a pólvora no era solo un aroma en Valencia; era una religión. Y para Mateo, era el aire que respiraba. Pero esta noche, la víspera de la Cremà, el aire estaba envenenado. Faltaban apenas cuatro horas para que el cielo sobre la Plaza del Ayuntamiento se partiera en mil pedazos de luz y fuego en el espectáculo pirotécnico más grande que la ciudad hubiera visto jamás. Mateo, a sus veintiocho años, era el maestro pirotécnico más joven en tener el honor de diseñar la Nit del Foc. Sin embargo, mientras sus dedos temblorosos acariciaban la placa base del panel de detonación principal, el sudor frío que empapaba su nuca no era por los nervios del debut. Era puro y absoluto terror.
Una luz roja parpadeaba en el canal 47. Un canal fantasma. Él no había programado nada en el canal 47.
Mateo tragó saliva, el sonido de las charangas y los petardos de la calle filtrándose a través de las lonas de la carpa de control. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y la constante exposición al humo, se clavaron en la pantalla del ordenador. Las líneas de código de detonación fluían como un río digital, pero había un afluente oscuro que se desviaba del código principal. Un subrutina de retardo. Alguien había puenteado el sistema. Si él pulsaba el botón de inicio a la medianoche, no solo se encenderían las carcasas de titanio y los crisantemos de colores. El canal 47 enviaría una señal de radiofrecuencia encriptada.
Agarró una linterna y su caja de herramientas, ignorando las llamadas de su equipo de técnicos que celebraban con cervezas fuera de la zona de seguridad. El corazón le golpeaba contra las costillas con la fuerza de una mascletà. Siguió el cableado furtivo, un filamento negro tan fino como un cabello, que se arrastraba bajo las tablas de madera, cruzaba el asfalto oculto bajo las cintas protectoras, y se adentraba en el corazón de la falla principal, un monumento colosal de cartón piedra de treinta metros de altura que representaba a los dioses del Olimpo en una sátira sobre la corrupción política.
La plaza estaba abarrotada, un mar de miles de personas riendo, bebiendo, ajenas a la muerte que acechaba en las sombras. Mateo se deslizó bajo las vallas de seguridad, mostrando su credencial al guardia, quien le dedicó un asentimiento distraído. Se arrastró por la base de la falla, tosiendo por el polvo acumulado. El cable negro subía por el interior de la estructura de madera que sostenía la pierna gigante del dios Zeus.
Mateo encendió la linterna. La luz cortó la oscuridad del interior de la falla, revelando un andamiaje de madera y olor a pintura fresca. Subió, peldaño a peldaño, sintiendo que la madera crujía bajo su peso. A quince metros de altura, el cable negro terminaba su recorrido. Se conectaba a un objeto que no tenía lugar en una falla.
No era un petardo. No era pólvora negra.
Era un bloque compacto, del tamaño de una caja de zapatos, envuelto en cinta aislante negra y coronado por un temporizador digital y un receptor de radio. El olor a químicos sintéticos reemplazó al de la madera y el cartón. Era C-4. Explosivo plástico militar. Y no estaba solo. Del bloque principal salían decenas de cables que se ramificaban como venas hacia otras partes de la falla y, presumiblemente, hacia los monumentos de las calles adyacentes.
Si la señal del canal 47 llegaba a este receptor, la explosión no sería un espectáculo visual. Sería una masacre. Miles de personas serían vaporizadas en un instante, y la metralla de madera, clavos y cartón piedra actuaría como una lluvia de cuchillas sobre la multitud. Era un atentado de proporciones apocalípticas.
Mateo sacó unos alicates, con la mano temblando tan violentamente que casi los deja caer. Solo tenía que cortar el receptor. Cortar el cable. Pero entonces, la luz de su linterna rozó algo pegado en el lateral del explosivo. Un pequeño objeto que hizo que la sangre se le helara en las venas, paralizando sus músculos y cortando su respiración.
Era un pequeño caballo de madera, tallado a mano, con la pata delantera derecha rota. Estaba quemado en los bordes.
El aire pareció desaparecer del interior de la falla. Las voces de la multitud exterior se desvanecieron en un zumbido blanco. Ese caballo… ese caballo lo había tallado su padre hace veinte años. Y la última vez que Mateo lo había visto, estaba en las manos de su hermano mayor, Alejandro, la noche en que el taller pirotécnico de su familia ardió hasta los cimientos. La noche en que sus padres murieron carbonizados. La noche en que los bomberos solo encontraron cenizas y un fragmento de hueso que identificaron como los restos de Alejandro.
—No… —susurró Mateo, la voz quebrándose en la oscuridad—. Estás muerto. Tú estás muerto.
Pero el caballo era innegable. La quemadura en el borde era la misma que él había llorado durante años. Y el nudo en el cableado… un nudo marinero de doble vuelta. Una técnica absurda para la electrónica, pero una que Alejandro, obsesionado con los barcos en su juventud, siempre usaba para todo.
Un pitido electrónico rompió el silencio. La pantalla del temporizador del explosivo cobró vida. No estaba esperando la señal del ordenador de Mateo. Alguien, en algún lugar de Valencia, lo había activado manualmente.
03:59:59.
Cuatro horas. Exactamente el tiempo que faltaba para la Nit del Foc.
Alejandro estaba vivo. Y quería reducir Valencia a cenizas.
Mateo retrocedió, tropezando con una viga de madera y cayendo varios metros hasta aterrizar sobre una plataforma inferior de cartón. El impacto le sacó el aire de los pulmones, pero el dolor físico no era nada comparado con el abismo que se acababa de abrir en su mente. Su hermano, el héroe de su infancia, el chico que le había enseñado a distinguir entre la pólvora de mina y la de destello, se había convertido en un monstruo.
¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Por qué contra gente inocente?
La mente de Mateo retrocedió abruptamente, arrastrada por el trauma, hacia aquella noche de hace quince años. Recordó el calor sofocante, el crujido de la madera devorada por las llamas, los gritos de su madre. Recordó cómo las autoridades culparon a su padre, acusándolo de negligencia criminal por almacenar exceso de material en una zona residencial. La compañía de seguros no pagó ni un céntimo. Mateo, huérfano y estigmatizado como el “hijo del asesino”, tuvo que abrirse camino en el mundo de la pirotecnia soportando las miradas furtivas y los susurros a sus espaldas. ¿Había descubierto Alejandro la verdad sobre aquel incendio? ¿Acaso no fue un accidente?
Se puso en pie tambaleándose, con la ropa cubierta de polvo blanco. Tenía que llamar a la policía. Tenía que desalojar la plaza. Sacó su teléfono móvil, pero sus dedos se detuvieron sobre la pantalla. Si llamaba a la policía, el pánico se desataría. Una estampida de cien mil personas en las calles estrechas de Valencia causaría cientos de muertos por aplastamiento antes de que la bomba siquiera estallara. Además, si Alejandro estaba vigilando, y seguramente lo estaba, cualquier movimiento policial masivo podría hacerle detonar los explosivos de forma remota.
Tenía que encontrarlo. Tenía que detenerlo él mismo, o al menos ganar el tiempo suficiente para desactivar la red.
Mateo salió de las entrañas de la falla, sintiendo la brisa fresca del mar Mediterráneo mezclada con el sudor y la cerveza. Miró a su alrededor. Los edificios históricos que flanqueaban la plaza estaban iluminados, sus balcones alquilados a precios desorbitados para ver el espectáculo. En uno de esos balcones, en una de esas azoteas, detrás de alguna ventana oscura, su hermano lo estaba mirando.
Volvió a la carpa de control a paso rápido, intentando mantener una expresión de concentración profesional para no alertar a su equipo.
—¡Jefe! —le gritó Carlos, su segundo al mando, ofreciéndole una lata de cerveza—. ¡Todo listo! La línea principal tiene continuidad. La de hoy va a hacer temblar hasta los cimientos de la Catedral.
—Carlos, necesito que reconfigures la secuencia de ignición del sector tres —dijo Mateo, manteniendo la voz lo más nivelada posible—. Ponla en bucle cerrado. Desconecta físicamente la placa principal y pásalo todo al sistema manual analógico de respaldo.
Carlos frunció el ceño, confundido. —¿Qué? ¿Por qué? Hemos estado programando esto durante semanas. El ordenador sincronizará las detonaciones con la música al milisegundo. Si pasamos a manual, perderemos la coreografía.
—He detectado una fluctuación de voltaje en la placa principal. Podría ser un cortocircuito. No me fío del sistema digital esta noche —mintió Mateo, la excusa saliendo de sus labios con una facilidad espeluznante.
—Pero…
—¡Hazlo, Carlos! ¡Ahora! —ordenó Mateo, alzando la voz más de lo habitual. El silencio se hizo en la carpa. Sus técnicos lo miraron con sorpresa. Mateo suavizó su tono, pasándose una mano por el pelo—. Por favor. Es mi diseño. No quiero que un fallo informático nos arruine la noche. Pásalo a manual. Yo me encargaré de revisar las líneas periféricas.
Mientras Carlos, a regañadientes, comenzaba a desenchufar cables, Mateo se sentó frente a una terminal secundaria. Abrió un programa de escaneo de radiofrecuencias. Si el temporizador de la bomba tenía un receptor, estaba emitiendo un leve “ping” de confirmación a su maestro. Mateo tecleó furiosamente, aislando las frecuencias de las emisoras de radio, los walkie-talkies de la policía y las redes de telefonía móvil.
En la pantalla, un espectro verde comenzó a fluctuar. Una señal anómala, fuertemente encriptada, emitía pulsos cada diez segundos. Triangulando la intensidad de la señal, Mateo pudo ver que no venía de un lugar estático. El emisor se estaba moviendo. Lentamente. Estaba entre la multitud, caminando por la Calle de San Vicente Mártir, alejándose de la plaza principal.
Cogió una mochila negra y metió dentro un alicate de corte cerámico, un inhibidor de frecuencia portátil (ilegal, pero necesario en su profesión para evitar detonaciones accidentales por radio), y un cuchillo táctico.
—Vuelvo en un rato —le dijo a su equipo, colgándose la mochila al hombro—. Mantened todo en verde. Nadie toca el panel principal hasta que yo dé la orden.
