El sonido metálico fue ensordecedor, definitivo y escalofriante. Un clac pesado, como el de la guillotina al caer, reverberó contra las paredes de piedra desnuda y los techos abovedados de la taberna más antigua de Madrid. Eran las once y media de la noche. Fuera, la lluvia de noviembre azotaba los adoquines del Barrio de las Letras, pero dentro de “La Taberna de los Olvidados”, el silencio que siguió a aquel sonido fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo de trinchar.
Doña Cayetana de Alba y Castro, marquesa consorte y figura indiscutible de la alta sociedad madrileña, dejó caer su copa de cristal de Bohemia. El vino tinto, un Vega Sicilia del 82, se esparció por el mantel de lino inmaculado como una herida abierta sangrando a borbotones.
—Alejandro, querido, ¿qué ha sido ese ruido? —preguntó con una voz que intentaba sonar casual, pero que temblaba en los bordes. Su mirada, adornada con diamantes que valían más que todo el edificio, se dirigió al anciano dueño del local.
Don Alejandro no respondió. Sentado en la cabecera de la inmensa mesa de roble macizo, con sus ochenta años pesándole sobre los hombros, se limitó a sonreír. No era la sonrisa afable del tabernero que los había servido durante décadas. Era una mueca rígida, cadavérica. Sus ojos, habitualmente chispeantes, estaban fijos en un punto ciego en el centro de la mesa.
—¿Alejandro? —insistió el Ministro de Economía, don Roberto Vargas, aflojándose el nudo de su corbata de seda—. Si es una de tus bromas teatrales para despedir el local, te ruego que la termines. Tengo un vuelo a Bruselas a las seis de la mañana.
Fue entonces cuando el magistrado del Tribunal Supremo, Julián Herrero, se levantó de su silla tallada y caminó hacia la puerta principal de madera de roble, reforzada con hierro forjado. Agarró el picaporte de bronce. Tiró. Nada. Volvió a tirar, esta vez con la fuerza del pánico incipiente. La puerta, que había permanecido abierta al público durante cien años, estaba sellada.
—Está cerrada con llave por fuera —murmuró el magistrado, volviéndose hacia los otros once invitados—. Y no solo eso. Han bajado una persiana de acero macizo. Lo acabo de ver por la rendija.
Un murmullo de indignación y sorpresa recorrió la sala. Doce personas. Doce pilares de la política, las finanzas, el arte y la aristocracia española, reunidos en secreto para celebrar el cierre del refugio privado donde habían cerrado tratos millonarios y ocultado escándalos durante décadas.
—¡Esto es un secuestro! —gritó el joven banquero, Ignacio Salazar, sacando su teléfono móvil del bolsillo de su chaqueta hecha a medida—. Llamaré a la policía. El Comisario General es íntimo amigo de mi padre.
Ignacio deslizó el dedo por la pantalla. Su rostro, hasta entonces bronceado por el sol de Marbella, palideció drásticamente.
—No hay señal. Nada. Cero cobertura.
—Es imposible, en pleno centro de Madrid… —susurró la famosa actriz de cine, Elena Montes, abrazándose a sí misma a pesar del calor que emanaba la antigua chimenea de leña.
De repente, una voz ronca y distorsionada comenzó a sonar. No provenía de Don Alejandro, quien seguía inerte, casi congelado en su asiento. Venía de los viejos altavoces ocultos entre las botellas de coñac centenario en las estanterías de madera.
“Bienvenidos, ilustres invitados, al último banquete”, rasgó la voz el aire pesado de la sala. “No intenten salir. Las paredes de esta bodega tienen un metro de grosor. Las ventanas traseras fueron tapiadas ayer. Los teléfonos están inutilizados por un inhibidor de frecuencia de grado militar oculto bajo el suelo que pisan. Nadie sabe que están aquí, porque todos ustedes, en su arrogancia, pidieron absoluta discreción a sus chóferes y familias para asistir a esta cena clandestina”.
El Ministro Vargas golpeó la mesa con el puño. —¡¿Quién coño eres?! ¡Exijo que abras esta puerta inmediatamente! ¡No tienes idea de con quién te estás metiendo!
La voz del altavoz soltó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de humor. “Oh, créame, don Roberto. Sé exactamente con quién me meto. Me meto con el hombre que firmó la orden de demolición del orfanato de San Blas en 1986. Me meto con el Magistrado Herrero, que archivó el caso de las desapariciones. Me meto con Cayetana, que financió la tapadera. Los conozco a todos. Conozco cada pecado que han enterrado bajo sus trajes de diseño y sus títulos nobiliarios. Han pasado cuarenta años. Cuarenta largos años desde aquella noche de San Juan del 86”.
Al escuchar la fecha, el color desapareció de los rostros de los doce comensales de manera casi simultánea. El silencio que se hizo a continuación ya no fue de confusión, sino de terror puro, absoluto y paralizante.
“Uno de ustedes, sentado en esa misma mesa, es el verdugo”, continuó la voz implacable. “Uno de ustedes es mi cómplice. Y esta noche, antes de que el reloj marque el amanecer, la sangre que derramaron hace cuatro décadas será cobrada. Nadie saldrá de aquí vivo hasta que el verdadero culpable de la masacre de San Blas confiese… o hasta que todos mueran ahogados en sus propias mentiras. Disfruten del postre”.
La transmisión se cortó con un zumbido agudo. Las luces de la taberna parpadearon violentamente antes de estabilizarse en un tono amarillento y enfermizo.
Elena Montes dejó escapar un sollozo ahogado. El magistrado Herrero retrocedió hasta chocar con una barricada de barriles de vino. Todos se miraron los unos a los otros, y en los ojos de sus antiguos amigos, colegas y socios, ya no vieron alianza, sino sospecha, paranoia y el reflejo de un asesino.
Ese fue el comienzo de la pesadilla. Pero para entender cómo la élite de España había terminado atrapada en una tumba de piedra y madera, había que retroceder unas horas, a la engañosa calma de una tarde lluviosa en Madrid.
