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La Campana Rota de la Catedral de Girona

La lluvia no caía sobre Girona; la castigaba. Era la madrugada del 2 de noviembre, y el cielo sobre Cataluña parecía haberse rasgado por la mitad, desangrándose en un diluvio negro y helado. El río Onyar rugía como una bestia herida, amenazando con devorar las casas de colores pálidos que temblaban en sus orillas. Pero nada temblaba tanto como la Catedral de Santa María. Su imponente nave gótica, la más ancha del mundo, parecía encogerse bajo el asalto de los relámpagos que apuñalaban la oscuridad.

Mateo, a sus veinticuatro años, era el campanero más joven que había tenido la catedral en un siglo. Estaba sentado en su pequeña habitación de piedra, en la base de la torre, frotándose las manos sobre una taza de café que ya se había enfriado. El viento aullaba a través de las rendijas de la mampostería milenaria, trayendo consigo el olor a tierra mojada y a incienso rancio.

Entonces, ocurrió.

No fue un trueno. No fue el viento derribando alguna gárgola erosionada por los siglos. Fue un sonido que heló la sangre de Mateo en sus venas, paralizando su corazón durante un segundo interminable.

¡CLANG!

Fue un sonido enfermo. Antinatural. La gran campana de la torre, conocida entre los ancianos como La Silenciosa por su uso reservado solo para grandes lutos, había sonado. Pero no era su tono profundo y solemne habitual. Era un chirrido metálico, agudo y quebrado, como el grito de un gigante al que le están partiendo la columna vertebral. El eco vibró a través de las paredes de piedra, haciendo que el polvo de los siglos lloviera desde el techo sobre la cabeza de Mateo.

Alguien está arriba, pensó, y el pánico se enroscó en su estómago. Las puertas de la catedral estaban cerradas con doble llave desde las ocho de la tarde. Nadie podía haber subido. Y, sin embargo, la campana había sonado.

Movido por una mezcla de terror absoluto y sentido del deber, Mateo tomó una pesada linterna de hierro y comenzó la ascensión. La escalera de caracol era una garganta de piedra asfixiante. Noventa escalones estrechos, resbaladizos por la humedad, que giraban y giraban sobre sí mismos. Cada paso que daba resonaba como un latido sordo. El silencio que había seguido al toque de la campana era aún más aterrador que el sonido mismo.

En el escalón cincuenta, el olor lo golpeó.

Mateo se detuvo, llevándose una mano a la boca para reprimir una arcada. No era el olor a humedad habitual. Era un hedor dulzón, acre y penetrante. El inconfundible olor a muerte, mezclado con cuero viejo y polvo de huesos. Un olor a tumba abierta.

—¿Hay alguien ahí? —gritó. Su voz tembló, sonando patéticamente débil en la inmensidad de la torre. Solo le respondió el silbido del viento.

Continuó subiendo. El aire se volvía más frío, más denso. La luz de su linterna temblaba, cortando la oscuridad en haces polvorientos. Finalmente, llegó al campanario. El viento entraba aullando por los grandes ventanales de arco, trayendo consigo ráfagas de lluvia que le empaparon el rostro al instante.

Apuntó la linterna hacia La Silenciosa. La enorme masa de bronce, de más de dos toneladas, se balanceaba levemente, gimiendo sobre su eje de madera vieja. Pero no fue la campana lo que hizo que Mateo cayera de rodillas, soltando la linterna, que rodó por el suelo de piedra proyectando sombras enloquecidas.

En el espacio hueco que había justo encima de la campana, oculto durante décadas en la oscuridad del techo abovedado del campanario, el suelo de madera podrida había cedido bajo la fuerza del viento y la vibración. De ese agujero, colgaba algo.

Un relámpago iluminó la torre con una luz estroboscópica, blanca y cegadora.

Era un cuerpo.

Mateo ahogó un grito que le desgarró la garganta. Colgaba de una gruesa cuerda de cáñamo que estaba atada al antiguo mecanismo de contrapeso de la campana. No era un cadáver reciente. Era una momia espantosa. La piel, convertida en un pergamino marrón y reseco, estaba estirada sobre los huesos del rostro en una mueca de agonía perpetua. Las cuencas de los ojos estaban vacías, dos agujeros negros que parecían mirar fijamente el alma de Mateo. Vestía un traje de sastre gris de corte antiguo, ahora reducido a harapos cubiertos de telarañas y excrementos de paloma.

Pero lo más espeluznante no era el cadáver en sí. Era la comprensión de por qué la campana había sonado así. El cuerpo había estado oculto en el compartimento superior durante medio siglo. Con el colapso del piso de madera, el cadáver había caído a plomo, quedando suspendido. Los pies huesudos de la momia, enfundados en zapatos de cuero reseco, estaban golpeando el interior de la campana de bronce oscilante. El cuerpo era el badajo. La muerte misma había tocado la campana.

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