PARTE 1
El sol de mediodía de un domingo cualquiera en Madrid entraba por la persiana a medio bajar.
El salón de Paco olía a una mezcla inconfundible de tres cosas:
Ambientador de pino, solomillo al whisky y años de historia familiar acumulada en las estanterías.
Paco estaba sentado en su sillón de orejas, el que tenía el tapizado desgastado por el tiempo.
Era su trono, su centro de mando, el lugar desde donde observaba cómo el mundo se volvía loco.
En el televisor, un canal de noticias sin volumen mostraba imágenes de gente joven en un festival.
Paco resopló, ajustándose las gafas de cerca que siempre se le resbalaban por el puente de la nariz.
A su lado, Lucía, su nuera, revisaba el móvil con una velocidad que a él le resultaba insultante.
Ella movía el pulgar por la pantalla como si estuviera desactivando una bomba de relojería.
Dani, el hijo de Paco y marido de Lucía, estaba en la cocina ayudando a su madre, Conchi.
Se oía el tintineo de los cubiertos y el fragor de la batalla que siempre es montar una mesa para cuatro.
Lucía soltó una carcajada repentina, una de esas que nacen de un vídeo de tres segundos.
— Ay, de verdad, qué fuerte —dijo ella, sin levantar la vista—.
— Paco, no te lo vas a creer, pero me acaba de pasar una cosa super random.
El silencio que siguió a esa frase no fue un silencio normal.
Fue un silencio espeso, cargado de electricidad estática y desconcierto generacional.
Paco dejó de mirar la televisión y giró el cuello lentamente, como una tortuga que detecta una amenaza.
Frunció el ceño de esa manera tan suya, creando un valle de arrugas en su frente.
— ¿Qué has dicho, Lucía? —preguntó Paco con una voz que pretendía ser tranquila.
— Que me ha pasado algo muy random, Paco —repitió ella, todavía sonriendo a la pantalla—.
— Estaba mirando el Instagram y me ha salido un anuncio de calcetines con la cara de mi jefe.
— Es que me parece lo más aleatorio que he visto en mi vida, de verdad.
Paco se tomó un momento para procesar la información, o más bien, para digerir la palabra.
Se quitó las gafas con un gesto dramático y las dejó sobre la mesita auxiliar, junto al tapete de ganchillo.
— ¿Random? —repitió Paco, paladeando la palabra como si fuera un bocado de comida en mal estado—.
— ¿Pero qué clase de palabro es ese, hija mía?
Lucía levantó por fin la vista, dándose cuenta de que acababa de abrir la caja de Pandora.
— Es una forma de hablar, suegro —explicó ella con una paciencia que ya tenía ensayada—.
— Significa que algo es aleatorio, inesperado, que no tiene mucho sentido en ese contexto.
Paco se puso recto en el sillón, apoyando las manos en los apoyabrazos de madera.
— ¿Aleatorio? —dijo él, elevando un poco el tono—.
— Si quieres decir aleatorio, ¿por qué no dices aleatorio?
— Que tenemos una lengua que es la envidia del mundo entero, Lucía.
— Que Cervantes no se pegó aquel tiro en Lepanto para que ahora vengas tú con el “random”.
— Fue en la mano, Paco, Cervantes perdió la movilidad de la mano, no se pegó un tiro —corrigió ella suavemente—.
— Me da exactamente igual dónde se lo pegara —sentenció Paco, haciendo un gesto despectivo con la mano—.
— Lo que me duele es que habéis decidido que el castellano ya no os sirve.
— Que parece que si no lo decís en inglés, la cosa no tiene gracia.
— Habla en cristiano, hija, que estamos en Usera, no en el centro de Nueva York.
Lucía soltó un suspiro largo, de esos que agotan el oxígeno de la habitación.
— No es que no nos sirva, es que el lenguaje evoluciona, Paco.
— Son expresiones que se pegan, que son cortas, que tienen un matiz diferente.
