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LA BODEGA SELLADA DEL PRIORAT

Capítulo 1: El Sabor del Cobre y la Muerte

El crujido de la madera vieja resonó como un hueso rompiéndose en la oscuridad asfixiante de la bodega. Mateo Lloris se secó el sudor frío que le perleaba la frente con el dorso de la mano, manchada de polvo centenario. Había descendido quince metros bajo la tierra rocosa del Priorat, al corazón de la Finca Sangre de Llicorella, un viñedo abandonado que había comprado en una subasta por un precio tan absurdamente bajo que debería haber sospechado. Pero a sus veintiocho años, la ambición lo cegaba. Quería crear el mejor vino tinto de España. No sabía que estaba a punto de desenterrar su fosa común.

Frente a él, en la penumbra iluminada solo por el haz tembloroso de una linterna de trabajo, se alineaban trescientas barricas de roble francés. Estaban cubiertas por una capa de telarañas y hongos blancos que parecían sudarios. Los registros decían que la bodega había sido tapiada en el invierno de 1938, durante los días más cruentos de la Guerra Civil Española, justo antes de la caída de Cataluña.

Mateo alzó la palanca de hierro. La barrica número uno estaba frente a él, inmensa, silenciosa. Si el vino había sobrevivido intacto, con esa crianza aislada, valdría una fortuna. Si se había avinagrado, al menos tendría las barricas.

Insertó la punta de hierro bajo el aro de metal oxidado de la tapa superior y empujó con todo el peso de su cuerpo. El metal chilló, un sonido agudo y antinatural que pareció rebotar en las paredes de piedra húmeda. Con un estallido sordo, la tapa de roble cedió.

Mateo retrocedió un paso, esperando el inconfundible y embriagador aroma a fruta negra madura, a regaliz, a cuero y a tiempo estancado. Esperaba el olor del vino del Priorat.

En su lugar, una bofetada de aire viciado le golpeó el rostro. Era un hedor seco, metálico, como el óxido, mezclado con un tufo dulce y nauseabundo a pergamino podrido, a amoníaco y a miedo. El olor inconfundible de la muerte encerrada.

Tosió violentamente, tapándose la boca con la camiseta. Agarró la linterna y apuntó hacia el interior del tonel. No había líquido. Ni una sola gota de vino manchaba el fondo cóncavo de la barrica.

Lo que vio le heló la sangre en las venas.

El interior de la madera estaba destrozado. Cientos, quizás miles de marcas de arañazos profundos surcaban el roble de arriba a abajo. Eran marcas hechas por uñas humanas, astilladas en la desesperación. En el centro del fondo seco de la barrica descansaba un pequeño cilindro de plomo, sellado con cera negra.

Con las manos temblando incontrolablemente, Mateo metió el brazo en la barrica. El roce de su piel contra los arañazos en la madera le provocó una sacudida eléctrica de terror puro. Agarró el cilindro. Pesaba demasiado para su tamaño. Rompió el sello de cera con la uña del pulgar y sacó un rollo de papel manchado de un marrón oscuro, un color que reconoció al instante: sangre seca.

Desenrolló el papel bajo la luz pálida de la linterna. La caligrafía era errática, frenética, escrita a lápiz por alguien a quien se le acababan las fuerzas y el oxígeno.

Decía así:

“Día 12 en la oscuridad. El aire es fuego en mis pulmones. Nos han encerrado. Los Nacionales cerraron la puerta de piedra, pero fueron los nuestros quienes nos traicionaron por el oro. Escucho a los demás rasguñar la madera en los otros toneles. Uno a uno se van silenciando. El hambre ya no duele, pero la sed me vuelve loco. No hay vino. Nunca hubo vino. Si alguien encuentra esto, que Dios tenga piedad de nuestras almas. Nos han enterrado vivos.”

El corazón de Mateo latía con tanta fuerza que amenazaba con romperle las costillas. Estaba de pie en medio de un cementerio clandestino. Trescientas barricas. Trescientas tumbas de madera. No había comprado una bodega; había comprado un mausoleo de tortura de la Guerra Civil. El aire a su alrededor de repente se sintió diez grados más frío. Sintió el impulso primitivo de huir, de correr hacia las escaleras de caracol y salir a la luz del sol ardiente de Tarragona, llamar a la Guardia Civil y no volver jamás.

Pero algo lo detuvo. Un sonido.

Cric… cric… cric…

Provenía de la barrica número dos.

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