Posted in

El umbral del pánico

PARTE 1: El umbral del pánico

La tarde en Madrid se arrastraba con esa pereza típica de los domingos que huelen a lunes.

En el cuarto B del número doce de la calle Goya, el aire estaba tan tenso que se podría haber cortado con un cuchillo de sierra.

Marta permanecía de pie, con los brazos cruzados y la mirada fija en la mirilla de la puerta.

Había pasado las últimas tres horas puliendo el suelo con una devoción que rozaba lo místico.

El parqué, de un roble mate recién instalado, brillaba bajo las luces LED del pasillo como un espejo de oro.

Había costado seis mil euros, tres discusiones matrimoniales y una crisis de ansiedad.

Y Marta no iba a permitir que nadie lo mancillara.

Ni siquiera ella.

Sobre todo, ella.

Su suegra, Doña Concha, estaba a punto de llegar.

Concha no era una mujer, era una fuerza de la naturaleza con zapatos de tacón bajo y una lengua de doble filo.

Para Concha, la higiene era algo que se hacía con lejía “Estrella” y mucha voluntad, pero sin “tonterías modernas”.

Marta escuchó el eco del ascensor deteniéndose en su planta.

El corazón le dio un vuelco, como si estuviera a punto de enfrentarse a un examen de oposición sin haber abierto un libro.

Escuchó los pasos.

Ese “clac, clac, clac” rítmico y autoritario de los zapatos de Concha.

Un calzado de piel, de esos que se compran en las zapaterías del barrio de toda la vida, con suela de goma pero capaces de arrastrar el ADN de medio Madrid.

Marta visualizó mentalmente el trayecto de su suegra.

Read More