— ¿Matiz? —Paco se rió con una amargura fingida—.
— El único matiz que yo veo es que estáis destrozando el diccionario a base de martillazos.
— El otro día oí al vecino decir que su fin de semana había sido “heavy”.
— ¿Heavy? ¿Es que le habían caído piedras de hierro encima?
— No, Paco, heavy es que ha sido intenso —intentó explicar Lucía, aunque sabía que era una batalla perdida—.
— Pues di intenso, que es una palabra preciosa y se entiende de Algeciras a Santander.
En ese momento, Dani asomó la cabeza por la puerta del salón, secándose las manos con un trapo.
— ¿Ya estáis otra vez? —preguntó con una sonrisa resignada—.
— Papá, deja a Lucía, que hoy es domingo y venimos a comer en paz.
— Yo estoy muy en paz, Daniel, el que no está en paz es el idioma español —respondió Paco sin mirarlo—.
— Tu mujer me dice que le pasan cosas “random” y yo aquí, como un tonto, intentando descifrar el enigma.
Dani miró a Lucía y le guiñó un ojo, sabiendo que el debate no había hecho más que empezar.
— Es solo una palabra, papá, no te pongas así.
— No es una palabra, es un síntoma —replicó Paco, señalando a su hijo con el dedo índice—.
— Empezáis por el “random” y vais a terminar pidiendo el pan en código binario.
— Es que no lo entiendo, de verdad que no lo entiendo.
— Con lo bien que se habla aquí, con lo rica que es nuestra lengua para insultar, para amar y para pedir una caña.
— Y ahora todo es “cool”, “vibe” y no sé cuántas tonterías más.
Conchi apareció desde el pasillo portando una bandeja con unas croquetas que humeaban.
— ¡A la mesa todo el mundo! —anunció con voz de mando—.
— Y dejad de discutir por tonterías, que se enfría el tesoro de la casa.
Paco se levantó del sillón con un gruñido, haciendo crujir sus rodillas.
— Vamos a comer, sí —dijo Paco, mirando a Lucía de reojo—.
— A ver si el solomillo también es “random” o si sabe a lo que tiene que saber.
Lucía guardó el móvil en el bolsillo del pantalón, prometiéndose a sí misma tener más cuidado.
Pero en el fondo, sabía que el lenguaje es un río que no se puede detener con diques de mal humor.
Se encaminaron al comedor, donde la mesa estaba puesta con el mantel de las ocasiones especiales.
Paco se sentó en la cabecera, presidiendo su pequeño reino de porcelana y cristal.
— Ponme un poco de vino, Dani —pidió Paco, señalando la botella de Rioja—.
— Pero ponmelo de forma tradicional, nada de “random”, ¿eh?
La familia se sentó, y el tintineo de los vasos llenándose marcó el inicio de la tregua.
Sin embargo, Lucía sabía que en cuanto bajara la guardia, otra palabra prohibida saltaría de su boca.
Porque para ella, el mundo ya no era solo aleatorio.
Era, irremediablemente, un lugar lleno de momentos extraños que solo podían definirse de una manera.
Y Paco, con su servilleta anudada al cuello, estaba listo para defender su trinchera gramatical hasta el final.
PARTE 2
La comida avanzaba entre el vapor de las croquetas y el sonido de la televisión de fondo.
Paco pinchó una de las croquetas de Conchi con la precisión de un cirujano.
La examinó un momento, como si buscara un defecto oculto en el rebozado.
— Esto sí que es una estructura sólida —comentó Paco, antes de darle el primer bocado—.
— Nada de inventos modernos, ni espumas, ni aires de nada.
Lucía sonrió, intentando mantener la diplomacia mientras masticaba con calma.
— Están buenísimas, Conchi, como siempre —dijo ella sinceramente—.
— Es que mi madre les pone un ingrediente secreto —añadió Dani, guiñándole un ojo a su mujer—.