Se sumergió en la marea humana. Las calles de Valencia eran un laberinto de luz y ruido. Las bandas de música desfilaban, los falleros y falleras vestían sus trajes tradicionales de seda bordada en oro y plata, y los niños arrojaban petardos y bombetas contra el suelo, creando pequeñas explosiones que hacían que Mateo se estremeciera a cada paso. Cada estruendo le recordaba el contador digital que retrocedía implacablemente.
03:45:12.
Siguió la señal de su escáner portátil, que vibraba en su bolsillo. La señal se intensificó cerca de la Estación del Norte, el majestuoso edificio modernista que servía como puerta de entrada a la ciudad. Mateo se abrió paso a empujones, pidiendo disculpas en voz baja, con los ojos escaneando cada rostro.
Quince años habían pasado. ¿Cómo sería Alejandro ahora? Tendría treinta y cinco años. Las quemaduras del incendio seguramente habrían dejado cicatrices. Buscaba a un hombre con el rostro marcado, alguien que se moviera con propósito entre la multitud ebria de celebración.
La señal se detuvo. Mateo miró su dispositivo. El punto rojo parpadeaba directamente frente a la plaza de toros, a pocos metros de la estación.
Se detuvo, su respiración agitada. Había cientos de personas allí, comprando churros y buñuelos en los puestos callejeros, esperando en las paradas de autobús improvisadas. De repente, entre un grupo de turistas alemanes, vio una figura de espaldas. Llevaba una chaqueta de cuero negro y una gorra de béisbol oscura bajada sobre los ojos. La postura… había algo en la curvatura de esos hombros, en la forma en que mantenía el peso sobre la pierna izquierda.
Mateo dio un paso adelante, el corazón latiendo desbocado.
El hombre se giró ligeramente para tirar un vaso de plástico a la papelera. La luz anaranjada de las farolas bañó su rostro. La mitad izquierda estaba lisa, intacta, pero la mitad derecha era un mapa de tejido cicatricial brillante y tenso, una máscara de fuego petrificado que le retorcía la comisura de los labios en una mueca eterna.
Era él. Aquellos ojos oscuros y profundos, los mismos ojos que le leían cuentos cuando era niño, estaban ahora vacíos de cualquier calor.
—¿Alejandro? —El nombre escapó de los labios de Mateo como un suspiro ahogado por el ruido de la calle.
El hombre se tensó. No miró hacia atrás, pero su lenguaje corporal cambió instantáneamente. Como un depredador que huele el peligro, se dio la vuelta rápidamente y comenzó a caminar a paso ligero hacia la boca del metro de Xàtiva.
—¡Alejandro! —gritó Mateo, rompiendo a correr.
La multitud se convirtió en un obstáculo viscoso. Mateo empujaba a la gente, recibiendo insultos y maldiciones. Vio la chaqueta de cuero negro desaparecer por las escaleras del metro.
03:30:00.
Mateo bajó las escaleras saltando de tres en tres. El vestíbulo del metro era un caos de gente intentando recargar sus tarjetas de transporte. Saltó los torniquetes, ignorando los gritos de un guardia de seguridad. El andén de la Línea 3 estaba lleno. El sonido de un tren acercándose rugía por el túnel.
Vio a Alejandro de pie cerca del borde del andén, mirando fijamente la negrura del túnel. Mateo corrió hacia él.
—¡Alejandro! ¡Detente!
Alejandro se giró. Por primera vez en quince años, los dos hermanos se miraron frente a frente. Mateo esperaba ver locura, rabia, o tal vez remordimiento. Pero lo único que encontró en los ojos de su hermano fue una fría y calculadora determinación.
—Has crecido, hermanito —dijo Alejandro, su voz áspera, rasgada por el humo inhalado décadas atrás. El tren irrumpió en la estación, el estruendo ahogando sus palabras. Las puertas se abrieron y la masa de gente comenzó a salir y entrar.
—¿Qué estás haciendo? —gritó Mateo, agarrando a su hermano por el brazo de la chaqueta. El tacto del cuero era duro y frío—. He visto la falla. He visto el C-4. ¿Por qué?
Alejandro apartó la mano de Mateo con una fuerza brutal.
—Estás en el camino, Mateo. Deberías haber seguido programando tus fuegos artificiales. Ahora tienes que morir con ellos.
—¡Son inocentes! ¡Hay niños ahí arriba! —Mateo señaló frenéticamente hacia la superficie.
—¿Inocentes? —Alejandro soltó una carcajada seca, un sonido desprovisto de humor—. ¿Dónde estaban los inocentes cuando nuestro padre suplicaba ayuda? ¿Dónde estaban cuando los concejales del Ayuntamiento falsificaron las licencias y usaron nuestro almacén para esconder sus propios explosivos ilegales? ¿Dónde estaban cuando se llevaron el dinero del seguro y te dejaron a ti en un orfanato?
Mateo se quedó petrificado. —¿De qué estás hablando? Fue un accidente… Papá cometió un error.
—Eso es lo que te hicieron creer. A ti, y a todos. —Alejandro se acercó, su rostro desfigurado a centímetros del de Mateo—. Papá descubrió que el alcalde y sus mafiosos estaban traficando con explosivos industriales disfrazados de suministros pirotécnicos para el puerto. Iba a denunciarlos. Así que quemaron nuestra casa. Quemaron a nuestra familia. Yo sobreviví, pero me aseguré de que todos pensaran que estaba muerto. He pasado quince años reuniendo las pruebas, rastreando los explosivos, aprendiendo cómo demoler el imperio de mentiras que han construido.
—No puedes hacer esto. No puedes matar a cien mil personas por venganza. ¡Te convertirás en un monstruo peor que ellos!
—No voy a matar a cien mil personas —dijo Alejandro, su voz bajando a un susurro gélido—. Voy a volar el Ayuntamiento. Voy a volar el palacio de la Generalitat. Los explosivos en la falla principal son solo un cebo. Una distracción para que la policía concentre todas sus unidades allí mientras yo destruyo los verdaderos centros de poder de esta ciudad podrida.
La mente de Mateo dio vueltas. Un cebo. —Pero… el temporizador de la falla principal… si explota, matará a la multitud de todas formas.
—Eso es un sacrificio necesario. Para que el mundo preste atención, la luz tiene que ser cegadora. —Alejandro sacó un pequeño dispositivo rectangular de su bolsillo. Un detonador manual—. Tienes tres horas, Mateo. Evacúa la plaza si puedes. Pero si intentas interferir con la señal o desactivar el dispositivo… volaré todo ahora mismo.
Antes de que Mateo pudiera reaccionar, Alejandro le dio un empujón violento contra el pecho. Mateo perdió el equilibrio y cayó de espaldas al suelo del andén. Para cuando se puso en pie, las puertas del tren se estaban cerrando y el rostro con cicatrices de su hermano desapareció en la multitud comprimida dentro del vagón.
El tren se alejó, tragado por la oscuridad del túnel.
Mateo se quedó solo en el andén, respirando entrecortadamente. Las revelaciones de Alejandro golpeaban su mente como martillazos. El incendio, la conspiración, la corrupción. Todo su mundo, toda la culpa que había cargado en silencio, era una mentira construida sobre cenizas y sangre. Pero no tenía tiempo para procesarlo. El dolor tendría que esperar.
Sacó su escáner. La señal de Alejandro se estaba moviendo por la línea del metro, dirigiéndose hacia el norte, probablemente hacia las zonas institucionales de la ciudad.
03:15:00.
Mateo salió del metro corriendo, la desesperación dándole alas. Ahora sabía la verdad. Alejandro había llenado de explosivos los edificios gubernamentales, pero la bomba de la plaza del Ayuntamiento seguía activa y era la más letal para los civiles. Tenía que tomar una decisión imposible: ir tras su hermano para detener el plan principal, o volver a la falla y arriesgar su vida para desarmar la bomba que amenazaba a las masas, sabiendo que si fallaba, Alejandro detonaría todo.
Optó por la plaza. Su deber, su sangre, estaba mezclada con esa pólvora. No dejaría que el arte que amaba se convirtiera en un arma de terror masivo.
Corrió por las calles abarrotadas, sudando profusamente a pesar de la fresca noche de marzo. Llegó a la carpa de control. Carlos estaba de pie junto a los paneles, discutiendo por radio con los operarios de los castillos de fuegos artificiales secundarios.
—¡Carlos! —gritó Mateo al entrar, agarrando a su compañero por los hombros—. Escúchame muy bien. Necesito que inicies un protocolo de retraso de la Cremà. Finge un fallo técnico masivo. Corta la luz de toda la plaza si es necesario, pero haz que la gente se frustre y empiece a irse.
—¿Estás loco? ¡El alcalde está en el balcón esperando! ¡Nos quitarán la licencia de por vida!
—¡Hazlo o moriremos todos! —Los ojos de Mateo transmitían un terror tan genuino que Carlos palideció y retrocedió un paso.
Sin esperar respuesta, Mateo agarró su mochila y volvió a colarse hacia la falla principal. Esta vez, sabía exactamente a lo que se enfrentaba. La estructura de treinta metros se alzaba sobre él, sus figuras satíricas burlándose de la tragedia humana que se gestaba en sus entrañas.
Trepar por el interior fue más difícil esta vez. El cansancio se acumulaba en sus músculos y la humedad del aire hacía que la madera resbalara. Llegó hasta el nivel donde estaba anidado el explosivo. El temporizador digital brillaba implacable en la oscuridad.
02:45:22.
Encendió su linterna y sacó sus herramientas. Observó el C-4. No era un montaje de aficionado. Alejandro había aprendido bien, quizás como mercenario o en alguna unidad de élite en la sombra durante sus años “muerto”. Había trampas. Cables de fibra óptica que detectarían cualquier cambio de luz si se cortaba la cinta negra, un sensor de mercurio para evitar que lo movieran, y un cableado redundante: cortar el cable equivocado cerraría el circuito y boom.
Mateo encendió su inhibidor de frecuencia y lo colocó al lado del bloque. Esto bloquearía cualquier señal de detonación remota que Alejandro pudiera enviar… pero solo en un radio de cinco metros, y solo mientras la batería del inhibidor aguantara. Si el temporizador llegaba a cero, el inhibidor no serviría de nada. Tenía que desarmarlo.
