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El Semicírculo de Luna en Zahara de los Atunes

Capítulo 1: El Sabor a Sal y Sangre

La sangre tiene el mismo sabor que el mar. Ese fue el primer pensamiento que cruzó la mente de Elena cuando sintió el líquido espeso y metálico resbalar por sus dedos, mezclándose con la espuma salada que las olas arrojaban contra los acantilados. No era una noche cualquiera en Zahara de los Atunes. El viento de Levante, ese monstruo invisible que enloquece a los hombres y revuelve las entrañas del océano, aullaba con una ferocidad que los más viejos del lugar no recordaban haber presenciado en décadas.

Elena respiró con dificultad, con los pulmones ardiendo por el esfuerzo y el pánico. Frente a ella, el abismo oscuro del Atlántico se abría como unas fauces hambrientas. A sus pies, yaciendo sobre las rocas afiladas como cuchillos de obsidiana, estaba el cuerpo inerte de un hombre. No era su marido. No era Diego, el todopoderoso señor de las almadrabas, el hombre que había comprado su juventud con promesas de oro y perlas.

Era un hombre que no debía estar allí. Un hombre que llevaba doce años borrado de las calles empedradas de Zahara, exiliado por un pecado que ninguno de los dos cometió, pero por el que ambos pagaron.

Mateo.

El nombre resonó en su mente como un disparo. Se arrodilló junto a él, rasgándose el vestido de seda italiana —un regalo de aniversario de Diego que ahora no era más que un trapo inútil— para presionar la herida abierta en el costado del capitán. Mateo respiraba de forma errática, sus ojos, antes del color del mar en calma, ahora estaban dilatados y febriles, fijos en la tormenta que se gestaba sobre sus cabezas.

—No te mueras, maldita sea. No te atrevas a morir ahora, después de haber vuelto —susurró Elena, su voz rota compitiendo con el rugido del viento.

Mateo intentó esbozar una sonrisa, pero se transformó en una mueca de dolor. Levantó una mano temblorosa, manchada de alquitrán y salitre, y rozó la mejilla de Elena.

—Siempre… siempre supe que este mar terminaría tragándonos a los dos, mi luna mora —murmuró él, tosiendo sangre—. Pero Diego… Diego no ganará esta vez. Lo que hay en las bodegas de mi barco… tienes que saberlo, Elena. Tienes que saber sobre qué cadáveres construyó su imperio tu marido.

Antes de que Elena pudiera exigirle una explicación, un relámpago desgarró el cielo nocturno, iluminando la costa con una luz estroboscópica y macabra. Y allí, en lo alto del acantilado, recortada contra la tormenta, apareció una figura colosal. Diego. Llevaba en su mano derecha el arpón tradicional de las almadrabas, un arma de hierro forjado diseñada para atravesar la piel gruesa de los atunes gigantes. Pero esa noche, el arpón no buscaba pescado.

—¡Aléjate de él, ramera! —bramó Diego. Su voz era más aterradora que el propio trueno—. Doce años, Mateo. Doce años te di para que desaparecieras en el olvido, y vuelves para profanar lo que es mío.

Elena se puso en pie, interponiéndose entre el cuerpo malherido de su primer y único amor, y la furia ciega de su esposo. El terror la paralizaba, pero una rabia antigua, latente bajo capas de sumisión y lujo vacío, estalló de repente.

—¡No es tuyo! —gritó ella, desafiando al viento y a la muerte inminente—. ¡Yo no soy tuya! ¡Nunca lo he sido!

Diego soltó una carcajada lúgubre, levantando el arpón.

—Todo en este pueblo es mío, Elena. Las barcas, los atunes, el mar, tú… y los secretos que yacen bajo las olas. Secretos que el buen capitán aquí presente ha intentado desenterrar.

Mateo, haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró apoyarse sobre un codo.

—No son secretos, Diego… son crímenes —dijo el capitán, su voz adquiriendo una fuerza inesperada—. El naufragio del Santa María… mi padre… el padre de Elena… no fue una tormenta. Fuiste tú.

El mundo de Elena se detuvo. El viento pareció cesar, el mar calló. Las palabras de Mateo perforaron su cráneo, derribando en un instante la realidad que había habitado durante más de una década. Su padre no había muerto en un trágico accidente de pesca. Diego, el hombre que se presentó como su salvador, el hombre que pagó las deudas de su familia y la desposó en una boda que pareció un funeral encubierto… era el asesino.

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