Paco dejó el tenedor un segundo y miró a su hijo con suspicacia.
— Espero que el ingrediente secreto no sea una de esas cosas que compráis ahora por internet.
— Que el otro día vi en la tele que la gente le echa aguacate a todo.
— Aguacate en la tostada, aguacate en la ensalada… ¡hasta en el café lo acabarán metiendo!
Lucía no pudo evitar soltar una pequeña risita, lo que atrajo la atención inmediata de Paco.
— No te rías, Lucía, que tú eres muy de esas cosas —acusó Paco con un dedo señalador—.
— El otro día pusiste una foto en eso del Facebook… o el Instagram ese…
— Estabas comiendo un huevo escalfado sobre una tostada verde que parecía que le habían pasado la segadora.
— Eso es un brunch, Paco —explicó Lucía, intentando no sonar condescendiente—.
— Es una mezcla entre el desayuno y el almuerzo, muy típico para los domingos.
Paco soltó un bufido que casi apaga la vela decorativa del centro de la mesa.
— ¿Brunch? —repitió, arrastrando las letras con desprecio—.
— Toda la vida de Dios se ha llamado almorzar, o tomarse un tentempié.
— O simplemente, comer a deshora porque te has levantado tarde por haber estado de jarana.
— Pero no, tenéis que ponerle un nombre que suene a oficina de Londres.
— “Vamos a hacer un brunch” —imitó Paco con una voz aguda y burlona—.
— Es que me entra una cosa por el cuerpo que no te puedes imaginar.
Conchi, viendo que la tensión subía de nivel, intentó desviar el tema de conversación.
— Bueno, Paco, deja a la muchacha, que cada generación tiene sus cosas.
— Tú bien que decías “guay” cuando éramos jóvenes y a tu padre le salían chispas por los ojos.
Paco se quedó callado un segundo, atrapado por la lógica de su esposa.
— “Guay” es diferente, Conchi —argumentó él, recuperando la compostura—.
— “Guay” tiene solera, tiene calle, es una palabra que se siente española.
— Pero estas cosas de ahora… es que no tienen alma.
— Dani, el otro día te escuché decir que el coche nuevo de tu amigo era “top”.
— ¿Top de qué? ¿De arriba? ¿De una montaña?
Dani se encogió de hombros, buscando apoyo en su plato de solomillo.
— Significa que es lo mejor, papá, que es de alta gama, que mola mucho.
— Pues di que mola mucho, que es una expresión estupenda y la entiende hasta el de la gasolinera.
Paco bebió un sorbo de vino, limpiándose los labios con la servilleta de tela.
— Es que estáis perdiendo la riqueza de los adjetivos —continuó Paco, ya en pleno modo conferencia—.
— El castellano tiene mil formas de decir que algo es bueno.
— Puedes decir que es extraordinario, magnífico, soberbio, cojonudo, fetén…
— ¡Fetén! Esa es una palabra con fuerza, con carácter.
— Pero no, decís “top”. Tres letras. Ni una más ni una menos.
— Parece que os cobran por cada sílaba que pronunciáis.
Lucía decidió entrar en el juego, esta vez con un poco más de picardía.
— Bueno, Paco, es que buscamos la eficiencia comunicativa.
— Vivimos en un mundo muy rápido, necesitamos palabras que transmitan mucho en poco tiempo.
Paco la miró por encima de sus gafas de lectura, que ahora colgaban de una cadena.
— Eficiencia —repitió él, como si fuera una palabra prohibida—.
— La eficiencia es para las máquinas, Lucía. Las personas hablamos para disfrutarnos.
— Para dar rodeos, para saborear las palabras, para que el que nos escucha sepa exactamente lo que sentimos.
— Si me dices que algo es “top”, no me estás diciendo nada.
— Me estás dando una etiqueta de cartón, sin sabor ni olor.
