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El Festival de la Luz en Cuenca

El viento que aullaba a través de la Hoz del Huécar aquella noche de octubre no era un viento terrenal. Llevaba consigo el hedor metálico de la pólvora quemada, el polvo milenario de las rocas calizas y un susurro helado que erizaba la piel de los veinte mil turistas congregados en las estrechas calles. Era el apogeo del Festival de la Luz. Las emblemáticas Casas Colgadas de Cuenca, aquellas estructuras imposibles que desafiaban la gravedad desde el siglo XV, estaban bañadas en proyecciones láser y luces estroboscópicas que latían al ritmo de una música electrónica ensordecedora. Todo era color, éxtasis y vértigo. Todo, excepto para Mateo.

Refugiado en la fría estructura de hierro y madera del Puente de San Pablo, a cuarenta metros sobre el vacío, Mateo era un fantasma más entre la multitud. Su ojo derecho estaba soldado al visor de su cámara, una réflex equipada con un teleobjetivo de 400 milímetros capaz de capturar el aleteo de una polilla en la oscuridad. Él no estaba allí para disfrutar del festival. Estaba allí porque la oscuridad de la garganta del río siempre le había hablado, y esa noche, la garganta estaba gritando.

Fue a las 23:42. El reloj digital de la cámara parpadeaba en rojo en la periferia de su visión. Un espectáculo de fuegos artificiales estalló en el cielo, tiñendo el abismo de un rojo sangre irreal. Y entonces, a través de su lente, la vio.

En el balcón de madera más alto y precario de la Casa de la Sirena, una figura se había separado de las sombras. No era un turista. No era un operario de las luces. Era una mujer joven, vestida con un camisón blanco de lino, descalza, con el pelo oscuro azotado por el viento enloquecido. La luz roja de los fuegos artificiales dibujó su silueta con una claridad aterradora. Mateo sintió que el corazón se le detenía en el pecho. El aire se volvió sólido en sus pulmones.

Ella se encaramó a la barandilla de madera podrida. No hubo titubeo. No miró hacia abajo, hacia el abismo de roca dentada y oscuridad que la esperaba. Miró directamente hacia adelante. Hacia el puente. Hacia la lente de Mateo.

—¡No! —El grito de Mateo fue devorado por la explosión de un mortero pirotécnico que hizo temblar el hierro del puente bajo sus pies.

Nadie más la vio. La multitud estaba hipnotizada por el cielo brillante, ajena a la tragedia que estaba a punto de consumarse en el balcón histórico. Mateo, paralizado por el terror puro, hizo lo único que su instinto entrenado le permitió hacer: su dedo índice se apretó contra el disparador de la cámara.

Clic-clic-clic-clic-clic.

La ráfaga del obturador sonó como una ametralladora silenciosa en su mente. A través del visor, en una cámara lenta agónica, vio a la chica inclinarse hacia adelante. El punto de no retorno. La gravedad, esa bestia invisible que devoraba todo en Cuenca, clavó sus garras en ella. La chica cayó.

El estómago de Mateo dio un vuelco nauseabundo. El terror le quemaba la garganta. Siguió disparando, incapaz de apartar la vista del horror, esperando ver el cuerpo estrellarse contra los farallones de piedra caliza.

Pero lo que ocurrió a continuación destrozó las leyes de la física, la cordura de Mateo y la realidad misma.

Tres metros por debajo del balcón, en pleno descenso mortal, la caída se detuvo. No hubo cuerda, no hubo red, no hubo impacto. Simplemente, el movimiento descendente se congeló en el aire, como un vídeo puesto en pausa. La música del festival pareció distorsionarse, convirtiéndose en un zumbido de baja frecuencia que hizo sangrar ligeramente el oído izquierdo de Mateo.

Clic-clic-clic.

Y entonces, lo imposible. La chica empezó a subir.

No estaba siendo izada. No volaba como un pájaro. Estaba cayendo hacia arriba. La fuerza de la gravedad se había invertido de forma antinatural, repulsiva. Su camisón blanco se infló, desafiando la lógica, cayendo hacia el cielo mientras su cuerpo ascendía lentamente, rozando la pared vertical de la roca. Ascendió un metro, dos metros, diez metros por encima del balcón del que había saltado. Se elevó en el aire frío de la noche, rodeada por el humo de la pólvora iluminado de rojo y azul.

Mateo no podía respirar. El terror había dado paso a un shock absoluto, a una parálisis que le congelaba la sangre en las venas. Su dedo, de forma mecánica, seguía presionando el obturador. Capturaba una y otra vez aquella aberración, aquel insulto a la naturaleza.

En el punto más alto de su “caída” hacia el cielo, la figura se detuvo en el aire, flotando a decenas de metros sobre la cornisa de las Casas Colgadas. Lentamente, la chica giró la cabeza. A través de los cristales de su teleobjetivo, a pesar de la distancia, la luz de un foco láser errante iluminó su rostro durante una fracción de segundo.

Mateo soltó la cámara. El pesado equipo golpeó violentamente contra su pecho, sostenido por la correa de cuero, dejándole sin aliento. Se tambaleó hacia atrás, chocando contra la barandilla del puente de San Pablo, agarrándose los pelos con ambas manos, emitiendo un sonido estrangulado, parecido al de un animal moribundo.

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