Posted in

El Soldado Que CAPTURÓ al Che Guevara — 57 Años Después ROMPE Su Silencio y CONFIESA

 

En ese momento nadie sabía que el soldado Roberto Martínez, escondido detrás de un árbol en la selva boliviana, estaba a punto de capturar al revolucionario más buscado de América Latina. Cuando finalmente vio los ojos del Cheegevara a solo 3 m de distancia, algo dentro de él se rompió para siempre.

 Lo que pasó en esos 5 minutos lo perseguiría durante 55 años. Octubre de 2022, Santa Cruz, Bolivia. Roberto Martínez, de 78 años, se sienta frente a una cámara por primera vez en su vida. Sus manos tiemblan mientras sostiene una vieja fotografía amarillenta. Es una foto de él mismo a los 23 años, vistiendo el uniforme del ejército boliviano, joven, delgado, con ojos llenos de inocencia.

 “Ese chico ya no existe”, dice con voz quebrada. murió el 8 de octubre de 1967, el mismo día que capturé al Chegueevara. Y lo que voy a contarles ahora es algo que he guardado durante 55 años. Un secreto que destruyó mi vida, mi matrimonio, mi relación con mis hijos. Un secreto tan pesado que casi me mata. Roberto nació en 1944 en un pueblo pequeño cerca de Santa Cruz.

 Era el hijo mayor de una familia campesina pobre. A los 18 años se enlistó en el ejército porque no tenía otras opciones. Era solo un muchacho que quería ayudar a su familia. Recuerda, no sabía nada de política, no sabía quién era el Cheeguevara, no sabía nada de comunismo o revolución. En 1967, el ejército boliviano comenzó una intensa campaña para capturar a Ernesto Cheguevara, quien había llegado a Bolivia con un grupo de guerrilleros para iniciar una revolución.

 Roberto fue asignado al segundo regimiento de Rangers, una unidad de élite entrenada por los estadounidenses específicamente para combatir a los guerrilleros. Durante meses patrullaron la selva buscando al grupo del Che. Era un trabajo agotador, peligroso. Varios de sus compañeros murieron en emboscadas. Roberto comenzó a tener pesadillas incluso antes de encontrar al Che.

 Cada noche soñaba que moría en la selva. Dice, “Pero nunca imaginé que lo peor no sería mi muerte, lo peor sería sobrevivir.” 8 de octubre de 1967, La Higuera, Bolivia. Roberto y su unidad recibieron información de que un grupo de guerrilleros había sido visto cerca de un pequeño cañón. Nos movimos antes del amanecer. Recuerda Roberto.

 Éramos unos 180 soldados rodeando la zona. Todos estábamos nerviosos, cansados. Habíamos estado persiguiendo fantasmas durante meses. A las 13:30 horas comenzó el enfrentamiento. Roberto escuchó disparos, gritos, explosiones. Su corazón latía tan fuerte que pensó que se saldría de su pecho. Yo estaba escondido detrás de un árbol grande con mi rifle apuntando hacia un sendero dice. Y entonces lo vi.

 una figura delgada con barba larga, ropa sucia y rasgada, saliendo despacio entre los arbustos. Todavía no sabes lo que está por venir, porque lo que Roberto vio en los ojos de ese hombre cambiaría su vida para siempre. El hombre llevaba una gorra sucia y caminaba cojeando, claramente herido.

 Roberto levantó su rifle y gritó, “¡Alto! ¡Manos arriba!” El hombre se detuvo, levantó las manos lentamente y dijo con voz calmada, “No dispares, soldado. Mi rifle está descargado. Ya no soy un peligro para ti.” Roberto sintió que el tiempo se detenía. Miró fijamente al hombre frente a él. En ese momento no sabía quién era. Admite.

 Pero había algo en él, algo en su mirada que me hizo sentir pequeño, como si él fuera más grande que yo. Aunque yo tenía el rifle y él estaba desarmado. Otros soldados llegaron corriendo. Uno de ellos gritó. Es él. Es el Chegevara. Lo capturamos. Roberto sintió que sus piernas se volvían débiles. El Chegueevara, el hombre del que todos hablaban, el revolucionario más buscado de América Latina, y él, Roberto Martínez, un campesino sin educación, lo había capturado.

 Los soldados rodearon al Che, lo empujaron, lo golpearon levemente, le quitaron sus pocas pertenencias. El Che no protestó, no gritó, no mostró miedo, solo miraba a cada soldado con una extraña calma. Sus ojos, dice Roberto con lágrimas. Sus ojos me atravesaban. No era odio lo que vi, era compasión, como si él sintiera pena por nosotros, no nosotros por él.

 Lo ataron de manos y lo llevaron caminando hacia la higuera. Roberto caminaba detrás sosteniendo su rifle, pero sintiéndose cada vez más confundido. Cuando llegaron a la higuera, encerraron al Che en una pequeña escuela rural. Era un salón simple, con piso de tierra, sin ventanas, solo una puerta de madera. Lo sentaron en el suelo atado.

 Recuerda, Roberto. Varios oficiales entraron y salieron durante la tarde. Yo estaba afuera haciendo guardia. Roberto podía escuchar conversaciones dentro del salón. El Che hablaba con los oficiales, a veces reía, a veces discutía, pero nunca suplicaba, nunca rogaba por su vida. Eso me confundió mucho, dice Roberto.

 Yo esperaba que un enemigo capturado tuviera miedo, que llorara, que pidiera perdón, pero él era diferente. Actuaba como si ya hubiera aceptado su destino. Durante la noche, Roberto fue asignado para vigilar la puerta. Estaba solo, sentado en una silla de madera con su rifle en las piernas. Dentro el che estaba sentado en la oscuridad.

 Yo sabía que estaba despierto, dice Roberto. Podía escuchar su respiración y en un momento él me habló. La voz del che salió de la oscuridad. ¿Cómo te llamas, soldado? Roberto dudó, pero algo en él lo obligó a responder. Roberto. Me llamo Roberto Martínez. Roberto, repitió el Che, eres joven, ¿cuántos años tienes? 23, respondió Roberto, sintiéndose extraño por estar conversando con el enemigo más peligroso de Bolivia.

 23 años, dijo el Che con un suspiro. Yo tenía tu edad cuando comencé mi primer viaje por América Latina. ¿Sabes por qué estoy aquí, Roberto? Roberto no respondió. Estoy aquí porque creo en un mundo. Mejor continúa el che. Un mundo donde muchachos como tú no tengan que enlistarse en el ejército porque no tienen otra opción.

 Un mundo donde tu familia no pase hambre. Roberto sintió algo extraño en su pecho. Enojo, confusión, tristeza. Usted es el enemigo dijo con voz temblorosa. Usted vino a destruir mi país. No, soldado respondió el che suavemente. Vine a liberarlo, pero tal vez me equivoqué. Tal vez este no era el lugar correcto o el momento correcto, pero mis intenciones eran puras. Roberto no durmió esa noche.

Read More