Se hizo un pequeño silencio en la mesa, solo interrumpido por el sonido de los coches pasando por la calle.
Lucía sintió que Paco tenía parte de razón, pero no podía evitar que su entorno influyera en su forma de hablar.
— Es que a veces, Paco, las palabras nuevas definen situaciones que antes no existían.
— Por ejemplo, el otro día mi amiga Marta me contó que le habían hecho “ghosting”.
Paco se detuvo a mitad de camino entre el plato y su boca.
— ¿Ghosting? —preguntó, arqueando una ceja—.
— ¿Eso tiene que ver con los fantasmas? ¿Le han aparecido espíritus en casa?
Lucía sonrió, dándose cuenta de que la explicación iba a ser larga.
— No, Paco. Ghosting es cuando alguien con quien estás saliendo desaparece de repente.
— Deja de contestar a los mensajes, no te coge las llamadas… desaparece como un fantasma.
Paco dejó el cubierto sobre el plato con un ruido seco que hizo vibrar las copas.
— O sea, que lo que me estás diciendo es que ese muchacho es un maleducado.
— Un impresentable, un cobarde que no tiene los pantalones de decir “no me interesas”.
— Exactamente, eso es —asintió Lucía—.
— ¡Pues llámalo así! —exclamó Paco, dando un golpe suave en la mesa—.
— Llámalo “cobarde”, llámalo “maleducado”, llámalo “pocavergüenza”.
— ¿Por qué hay que ponerle un nombre en inglés para suavizar que es un impresentable?
— Al decirle “ghosting” parece que estáis hablando de una técnica de marketing o de una película de Hollywood.
— Y no es más que la falta de educación de toda la vida, pero con un envoltorio brillante.
Dani intervino, intentando calmar las aguas.
— Bueno, papá, es una forma de etiquetar comportamientos modernos en redes sociales.
— ¡Redes sociales ni qué ocho cuartos! —saltó Paco—.
— La mala educación es universal y eterna, Daniel. No necesita Wi-Fi para existir.
Conchi suspiró y se levantó para recoger los platos vacíos.
— Yo lo que sé es que tanto “ghosting” y tanta tontería os están quitando las ganas de hablar de verdad.
— Antes nos sentábamos en el banco del parque y arreglábamos el mundo.
— Ahora estáis todos con el cuello doblado mirando el aparatito ese.
Paco asintió vigorosamente, sintiéndose respaldado por su mujer.
— Ahí le has dado, Conchi. Ahí le has dado en todo el clavo.
— Están perdiendo el contacto visual, la entonación, el sentido del humor nuestro.
— El otro día escuché a un chaval decir que algo le daba “cringe”.
Paco miró a Lucía desafiante, esperando que ella supiera de qué hablaba.
— ¿Sabes lo que es eso, Lucía? ¿El “cringe” ese?
Lucía asintió, conteniendo la risa ante la pronunciación de su suegro.
— Sí, Paco. Es cuando algo te da vergüenza ajena.
Paco se echó hacia atrás en la silla, riendo con ganas por primera vez en toda la comida.
— ¡Vergüenza ajena! ¡Pero si es una de las mejores expresiones que tenemos!
— Sentir vergüenza por lo que hace otro… es una cosa puramente nuestra, muy española.
— ¿Y me dices que ahora preferís decir “cringe”?
— Suena a que se os ha quedado algo atrapado en la garganta y tenéis que toser.
— De verdad, me rindo. Me rindo con vosotros.
Paco levantó las manos en señal de rendición, pero su sonrisa delataba que estaba disfrutando del debate.
— Trae el postre, Conchi, que después de tanto anglicismo necesito algo con azúcar para recuperar el juicio.
— He hecho flan de huevo —anunció Conchi desde la cocina—.
— ¡Menos mal! —exclamó Paco—.
— Un flan de huevo de los de siempre. Sin “toppings”, sin “coulís” y sin tonterías.