CAPÍTULO I: LA LLAMADA DE LA NOSTALGIA
Madrid lloraba aquella tarde. Una lluvia fina y melancólica, de esas que parecen lavar la suciedad de las calles pero que solo consiguen que las sombras se alarguen, caía sobre la capital. En el codiciado barrio de Salamanca, los limpiaparabrisas de un Mercedes Maybach negro apartaban las gotas con un ritmo hipnótico. En el asiento trasero, el Magistrado Julián Herrero leía por enésima vez la tarjeta de invitación escrita a mano con tinta sepia.
“La Taberna de los Olvidados cierra sus puertas para siempre. Un siglo de secretos compartidos merece un último brindis. Cena privada. Solo los doce de siempre. Sin chóferes, sin escoltas. A las 21:00 horas. Su viejo amigo, Alejandro.”
Julián suspiró, frotándose el puente de la nariz. Había sido un año difícil en los juzgados, con la prensa husmeando en antiguas concesiones de terrenos. La idea de refugiarse en la taberna, rodeado de sus “iguales”, le parecía un bálsamo necesario. “Los doce de siempre”. Así se llamaban a sí mismos desde los años ochenta, la época de la Movida, cuando Madrid era un hervidero de excesos, arte, drogas y poder descontrolado. Ellos, entonces jóvenes y ambiciosos, habían sabido surfear aquella ola de caos para cimentar sus fortunas.
Mientras tanto, en un ático con vistas al Museo del Prado, la marquesa Cayetana de Alba y Castro se abrochaba un collar de esmeraldas frente a un espejo de cuerpo entero. Su marido, un hombre veinte años mayor y perpetuamente enfermo, dormía en la habitación contigua. Ella no iba a la cena por nostalgia, sino por miedo. Don Alejandro, el tabernero, sabía demasiado. Si el viejo cerraba el local y decidía escribir unas memorias, o peor, hablar con algún periodista ávido de escándalos, la Casa de Alba y Castro caería como un castillo de naipes. “Tengo que asegurarme de que su silencio sea permanente”, pensó, guardando una pequeña chequera en su bolso de Chanel.
Las campanadas de la Puerta del Sol marcaron las nueve de la noche cuando los doce invitados comenzaron a llegar al Callejón del Gato, una callejuela estrecha e iluminada por farolas de gas, donde se escondía la taberna. No había letreros luminosos, solo una puerta de madera oscura con aldaba de hierro.
Uno a uno, fueron entrando. El ambiente dentro era embriagador. Un aroma a jamón ibérico de bellota, pimentón, madera vieja y vino añejo flotaba en el aire. Las paredes estaban cubiertas de fotografías en blanco y negro, carteles taurinos rasgados y estanterías atestadas de botellas polvorientas. La iluminación era tenue, proveniente de candelabros de plata y apliques de pared de estilo modernista.
Allí estaba Ignacio Salazar, el tiburón de las finanzas; Elena Montes, cuyo rostro había adornado todas las portadas de la revista Fotogramas; el Ministro Vargas, siempre con su sonrisa calculada; el arquitecto Luis Mendizábal, diseñador de las torres más altas del Paseo de la Castellana; el cirujano plástico de las estrellas, el doctor Ernesto Ruiz; la dueña de la mayor cadena de medios de comunicación del país, Carmen de la Vega; el general retirado Francisco “Paco” Ordóñez; la diseñadora de moda Sofía Valerón; el escritor y académico de la lengua, don Arturo Rivas; y finalmente, el empresario hotelero Carlos Montero. Doce almas. Doce historias entrelazadas por la ambición.
Don Alejandro, impecablemente vestido con un traje de tres piezas anticuado pero pulcro, los recibió con reverencias mudas. Siempre había sido un hombre de pocas palabras. Un sirviente leal de la alta burguesía.
—Adelante, excelencias, adelante —murmuraba el anciano, tomando los abrigos húmedos—. La mesa está servida. El mejor lechazo de Castilla, cocinado a fuego lento durante doce horas. Y para acompañar, las joyas de mi bodega.
La mesa, dispuesta en el centro del comedor privado del sótano, era un espectáculo de decadencia medieval. Cubertería de plata maciza, copas de cristal tallado, centros de mesa con rosas rojo sangre y candelabros goteando cera caliente. Los invitados se acomodaron, intercambiando besos falsos y abrazos vacíos.
—¡Brindo por Alejandro! —exclamó Ignacio Salazar, alzando su copa de champán—. Por habernos soportado durante cuarenta años, por habernos escondido cuando nuestras esposas o los inspectores de hacienda nos buscaban, y por mantener nuestros secretos mejor guardados que la caja fuerte del Banco de España.
Todos rieron, una risa grave y cómplice que rebotó en la bóveda de ladrillo visto. Bebieron. Comieron. Devoraron el jamón, el queso manchego curado en aceite, las angulas, el lechazo asado que se deshacía en la boca. Durante dos horas, fueron los dueños del mundo, como siempre lo habían sido. Discutieron de política, de cómo manipularían la bolsa la semana siguiente, de los amantes de unos y las desgracias de otros.
Ninguno notó que el único camarero que ayudaba a Don Alejandro, un joven silencioso con la cabeza agachada, había desaparecido. Ninguno notó que Don Alejandro no había probado bocado, y que su mirada se perdía cada vez más en el vacío, hasta quedar completamente catatónico en su silla en la cabecera.
Hasta que, a las once y media en punto, cayó la trampa.
CAPÍTULO II: EL PESO DEL PASADO
Tras el mensaje del altavoz y el pánico inicial de darse cuenta de que estaban sepultados vivos en el corazón de Madrid, el caos se apoderó de la sala.
El General Ordóñez, acostumbrado a tomar el mando en situaciones de crisis, empujó rudamente al Magistrado Herrero. —¡Aparta, Julián! ¡Déjame a mí! —gritó el viejo militar. Agarró una de las sillas de roble macizo, que pesaba fácilmente veinte kilos, y con un gruñido gutural la estrelló contra la puerta de entrada.
La madera de la silla se hizo astillas con un crujido sordo. La puerta ni siquiera se inmutó. No había marcas en su superficie.
—¡Maldita sea! —bramó el General, frotándose el hombro dolorido—. Es inútil. Esa puerta tiene refuerzos de acero por dentro. Está diseñada para resistir un motín.