Comenzó a pelar con cuidado milimétrico la cinta aislante, usando su cuchillo táctico como si fuera un bisturí quirúrgico. El sudor le caía por la frente, picándole en los ojos. Una gota cayó sobre su mano; tragó saliva, aterrorizado de que una sacudida involuntaria activara el sensor de mercurio.
Descubrió la placa de circuito impreso. Era un laberinto de cables rojos, azules, verdes y amarillos. El clásico cliché de las películas, pensó con amargura, pero aquí no había guionistas para salvarle la vida.
Mientras analizaba el circuito, su teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón. El ruido casi le hace dar un salto. Con cuidado de no mover su cuerpo bruscamente, sacó el teléfono. Número oculto.
—¿Sí? —susurró.
—Veo que has vuelto a la falla, Mateo —la voz de Alejandro resonó fría a través del altavoz—. Eres predecible. Siempre tratando de arreglar lo que está roto.
—Alejandro, por favor. Detén esto. Estás enfermo. La venganza no te devolverá a papá y mamá.
—No se trata de devolverlos a la vida. Se trata de equilibrar la balanza. Acabo de cebar los explosivos en los pilares del Palacio de la Generalitat. El presidente regional y su camarilla están celebrando una cena de gala dentro. En dos horas, se convertirán en polvo histórico.
—Si haces volar ese edificio, dañarás los cimientos de la ciudad vieja. Morirán civiles.
—Daños colaterales. Igual que nosotros fuimos daños colaterales. —Hubo una pausa, y Mateo escuchó el sonido de un encendedor y el crujido de un cigarrillo—. Sabes, he estado observándote todos estos años. Te has convertido en un maestro. El mejor pirotécnico de España. Estaba orgulloso de ti. Hasta que vi que trabajabas para ellos. Diseñando espectáculos para entretener a los mismos cerdos que nos lo quitaron todo.
—Trabajo para la gente, Alejandro. Trabajo por el arte. Por la tradición. Tú me enseñaste a amar esto.
—Y ahora te enseñaré a destruirlo. Tienes un problema con la bomba que estás mirando, hermanito. Si cortas el cable rojo, explota. Si cortas el azul, explota. La única forma de detener el temporizador es introducir un código en el teclado que está oculto bajo el bloque de C-4. Pero si levantas el bloque, el interruptor de mercurio se activará y explotará. Jaque mate. Sal de ahí y sálvate.
La línea se cortó.
Mateo maldijo en voz baja. Miró la base del explosivo. Efectivamente, estaba firmemente asentado sobre una tabla plana. Debajo, apenas visible, se asomaba la esquina de un teclado alfanumérico. No podía levantarlo.
01:50:00.
El tiempo se escurría. Pensó como un pirotécnico. ¿Cómo neutralizar una carga que no puedes tocar? No puedes. Pero puedes desviar su energía o neutralizar su catalizador químico. El C-4 es un explosivo plástico muy estable; requiere calor extremo y una onda de choque (un detonador) para explotar. Si podía extraer el detonador, el C-4 no sería más que arcilla tóxica.
Buscó el fulminante insertado en la masa grisácea. Era un cilindro de metal brillante, del tamaño de un bolígrafo, hundido profundamente en el plástico. Los cables del temporizador iban directamente a este cilindro.
Necesitaba congelar el fulminante o extraerlo sin fricción. No tenía nitrógeno líquido. Lo único que tenía era sus herramientas y su ingenio.
De repente, los altavoces de la plaza cobraron vida. Una voz amplificada resonó en la noche: “Señoras y señores, debido a un fallo técnico imprevisto en los sistemas informáticos, nos vemos obligados a retrasar el inicio de la Nit del Foc. Les rogamos disculpen las molestias y despejen gradualmente la plaza por motivos de seguridad mientras solucionamos el problema.”
Carlos lo había hecho. Había arriesgado su carrera por él.
Sin embargo, en lugar de calmar a la multitud, el anuncio provocó un murmullo de descontento que pronto se convirtió en abucheos. La gente no quería irse. Llevaban horas esperando. Hubo empujones. El pánico, el hermano oscuro del caos, empezaba a despertar en la plaza.
Mateo sabía que el tiempo jugaba en su contra doblemente ahora.
Sacó su navaja. Con una mano firme, a pesar del terror que lo consumía por dentro, comenzó a realizar pequeñas incisiones en la masa de C-4 alrededor del detonador. Retiró trozos del tamaño de un guisante, como un cirujano extirpando un tumor cerebral.
01:15:30.
El olor a almendras amargas del explosivo le daba náuseas. Minuto a minuto, logró crear un pequeño cráter alrededor del cilindro metálico. Ahora el detonador estaba casi expuesto, pero el cable de retención antipánico estaba soldado a él. Si lo tiraba, el circuito se cerraría.
Tenía que puentear el circuito en paralelo antes de cortar el detonador.
Sacó dos pinzas de cocodrilo y un trozo de cable de cobre de su caja. Conectó un extremo al cable de entrada del detonador, conteniendo la respiración, y el otro extremo al cable de salida, bypasseando efectivamente el fulminante.
Luego, con el alicate de corte cerámico, cerró las mandíbulas sobre el cable del detonador original.
—Por mamá, por papá —susurró, y apretó.
Un ligero “clic”. Ninguna explosión.
Mateo dejó escapar el aire que había contenido en los pulmones en un gemido ahogado. Tiró suavemente del cilindro metálico, sacando el detonador de la masa de C-4. El temporizador seguía contando (00:45:10), pero la garra de la muerte había sido extraída. La falla principal estaba a salvo.
Pero la guerra no había terminado. Alejandro todavía tenía el control de las bombas en la Generalitat y el Ayuntamiento, y el detonador manual en su poder.
Mateo guardó el detonador extraído en un estuche acolchado y descendió rápidamente por el interior de la falla. Al salir, el escenario en la plaza era tenso. La policía local estaba intentando acordonar zonas, mientras la gente se resistía, gritando y lanzando botellas. El caos era la cobertura perfecta para Alejandro.
Mateo miró su escáner. La señal de Alejandro ya no estaba en el Ayuntamiento. Se había movido hacia el este. Hacia el cauce del río Turia, el inmenso parque lineal que cruzaba la ciudad. ¿Por qué iba hacia allí?
Entonces lo entendió. El puente de la Exposición. El centro neurálgico de las telecomunicaciones y la subestación eléctrica que alimentaba gran parte de Ciutat Vella. Si volaba eso, la ciudad entera se sumiría en la oscuridad, cortando comunicaciones y retrasando a los servicios de emergencia, dejándolos ciegos para cuando las bombas del Ayuntamiento y la Generalitat explotaran simultáneamente.
Echó a correr, sus botas golpeando el asfalto. Cortó por las calles estrechas del barrio del Carmen, esquivando a turistas ebrios y contenedores de basura volcados. Sus pulmones ardían. Su mente iba a mil por hora, calculando rutas, recordando la topografía de la ciudad que había recorrido de niño junto al hermano que ahora intentaba destruirla.
Llegó a los jardines del Turia. El contraste con el bullicio del centro era brutal. Aquí, bajo los inmensos árboles y los puentes iluminados, reinaba una relativa calma. Mateo apagó la linterna y se movió entre los arbustos, guiándose por el parpadeo verde de su escáner.
00:25:00.
Bajo el arco estilizado del Puente de la Exposición, diseñado por Calatrava, vio a la figura oscura de Alejandro. Estaba agachado junto a un enorme transformador eléctrico, conectando un dispositivo a una gruesa manguera de cables.
Mateo recogió una barra de hierro del suelo, abandonada por algún equipo de mantenimiento, y caminó sigilosamente. El crujido de la grava bajo sus pies fue casi imperceptible, pero Alejandro, con los sentidos afinados por años de paranoia y supervivencia, se giró de golpe.
Sin dudarlo, Alejandro sacó una pistola semiautomática de su chaqueta y disparó.
El sonido seco del disparo resonó en el cauce del río. La bala rozó el brazo izquierdo de Mateo, destrozando la tela de su camisa y arrancando un pedazo de piel. Mateo gritó de dolor, cayendo de rodillas, soltando la barra de hierro.
Alejandro se acercó, el arma apuntando directamente a la cabeza de Mateo. La fría luz de las farolas del puente acentuaba las terribles cicatrices de su rostro, dándole un aspecto demoníaco.
—¿Desactivaste la falla? —preguntó Alejandro, más con curiosidad que con ira—. Impresionante. Siempre fuiste más hábil con las manos que yo. Pero tu persistencia es agotadora, Mateo.
Mateo se agarró el brazo sangrante, mirándolo con un odio que nunca antes había sentido, un odio que quemaba más que la pólvora blanca.
—Has perdido la cabeza, Alejandro. Mírate. Eres un asesino. Eres exactamente igual que la gente a la que culpas.
—Soy la consecuencia de sus actos. —Alejandro amartilló la pistola—. Y ahora, tengo que limpiar el desastre. Voy a dejarte aquí. Las bombas del centro explotarán en veinte minutos. La ciudad despertará mañana en una nueva era. Una era de ceniza.
—No lo harás. —Mateo se apoyó en su brazo sano y forzó una risa amarga y dolorosa—. Porque si tú aprietas ese detonador, yo apretaré el mío.
Alejandro frunció el ceño. —¿De qué hablas?
Mateo abrió su mochila y sacó lentamente su propio panel de detonación remoto, el que usaba para emergencias pirotécnicas. Tenía un alcance de varios kilómetros.
—¿Recuerdas que desarmé la bomba de la falla? No solo le quité el fulminante, Alejandro. Durante estos años, he desarrollado un sistema de contra-interferencia para los castillos de fuegos artificiales. Puedo secuestrar tu señal.
Era una mentira desesperada, una farol monumental. No podía secuestrar su señal. Pero podía sembrar la duda en la mente paranoica de su hermano.
—Mientes —dijo Alejandro, aunque su mano tembló ligeramente.