— Un flan que si Cervantes lo viera, escribiría un capítulo entero solo para él.
Lucía miró a Dani y ambos compartieron una mirada de complicidad.
Sabían que la tarde iba a ser larga y que el diccionario de Paco aún tenía muchas páginas que defender.
La tensión cómica seguía creciendo, y el café aún no había llegado a la mesa.
PARTE 3
El aroma del café recién hecho inundó el comedor, marcando el inicio de la sobremesa.
Conchi trajo una bandeja con los flanes, bañados en un caramelo oscuro y brillante.
Paco los miró con una devoción casi religiosa, como si fueran reliquias sagradas.
— Esto es patrimonio de la humanidad —sentenció Paco, hundiendo la cuchara con cuidado—.
— Aquí no hay “random” que valga, esto es una constante matemática.
Lucía soltó una carcajada mientras servía el café en las tazas de porcelana con bordes dorados.
— Tienes razón, Paco, este flan es una absoluta joya —admitió ella—.
— Es que tu suegra tiene una mano para el dulce que ya quisieran los de la tele —añadió Dani—.
Paco saboreó la primera cucharada, cerrando los ojos para disfrutar del momento.
Durante unos segundos, la paz pareció reinar en la casa de los García.
Pero el destino, o quizás el algoritmo del móvil de Lucía, tenía otros planes.
Un pitido agudo rompió el silencio de la sobremesa.
Lucía, por puro instinto, sacó el teléfono para mirar la notificación.
— ¡Uy! —exclamó ella, con los ojos muy abiertos—.
— ¿Qué pasa ahora? —preguntó Paco, sin abrir los ojos todavía—.
— ¿Te han enviado otro anuncio de calcetines o es que ha pasado algo “heavy”?
Lucía dudó un momento, sabiendo que lo que iba a decir era pólvora para el fuego de su suegro.
— No, es que… acaban de publicar que mi artista favorita ha cancelado su gira.
— Dice que ha sido por un problema de salud mental y que necesita hacer un “break”.
Paco abrió un ojo, luego el otro, y dejó la cuchara a un lado.
— ¿Un qué? —preguntó, con un tono que vaticinaba tormenta—.
— Un break, Paco. Un descanso, un respiro —tradució Lucía rápidamente—.
Paco suspiró de una manera tan profunda que parecía que se estaba desinflando.
— Lucía, hija mía, te lo digo de corazón… me estás matando.
— ¿Tan difícil es decir que la muchacha está cansada y se va a tomar unas vacaciones?
— “Hacer un break”… parece que me estás hablando de una pieza de un coche.
— “Se me ha roto el break del embrague, mecánico”.
— Es que lo usáis para todo, como si el español fuera una lengua de segunda mano.
Dani intervino, intentando salvar la situación antes de que su padre se encendiera del todo.
— Papá, es que en el mundo del espectáculo se usan muchos términos en inglés.
— Es la industria, se mueve así.
— ¡La industria! —exclamó Paco, agitando las manos—.
— La industria de la tontería es lo que es.
— ¿Sabéis qué pasa? Que os creéis que por decirlo en inglés suena más profesional.
— Si dices “estoy estresado”, pareces un humano normal.
— Pero si dices que necesitas un “break” porque estás en un “burnout”…
Paco hizo una pausa dramática, mirando a Lucía fijamente.
— …parece que eres un ejecutivo de Wall Street que no tiene tiempo ni para ir al baño.
Lucía no pudo evitar morderse el labio para no reírse ante la agudeza de su suegro.
— Reconoce que tienes razón en algunas cosas, Paco —dijo ella, cediendo un poco de terreno—.
— Pero es que a veces las palabras nuevas resumen conceptos complejos.
— Mira, por ejemplo, cuando alguien te da una explicación que no has pedido y lo hace de forma condescendiente.
— A eso ahora lo llamamos “mansplaining”.
Paco se quedó petrificado, con la cuchara a medio camino del plato.