—¡Alejandro! —chilló Carmen de la Vega, la magnate de los medios, corriendo hacia el anciano dueño—. ¡Maldito viejo decrépito, dinos cómo salir de aquí o juro por Dios que te…!
Carmen agarró a Alejandro por las solapas del traje y lo sacudió violentamente. El cuerpo del anciano no opuso resistencia. Se ladeó de forma antinatural y cayó pesadamente al suelo. Su cabeza golpeó las baldosas de barro cocido con un sonido seco. No se movió.
El doctor Ernesto Ruiz, el cirujano, se arrodilló rápidamente junto a él y le tomó el pulso en el cuello. Tras unos segundos, levantó la vista hacia el grupo, con el rostro pálido como la cera. —Está muerto. Y no acaba de morir. Su cuerpo ya presenta rigor mortis inicial y la piel está fría. Lleva muerto al menos dos o tres horas.
Un grito de horror brotó de la garganta de Sofía Valerón. —¿Qué estás diciendo, Ernesto? ¡Si nos sirvió el vino hace apenas una hora! ¡Estuvo hablando con nosotros!
—No —intervino el escritor, Arturo Rivas, cuya mente analítica empezaba a procesar la macabra puesta en escena—. Piensen, recuerden. Alejandro nos recibió, sí. Pero apenas dijo dos palabras. Fue ese… ese camarero nuevo. El chico con la cabeza gacha. Él sirvió la comida. Alejandro solo estuvo sentado aquí, en la penumbra de la cabecera. Lo han manipulado. Lo han puesto aquí como un muñeco de feria.
El silencio volvió a caer sobre los once sobrevivientes, más pesado y asfixiante que antes. Estaban encerrados con un cadáver. Y el asesino, como había dicho la voz, o bien estaba entre ellos, o los observaba a través de cámaras ocultas.
—La masacre de San Blas… —murmuró Elena Montes, dejándose caer en una silla, con el maquillaje corriendo por sus mejillas debido a las lágrimas—. Ha dicho la masacre de San Blas. Dios mío, pensé que todo aquello estaba enterrado.
—¡Cállate, Elena! —siseó el Ministro Vargas, mirando furioso a su alrededor, buscando micrófonos en las paredes—. No menciones eso. No sabemos quién está escuchando.
—¡Todo el mundo está escuchando, Roberto! —estalló el arquitecto Luis Mendizábal, perdiendo los nervios—. ¡Nos han encerrado para matarnos! ¡A todos! Por lo que hicimos en el 86.
Para comprender el terror que paralizaba a estas figuras de la élite, había que volver a la calurosa noche de San Juan de 1986. En aquel entonces, Madrid era una fiesta interminable. Los doce amigos, todos herederos de grandes fortunas o jóvenes promesas en sus respectivos campos, decidieron celebrar el solsticio de verano con una fiesta clandestina, llena de excesos, drogas de diseño y alcohol. El lugar elegido fue una finca abandonada en las afueras de la ciudad, lindando con el antiguo Orfanato de San Blas, un edificio decrépito que albergaba a medio centenar de niños sin hogar.
La fiesta se salió de control. Fue Ignacio Salazar quien, completamente drogado, decidió que sería “divertido” lanzar fuegos artificiales militares de contrabando —proporcionados por el entonces teniente Paco Ordóñez— hacia el viejo edificio del orfanato, argumentando que estaba abandonado.
Pero no lo estaba.
Un cohete defectuoso atravesó una ventana rota y cayó en el almacén de queroseno y mantas viejas del orfanato. El fuego se propagó en cuestión de minutos. Los doce jóvenes, desde su fiesta en la finca, observaron cómo las llamas devoraban el edificio. Escucharon los gritos. Y en lugar de llamar a los bomberos, en lugar de intentar salvar a alguien, tomaron una decisión instintiva, cobarde y criminal: huyeron.
Subieron a sus coches de lujo y regresaron a Madrid. Al día siguiente, la noticia conmocionó al país. Treinta y dos niños y tres monjas murieron calcinados. La causa oficial: un cortocircuito fortuito debido a la antigua instalación eléctrica.
Julián Herrero, entonces un joven y ambicioso fiscal, fue asignado al caso y se encargó de “extraviar” las pruebas de los fuegos artificiales. Roberto Vargas, desde la concejalía de urbanismo, firmó la demolición exprés de las ruinas para evitar investigaciones exhaustivas. Cayetana de Alba pagó sobornos millonarios a los peritos de incendios. Carmen de la Vega se aseguró de que sus periódicos culparan a las monjas por negligencia. Luis Mendizábal rediseñó el terreno quemado y construyó un lujoso centro comercial en el lugar de la tragedia, del cual todos se lucraron. Y Alejandro, el fiel tabernero, escondió la ropa chamuscada y cubierta de hollín que los jóvenes llevaban aquella noche en la bóveda de su local, convirtiéndose en el guardián de su oscuro secreto.
Cuarenta años de silencio comprados con sangre. Y ahora, los fantasmas habían vuelto para cobrar la deuda.
—Alguien nos traicionó —dijo Ignacio Salazar, con los ojos inyectados en sangre, mirando a sus compañeros con odio—. Solo nosotros doce y Alejandro sabíamos la verdad completa. Y Alejandro está muerto. Alguien de esta sala se ha aliado con algún familiar de las víctimas. Alguien nos ha vendido.
—¡Es absurdo! —gritó Cayetana, aferrando su collar de esmeraldas como si fuera un escudo—. Todos tenemos demasiado que perder. Si se descubre esto, iremos todos a la cárcel. Perderemos nuestro dinero, nuestro estatus… todo.
De pronto, un sonido mecánico proveniente del centro de la mesa interrumpió la discusión. Una gran bandeja de plata con una cúpula opaca, que el supuesto camarero había dejado como postre antes de desaparecer, comenzó a emitir un pitido rítmico y siniestro. Bip… bip… bip…
El corazón de los presentes pareció detenerse.
—¡Una bomba! —gritó el empresario hotelero Carlos Montero, arrojándose al suelo bajo la mesa.
Pero el pitido no se aceleró. Simplemente se mantenía constante. Lentamente, con manos temblorosas, el General Ordóñez se acercó a la mesa. Agarró el asa de bronce de la cúpula y tiró hacia arriba.