—¿Quieres apostar la vida de tu venganza a eso? —Mateo lo miró fijamente a los ojos, proyectando toda la confianza que pudo fingir—. Si aprietas tu botón, mi inhibidor invertido interceptará el pulso, y no estallará nada en la Generalitat. Pero yo, con este panel, acabo de activar una secuencia de detonación de las reservas de titanio negro que guardamos en las bóvedas bajo el puente. Si me matas y dejas caer ese mando, volaremos por los aires nosotros dos, y tu plan morirá contigo.
La duda cruzó el rostro cicatrizado de Alejandro. Miró el panel en las manos de Mateo. Las luces LED rojas y verdes parpadeaban, dándole un aspecto letal. Era, de hecho, solo el panel de control manual de los fuegos de la plaza, ahora completamente inútil a esta distancia.
—Tú no te sacrificarías —gruñó Alejandro.
—Tú mataste a la única familia que me quedaba cuando te convertiste en esto —escupió Mateo, las lágrimas mezclándose con el sudor en su rostro—. Ya no tengo nada que perder, hermano. Apaga el sistema.
El silencio bajo el puente fue ensordecedor, roto solo por el distante rumor de las sirenas de policía que finalmente comenzaban a movilizarse en el centro de la ciudad.
00:12:00.
Alejandro bajó lentamente el arma. Hubo un destello de algo parecido a la tristeza en su único ojo sano. Por un instante, el caparazón del terrorista se agrietó y Mateo vio al adolescente de hace quince años, el chico que amaba la navegación y protegía a su hermano pequeño.
—Los monstruos que mataron a papá… siguen ahí, Mateo. En los palacios, bebiendo champán mientras la gente baila en la calle —susurró Alejandro, su voz rota—. Alguien tiene que hacerles pagar.
—La justicia la buscaremos juntos —dijo Mateo, levantándose lentamente, sin soltar su panel—. Sacaremos a la luz los documentos. Denunciaremos. Usaremos la prensa. Pero no con sangre inocente, Alejandro. Por favor. Dame el detonador.
Extendió la mano, temblando por el esfuerzo, la pérdida de sangre y el puro agotamiento emocional.
Alejandro miró la mano extendida de su hermano. Luego miró el detonador negro en su propia mano izquierda. Su dedo pulgar acarició el botón rojo.
—Es demasiado tarde para mí, Mateo —dijo suavemente—. Yo morí en ese incendio.
Y con un movimiento rápido, impropio de un hombre derrotado, Alejandro no apuntó a Mateo, sino que levantó la pistola y disparó al transformador eléctrico.
Una lluvia de chispas azules y naranjas llovió sobre ellos. Una explosión de gas y electricidad lanzó a Mateo hacia atrás, arrojándolo varios metros sobre la hierba del parque. El sonido fue ensordecedor. Un zumbido eléctrico llenó el aire, y de repente, la mitad de Valencia, incluyendo la iluminación de los puentes, las calles adyacentes y el barrio gubernamental, se sumió en la oscuridad absoluta.
Mateo se levantó aturdido, el zumbido de la explosión pitando en sus oídos. El humo acre de los plásticos quemados y el ozono llenaba sus pulmones. Tosió, arrastrándose hacia donde había estado su hermano.
—¡Alejandro! —gritó en la oscuridad.
No hubo respuesta. Encendió la linterna de su móvil, que milagrosamente había sobrevivido al impacto. Iluminó el área destrozada del transformador. No había rastro de su hermano. Solo una chaqueta de cuero negra, humeante en el suelo, y el detonador manual, aplastado bajo una viga de metal fundido. Alejandro lo había destruido antes de escapar.
El temporizador digital de las bombas gubernamentales no podía ser activado sin ese mando central. Había abortado el plan.
Mateo cayó de rodillas, respirando con dificultad. Las sirenas a lo lejos sonaban ahora en todas direcciones, un enjambre de luces azules y rojas cortando la oscuridad de la ciudad apagada. Había salvado miles de vidas. Había salvado a Valencia del holocausto. Pero había perdido a su hermano por segunda vez.
Cinco años después.
La brisa del Mediterráneo acariciaba el rostro de Mateo mientras observaba las olas romper contra el rompeolas del puerto de Valencia. Su brazo izquierdo conservaba una cicatriz blanca, un recordatorio permanente de la noche que cambió su vida.
El escándalo de la “Falla de la Muerte” había sacudido España entera. Aunque las autoridades intentaron encubrirlo inicialmente, Mateo había filtrado anónimamente a la prensa un dossier detallado de la investigación que él mismo completó, siguiendo las pistas que Alejandro había dejado atrás. Los oscuros lazos entre el antiguo gobierno municipal y las redes de tráfico de explosivos salieron a la luz. Hubo detenciones masivas, juicios mediáticos y condenas políticas y penales que purgaron las instituciones de la ciudad. El nombre de su padre fue limpiado póstumamente.
Mateo había dejado la pirotecnia comercial. Ya no diseñaba castillos de fuegos para el Ayuntamiento. En su lugar, daba clases de química avanzada y seguridad explosiva en la universidad, dedicando su tiempo a enseñar cómo prevenir las tragedias.
Un hombre se acercó caminando por el muelle. Llevaba una gabardina ligera y un sombrero que proyectaba una larga sombra sobre su rostro en el sol del atardecer.
Se detuvo a un par de metros de Mateo, mirando hacia el mar.
—Dicen que el agua lo lava todo —dijo el hombre, con una voz rasposa que hizo que el corazón de Mateo diera un vuelco.
Mateo no se giró de inmediato. Cerró los ojos, asimilando la realidad del momento.
—También dicen que el fuego purifica —respondió Mateo lentamente—. Pero algunas cenizas son difíciles de borrar.
El hombre se giró ligeramente, y Mateo vio el perfil intacto de su hermano. Alejandro parecía mayor, más cansado, pero sus ojos oscuros tenían una calma que no estaba allí hace cinco años.
—Los leí en los periódicos —dijo Alejandro, metiendo las manos en los bolsillos de su gabardina—. Lo conseguiste, hermanito. Derribaste el castillo sin disparar un solo tiro. Sin matar a nadie.
—Era lo correcto —dijo Mateo, finalmente girándose para enfrentarlo. Vio las cicatrices de la mitad derecha de su rostro, ahora enmarcadas por una barba encanecida—. Podías haberte quedado, Alejandro. Podíamos haberlo hecho juntos.
Alejandro sacudió la cabeza, una sonrisa triste asomando a sus labios. —Un fantasma no puede declarar en un tribunal, Mateo. Y mis métodos… mis crímenes… no podían ser perdonados. Crucé líneas de las que no hay vuelta atrás. Si me hubiera quedado, yo sería el foco de atención, no la corrupción que expusiste. Yo soy el villano de esta historia. Tú eres el héroe. Y así debe ser.
—¿Dónde has estado? —preguntó Mateo, su voz quebrándose de emoción contenida.
—Viajando. Desapareciendo. Reparando algunas cosas rotas… dentro de mí —Alejandro miró hacia el horizonte infinito del mar—. He venido a despedirme. De verdad, esta vez. Me voy lejos. A un lugar donde el humo y la pólvora no lleguen.
Mateo dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. Por un instante, la tensión de años de dolor, traición y culpa pareció condensarse en el aire. Pero entonces, Mateo levantó los brazos y abrazó a su hermano.
Alejandro se tensó al principio, poco acostumbrado al contacto humano, pero lentamente, sus brazos rodearon la espalda de Mateo. Fue un abrazo áspero, torpe, cargado de un amor fraternal que había sobrevivido al fuego, a la locura y al tiempo.
—Cuídate, hermano —susurró Mateo contra su hombro.
—Sigue iluminando el cielo por nosotros, Mateo —respondió Alejandro, apartándose suavemente.
Sin añadir una palabra más, Alejandro se dio la vuelta y comenzó a caminar por el muelle, su figura encogiéndose a medida que se alejaba hacia la luz dorada del atardecer.
Mateo se quedó allí de pie, observándolo hasta que desapareció por completo. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de Valencia de tonos púrpuras, naranjas y rojos vibrantes. Parecía un inmenso lienzo de fuego celestial, un espectáculo pirotécnico natural más hermoso que cualquier cosa que el hombre pudiera crear.
Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire limpio y salado. Ya no olía a pólvora. El pasado, con todos sus horrores y secretos, finalmente se había desvanecido. Y por primera vez en su vida, Mateo miró hacia el futuro sin miedo, listo para construir su propio camino, lejos de la sombra de las fallas y de las cenizas de la tragedia. La noche caía sobre Valencia, no trayendo destrucción, sino la tranquila promesa de un nuevo amanecer.
Parte II: El Eco de las Cenizas
El sol se había hundido por completo en el Mediterráneo, dejando tras de sí un cielo teñido de un púrpura amoratado, casi como un hematoma en la bóveda celeste. Mateo permaneció en el muelle mucho después de que la figura de Alejandro fuera tragada por la bruma vespertina. El sonido de las olas rompiendo contra el hormigón del puerto de Valencia era un latido constante, un metrónomo que marcaba el inicio de lo que él creía que sería su nueva vida. Una vida libre de sombras. Una vida de paz.
Pero la paz es una ilusión frágil para aquellos cuya sangre está mezclada con salitre y azufre.
Los meses que siguieron a aquel encuentro furtivo transcurrieron con una monotonía que Mateo aprendió a saborear. La Universidad de Valencia se había convertido en su santuario. Sus clases de “Química de los Compuestos Energéticos” y “Protocolos de Seguridad en Deflagraciones Controladas” eran las más solicitadas por los estudiantes de ingeniería. Sus alumnos lo veían no solo como un genio de la química, sino como una leyenda viva: el hombre que había desentrañado la conspiración de la “Falla de la Muerte”, el héroe que había caminado entre explosivos para salvar su ciudad.
Sin embargo, Mateo nunca se sintió un héroe. Cada vez que encendía un fósforo en el laboratorio, veía el rostro desfigurado de su hermano. Cada vez que escuchaba el estruendo lejano de una obra, su corazón sufría una arritmia traicionera, transportándolo de vuelta a las entrañas de aquel monumento de cartón piedra.
El otoño llegó a la ciudad, barriendo las calles con vientos fríos y hojas secas. Fue un martes, a finales de noviembre, cuando la ilusión se rompió.