— ¿Man… qué? —preguntó, procesando los sonidos con dificultad—.
— Mansplaining —repitió Lucía, deletreándolo casi con la mirada—.
— Viene de “man” (hombre) y “explaining” (explicar).
Paco dejó la cuchara definitivamente y se cruzó de brazos, mirando al techo.
— O sea, que ahora resulta que si yo te explico algo, ¿estoy haciendo un “mamporrero” de esos?
— No, Paco, no es eso —rio Dani, interviniendo—.
— Es cuando un hombre le explica algo a una mujer asumiendo que ella no lo sabe, solo por el hecho de ser mujer.
Paco se quedó pensativo unos segundos, asimilando la definición.
— Vamos a ver —dijo Paco con calma sosegada—.
— Toda la vida ha habido tontos que se creen que lo saben todo y que tratan a los demás como si fueran lerdos.
— Sean hombres, mujeres o el del cuarto de baño.
— Aquí siempre lo hemos llamado ser un “enterado”, un “sabiondo” o un “cuñao”.
Paco señaló a Dani con un gesto pícaro.
— ¡Como tú, que a veces te pones a explicarme cómo funciona el mando de la tele como si yo fuera un neandertal!
— ¿Ves? Eso es mansplaining, papá —dijo Dani, riendo—.
— ¡No! —gritó Paco, aunque con una sonrisa en los labios—.
— ¡Eso es ser un hijo que se cree que su padre es tonto!
— No necesito una palabra de Oxford para que me llames pesado, Daniel.
— Me basta con el “papá, cállate ya” de toda la vida.
Conchi, que estaba terminando su flan, asintió con la cabeza.
— En eso tiene razón tu padre, hijos. A veces le ponéis nombres muy raros a cosas de siempre.
— El otro día Lucía me dijo que yo era una “influencer” de la cocina.
— Yo me quedé muerta, pensé que me estaba llamando algo malo, como una enfermedad.
— ¡Influencer! —Paco se palmeó el muslo—.
— ¡Si es que es de risa! Conchi lleva cuarenta años dándonos de comer y ahora resulta que es una “influyente”.
— ¡Pues claro que influye! ¡Influye en que no nos morimos de hambre!
Lucía sonrió, dándose cuenta de que, a pesar de las quejas de Paco, el diálogo fluía.
Había una especie de chispa cómica en ese choque de mundos, una tensión que los mantenía unidos a la mesa.
— Bueno, Paco, pues te voy a decir otra que seguro que te encanta —dijo Lucía, picándole un poco más—.
— ¿Sabes lo que es un “red flag”?
Paco entornó los ojos, buscando en su memoria alguna referencia marinera o deportiva.
— Una bandera roja… —murmuró Paco—.
— Pues eso será que hay peligro en la playa y no te puedes bañar, ¿no?
— O que el árbitro ha expulsado a alguien por una entrada criminal.
Lucía negó con la cabeza, disfrutando del momento.
— No exactamente. Se usa para decir que una persona tiene comportamientos que son una señal de alarma.
— Por ejemplo, si un chico te dice que no le gustan los perros… eso es una “red flag” total.
Paco se quedó mirando a Lucía como si ella acabara de proponer que la tierra era plana.
— O sea, que si a un muchacho no le gustan los chuchos, ¿tienes que sacar una bandera de la playa?
— Lucía, por el amor de Dios, que nos estamos volviendo locos de remate.
— Toda la vida se ha dicho “ten cuidado con ese, que tiene mala pinta”.
— O “ese no me da buena espina”.
— ¡Buena espina! Qué expresión más bonita, más de aquí, más de pescadería.
— Pero no, tenéis que ir con la bandera roja por la calle como si fuerais una manifestación.
Paco se terminó el vino que le quedaba en la copa con un gesto de victoria.
— Me vais a perdonar, pero me parece que vuestra generación vive en un videojuego constante.