No había ninguna bomba. En su lugar, sobre una cama de terciopelo negro ensangrentado, reposaba un antiguo proyector de diapositivas de los años ochenta y un pequeño sobre de papel manila cerrado con un sello de cera roja. El sello llevaba grabada una balanza. La balanza de la justicia.
Arturo Rivas, el escritor, tragó saliva y tomó el sobre. Lo abrió con cuidado. Dentro había una sola tarjeta, escrita con la misma caligrafía sepia de las invitaciones.
“Uno de ustedes tiene la llave de la puerta incrustada en su estómago. Fue ingerida durante el banquete, escondida en el lechazo. Para salir, solo deben extirparla. Tienen hasta el amanecer antes de que el gas nervioso comience a llenar la sala. Que el juego de la verdad comience.”
Arturo leyó la nota en voz alta. Su voz se quebró en la última frase. La incredulidad dio paso a un pánico animal y primitivo.
—Esto es una locura, un enfermo mental ha montado todo esto… —balbuceó el doctor Ruiz, apoyándose contra la pared de piedra—. ¿Una llave en el estómago? ¿Cómo vamos a saber quién…?
—Tú eres cirujano, Ernesto —lo interrumpió Ignacio Salazar, con una mirada gélida y afilada como un bisturí—. Si alguien puede abrirnos en canal para buscar esa llave, eres tú.
—¡¿Estás loco, Ignacio?! —chilló Elena Montes—. ¡Nadie va a abrir a nadie! ¡Debe haber otra salida!
El sonido del proyector de diapositivas cobró vida repentinamente, encendiéndose solo. Un haz de luz cortó la penumbra de la sala y proyectó una imagen en la pared de yeso en blanco del fondo.
La imagen era espeluznante. Mostraba el interior del orfanato la noche del incendio, momentos antes de que las llamas lo consumieran todo. Era una foto tomada desde fuera, a través de la ventana. Mostraba a los niños durmiendo. Y en el margen inferior derecho, claramente visible, se apreciaba la mano de alguien arrojando el petardo al interior. En la muñeca de esa mano brillaba un reloj Rolex de oro con una esfera azul lapislázuli muy particular.
Todos los ojos en la habitación se volvieron hacia Ignacio Salazar. En su muñeca izquierda, brillaba exactamente el mismo Rolex de oro con esfera de lapislázuli, una edición limitada de la que solo existían diez en el mundo. El mismo reloj que llevaba luciendo con orgullo desde 1985.
—No… —susurró Ignacio, retrocediendo a tropezones, chocando contra las estanterías—. Esa foto está trucada. Es un montaje. Yo no lancé el maldito cohete, ¡fue Carlos! ¡Carlos me quitó el reloj esa noche para presumir!
Carlos Montero, el empresario hotelero que aún estaba medio agachado cerca del suelo, se levantó como un resorte. —¡Eres un mentiroso, hijo de perra! —rugió Carlos—. ¡Tú fuiste el asesino! ¡Y ahora quieres culparme a mí!
La paranoia se había instalado por completo. Las máscaras de civilidad, los trajes caros y los títulos honoríficos se derritieron en cuestión de minutos, dejando al descubierto a los monstruos asustados que realmente eran. El instinto de supervivencia más primario afloró en la taberna subterránea.
Bip… bip… bip…
El sonido de la bandeja de plata continuaba. Y entonces, de las rejillas de ventilación situadas cerca del techo abovedado, un sutil siseo comenzó a escucharse. Un humo blanco, inodoro y translúcido, empezó a filtrarse lentamente en la sala.
—El gas… —susurró la marquesa Cayetana, tapándose la boca y la nariz con su pañuelo de seda Hermès—. Ya ha empezado.
El General Ordóñez agarró un pesado cuchillo de trinchar que descansaba sobre la mesa junto a los restos del banquete. La hoja brilló a la luz de los candelabros. Miró fijamente a Ignacio Salazar.
—El asesino del orfanato —dijo el General con voz grave, perdiendo todo rastro de humanidad en sus ojos—. El anfitrión quiere justicia. Si te abrimos, Ignacio, tal vez encontremos la llave y esto acabe. Eres un sacrificio aceptable por el bien de España.
—¡Alejaos de mí! —gritó Ignacio, rompiendo una botella de vino contra el borde de la mesa y esgrimiendo el cuello dentado de cristal como un arma improvisada—. ¡El primero que se acerque le corto la yugular!
El caos estalló. Carlos Montero se abalanzó sobre Ignacio por la espalda, intentando inmovilizarlo. Ambos cayeron al suelo rodando sobre los charcos de vino y los restos de comida. El magistrado Herrero intentaba separarlos, mientras las mujeres gritaban pidiendo auxilio en una habitación donde nadie en el mundo podía escucharlas.
El humo blanco continuaba descendiendo del techo, envolviendo las lámparas, acariciando las viejas fotografías de toreros y poetas. La Taberna de los Olvidados se estaba convirtiendo rápidamente en un mausoleo. El primer acto de la macabra venganza había comenzado, y la noche en Madrid prometía ser, para la élite de España, la más larga y sangrienta de toda su existencia.
Y escondido en algún lugar, detrás del muro de piedra, en la sala de calderas contigua, un hombre joven se quitaba el uniforme de camarero, miraba los monitores de las cámaras de seguridad y acariciaba una vieja fotografía de un niño sonriente frente a un orfanato de ladrillo.
—Por ti, hermanito —murmuró, observando cómo los poderosos se destrozaban mutuamente como perros rabiosos.
(Fin de la primera parte)
CAPÍTULO III: EL BISTURÍ Y LA BESTIA
El crujido del cristal al romperse fue el pistoletazo de salida para la barbarie. La botella de vino, un reserva que alguna vez descansó plácidamente en las bodegas más exclusivas, ahora era un arma dentada en las manos temblorosas de Ignacio Salazar. El banquero, con el rostro desfigurado por el pánico y la ira, lanzaba estocadas ciegas al aire, manteniendo a raya a Carlos Montero y al General Ordóñez.
—¡No os acerquéis! —bramaba Ignacio, escupiendo saliva manchada con el vino que acababa de beber—. ¡Os mataré a todos! ¡No me vais a abrir como a un cerdo!