Mateo había terminado su última clase magistral de la tarde. El aula magna, con sus gradas de madera y sus grandes ventanales góticos, se había vaciado lentamente. Solo quedaba el eco de las sillas arrastradas y el zumbido de las luces fluorescentes. Mientras recogía sus apuntes y borraba la compleja fórmula de la combustión del nitrato de bario de la pizarra, notó algo sobre su escritorio.
No estaba allí cuando comenzó la clase. Era un pequeño paquete cúbico, envuelto en un papel de estraza rústico y atado con un cordel de cáñamo. No tenía remitente ni destinatario.
La primera reacción de Mateo fue la curiosidad, pero su instinto, entrenado en el fuego y la traición, le hizo retroceder un paso. El aire a su alrededor pareció enfriarse. Se acercó con cautela, observando el paquete desde diferentes ángulos sin tocarlo. El papel estaba inmaculado, pero el nudo del cordel… el nudo era lo que aceleró su pulso.
Un nudo marinero de doble vuelta.
El estómago de Mateo dio un vuelco violento. Una náusea repentina lo obligó a apoyarse en el borde de la pizarra. Alejandro. ¿Había vuelto? ¿Por qué enviarle algo a la universidad, de esta manera tan teatral y siniestra? ¿No se habían despedido en el muelle?
Respirando con dificultad, Mateo abrió su maletín y sacó unas gafas de seguridad y unos guantes de nitrilo. Con movimientos precisos y ensayados, se colocó el equipo de protección. No iba a abrirlo allí. Sabía muy bien que la curiosidad era el primer clavo en el ataúd de un artificiero.
Sacó su teléfono móvil y marcó un número que no había usado en cinco años.
—¿Inspector Silva? —dijo Mateo, cuando la voz al otro lado de la línea gruñó un “diga”. —¿Mateo? Ha pasado mucho tiempo. ¿Qué ocurre? Tu voz suena como si hubieras visto a un fantasma. —Creo que alguien está intentando revivir uno. Necesito que traigas al equipo TEDAX al aula magna de la facultad de ciencias. Ahora. En silencio. Sin sirenas.
Quince minutos después, el aula estaba acordonada. Dos técnicos en desactivación de explosivos, vestidos con pesados trajes de Kevlar que los hacían parecer astronautas, escaneaban el paquete con un equipo de rayos X portátil. El Inspector Silva, un hombre canoso de rostro curtido y ojos que habían visto demasiadas atrocidades, estaba junto a Mateo en el pasillo, observando a través de la puerta entreabierta.
—¿Qué te hace pensar que es una bomba, Mateo? —preguntó Silva en voz baja—. Podría ser un regalo de un alumno friki.
—El nudo, Silva. Es la firma de mi hermano. Y el peso… lo he visto de cerca. Parece ligero, pero la tensión del papel de estraza sugiere que el interior es denso. Podría ser un bloque compacto.
Uno de los técnicos se acercó a la puerta y se quitó el casco, secándose el sudor de la frente. —Profesor… inspector. No es un explosivo. Al menos, no uno activo. El escáner muestra una caja de madera hueca y un mecanismo de resorte simple. Ningún cableado, ningún detonador, ningún químico reactivo.
Mateo frunció el ceño. Se abrió paso y entró en el aula, acercándose a la mesa. Con la autorización de los técnicos, tomó un bisturí de precisión de su estuche y cortó el cordel, cuidando de no alterar el nudo. Desdobló el papel de estraza.
Debajo, había una caja de madera de ébano exquisitamente tallada. Las tallas representaban llamas que parecían danzar en la oscuridad de la madera. Mateo abrió la tapa.
Dentro, sobre una cama de terciopelo rojo, descansaba un objeto que hizo que la sangre de Mateo se helara en sus venas.
Era un caballo de madera. Otro caballo de madera. Pero este no estaba roto, ni tenía los bordes quemados. Era perfecto, pulido, nuevo. Y en la base del caballo, había una pequeña nota escrita a mano con tinta negra, en una caligrafía elegante y puntiaguda que Mateo no reconocía.
La obra maestra quedó incompleta. El telón aún no ha caído. Nos vemos en las cenizas, Profesor.
Mateo leyó la nota tres veces. La caligrafía no era de Alejandro. Su hermano escribía con letras torpes y pesadas, deformadas por las quemaduras en sus manos. Esto era obra de alguien diferente. Alguien que conocía la historia. Alguien que conocía el significado del caballo de madera.
—¿Quién más sabía lo del caballo, Mateo? —preguntó Silva, leyendo la nota por encima de su hombro.
—Nadie —susurró Mateo, la voz apenas un hilo de aire—. Nadie excepto Alejandro y yo. Nunca lo mencioné a la prensa. Nunca lo incluí en los informes policiales. Era un detalle demasiado doloroso, demasiado íntimo.
—Si no fuiste tú, y no fue tu hermano… —Silva dejó la frase en el aire, comprendiendo la gravedad de la situación.
—Alguien de “La Mano de Fuego” sigue vivo —concluyó Mateo, refiriéndose al nombre no oficial que los medios le habían dado a la red de corrupción y tráfico de armas que él y Alejandro habían destapado años atrás.
Se creía que el líder de la red, un empresario corrupto llamado Ignacio Valls, había muerto en prisión tras un “ataque al corazón” muy conveniente poco antes de su juicio. Sus subordinados estaban entre rejas o fugados en paraísos fiscales. Pero esta nota… esto no era la obra de un político corrupto asustado. Esto era la burla de un sádico. De un maestro.
Capítulo III: Fantasmas de Sal y Pólvora
Esa noche, Mateo no durmió. Su apartamento, un ático moderno con vistas a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, se sentía como una jaula. Pasó horas caminando de un lado a otro, con la caja de ébano y el caballo de madera sobre la mesa de cristal del salón.
Analizó el caballo bajo una lámpara halógena. La madera era pino de Valsaín, muy común en España, pero el barniz… el barniz tenía un ligero tono ambarino y un olor residual a disolvente industrial muy específico. Tolueno puro. Un químico utilizado no solo en la carpintería, sino en la fabricación de trinitrotolueno (TNT).
Alguien le estaba enviando un mensaje codificado en el lenguaje que él mejor entendía: la química de la destrucción.
Tenía que encontrar a Alejandro. Si el sindicato estaba de vuelta, si habían descubierto que Alejandro seguía vivo o si planeaban usar a Mateo para llegar a él, su hermano estaba en peligro de muerte. O peor aún, Alejandro podría haber sido capturado y esta era la forma de torturar a Mateo.
Pero, ¿cómo encuentras a un fantasma?
Alejandro había borrado su rastro meticulosamente. No tenía cuentas bancarias, ni redes sociales, ni identidad legal. Sin embargo, Mateo sabía algo que el resto del mundo ignoraba. Alejandro era un adicto. No a las drogas, ni al alcohol. Era un adicto a la pólvora. A su creación. A la alquimia del fuego. Un hombre que ha pasado su vida perfeccionando explosivos no puede simplemente retirarse y plantar geranios. Tarde o temprano, buscaría los ingredientes. Tarde o temprano, la necesidad de crear lo empujaría hacia el mercado negro.
A la mañana siguiente, Mateo pidió una excedencia en la universidad, alegando “motivos personales graves”. Hizo las maletas, empaquetando ropa oscura, dinero en efectivo que había ido retirando lentamente durante los últimos años por pura precaución paranoica, y un maletín de aluminio con equipo que ningún profesor universitario debería poseer: escáneres de frecuencia de grado militar, ganzúas, reactivos químicos portátiles y un inhibidor de señales de última generación.
Su primer destino fue Alicante, concretamente el puerto industrial de San Vicente. Si alguien estaba comprando químicos precursores en el mercado negro en la costa levantina, la mercancía tenía que pasar por allí.
El ambiente en el puerto era denso, lleno de polvo, humo de diésel y gritos de estibadores. Mateo se movió por las sombras, utilizando los contactos que había forjado durante su investigación secreta cinco años atrás. Encontró a “El Rata”, un informante de poca monta, en un antro oscuro que olía a cerveza rancia y pescado podrido.
—¿El Profesor? —El Rata escupió en el suelo cuando Mateo se sentó frente a él—. Tienes muchas agallas para aparecer por aquí. Los amigos del difunto Valls pagarían mucho por saber que estás haciendo preguntas en su territorio.
—No me importan los amigos de Valls —dijo Mateo, deslizando un fajo de billetes de cien euros sobre la mesa pegajosa—. Busco a un comprador. Alguien que haya adquirido grandes cantidades de perclorato de potasio y polvo de aluminio fino en los últimos seis meses. Paga en efectivo, nunca da su nombre real, y probablemente tiene quemaduras graves en la mitad de la cara.
El Rata miró el dinero, tragó saliva, y miró a su alrededor con nerviosismo. —Ese tipo es un fantasma, tío. Nadie le ve la cara. Lleva capucha y una máscara quirúrgica. Pero los rumores dicen que opera desde el sur. Muy al sur.
—Sé más específico.
—Almería —susurró el informante, agarrando los billetes rápidamente—. El desierto de Tabernas. Hay viejas minas abandonadas allí. Lugares perfectos para hacer ruido sin que nadie haga preguntas.
Mateo asintió. Tabernas. El único desierto de Europa. Un paisaje lunar, yermo y desolado, donde los spaghetti westerns se rodaban en los años sesenta. Era el escondite perfecto.
Alquiló un todoterreno y condujo durante horas a lo largo de la costa, viendo cómo el paisaje verde y frondoso de Valencia daba paso a la aridez espartana de Murcia y Almería. El calor comenzó a apretar, incluso en noviembre. El sol castigaba la tierra seca, creando espejismos en la carretera asfaltada.
Llegó a los márgenes del desierto al atardecer. Guiado por mapas topográficos antiguos y su propia intuición, se adentró por caminos de tierra que levantaban nubes de polvo ocre. Buscaba minas de plata u oro abandonadas del siglo XIX.
Pasaron horas de búsqueda infructuosa hasta que, cerca de un barranco profundo conocido como “La Garganta del Diablo”, su escáner de radiofrecuencia cobró vida. No era una señal encriptada. Era estática regular, un patrón rítmico. Una baliza de advertencia de corto alcance. Alguien estaba bloqueando las señales de los móviles en un radio de dos kilómetros.