— Todo son señales, etiquetas, palabras cortas…
— Os falta el barro, el contacto, el decir las cosas con las palabras que duelen y que curan.
— El español es una lengua de piel, de sentimiento, de sudor.
— El inglés es una lengua de negocios, de instrucciones de lavadora.
— Y estáis intentando sentir en inglés, y eso, hijos míos, es como intentar bailar flamenco con botas de nieve.
Dani y Lucía se quedaron en silencio, impactados por la metáfora de Paco.
Incluso Conchi dejó de recoger las tazas por un momento.
— Ha estado bien esa, Paco —admitió Dani con sinceridad—.
— Ha estado “top” —añadió Lucía con una sonrisa traviesa—.
Paco la miró, hizo amago de enfadarse, pero terminó soltando una carcajada sonora.
— Eres una provocadora, Lucía, una provocadora de manual.
— Trae más café, Conchi, que esto no se ha acabado todavía.
— Que ahora quiero que me expliques eso de ser “aesthetic”, que lo leí ayer en un periódico y casi me da un parraque.
La tarde seguía, y el lenguaje, como siempre, era el puente y la muralla al mismo tiempo.
PARTE 4
El sol empezaba a caer sobre los tejados de Madrid, tiñendo el salón de Paco de un tono anaranjado y cálido.
La cafetera ya estaba vacía y los platos del postre eran solo un recuerdo de azúcar en la mesa.
Paco se había recostado un poco más en su silla, con la satisfacción del que ha defendido su territorio con honor.
— Entonces —comenzó Paco, retomando el hilo con una energía renovada—.
— ¿Me estás diciendo que si yo me pongo esta camisa de cuadros con esos pantalones de pinzas, no soy “aesthetic”?
Lucía se tapó la boca con la mano para no soltar una carcajada que se oyera en todo el bloque.
— Bueno, Paco… digamos que tu estilo es más “vintage” o “classic”.
— Lo “aesthetic” suele ser algo más… premeditado, visualmente armónico en las fotos.
Paco miró su camisa, una prenda que tenía más años que la propia Lucía.
— ¿Premeditado? ¿Visualmente armónico? —Paco resopló—.
— Hija, yo me pongo lo que está limpio y lo que no me aprieta en la barriga.
— Si eso no es armónico, que venga Dios y lo vea.
— Pero claro, ahora todo tiene que tener una etiqueta de esas modernas.
— Si eres viejo, eres “vintage”. Si eres un pesado, haces “mansplaining”.
— Si te dejan tirado, te hacen “ghosting”.
— Y si todo es un lío sin sentido, es “random”.
Paco hizo una pausa y miró a su familia, uno por uno, con una expresión de ternura oculta tras su fachada de cascarrabias.
— ¿No os dais cuenta de que al ponerle estos nombres tan raros, le quitáis la importancia a las cosas?
— Las palabras de siempre tienen peso, tienen historia.
— Cuando yo le dije a tu madre que me había “enamorado” de ella, la palabra llenaba la habitación.
— Si le hubiera dicho que teníamos una “vibe” muy guay, probablemente me habría dado con el bolso en la cabeza.
Conchi se rió desde el umbral de la puerta, mientras doblaba un paño de cocina.
— Pues no te creas, Paco, que a veces me dabas una “vibe” de lo más rara —bromeó ella—.
Paco soltó una risotada, señalando a su mujer con complicidad.
— ¡Ya la habéis contaminado! —exclamó Paco—.
— ¡Ya me la habéis estropeado con vuestros virus lingüísticos!
Dani se estiró en la silla, sintiendo que la comida había sido un éxito a pesar de las disputas gramaticales.
— Al final, papá, lo importante es que nos entendemos, ¿no?
— Da igual la palabra que usemos, si el mensaje llega.
Paco se puso serio por un momento, adoptando ese tono de patriarca sabio que tanto le gustaba.
— No, Daniel. No da igual.