El humo blanco continuaba su lento pero inexorable descenso desde las rejillas de ventilación. No era asfixiante de inmediato, pero tenía un olor dulzón, enfermizo, como a almendras amargas mezcladas con flores marchitas. Elena Montes, acurrucada en una esquina, comenzó a toser, tapándose la boca con las manos enjoyadas.
—Paco, haz algo —suplicó el Ministro Vargas, retrocediendo hacia la pared—. Ese humo… Dios mío, me pican los ojos. Nos va a matar. ¡Mátalo y busquemos la llave!
El General Ordóñez, cuyos instintos militares habían suplantado cualquier rastro de civilidad burguesa, sopesó el cuchillo de trinchar. Su mirada era fría y calculadora. Había matado antes. En oscuras misiones en el Sáhara durante su juventud, en callejones de los que nadie hablaba. Para él, Ignacio ya no era el hijo de su amigo; era un obstáculo táctico.
—Ignacio, muchacho, ríndete —dijo Ordóñez con una calma aterradora, avanzando un paso—. Si cooperas, Ernesto te abrirá con cuidado. Eres un hombre fuerte. Sobrevivirás. Si te resistes, te desangrarás aquí mismo.
—¡Estáis todos locos! —gritó Ignacio. En un movimiento desesperado, se abalanzó hacia adelante, intentando clavar el cristal en el cuello del General.
Pero Ordóñez era más rápido, a pesar de su edad. Esquivó el torpe ataque con un paso lateral y, con la precisión de un matarife, hundió el cuchillo de trinchar en el muslo derecho de Ignacio. Un alarido desgarrador llenó la bóveda de la taberna. La sangre, oscura y caliente, brotó a borbotones, mezclándose con el vino derramado sobre las baldosas.
Ignacio cayó de rodillas, soltando la botella rota. Carlos Montero aprovechó la oportunidad, saltó sobre su espalda y le inmovilizó los brazos, presionando su rostro contra el suelo manchado de comida.
—¡Lo tengo! —gritó Carlos, jadeando por el esfuerzo—. ¡Ernesto, ven aquí ahora mismo!
El doctor Ernesto Ruiz, el cirujano plástico que había esculpido los rostros de la mitad de las mujeres de la alta sociedad madrileña, temblaba incontrolablemente. Estaba acostumbrado a quirófanos estériles, a anestesia general, a enfermeras asistentes. Ahora le pedían que realizara una vivisección en el suelo sucio de una taberna, con un cuchillo de carne y un paciente consciente.
—Yo… no puedo… —balbuceó el médico, retrocediendo—. No tengo instrumental. Morirá del shock. ¡Es un asesinato!
Cayetana de Alba, cuyo instinto de supervivencia era tan afilado como sus diamantes, agarró al cirujano por el brazo, clavándole las uñas. —¡Hazlo, Ernesto! —siseó, con los ojos desorbitados—. ¡O lo haces tú, o morimos todos! ¡Piensa en tu familia! ¡Piensa en tu reputación! ¡Abre a ese cabrón y saca la maldita llave!
Empujado por la marquesa y la mirada asesina del General, Ernesto se acercó a Ignacio, que se retorcía en el suelo como un animal en una trampa, gimiendo de dolor por la herida de su pierna. Ordóñez le pasó el cuchillo ensangrentado.
—Haz un corte limpio por debajo del esternón —ordenó el militar—. Búscale el estómago. Rápido. El humo es cada vez más espeso.
Luis Mendizábal, el arquitecto, y Julián Herrero, el magistrado, se habían tapado los oídos y cerraban los ojos, incapaces de presenciar la escena, pero sin hacer nada para detenerla. Eran cómplices por omisión, al igual que lo habían sido cuarenta años atrás.
Ernesto se arrodilló. Las lágrimas surcaban su rostro. Ignacio lo miró con ojos suplicantes, llorando como un niño. —Ernesto… por favor… no… somos amigos… fuimos a cazar juntos… por favor…
—Lo siento, Ignacio. Lo siento muchísimo —murmuró el cirujano.
Cerró los ojos y bajó la hoja.
El grito que siguió rasgó las gargantas de todos los presentes. Fue un sonido que ninguno olvidaría jamás, un sonido que rebotó en las piedras centenarias y se grabó en sus almas. El corte fue torpe, profundo y brutal. Ignacio se convulsionó con una fuerza sobrehumana, liberándose casi del agarre de Carlos. La sangre inundó sus manos, el suelo, manchando los trajes de miles de euros.
Ernesto, sollozando, metió las manos en la herida abierta. Hurgó entre tejidos y sangre, palpando a ciegas el estómago de su amigo. Ignacio dejó de gritar; sus ojos se pusieron en blanco y un estertor de la muerte escapó de sus labios. Su cuerpo se aflojó. Había muerto por el shock y la pérdida masiva de sangre en cuestión de segundos.
—¡Busca, maldita sea! —gritó el Ministro Vargas, agitando los brazos para apartar el humo.
El cirujano sacó las manos, empapadas hasta las muñecas en rojo. En su palma derecha, sostenía un objeto endurecido. La esperanza iluminó fugazmente los rostros desencajados de los invitados.
Pero al limpiarlo torpemente con un paño de lino, la realidad los golpeó con la fuerza de un mazo. No era una llave. Era un pedazo de plomo deforme, envuelto en plástico, que seguramente Ignacio había tragado accidentalmente, o tal vez un perdigón de caza mal limpiado en alguna de sus lujosas comidas. Nada que pudiera abrir una puerta de acero.
—No… no está… —sollozó Ernesto, dejándose caer de espaldas, manchando el suelo con la sangre de su amigo—. No hay ninguna llave. Lo he matado para nada. ¡Lo he matado!
El silencio volvió a adueñarse de la sala, roto solo por el pitido constante del proyector y el siseo del gas. Habían cruzado la línea de no retorno. Ya no eran la élite. Eran asesinos en una jaula.