Mateo detuvo el todoterreno, lo ocultó detrás de una formación rocosa y continuó a pie. La noche cayó sobre el desierto, fría y cristalina, millones de estrellas brillando con una intensidad sobrenatural ante la falta de contaminación lumínica.
Caminó durante cuarenta minutos, sus botas crujiendo sobre las piedras, hasta que vio un débil resplandor en el fondo del barranco. Era una vieja instalación minera. Los restos oxidados de un castillete de extracción se alzaban como un esqueleto metálico contra el cielo estrellado.
Pero no estaba abandonada. Una luz tenue parpadeaba en el interior de una nave de chapa corrugada que alguna vez sirvió como almacén.
Mateo se acercó sigilosamente. El viento del desierto aullaba entre las rocas, ahogando sus pasos. Se asomó por una grieta en la chapa oxidada.
El interior de la nave estaba iluminado por potentes focos halógenos. Parecía un laboratorio de los horrores de un alquimista loco. Había mesas de acero inoxidable cubiertas de matraces, vasos de precipitados, básculas de precisión y sacos de químicos apilados hasta el techo. En el centro de la habitación, de espaldas a Mateo, un hombre vestido con un mono de trabajo resistente al fuego estaba manipulando cuidadosamente un polvo grisáceo.
El hombre se giró ligeramente para alcanzar una probeta. Mateo contuvo la respiración. Incluso a través del cristal protector de la máscara industrial que llevaba, Mateo pudo ver la piel retorcida y cicatrizada del lado derecho de su cuello y mandíbula.
Era Alejandro.
Mateo no pudo contenerse. La emoción, el miedo, el alivio, todo chocó en su interior. Caminó hacia la puerta de hierro, que estaba entreabierta, y entró.
—¡Alejandro!
El hombre se congeló. En una fracción de segundo, soltó la probeta, giró sobre sus talones y sacó una pistola que llevaba en una funda en la cadera, apuntando directamente al pecho de Mateo. Sus ojos oscuros estaban muy abiertos por la sorpresa detrás del cristal de la máscara.
—¿Mateo? —La voz áspera de Alejandro sonó amortiguada por el filtro respiratorio. Bajó el arma lentamente, sus manos temblando ligeramente—. ¿Cómo diablos me has encontrado? Eres la única persona en el mundo lo suficientemente terca como para rastrear mis compras de perclorato.
—Alguien más lo sabe, Alejandro —dijo Mateo, acercándose lentamente, con las manos abiertas para mostrar que no estaba armado—. Alguien de La Mano de Fuego. Me enviaron esto.
Mateo sacó de su mochila la caja de ébano y el caballo de madera, colocándolos sobre una de las mesas de acero que no tenía químicos. Alejandro se quitó la máscara, dejando a la vista su rostro marcado por las quemaduras. Sus ojos se clavaron en el caballo perfecto.
—No fui yo —dijo Alejandro, su voz grave resonando en la nave—. Yo tallé el original. Este es… demasiado perfecto. Máquina de control numérico, probablemente. Y el mensaje…
—”La obra maestra quedó incompleta” —recitó Mateo—. Quieren terminar lo que empezamos. O mejor dicho, quieren vengarse porque se lo arruinamos.
Alejandro pasó un dedo deforme por la superficie del caballo. —Ignacio Valls no era la cabeza de la serpiente, Mateo. Lo supe desde el principio, pero no tuve el poder para demostrarlo. Valls era solo el administrador local. El dinero real, los explosivos reales… venían de arriba. De un consorcio internacional de tráfico de armas conocido como “El Gremio”.
—¿El Gremio? —Mateo frunció el ceño—. Eso suena a cuento de espías. ¿Quiénes son?
—Son los tipos que suministran C-4 a los cárteles, minas terrestres a los señores de la guerra africanos y detonadores sofisticados a grupos terroristas de todo el mundo. Usaban Valencia como un puerto ciego, aprovechando el intenso tráfico comercial de material pirotécnico real para camuflar envíos de armamento militar pesado. Nuestro padre lo descubrió accidentalmente cuando inspeccionaba un contenedor en el puerto. Por eso lo quemaron vivo.
Mateo sintió que la bilis le subía por la garganta. La conspiración era mucho más oscura de lo que jamás imaginó.
—Y yo… —continuó Alejandro, su voz bajando un tono—, yo no solo robé sus explosivos hace cinco años para volar el Ayuntamiento. Les robé su agenda digital. Su lista de clientes, sus rutas de contrabando, los números de cuentas bancarias en Suiza. Pensé que con la caída de Valls, El Gremio daría a Valencia por perdida y desaparecería. Fui un iluso. Se han reagrupado. Y ahora, han venido a recuperar lo que es suyo.
De repente, un ruido agudo y penetrante rompió la quietud de la nave. No era el viento. Era el escáner de frecuencias de Mateo, emitiendo una alarma estridente.
—¡Nos han seguido! —gritó Mateo.
Antes de que las palabras salieran de su boca, el silencio del desierto fue destrozado por el estruendo de un motor potente acercándose a toda velocidad. Las paredes de chapa de la nave vibraron violentamente.
—¡Al suelo! —rugió Alejandro, empujando a Mateo detrás de unos pesados barriles de agua destilada.
Un instante después, la puerta de hierro de la nave fue arrancada de sus bisagras por la explosión de una granada de demolición. El estruendo fue ensordecedor. Una ola de calor, polvo y metralla barrió el interior del laboratorio, haciendo estallar matraces y derribando estanterías.
Mateo se cubrió la cabeza con las manos, tosiendo violentamente mientras el polvo se asentaba. A través del humo espeso, vio siluetas oscuras entrando en la nave, iluminadas por las linternas tácticas montadas en los rifles de asalto que empuñaban. Eran cuatro hombres. Mercenarios profesionales. Movimientos tácticos, sin mediar palabra.
Alejandro, tumbado a unos metros de Mateo, no perdió tiempo. No era un soldado convencional, pero era el maestro del fuego. Con una rapidez letal, agarró una botella de vidrio que contenía un líquido ámbar denso, desenroscó la tapa, introdujo un trozo de trapo empapado en magnesio, lo encendió con su mechero y lo lanzó por encima de los barriles hacia los atacantes.
—¡Fósforo blanco! —gritó Alejandro—. ¡Cúbrete los ojos!
La botella estalló contra el suelo de concreto cerca de la entrada. No hubo una explosión masiva, sino un destello de luz tan cegadora y blanca que parecía que el sol hubiera nacido dentro de la nave. El fósforo blanco comenzó a arder a miles de grados, salpicando fuego inefable que se pegaba a todo lo que tocaba.
Los gritos agonizantes de dos de los mercenarios llenaron el aire mientras el fuego devoraba sus trajes tácticos y fundía el Kevlar. El olor a carne quemada y químicos letales era vomitivo.
Los otros dos asaltantes, cegados temporalmente pero ilesos, retrocedieron hacia la noche del desierto, disparando ráfagas a ciegas hacia el interior. Las balas rebotaban en las paredes de acero y perforaban los sacos de químicos. Un polvo blanco comenzó a caer como nieve tóxica.
—¡Están disparando a los sacos de perclorato! —gritó Mateo en pánico—. ¡Si una chispa alcanza el polvo suspendido en el aire, esto se convertirá en una bomba termobárica! ¡Nos vaporizaremos!
—¡Sígueme! —Alejandro se arrastró por el suelo hacia la parte trasera de la nave.
Llegaron a una vieja compuerta de ventilación a ras de suelo, corroída por el tiempo. Alejandro tiró de ella con una fuerza brutal, abriendo un hueco lo suficientemente grande para que pasara un hombre. Era un túnel de acceso a las antiguas galerías de la mina.
—¡Entra, rápido! —ordenó Alejandro.
Mateo se deslizó por el agujero estrecho, arañándose las manos y la ropa con los bordes oxidados. Cayó rodando por una pendiente de tierra húmeda y oscuridad absoluta. Segundos después, Alejandro cayó a su lado, cerrando la compuerta metálica sobre ellos.
El estruendo de los disparos se amortiguó, pero entonces, el suelo bajo ellos tembló con la violencia de un terremoto de magnitud 7. La chispa había encontrado el perclorato.
La explosión en la superficie fue monumental. Mateo sintió la onda de choque viajar a través de la roca sólida, comprimiendo el aire en sus pulmones y haciéndole sangrar por la nariz. La onda expansiva derrumbó parte del túnel unos metros por encima de ellos, sellándolos en la oscuridad de la mina.
El polvo y el humo se filtraron lentamente, ahogándolos. Mateo encendió la linterna táctica de su bolsillo. La luz cortó la negrura, revelando un túnel de piedra tosca sostenido por vigas de madera podridas. Alejandro estaba a su lado, cubierto de tierra, con los ojos inyectados en sangre pero vivo.
—Están muertos —dijo Mateo, la voz temblando—. Los de arriba deben haber muerto en la explosión.
—Los peones, sí —respondió Alejandro, poniéndose en pie con dificultad—. Pero el que los envió, el líder del Gremio, sabe que estamos aquí. Han destrozado mi laboratorio, pero yo destruí el disco duro con la agenda antes de que entraran. Toda la información la tengo aquí —Alejandro se tocó la sien con un dedo cubierto de ceniza.
—¿Qué hacemos ahora? Estamos enterrados vivos en una mina en medio del desierto.
—Conozco estas galerías, Mateo. He estado explorándolas durante meses. Hay una salida a un kilómetro de aquí, cerca del cauce seco de un río. Pero tenemos que movernos. Si mandaron un equipo, mandarán a otro. Y esta vez no vendrán a matarnos. Vendrán a capturarme para sacarme la información antes de matarme.
El viaje a través de las entrañas de la tierra fue una pesadilla claustrofóbica. Caminaron durante lo que parecieron horas, esquivando desprendimientos, grietas insondables y nidos de escorpiones albinos. Mateo sentía que su cordura pendía de un hilo. El silencio de la mina era opresivo, solo roto por sus respiraciones agitadas y el goteo esporádico de agua subterránea.
