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pedro infante confeso un secreto antes de subir al avion.

 Eran caras, complicadas de conectar, pero él necesitaba escuchar las voces de su familia. Cuando contestó Irma Dorantes, su esposa, Pedro sintió un nudo en la garganta. Mi amor, ¿cómo están todos? Bien, Pedro. Todos bien. ¿Pasa algo? Se oye raro. No, nada. Solo quería escuchar tu voz. ¿Están ahí los niños? Habló con cada uno de sus hijos esa noche.

 Les preguntó por la escuela, por sus juegos, por sus sueños. Irma notó algo diferente en su tono, algo melancólico, pero no quiso preocuparse. Pedro siempre había sido emotivo, sensible detrás de esa imagen de galán invencible. Antes de colgar, Pedro dijo algo que Irma recordaría por el resto de su vida. Cuídalos mucho y recuerda siempre que todo lo que hago lo hago por ustedes.

 Al día siguiente, domingo 14 de abril, Pedro voló de Mérida a la Ciudad de México en un vuelo comercial. Llegó por la tarde y fue directo a su casa. Pasó la noche del domingo con su familia. Jugó con los niños en el jardín hasta que oscureció. Cenó con Irma. Hablaron de proyectos futuros de la película que estaba filmando de sus sueños.

 Pero esa noche, antes de dormir, Pedro hizo algo que nunca había hecho. Se sentó en la cama junto a Irma y le tomó las manos. La miró directamente a los ojos con una intensidad que la asustó. Mi amor, necesito decirte algo. ¿Qué pasa, Pedro? ¿Me estás asustando? Sí, algo me pasa. ¿Qué estás diciendo? No digas eso. Escúchame, por favor, insistió Pedro con voz suave pero firme.

 No sé por qué, pero necesito que escuches esto. Si algo me pasa, quiero que sepas que viví haciendo lo que amaba. que cada día fue un regalo, que ustedes, tú y los niños fueron mi mayor felicidad. No quiero que haya tristeza si algo ocurre. Quiero que recuerden que fui feliz. Irma sintió lágrimas rodando por sus mejillas.

Pedro, me estás asustando. ¿Por qué hablas así? Pedro la abrazó fuerte. No lo sé, amor. Es solo una sensación. Probablemente no sea nada, pero necesitaba decirlo. Us necesitaba que lo supieras. se quedaron abrazados en silencio durante largos minutos. Afuera, la ciudad dormía sin saber que estaba viviendo las últimas horas de tranquilidad antes de que el corazón de México se rompiera.

 La mañana del lunes 15 de abril amaneció clara y brillante. Pedro se levantó temprano alrededor de las 6 de la mañana, besó a Irma, que aún dormía, entró a las habitaciones de cada uno de sus hijos, los observó dormir. Les acarició el cabello suavemente, cuidando de no despertarlos. En la habitación de su hijo mayor, se quedó parado varios minutos, simplemente mirándolo, grabando esa imagen en su memoria.

 Desayunó solo en la cocina, pan dulce y café negro. La empleada doméstica Lupe, que llevaba años con la familia, notó algo diferente en él. ¿Se encuentra bien don Pedro? Sí, Lupita, solo pensando. ¿En qué piensa tan temprano? Pedro sonrió tristemente. En lo rápido que pasa todo, en lo frágil que es la vida. A las 7:30 de la mañana, Pedro salió de su casa.

 Tenía que volar de regreso a Mérida para continuar las filmaciones de TS. El vuelo estaba programado para las 9:15 desde el aeropuerto de la Ciudad de México, pero este no sería un vuelo comercial. Pedro había decidido volar en un avión privado, un Consolidated B24 Liberator, un bombardero convertido en avión de carga que también transportaba pasajeros.

Cuando llegó al aeropuerto, algo llamó su atención. Había un hombre trabajando en uno de los motores del avión. Era un mecánico de unos 50 años con overall manchado de grasa y expresión preocupada. Pedro se acercó. Siempre había sido curioso sobre la mecánica, sobre cómo funcionaban las cosas. Buenos días, amigo. Oh, todo bien con el avión.

El mecánico se sobresaltó al ver quién le hablaba. Don Pedro, qué honor. Yo sí estamos revisando. Pero su expresión decía otra cosa. Seguro que todo está bien. Se ve preocupado. El mecánico dudó. En esos días, un mecánico no cuestionaba públicamente la seguridad de un avión sin evidencia concreta. Podía perder su trabajo, pero algo en la mirada honesta de Pedro lo hizo hablar.

Don Pedro, este motor ha estado dando problemas, nada grave oficialmente, pero yo yo no volaría hoy si pudiera evitarlo. Pedro sintió que el aire se volvía más pesado. ¿Qué tipo de problemas? Vibraciones anormales. El motor número tres no está respondiendo como debería. Le dije al piloto, pero dice que está dentro de parámetros aceptables.

 Pedro miró el avión, luego al mecánico, luego al cielo despejado. Tenía una decisión que tomar. ¿Usted qué haría en mi lugar? preguntó Pedro al mecánico. El hombre bajó la mirada limpiándose las manos en un trapo sucio. No es mi lugar decir, don Pedro. Yo solo reparo lo que me ordenan reparar. Pero como meo, como hombre que conoce estos aviones, ¿qué haría? El mecánico lo miró directamente a los ojos. Yo esperaría hasta mañana.

 Daría tiempo para una revisión más completa, pero entiendo que usted tiene compromisos, filmaciones. Probablemente no sea nada. Probablemente estoy siendo excesivamente cauteloso. Pedro asintió lentamente. Podía cancelar, podía esperar al día siguiente, podía tomar un vuelo comercial, pero había equipo esperándolo en Mérida, un elenco completo, productores que habían invertido dinero, tiempo, recursos.

 Una estrella de su magnitud no podía simplemente no aparecer por una sensación, por las preocupaciones de un mecánico que él mismo admitía estar siendo excesivamente cauteloso. “Gracias por su honestidad”, dijo Pedro estrechando la mano del mecánico. “Es usted un buen hombre.” El mecánico sostuvo su mano un segundo más de lo normal.

 “Don Pedro, sus películas me han dado mucha alegría a mí y a mi familia. Usted es el orgullo de México. Solo tenga cuidado.” Pedro sonrió. esa sonrisa que había iluminado mil pantallas. Siempre tengo cuidado, amigo. Pero mientras caminaba hacia la terminal, Pedro sintió nuevamente esa sensación extraña, ese peso en el pecho, esa voz interior susurrando algo que no podía entender claramente.

 Se detuvo, sacó una moneda de su bolsillo. Águila, vuelo. Sol, me quedo murmuró para sí mismo. Lanzó la moneda al aire, cayó mostrando el águila. Señal de volar. Bu guardó la moneda y continuó caminando. En la terminal, otros pasajeros ya estaban reunidos. Solo serían seis personas en total en ese vuelo. El capitán Adolfo Rosas Sánchez como piloto, el copiloto José Luis Cervantes y cuatro pasajeros: Pedro Infante, el periodista Marcelo Contreras, el ingeniero Ricardo Valderrama y una azafata llamada Guadalupe Salas. Todos tenían razones

importantes para estar en ese vuelo. Todos tenían familias esperándolos en algún lugar. Ninguno sabía que estaban viviendo sus últimas horas. A las 8:45 de la mañana, Pedro decidió hacer una última llamada. Fue a un teléfono público en la terminal y marcó a su casa, contestó Irma sorprendida. Pedro, ¿ya estás en el aeropuerto? Sí, amor.

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