CAPÍTULO IV: EL GAS DE LA VERDAD
El humo blanco había alcanzado ya la altura de sus cinturas. Empezó a infiltrarse en sus pulmones con cada respiración jadeante. El anfitrión, desde las sombras, no había elegido un gas letal estándar. Había sintetizado una neurotoxina alucinógena, un compuesto militar experimental diseñado para inducir terror, paranoia y para derribar las barreras psicológicas más profundas. Quería que confesaran. Quería que vivieran su propia culpa.
Sofía Valerón, la diseñadora de moda, fue la primera en sucumbir. De repente, se puso de pie, mirando fijamente la pared de ladrillo. Sus ojos estaban dilatados, negros como pozos sin fondo.
—El fuego… —susurró, extendiendo las manos—. ¿No sentís el calor? ¡Me quemo! ¡Mi vestido se quema!
Sofía empezó a arrancarse la ropa frenéticamente, rasgando la seda de su blusa de alta costura, arañándose la piel hasta hacerse sangrar. —¡Cállate, Sofía! —gritó Arturo Rivas, el escritor, pero su propia voz sonaba lejana, distorsionada en sus oídos. Empezó a ver sombras moviéndose entre los barriles de vino. Sombras pequeñas. Sombras de niños.
La taberna dejó de ser una taberna. Para las mentes intoxicadas de los once supervivientes, el suelo de baldosas se transformó en la hierba seca y chamuscada de la finca de San Blas. El olor a pimentón y vino rancio fue sustituido por el hedor acre del queroseno, la carne quemada y el plástico derretido.
Carmen de la Vega, la magnate de la prensa, se encogió en un rincón, tapándose los oídos. —¡No, no los escucho! —gritaba al vacío—. ¡Las monjas mienten! ¡Yo redacté el titular! ¡”Tragedia Inevitable”! Fue un accidente… fue un accidente…
—No fue un accidente, Carmen —dijo una voz. No venía del altavoz, sino del Magistrado Julián Herrero. Estaba sentado en el suelo junto al cadáver de Alejandro, meciéndose de adelante hacia atrás. Las lágrimas limpiaban surcos en su rostro cubierto de hollín imaginario—. Yo guardé los restos del cohete. Eran cohetes de fósforo blanco. Ordóñez los robó del arsenal. Yo los enterré en mi jardín de la sierra. Destruí las pruebas. Yo condené a esos niños al olvido para salvar mi carrera. Fui yo.
El Ministro Vargas lo miró, con los ojos inyectados en sangre. —¡Claro que fuiste tú, pedazo de mierda pusilánime! —escupió el político, tropezando hacia él. La neurotoxina eliminaba sus filtros, dejando aflorar el resentimiento acumulado durante décadas—. Y yo tuve que presionar al alcalde para que demoliera las ruinas antes de que llegara el juez de instrucción. Yo firmé los papeles. Construimos ese puto centro comercial sobre las cenizas de treinta niños. Y todos vosotros os lucrasteis con las acciones. ¡Sois unos hipócritas!
—Y tú eres un cobarde, Roberto —soltó Cayetana, riendo histéricamente. La marquesa daba vueltas sobre sí misma, como si bailara un vals macabro con un fantasma—. Pagamos. Todos pagamos. Cien millones de pesetas nos costó el silencio del forense. Cien millones para que dijera que las salidas de emergencia estaban cerradas. Mi marido firmó el cheque. Yo se lo entregué.
El General Ordóñez observaba la escena, sintiendo que la habitación giraba a su alrededor. Veía las caras de los niños ardiendo, pidiendo ayuda desde la pared blanca donde aún se proyectaba la diapositiva de la mano con el Rolex.
Y entonces, la mente militar de Ordóñez hizo una conexión.
El proyector. La foto. El reloj.
Se giró lentamente hacia Carlos Montero. El empresario estaba acurrucado bajo la mesa, murmurando palabras inconexas.
—Carlos… —gruñó el General, avanzando a trompicones—. Ignacio dijo que te prestó el reloj esa noche. Que tú querías presumir ante las chicas.
Carlos levantó la vista. Su rostro estaba bañado en sudor frío. —No… no… Ordóñez, no le escuches. Ignacio mentía…
—¡Ignacio está muerto por tu culpa! —rugió Elena Montes, saliendo de su letargo. La actriz, en un estallido de furia psicótica inducida por el gas, recogió el cuchillo ensangrentado que el cirujano había abandonado en el suelo. Se lanzó sobre Carlos.
Carlos intentó defenderse, pero estaba debilitado por el terror y los efectos del humo. Elena le clavó el cuchillo en el hombro. Carlos aulló de dolor y la empujó con fuerza, lanzándola contra las botellas de la estantería, que cayeron sobre ella en una lluvia de cristales y alcohol.
El General, sin mediar palabra, agarró a Carlos por el cuello de su camisa y lo levantó. —Fuiste tú. Tú encendiste la mecha. Tú lo lanzaste. Confiesa, bastardo. Confiesa y tal vez la puerta se abra.
—¡Fui yo! —gritó Carlos, llorando, escupiendo sangre—. ¡Fui yo! Estaba drogado, no sabía que había niños… pensé que era un edificio vacío… ¡Fue una puta broma!
La confesión resonó en la sala, amplificada por el eco del techo abovedado. El eco de una verdad sepultada durante cuarenta años.
En la sala de control, Mateo, el falso camarero, apretó un botón en su panel. Las grabadoras de alta fidelidad ocultas en la taberna detuvieron su grabación. Tenía lo que quería. Las confesiones completas, audibles y sin coacción legal de cada uno de los responsables de la muerte de su hermano mayor. Todo estaba documentado.
Mateo cogió un micrófono. Su voz, ahora sin distorsión, clara y gélida, inundó la taberna.
“Gracias. Eso es todo lo que necesitaba escuchar.”
Los supervivientes se detuvieron. El General soltó a Carlos, quien cayó al suelo tosiendo violentamente.
“Mi nombre es Mateo Salazar”, continuó la voz. “Pero nací como Mateo Ruiz. Era el hermano pequeño de David Ruiz, uno de los niños que quemasteis vivos en el orfanato. Sobreviví porque estaba escondido en el sótano castigado. Vi vuestros coches marcharse. Os vi huir.”
—Salazar… —murmuró Cayetana, comprendiendo de repente—. Te adoptaron… Los Salazar te adoptaron.