Finalmente, sintieron una corriente de aire frío. La linterna reveló una abertura natural en la roca, bloqueada parcialmente por matorrales resecos. Salieron a la superficie, la luna bañando el paisaje yermo del desierto de Tabernas con una luz plateada fantasmal. Estaban a salvo, por ahora.
Caminaron varios kilómetros bajo el manto estelar hasta llegar a un pequeño pueblo agrícola. Alejandro robó una vieja furgoneta de reparto que tenía las llaves puestas, haciendo un puente en los cables con la pericia de un criminal experimentado.
Condujeron hacia el norte, alejándose de Andalucía, adentrándose en la España profunda. Necesitaban un lugar seguro para curar sus heridas y planear su contraataque.
Capítulo IV: El Sindicato de la Sombra
Se escondieron en una cabaña forestal abandonada en la sierra de Cuenca, rodeados de densos pinares que los aislaban del mundo. Durante tres días, sobrevivieron a base de latas de conserva que Mateo había traído en su mochila y agua de un arroyo cercano.
Fue en esa cabaña donde Alejandro le contó toda la verdad.
—El líder del Gremio en Europa se hace llamar “El Arquitecto” —explicó Alejandro una noche, mientras el fuego de la chimenea proyectaba sombras dantescas en las paredes de madera—. Nadie sabe su nombre real. Es un ex ingeniero militar soviético. Obsesionado con el orden, la simetría y, paradójicamente, la aniquilación total. Él diseña los atentados más complejos del mundo.
—¿Y por qué ir tras de ti ahora, después de cinco años? —preguntó Mateo, vendando el brazo de su hermano, que se había cortado durante la huida de la mina.
—Porque el mercado está cambiando, Mateo. Las armas de fuego y los misiles dejan rastro. El Arquitecto está desarrollando una nueva línea de negocio: el terrorismo indetectable. Asesinatos masivos que parecen accidentes industriales, fallos estructurales o, ironía suprema, desastres pirotécnicos. Para eso, necesita la fórmula química que yo desarrollé antes de desaparecer. Un compuesto binario inestable que se camufla como pintura normal hasta que se le aplica una frecuencia acústica específica.
Mateo se quedó estupefacto. —¿Tú creaste eso? Eso es el Santo Grial del terrorismo, Alejandro.
—Lo creé cuando estaba ciego por la venganza, buscando formas de volar el Ayuntamiento sin levantar sospechas en los detectores de explosivos —Alejandro apartó la mirada, avergonzado—. Nunca la llegué a usar. Pero estaba en los discos duros que les robé. Ahora han logrado desencriptar mis notas, pero les falta el catalizador de la reacción. Me necesitan a mí. Y han utilizado el caballo de madera, algo que solo tú y yo conocíamos porque nos espiaban hace cinco años, para sacarte de la madriguera y llevarme a mí hacia ellos.
—Entonces, ¿cuál es el plan? —Mateo se levantó, mirando por la ventana hacia el bosque oscuro—. ¿Seguir huyendo?
—No se puede huir del Gremio, hermano. El Gremio tiene ojos en cada aduana, en cada comisaría, en cada puerto. La única forma de parar esto es cortarle la cabeza a la serpiente. Tenemos que matar al Arquitecto.
—¿Matarlo? Alejandro, yo soy profesor. Tú eres un prófugo. No somos un ejército.
—No somos un ejército, Mateo. Somos artificieros. Y sabemos cómo demoler estructuras. Ya sean edificios de cartón o imperios criminales.
Alejandro se acercó a la mesa y desplegó un mapa impreso que había sacado de su chaleco. Era un mapa detallado del puerto industrial de Sagunto, a unos treinta kilómetros al norte de Valencia.
—El Gremio está preparando un envío masivo de armamento para Europa del Este. Saldrá en un carguero comercial llamado “La Estrella de Odessa” dentro de dos días. El Arquitecto supervisará la operación personalmente. Es un perfeccionista. Nunca delega los cargamentos de nivel uno. Ese barco estará cargado de suficientes explosivos plásticos y armamento pesado como para iniciar una guerra civil en un país pequeño.
Mateo estudió el mapa. El puerto era un laberinto de grúas gigantescas, contenedores apilados como fichas de Lego y naves industriales.
—Estará fuertemente custodiado —dijo Mateo, señalando los puntos de acceso lógico—. Un pequeño ejército de mercenarios vigilará el perímetro. ¿Cómo pensamos entrar?
—No vamos a entrar, Mateo —Alejandro sonrió, una sonrisa fría y calculadora que a Mateo le recordó a la noche en que casi destruyen Valencia—. Vamos a invitarles a salir.
Los siguientes dos días fueron una febril carrera contra el reloj. Los hermanos regresaron clandestinamente a Valencia, moviéndose por las cloacas y los túneles del metro abandonados que Alejandro conocía de su época de fantasma. Saquearon los depósitos de emergencia ocultos que Alejandro había dejado repartidos por la ciudad hace años.
Recuperaron nitrato de amonio, polvo de magnesio de alta pureza, detonadores electrónicos encriptados, kilómetros de cable detonante detonante (cordón detonante), y docenas de kilos de una masilla gris oscura que Mateo reconoció como un explosivo plástico de diseño militar.
Pero el arma más importante no era un explosivo convencional. Era el cerebro de Mateo.
Mientras Alejandro preparaba las cargas brutas, Mateo se encerró en un sótano húmedo del barrio del Cabanyal, rodeado de ordenadores portátiles robados y módems 5G. Programó una sinfonía digital de interferencias. Un virus de radiofrecuencia diseñado para neutralizar y sobrecargar los sistemas de comunicación de corto alcance de los mercenarios del Gremio.
Habían dejado de ser el profesor y el terrorista arrepentido. Eran, de nuevo, los hermanos pirotécnicos. Maestros del fuego.
Capítulo V: Sinfonía de la Destrucción
La noche cayó sobre Sagunto gruesa y pesada, preñada de humedad salina. El puerto industrial era una bestia de acero y luces de sodio que rugía con el sonido de motores diésel y grúas pórtico. “La Estrella de Odessa”, un carguero negro y oxidado de doscientos metros de eslora, estaba atracado en el muelle 4, flanqueado por inmensas grúas que cargaban contenedores con una monotonía robótica.
Mateo y Alejandro estaban agazapados en la azotea de un silo de grano vacío, a un kilómetro de distancia, observando el carguero a través de binoculares de visión nocturna y térmica.
—Confirmado —susurró Mateo, ajustando el enfoque—. Veo patrullas en grupos de tres. Armamento automático. Chalecos antibalas. Perímetros cruzados. Han convertido el muelle en una fortaleza.
—Y ahí está él —murmuró Alejandro.
En la lente térmica de Alejandro, una figura destacaba. Un hombre alto, vestido con un abrigo impecable, que daba órdenes desde el puente de mando del carguero. No llevaba armas visibles, pero su postura denotaba un control absoluto. El Arquitecto.
—¿Todo listo, Mateo?
Mateo asintió, abriendo su maletín de control, una versión monstruosa y altamente ilegal de su panel de control de las Fallas. Decenas de interruptores, diales y pantallas parpadeaban en rojo y verde.
—La red enjambre está desplegada —dijo Mateo—. He colocado micro-cargas direccionales en los anclajes de las grúas adyacentes y en los transformadores de alta tensión del muelle. He enlazado tu detonador analógico con mi panel digital mediante una conexión de microondas cifrada por saltos de frecuencia. No podrán hackearla.
—Perfecto. —Alejandro se levantó, ajustándose el chaleco táctico que había robado—. Empieza la música, maestro. Yo bajaré a la pista de baile. Necesito plantar la carga principal en la sala de máquinas del barco para asegurarme de que toda esa munición se hunda en la fosa oceánica.
Alejandro se deslizó por las escaleras de servicio del silo, desapareciendo en la oscuridad de la noche, moviéndose como el fantasma que llevaba años siendo.
Mateo se quedó solo. Sus manos volaban sobre el teclado, sus ojos fijos en las pantallas. Podía ver el punto GPS de Alejandro moviéndose silenciosamente entre los contenedores apilados en el muelle, evadiendo las patrullas térmicas de los guardias. Era una danza letal.
Cuando Alejandro estuvo a cincuenta metros del barco, una patrulla de tres hombres se detuvo directamente en su camino. No podía rodearlos. No tenía tiempo.
—Mateo, tengo un bloqueo en el sector D-4 —susurró Alejandro por el pinganillo encriptado.
—Recibido. Distracción en tres, dos, uno…
Mateo pulsó el interruptor número 1.
A doscientos metros de Alejandro, en el extremo opuesto del muelle, una pila de contenedores vacíos estalló con un rugido atronador. No fue una explosión letal, sino un estallido de bengalas químicas de altísima intensidad, diseñadas por Mateo, que iluminaron el cielo nocturno con un rojo cegador y emitieron un sonido agudo similar al llanto de mil sirenas de asedio.
Los mercenarios del sector D-4 se giraron alarmados, levantando sus armas hacia la fuente de luz y ruido. Fue el único instante de distracción que Alejandro necesitó. Emergió de las sombras como un espectro, incapacitando a los tres hombres con golpes precisos y brutales a los puntos nerviosos antes de que pudieran siquiera accionar el gatillo. Arrastró sus cuerpos inconscientes detrás de un contenedor y siguió avanzando.
El Arquitecto, en el puente de mando, reaccionó al instante. Las sirenas del barco comenzaron a aullar.
“¡Alerta de intrusión! ¡Aseguren el perímetro! ¡Fuego a discreción!” La voz metálica del sistema de megafonía resonó en todo el puerto.
Mateo sonrió con amargura. —Eso es lo que querías, maldito.
Sus dedos bailaron sobre el panel principal. Ahora comenzaba la verdadera Nit del Foc.
Pulsó una secuencia de botones. Los transformadores de alta tensión del muelle 4 detonaron en una cascada de chispas azules y explosiones secas, envolviendo la mitad del puerto en la oscuridad más absoluta. Las luces del barco, alimentadas por generadores internos, parpadearon, convirtiéndose en el único faro en la noche.
—Alejandro, están a oscuras. Las comunicaciones de sus radios están saturadas con ruido blanco gracias a mi virus. Están ciegos y sordos. Estás dentro.
