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El Juramento en el Pico del Teide

La sangre se congelaba antes siquiera de manchar la roca volcánica. El viento no aullaba; gritaba con la furia de mil demonios desenterrados de las entrañas de azufre del cráter. A tres mil setecientos metros de altitud, el Pico del Teide no era un monumento natural, era un asesino despiadado. El termómetro atado a la mochila de Alejandro marcaba veinticinco grados bajo cero, pero la sensación térmica, amplificada por rachas de viento de más de cien kilómetros por hora, era la de la muerte misma, fría e inexorable, rozando la piel.

Alejandro clavó el piolet en el hielo negro con la poca fuerza que le quedaba en su brazo derecho. Un crujido sordo, espeluznante, vibró a través del mango de fibra de carbono hasta sus huesos. La placa de hielo cedió. El mundo se desmoronó bajo sus botas de crampones.

Cayó. No fue una caída elegante. Fue el caos del blanco y el negro, el cielo y la piedra fundida girando violentamente. Su cuerpo golpeó contra una saliente dentada de obsidiana, el aire abandonó sus pulmones en un estertor agónico. Sintió el chasquido de una costilla rompiéndose. El abismo lo reclamaba, una caída libre hacia el cráter viejo, hacia la oscuridad absoluta de la tormenta de nieve que había engullido la isla de Tenerife en cuestión de minutos, un fenómeno meteorológico anómalo, brutal y sin precedentes que los meteorólogos llamarían después “La Bestia Blanca”.

Justo cuando la gravedad iba a reclamar su premio, una mano enguantada se cerró alrededor del arnés de su pecho con la fuerza de una prensa hidráulica. El tirón amenazó con dislocarle el hombro, pero detuvo su descenso hacia el vacío.

—¡No te sueltes, joder! —gritó una voz femenina, desgarrada por el esfuerzo y el pánico, apenas audible por encima del rugido del huracán.

Alejandro alzó la vista a través de las gafas de ventisca cubiertas de escarcha. Allí estaba ella. Una mujer a la que apenas había visto en el teleférico horas antes, cuando el sol aún brillaba sobre Canarias. Ahora, era su único anclaje a la vida. Estaba tumbada boca abajo sobre una estrecha cornisa, sus propios crampones clavados desesperadamente en la piedra pómez, los músculos de sus brazos temblando por el esfuerzo sobrenatural de sostener a un hombre de ochenta kilos sobre el precipicio.

—¡Sube! ¡No puedo aguantarte mucho más! —bramó ella. La cuerda que los unía por casualidad, un cabo suelto que se había enredado durante la avalancha inicial que los arrojó fuera del sendero de Telesforo Bravo, estaba tensa hasta el punto de ruptura.

Con un gruñido primitivo, nacido del instinto animal de supervivencia, Alejandro usó su piolet restante. Golpeó la pared de hielo, encontró una fisura y tiró de sí mismo hacia arriba. Sus músculos quemaban por el ácido láctico y la falta de oxígeno. Cada centímetro ganado era una batalla contra el dios de la montaña. Finalmente, rodó sobre la cornisa, jadeando, tosiendo sangre que salpicó la nieve virgen.

Se quedaron allí, dos extraños jadeantes, apretados el uno contra el otro en una repisa de un metro de ancho, mientras la tormenta intentaba arrancarlos de la pared.

—Tenemos… tenemos que movernos —dijo ella, su voz temblando incontrolablemente. La hipotermia ya estaba clavando sus garras. Sus labios estaban morados, su rostro pálido como la cera bajo la máscara de neopreno.— Si nos quedamos aquí, moriremos en veinte minutos.

—Hay… hay una vieja estación de monitoreo sismológico —respondió Alejandro, forzando las palabras a través del dolor punzante en su pecho—. A unos doscientos metros al norte. Fuera de la ruta principal. Está abandonada, pero… tiene paredes.

—Guíame —ordenó ella, sus ojos, de un verde intenso, fijos en los suyos con una ferocidad que lo sorprendió. No había pánico en ellos ahora, solo una determinación fría y cortante.

El trayecto de doscientos metros fue una odisea de pesadilla. Avanzaron atados el uno al otro, arrastrándose sobre el vientre en los tramos más expuestos, ciegos por la “tormenta blanca” (whiteout), donde el cielo y la tierra se funden en una nada opresiva. Cada paso era una ruleta rusa. Alejandro lideraba, usando su memoria del terreno, luchando contra la desorientación. Tropezaron, cayeron, se levantaron mutuamente. La mujer, cuyo nombre aún desconocía, demostró una resistencia sobrehumana, empujándolo cuando él flaqueaba, tirando de la cuerda cuando sus piernas se negaban a obedecer.

De repente, una sombra geométrica emergió de la cortina de nieve. Era una estructura pequeña, parecida a un búnker militar, medio sepultada bajo un ventisquero. La estación sismológica.

Alejandro golpeó la puerta de acero oxidado. Estaba bloqueada por el hielo.

—¡Juntos! —gritó la mujer.

Ambos embistieron la puerta con sus hombros. Una, dos, tres veces. Con un último golpe desesperado y un crujido metálico que sonó a salvación, la puerta cedió. Cayeron hacia el interior, rodando por el suelo de hormigón desnudo, y el viento empujó la pesada puerta, cerrándola de golpe a sus espaldas.

El silencio fue repentino, casi ensordecedor. Ya no estaba el rugido constante en sus oídos, solo el sonido de sus propias respiraciones rasposas y el latido desbocado de sus corazones. Estaban a oscuras. El interior olía a humedad, a polvo antiguo y a un leve toque de azufre del volcán dormido.

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