— El lenguaje es la herramienta con la que construimos nuestra realidad.
— Si usamos palabras vacías, nuestra realidad se vuelve un poco más hueca.
— Si usamos palabras prestadas, nuestra identidad se queda un poco de alquiler.
— Pero bueno… —Paco se encogió de hombros, suavizando el gesto—.
— Supongo que cada época tiene que luchar sus propias guerras contra el diccionario.
— Solo os pido una cosa —añadió, mirando a Lucía directamente a los ojos—.
— Que cuando estéis conmigo, intentéis “hablar en cristiano” de vez en cuando.
— No por mí, que yo ya soy un “vintage” de esos.
— Sino por vosotros, para que no se os olvide lo bonito que suena un “vaya tela” o un “qué alegría verte”.
Lucía sintió una pequeña punzada de emoción en el pecho.
Se dio cuenta de que, bajo todas las quejas de Paco, había un amor profundo por sus raíces y por la forma en que se comunicaba con el mundo.
— Tienes razón, suegro —dijo ella, con un tono mucho más suave—.
— A veces nos pasamos de modernos y nos olvidamos de lo que tenemos en casa.
— Te prometo que la próxima vez que algo sea extraño, diré que es “un disparate” o “una cosa de locos”.
Paco asintió con satisfacción, como si acabara de firmar un tratado de paz internacional.
— Así me gusta, hija. Así me gusta.
— Un “disparate”. Qué palabra más grande. Se llena la boca al decirla.
— “¡Vaya disparate, Lucía!”. ¿Ves? Hasta suena mejor.
Se hizo un silencio cómodo, de esos que solo se dan después de una buena comida y una mejor charla.
Dani miró el reloj y vio que ya era hora de irse retirando.
— Bueno, familia, va siendo hora de que nos marchemos, que mañana hay que trabajar.
Paco se levantó, esta vez con menos quejidos que antes.
— Id con cuidado, que la carretera a estas horas es “random” —dijo Paco, guiñando un ojo con malicia—.
Lucía y Dani se echaron a reír a carcajadas, contagiados por el humor de Paco.
— ¡Eso ha sido un golpe bajo, Paco! —exclamó Lucía mientras le daba un beso de despedida—.
— Ha sido un golpe “top”, hija, reconoce que ha sido un golpe “top” —replicó él, riéndose de su propia ocurrencia—.
Se despidieron en la puerta, con los abrazos y los besos típicos de cualquier familia española.
Mientras bajaban por el ascensor, Lucía miró a Dani y suspiró con una sonrisa.
— Tu padre es único, de verdad.
— Es un “influencer” de la vieja escuela —respondió Dani, provocando otra risa en su mujer—.
Arriba, en el salón, Paco volvió a su sillón de orejas.
Conchi estaba terminando de recoger lo último en la cocina.
Paco cogió el móvil, ese aparato que a veces odiaba y otras veces le fascinaba.
Abrió el WhatsApp y, con un dedo torpe pero decidido, buscó el chat de su nuera.
Escribió una sola palabra, asegurándose de no cometer ninguna falta de ortografía.
“Fetén”.
Le dio a enviar y dejó el teléfono sobre la mesita, junto al tapete de ganchillo.
Se recostó, cerró los ojos y se quedó escuchando el sonido de la ciudad a lo lejos.
Afuera, el mundo seguía moviéndose a toda velocidad, inventando palabras nuevas cada segundo.
Pero allí dentro, en el salón de Paco, el tiempo se había detenido en una armonía perfecta.
Una armonía que no necesitaba etiquetas, ni anglicismos, ni explicaciones complicadas.
Era, simplemente, la vida.
Y la vida, cuando se comparte con los que quieres, nunca es “random”.
Es, sencillamente, maravillosa.
¿Os critican vuestros suegros por usar palabras modernas?
Quizás, en el fondo, solo están intentando que no perdamos la magia de hablar de verdad.