—Copiado. Estoy en la pasarela. Entrando al barco. —La respiración de Alejandro era pesada por el esfuerzo.
A través de la mira telescópica de su rifle de francotirador, que había montado junto al panel, Mateo vio el caos en la cubierta del carguero. Los mercenarios corrían desorientados, disparando ciegamente a las sombras.
De repente, una ráfaga de fuego pesado rasgó la noche. Un cañón de ametralladora antiaérea montado en la proa del barco comenzó a barrer el muelle, escupiendo balas trazadoras que parecían un enjambre de avispas de fuego rojo. El Arquitecto no estaba tomando prisioneros. Iba a aniquilar cualquier cosa que se moviera.
—¡Alejandro, tienen una calibre .50 en la proa! ¡Te va a hacer pedazos si intentas cruzar la cubierta principal!
—Estoy en la sala de máquinas —respondió Alejandro, su voz entrecortada por la estática de las toneladas de acero que lo rodeaban—. El Arquitecto está bloqueando las puertas desde el puente. Necesito que vueles la sala de control de estribor para liberar el sello magnético de las compuertas inferiores.
Mateo buscó el objetivo. Evaluó la distancia, el viento salino y la posición de la grúa pórtico número 7, que se alzaba majestuosa junto al barco.
—Agárrate fuerte, hermano —murmuró Mateo.
Pulsó el detonador número 4. Las cargas direccionales que había colocado en las enormes patas de acero de la grúa pórtico detonaron en perfecta sincronía. El sonido fue como el crujido de los huesos de un gigante.
La inmensa estructura de acero, de más de cincuenta metros de altura y cientos de toneladas de peso, gimió y comenzó a colapsar lentamente, inclinándose como un árbol talado. Cayó directamente sobre el lateral de estribor del carguero, aplastando la sala de control secundaria y abriendo una brecha enorme en el casco del barco.
El impacto sacudió todo el muelle, levantando una ola gigantesca en el agua oscura.
—¡Compuertas abiertas! —gritó Alejandro—. ¡Estoy plantando la carga! ¡Carga C-4 con acelerador de magnesio. Temporizador a cinco minutos!
—¡Sal de ahí, joder, sal de ahí ya! —gritó Mateo.
La situación se estaba descontrolando. El Arquitecto, al ver su nave dañada, comprendió que el cargamento estaba perdido. A través de los binoculares, Mateo vio cómo el líder del Gremio salía del puente de mando, rodeado de cuatro guardaespaldas de élite, y se dirigía hacia un helicóptero ligero que descansaba en la popa del barco. Iba a escapar.
—Alejandro, el Arquitecto intenta huir en el helicóptero. Tienes que pararlo.
—No llego. Estoy demasiado abajo en las entrañas del barco. Es tu turno, Mateo. No dejes que despegue.
Las hélices del helicóptero comenzaron a girar, ganando velocidad rápidamente. Mateo no tenía explosivos plantados en la popa. No tenía ángulo de tiro limpio con el rifle debido al amasijo de hierros de la grúa caída.
Mateo miró su maletín. Le quedaba una última carta. Un truco de magia pirotécnica, diseñado originalmente para lanzar una carcasa gigante de fuegos artificiales conocida como “La Corona de Rey”, pero que Alejandro y él habían modificado. Era un mortero improvisado, escondido entre los contenedores del muelle, apuntando en un ángulo balístico calculado hacia la popa del barco.
El helicóptero comenzó a elevarse lentamente.
Mateo introdujo las coordenadas de corrección de viento en su ordenador. Su pulso estaba frío como el hielo. Ya no era un profesor asustado. Era el maestro de la Nit del Foc, dirigiendo el espectáculo final.
“Adiós, Arquitecto.”
Mateo giró la llave de seguridad, rompió el cristal de protección y presionó el botón de detonación final con la palma de la mano.
Un estruendo sordo y profundo resonó desde el muelle. Desde el contenedor escondido, un tubo de mortero disparó una carcasa cilíndrica del tamaño de un barril de cerveza.
El proyectil trazó una parábola perfecta en el cielo estrellado, dejando una estela de humo blanco detrás de él, hasta impactar directamente contra el rotor de cola del helicóptero justo cuando este alcanzaba los veinte metros de altura.
No fue una explosión convencional. Fue una carcasa de titanio y estroncio, diseñada para liberar su energía cinética y térmica en una lluvia de estrellas carmesí y metralla incandescente. El rotor de cola del helicóptero se desintegró en un instante. El aparato giró violentamente sobre su eje, fuera de control, y se estrelló de bruces contra la cubierta del carguero, explotando en una bola de fuego de combustible de aviación que iluminó toda la costa valenciana.
El Arquitecto y sus hombres habían sido consumidos por el fuego.
—Mateo… ¡El helicóptero ha colapsado el puente de mando! ¡El barco está ardiendo! —la voz de Alejandro sonaba desesperada por el comunicador—. ¡El fuego se propaga hacia la carga de munición pesada! ¡Y mi temporizador está a menos de dos minutos!
—¡Alejandro, sal por la brecha del casco que abrió la grúa! ¡Salta al agua!
Mateo recogió su equipo frenéticamente y corrió por las escaleras del silo, bajando de tres en tres. Tenía que llegar al agua, tenía que encontrar a su hermano antes de que la carga principal estallara y enviara todo el carguero, y medio muelle, al fondo del mar.
Llegó al borde del agua, justo debajo de la zona donde el barco estaba atracado. El calor que emanaba del acero ardiente era sofocante. El olor a combustible quemado y pólvora era denso, asfixiante.
El carguero era un infierno flotante. Pequeñas explosiones de munición comenzaron a estallar en su interior, como palomitas de maíz letales.
—¡Alejandro! —gritó Mateo a todo pulmón hacia las aguas oscuras, llenas de escombros y aceite brillante.
De repente, a cincuenta metros de distancia, una figura emergió del agua. Alejandro jadeaba desesperadamente, nadando con furia lejos del inmenso buque.
—¡Nada, Alejandro! ¡Nada más rápido! —le gritó Mateo, corriendo por el borde del muelle, lanzándole un cabo salvavidas.
Alejandro se aferró al cabo. Mateo tiró con todas las fuerzas que le quedaban en su cuerpo agotado, arrastrando a su hermano hacia las escaleras de piedra recubiertas de limo que bajaban al agua.
El temporizador digital en la mente de Mateo, una cuenta regresiva que había aprendido a calcular instintivamente durante años de profesión, llegó a cero.
00:00.
Mateo tiró de Alejandro sobre la escalera de piedra justo cuando el mundo se acabó.
La explosión en las entrañas de “La Estrella de Odessa” no fue un estallido; fue un desgarro en la realidad. Toneladas de explosivos militares, detonados simultáneamente, vaporizaron el centro del buque de acero de cien mil toneladas como si fuera de papel maché.
Una columna de agua hirviendo, fuego y humo negro se elevó a cientos de metros en el aire, creando un hongo colosal que tapó las estrellas. La onda de choque golpeó a los hermanos con la fuerza de un huracán sólido, arrojándolos contra el muro de hormigón del muelle y dejándolos sordos en el acto. Una lluvia de fragmentos de metal candente y ceniza negra comenzó a caer sobre el puerto.
El carguero se partió por la mitad con un quejido agónico y atroz, y ambas mitades comenzaron a hundirse rápidamente en el mar hirviente, arrastrando consigo a las profundidades las armas, los secretos de El Gremio y los fantasmas que habían atormentado a la familia durante décadas.
Epílogo: La Llama Perpetua
Las sirenas de la policía y de los bomberos y los helicópteros de la guardia civil comenzaron a rodear el perímetro del puerto. El resplandor del incendio se podía ver desde la ciudad de Valencia.
Tirados en el suelo frío del muelle, cubiertos de hollín, aceite, agua salada y sangre, los dos hermanos se miraron.
Estaban vivos.
Mateo, con los oídos pitando intensamente, se apoyó sobre los codos y extendió su mano hacia Alejandro. Su hermano mayor, con el rostro más desfigurado y cansado que nunca, le devolvió la mirada. Sus ojos oscuros ya no reflejaban el odio y la locura de la venganza, sino una profunda y dolorosa redención.
Alejandro tomó la mano de Mateo, apretándola con fuerza.
—Se acabó, Mateo —dijo Alejandro. Aunque Mateo no podía oírle bien, leyó la frase en sus labios ensangrentados—. El fuego lo ha purificado todo.
Mateo asintió lentamente. Ya no tendrían que huir. Con la muerte del Arquitecto y la destrucción del cargamento de armas, El Gremio había recibido un golpe mortal del que no se recuperarían en años. Las autoridades encontrarían los restos de la operación ilegal de tráfico de armas, corroborando la historia de la conspiración sin necesidad de implicar a los hermanos, que de nuevo se desvanecerían en las sombras antes de que los equipos de rescate llegaran al epicentro de la destrucción.
Alejandro se puso en pie tambaleándose, tosiendo agua de mar, y ayudó a Mateo a levantarse.
No hubo despedidas dramáticas esta vez. No hubo promesas de viajes lejanos o huidas heroicas hacia el amanecer. Se apoyaron el uno en el otro, rengueando, fundiéndose con la oscuridad periférica del puerto antes de que las luces de los coches patrulla los iluminaran.
La historia del maestro pirotécnico y su hermano no terminaría en los tribunales ni en las portadas de los periódicos. Terminaría donde empezó: en el olor a pólvora, en el estruendo de la explosión y en el amor inquebrantable forjado en las llamas.
Años más tarde, en un tranquilo taller clandestino en las montañas de los Pirineos, dos hombres trabajarían juntos, codo con codo, diseñando no armas de destrucción, sino espectáculos de luz y color para pueblos pequeños que no hacían preguntas. El arte de la pólvora fluía por sus venas, una herencia maldita que habían transformado en belleza pura.
Y cada mes de marzo, cuando el cielo de Valencia ardía con las Fallas, Mateo y Alejandro mirarían hacia el sur desde sus montañas, sabiendo que, aunque la pólvora y el fuego pueden destruir mundos enteros, también pueden, en las manos correctas, iluminar las noches más oscuras del alma humana. El telón finalmente había caído, dejando tras de sí solo el cálido y sereno resplandor del fuego eterno.