“Sí, marquesa. El destino tiene un retorcido sentido del humor. Me adoptó la familia del hombre que os encubrió. Crecí entre vosotros. Estudié en vuestros colegios. Asistí a vuestras bodas. Y durante veinte años, preparé este momento. Me gané la confianza de Alejandro. El viejo, devorado por la culpa en sus últimos años, me lo contó todo antes de que le diera la dosis letal de digitalina esta tarde.”
—¡Ábrenos la puerta, desgraciado! —gritó el Ministro Vargas—. ¡Ya tienes tu confesión! ¡Llévanos a juicio, pero déjanos salir!
Mateo soltó una carcajada amarga. “¿A juicio? ¿Para que vuestros abogados os saquen en dos días alegando prescripción del delito? No, señor Ministro. Aquí no habrá jueces comprados. El juicio ya se ha celebrado.”
—¡Dijiste que había una llave! —aulló Luis Mendizábal, arañando la puerta de acero—. ¡Dijiste que podíamos salir!
“Y no mentí. La llave existe. La llave para abrir el candado de la caja de fusibles que detiene la ventilación y abre la persiana.”
—¿Dónde está? ¿En el estómago de quién? —preguntó el General Ordóñez, mirando a sus compañeros como si fuera a abrirlos a todos.
“Lean de nuevo la nota, General. Dije: ‘Uno de ustedes tiene la llave incrustada en su estómago. Fue ingerida durante el banquete’. Ustedes asumieron que me refería a los doce invitados.”
Los ojos de Arturo Rivas se abrieron de par en par. Lentamente, giró su cabeza hacia la cabecera de la mesa. Hacia la figura rígida, silenciosa y muerta de Don Alejandro, el tabernero. Él también había estado en el banquete. Él también era “uno de ellos”.
—Alejandro… —susurró Arturo.
Como una manada de lobos hambrientos, los sobrevivientes, abandonando toda dignidad, cordura y humanidad, se abalanzaron sobre el cadáver del anciano. El General, el Magistrado, el Ministro y el Arquitecto tiraron del cuerpo, derribando la pesada silla de roble.
—¡El cuchillo! ¡Dadme el cuchillo! —gritaba Ordóñez, desesperado.
Como el cuchillo estaba enterrado en el hombro de Carlos, utilizaron cristales rotos, tenedores de plata y sus propias manos. Desgarraron la ropa de Alejandro. En un frenesí macabro de sangre, vísceras y locura inducida por la neurotoxina, destriparon al hombre que había guardado sus secretos durante cuarenta años.
El hedor en la sala se volvió insoportable, una mezcla de gas, heces, sangre y muerte. Cayetana vomitó sobre sus zapatos de diseño. Elena Montes reía histéricamente en su rincón, abrazando una botella rota.
Finalmente, las manos manchadas de sangre de Julián Herrero encontraron algo duro y metálico en el interior del estómago frío del cadáver. Extrajo una pequeña llave de latón envuelta en un preservativo grueso.
—¡La tengo! ¡La tengo! —gritó el magistrado, levantándola como si fuera el Santo Grial.
Corrió hacia la puerta. Buscó frenéticamente la caja de fusibles camuflada en la pared de la que Mateo había hablado. La encontró detrás de un cuadro de Goya falsificado. Insertó la llave resbaladiza por la sangre. Giró.
Un clic metálico sonó. El siseo del gas se detuvo inmediatamente. Un segundo después, los motores de la persiana exterior cobraron vida. Con un chirrido infernal, la gruesa placa de acero comenzó a elevarse lentamente.
La puerta de madera estaba desbloqueada.
Julián empujó la pesada hoja de roble. El aire fresco y frío de la madrugada madrileña, cargado de la humedad de la lluvia, golpeó su rostro como una bendición divina. Fuera, la callejuela estaba oscura y desierta. Eran las cuatro de la madrugada.
Salieron tambaleándose. Diez figuras destrozadas, cubiertas de sangre ajena y propia, con las ropas rasgadas, los rostros manchados de hollín imaginario y vísceras reales. Parecían demonios expulsados del infierno. Atrás dejaban dos cadáveres destrozados y un legado de ruina.
Cayeron de rodillas sobre los adoquines mojados, respirando el aire puro, tosiendo y llorando de alivio.
De repente, una luz cegadora inundó el callejón.
No era la luz del sol. Eran focos. Focos halógenos de alta intensidad.
Decenas de sirenas rompieron el silencio de la noche al unísono. Coches patrulla de la Policía Nacional, furgones de las unidades de intervención rápida y ambulancias habían bloqueado ambas salidas del Callejón del Gato.
Pero no estaban solos. Detrás de las barreras policiales, un enjambre de flashes de cámaras estalló. Había furgonetas de televisión satelital, reporteros con micrófonos de cadenas nacionales e internacionales, y cientos de curiosos agrupados bajo paraguas.
El Ministro Vargas, cegado por la luz, alzó la mano. —¡Ayuda! —graznó—. ¡Llamad a emergencias! ¡Ese loco… nos ha torturado!
Un inspector jefe de la policía avanzó con el arma desenfundada, flanqueado por agentes antidisturbios con escudos. No parecía compadecerse de la dantesca escena de los multimillonarios cubiertos de sangre.
—¡Al suelo! —gritó el inspector—. ¡Todos al suelo, las manos en la nuca!
—¡No sabe quién soy! —intentó protestar la marquesa Cayetana, pero un agente la obligó a arrodillarse sin contemplaciones.
Mientras los esposaban contra los charcos de la calle, una enorme pantalla de publicidad de un edificio cercano se encendió. No emitía anuncios. Emitía un vídeo de YouTube, transmitido en directo a millones de espectadores.
En la pantalla, se reproducía el audio cristalino de sus confesiones dentro de la taberna, sincronizado con las espeluznantes imágenes de las cámaras de seguridad que los mostraban descuartizando a don Alejandro y asesinando a Ignacio Salazar. El mundo entero los estaba viendo comportarse como bestias carniceras, confesando el asesinato de treinta y dos niños.
