Posted in

El Relojero de Toledo

Capítulo I: El Engranaje del Pánico

La sangre sobre los adoquines de la Calle del Comercio tenía el mismo color oscuro y espeso que el aceite reseco en las entrañas de un reloj centenario. Mateo, con las manos temblorosas y la lupa de relojero aún encajada en su ojo derecho, observaba a través del cristal de su taller cómo la vida de Don Anselmo, el panadero del barrio, se escurría por las grietas de la antigua piedra toledana.

No había sido un infarto. No había sido un tropiezo. Había sido una viga de hierro forjado, caída desde un balcón del tercer piso de un edificio que había sido restaurado el año anterior. La viga le había partido el cráneo con la precisión de una guillotina. Pero lo que a Mateo le helaba la sangre, lo que le secaba la boca y le hacía sentir un vértigo insoportable, no era la brutalidad de la muerte, sino su innegable, macabra e imposible sincronía.

Apenas tres segundos antes de que el hierro aplastara a Don Anselmo, Mateo había girado la corona de un reloj de bolsillo.

El reloj descansaba ahora sobre su mesa de trabajo, latiendo. No haciendo tictac, no. Latiendo. Era un latido sordo, antinatural, que parecía resonar no en el aire de la habitación, sino directamente en los huesos del viejo relojero.

Mateo apartó la mirada de la ventana. Fuera, los gritos de horror comenzaban a rasgar la apacible tarde toledana. La gente corría, las sirenas a lo lejos empezaban a aullar, pero dentro del taller, el tiempo parecía haberse vuelto denso, como melaza. Mateo miró sus manos, manchadas de la grasa de siglos pasados, y luego miró el artefacto maldito.

Era un reloj de bolsillo de la marca Roskopf, de plata oxidada, con la esfera de esmalte blanco surcada por una grieta en forma de relámpago que partía desde el número doce y moría en el seis. Sus agujas habían estado congeladas en una fecha y una hora que estaban grabadas a fuego en la memoria colectiva de la ciudad, en las cicatrices de sus muros y en los fantasmas de sus criptas: las cinco y cuarto de la tarde del 21 de julio de 1936. El día en que el asedio al Alcázar de Toledo se convirtió en un infierno de artillería y muerte.

Había llegado a su tienda esa misma mañana. Un hombre alto, envuelto en un abrigo de lana oscura a pesar del calor incipiente de mayo, lo había dejado sobre el mostrador de madera de roble. El forastero no tenía rostro, o al menos, la memoria de Mateo se negaba a retener sus facciones. Solo recordaba una voz rasposa, seca como el polvo de las catacumbas: “Lleva noventa años conteniendo la respiración. Ayúdele a exhalar”.

El forastero dejó un billete de quinientos euros y desapareció antes de que Mateo pudiera negarse. Y Mateo, como el artesano obsesivo que era, no pudo resistir la tentación.

Había abierto la caja trasera con la delicadeza de un cirujano. La maquinaria interior era un caos fascinante de puentes, ruedas dentadas y un volante de inercia que parecía extrañamente modificado. Las piezas no estaban oxidadas, sino petrificadas. Cuando Mateo aplicó la primera gota de aceite sintético y usó sus pinzas de precisión para mover levemente la rueda de escape, ocurrió lo impensable.

El polvo suspendido en el haz de luz que entraba por la ventana se detuvo. Luego, lentamente, las motas comenzaron a flotar hacia abajo, hacia el suelo… y de repente, revirtieron su curso, ascendiendo desafiando la gravedad. El humo del cigarrillo que Mateo había dejado en el cenicero volvió a entrar en el filtro. El café derramado en su taza se reagrupó, saltando desde la mesa hasta formar un charco perfecto y caliente dentro de la porcelana.

El tiempo, en el pequeño espacio de su taller, había empezado a correr hacia atrás.

Aterrado pero hipnotizado, Mateo había agarrado la corona del reloj. Estaba rígida. Instintivamente, aplicando la fuerza de décadas de oficio, la giró un milímetro hacia la derecha. Clic.

Un sonido metálico, agudo y antinatural, cortó la inversión temporal. El polvo volvió a caer. El humo volvió a subir. El tiempo retomó su curso habitual. Pero ese clic mecánico fue seguido, instantáneamente, por el estruendo aterrador en la calle. El hierro contra el hueso. La muerte de Don Anselmo.

Ahora, mientras la ambulancia llegaba a la escena del desastre exterior, Mateo sintió que le faltaba el aire. Corrió hacia un viejo archivo de periódicos y documentos históricos que guardaba en la trastienda. Su abuelo había sido un cronista aficionado durante la Guerra Civil, compilando recortes, esquelas y diarios del asedio. Mateo buscó febrilmente en la caja etiquetada “Julio 1936 – Civiles”.

Sus dedos, temblorosos, se detuvieron en un papel amarillento y quebradizo. Era un diario local, fechado el 23 de julio de 1936. Un pequeño titular en la página tres, casi oculto por las noticias del avance de las tropas republicanas, le hizo soltar un grito ahogado.

“Trágico accidente en la Calle del Comercio. El joven panadero Anselmo Ruiz, de 19 años, fallece aplastado al desprenderse un balcón por las vibraciones de la artillería lejana”.

El panadero de 1936. El panadero de hoy. Don Anselmo, el nieto de aquel Anselmo Ruiz, había muerto de la misma manera, en la misma calle, aplastado por el mismo peso, noventa años después. El reloj no solo había invertido el tiempo localmente al ser abierto; al darle cuerda, había cobrado un peaje. Había arrancado una muerte del pasado y la había incrustado violentamente en el presente.

Read More