El plan de Mateo nunca fue matarlos con el gas. El gas solo era el catalizador. El plan de Mateo era destruirlos. Quería despojarlos de su dinero, de su poder, de su prestigio y de su humanidad. Quería que el mundo viera los monstruos que se escondían debajo de la seda y los diamantes.
El Magistrado Herrero miró la pantalla gigante, escuchando su propia voz confesar la destrucción de pruebas. Miró a los periodistas que grababan sus manos ensangrentadas. Y supo, con una certeza helada, que sus vidas habían terminado de una forma mucho más definitiva que si hubieran muerto en la taberna. No había dinero en Suiza ni contactos en las altas esferas que pudieran limpiar eso.
Mientras los metían a empujones en los furgones policiales, bajo una lluvia de insultos y escupitajos de la multitud enfurecida que empezaba a comprender la atrocidad del 86, nadie se dio cuenta de un hombre joven, vestido con un sencillo chubasquero negro, que se alejaba caminando tranquilamente por la calle Mayor, perdiéndose en la neblina de la madrugada madrileña.
EPÍLOGO: ECOS DE JUSTICIA (AÑO 2046)
Veinte años habían pasado desde la infame “Noche de las Bestias de la Taberna”, como la bautizó la prensa internacional.
El impacto social fue un seísmo que reescribió la historia reciente de España. Las confesiones transmitidas en directo destaparon una red de corrupción tan vasta que hizo tambalear al mismísimo gobierno. La indignación pública fue imparable. Se reabrió el caso de la masacre de San Blas. Las fortunas de los implicados fueron confiscadas para crear un fondo masivo de reparación para las familias de las víctimas y las monjas fallecidas.
El destino de los supervivientes fue sombrío y despiadado, tal y como lo exige la verdadera tragedia.
Julián Herrero, el otrora intocable magistrado, se ahorcó en su celda de aislamiento en la prisión de Soto del Real a los tres años de cumplir condena, incapaz de soportar la humillación diaria por parte de los reclusos que lo veían como a un asesino de niños.
El Ministro Roberto Vargas y el arquitecto Luis Mendizábal envejecieron rápidamente tras las rejas, repudiados por sus familias y su partido político, muriendo ambos de afecciones cardíacas en el ala médica de la prisión.
Carlos Montero, el responsable material de lanzar el cohete, fue condenado a la pena máxima permitida, pasando sus días confinado en una unidad psiquiátrica penitenciaria, atormentado por severos ataques de esquizofrenia en los que aseguraba que los niños quemados venían a buscarle cada noche.
Cayetana de Alba, despojada de sus títulos por orden real y de su fortuna por las multas del estado, pasó sus últimos días en un modesto piso del extrarradio madrileño, viviendo de una pensión de subsistencia, perdiendo la cordura y vagando por los supermercados buscando diamantes imaginarios en las latas de conserva.
Elena Montes, Carmen de la Vega, Sofía Valerón y el doctor Ernesto Ruiz cumplieron condenas de entre quince y veinte años por encubrimiento, profanación de cadáveres y complicidad en asesinato. Cuando salieron, eran sombras rotas, parias sociales irreconocibles que se ocultaron bajo nombres falsos en pueblos remotos, esperando a que la muerte los reclamara en el anonimato.
El único que no llegó a la cárcel fue el General Paco Ordóñez. Durante el traslado en furgón policial aquella misma madrugada, logró desarmar a un guardia novato presa del pánico. Sabiendo que su honor militar estaba destruido para siempre, se pegó un tiro en la sien.
En cuanto a “La Taberna de los Olvidados”, el edificio fue expropiado por el Ayuntamiento. Las paredes subterráneas de piedra, que habían absorbido la sangre y los secretos de un siglo de poder corrupto, fueron tapiadas con hormigón armado. Sobre ellas, se construyó un pequeño parque conmemorativo, lleno de cerezos japoneses y una placa de bronce con treinta y cinco nombres grabados. Un lugar de luz para contrarrestar la oscuridad enterrada debajo.
Lejos de allí, al otro lado del mundo, en una tranquila villa costera cerca de Valparaíso, Chile, un hombre de sesenta años, de pelo cano y mirada serena, terminaba de podar sus rosales bajo el cálido sol de la tarde.
Se llamaba Mateo. Llevaba una vida sencilla, regentaba una pequeña librería de barrio y era conocido por sus vecinos como un hombre afable, solitario pero siempre dispuesto a ayudar. Nadie allí conocía su verdadero apellido, ni la historia de su juventud en España.
Mateo dejó las tijeras de podar sobre una mesa de madera rústica y se sirvió una taza de café. Entró en su pequeño estudio, donde las paredes estaban forradas de libros de literatura clásica e historia. Sobre su escritorio, enmarcada en una sencilla madera de pino, había una única fotografía. Era vieja, con los bordes gastados, y mostraba a dos niños pequeños sonriendo frente a un edificio de ladrillo rojo, antes de que el fuego y la codicia lo devoraran todo.
Mateo pasó el pulgar por el cristal del marco, acariciando la imagen de su hermano mayor, David.
Ya no había odio en sus ojos. La sed de venganza que lo había consumido durante la primera mitad de su vida se había disipado aquella noche en Madrid, arrastrada por la marea de la justicia, por implacable y brutal que hubiera sido su método. No sentía remordimiento por lo que les hizo a esos doce monstruos. Creía, con una fe inquebrantable, que el universo requiere equilibrio. Ellos habían arrebatado treinta y cinco vidas inocentes por diversión y cobardía; él solo les había obligado a mirarse en un espejo roto.
Se acercó a la ventana y miró hacia el océano Pacífico, cuyas olas rompían con un ritmo constante y eterno contra las rocas. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el agua de un naranja intenso, casi rojizo. Un color que, hace mucho tiempo, le habría recordado al fuego. Ahora, solo le recordaba al amanecer.
—Están pagando, David —murmuró Mateo al viento marino, mientras una gaviota cruzaba el cielo despejado—. Ya puedes descansar. Todos podemos descansar.
Apagó la lámpara de su escritorio, dejando que la habitación se sumiera en la apacible penumbra del crepúsculo. Salió al porche, se sentó en su mecedora y observó cómo el mundo continuaba girando, indiferente a las tragedias de los hombres, cerrando por fin el libro de la Taberna de los Olvidados para siempre.