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El Guardián del Fuego de Las Fallas

Capítulo 1: La Pólvora en las Venas

La sangre no hierve; se convierte en pólvora. Eso era lo que su padre le había enseñado desde que Mateo apenas podía sostener un cartucho de cartón. Pero esta noche, en las profundidades olvidadas de las alcantarillas romanas bajo la Plaza del Ayuntamiento de Valencia, Mateo Navarro comprendió que su padre nunca le había hablado de metáforas.

A través de la rejilla de ventilación oxidada, con el hedor a humedad y azufre quemando sus fosas nasales, Mateo, de veinticuatro años, observaba una escena que desafiaba toda cordura. El reloj marcaba las tres de la madrugada del 12 de marzo. Arriba, la ciudad dormía, embriagada por la inminencia de Las Fallas. Abajo, se estaba gestando un apocalipsis silencioso.

En el centro de una bóveda subterránea iluminada por antorchas parpadeantes, no había un ninot de cartón piedra, sino una estructura de acero negro y cables gruesos como serpientes, formando una grotesca caricatura de un demonio devorando a una mujer con el traje tradicional de fallera. Y atado al corazón de esa abominación metálica, ensangrentado y apenas consciente, estaba Alejandro Navarro, el maestro pirotécnico más venerado de Valencia. El padre de Mateo.

Frente a él, impecablemente vestido con un traje a medida que contrastaba con la inmundicia del lugar, se encontraba el Alcalde Enrique Vargas. No estaba solo. Lo rodeaba un círculo de figuras encapuchadas que Mateo reconoció por los anillos y los relojes de lujo: concejales, magnates inmobiliarios, la élite intocable de la ciudad. La “Junta en la Sombra”.

—El tiempo se acaba, Alejandro —susurró el Alcalde Vargas, aunque la acústica de la bóveda amplificó su voz como el eco de una tumba—. La ciudad necesita su catarsis. Nosotros necesitamos su sumisión. Entrégame el control del Fuego Vivo.

Mateo contuvo la respiración, clavándose las uñas en las palmas hasta hacerse sangre. ¿El Fuego Vivo? Era un mito familiar, un cuento para dormir. La leyenda decía que los Navarro no solo fabricaban fuegos artificiales, sino que eran los custodios de una llama ancestral, un fuego primordial capaz de consumir no solo la madera y el cartón, sino la tristeza, los pecados y la voluntad misma de las personas. Un fuego con alma.

Alejandro alzó la cabeza. Su rostro, marcado por décadas de explosiones controladas, esbozó una sonrisa ensangrentada.

—El fuego no obedece a los parásitos, Vargas. El Fuego Vivo purifica. Si te lo entrego, quemará tu alma podrida antes de que puedas usarlo.

El rostro del alcalde se contorsionó en una máscara de odio puro. Hizo un gesto con la mano. Uno de los encapuchados se acercó con un soplete industrial. No lo apuntó a la estructura, sino a las venas del brazo izquierdo de Alejandro.

Mateo quiso gritar, quiso romper la rejilla, pero estaba paralizado por el terror y la instrucción más sagrada de su padre: “Si alguna vez ves a la ciudad arder desde sus cimientos, escóndete, observa y recuerda. El fuego siempre deja un rastro”.

—No entiendes, viejo estúpido —siseó Vargas—. No queremos el Fuego Vivo para purificar nada. Queremos su humo. Cuando la Falla Municipal arda este 19 de marzo, las cenizas del Fuego Vivo caerán sobre dos millones de personas. Su humo inhalado borrará sus memorias recientes, su descontento, sus quejas sobre la corrupción, la ruina económica que hemos causado. Despertarán el 20 de marzo dóciles, felices, amando a sus líderes. Es la lobotomía perfecta, y tú eres la batería.

El soplete se encendió. Pero antes de que la llama azul tocara la piel de Alejandro, algo imposible sucedió.

Los ojos del padre de Mateo se volvieron completamente blancos, luminiscentes. Una luz carmesí y dorada comenzó a latir bajo su piel, recorriendo sus venas como si hubiera tragado una estrella. La temperatura en la bóveda se disparó instantáneamente. El acero de la estructura demoníaca comenzó a gemir y a derretirse.

—¡Extraedlo ahora! —gritó Vargas, retrocediendo aterrorizado.

Una serie de agujas hipodérmicas gigantes, conectadas a cilindros de cristal reforzado, se clavaron mecánicamente en el cuerpo de Alejandro. El Fuego Vivo, líquido, brillante, de un rojo que hería la vista, comenzó a ser drenado de su torrente sanguíneo, llenando los cilindros con una furia contenida.

Alejandro lanzó un grito que no era humano. Era el sonido de un millón de petardos estallando en una catedral de cristal. En medio de su agonía, sus ojos blancos se desviaron bruscamente hacia la rejilla de ventilación. Miró directamente a la oscuridad donde se ocultaba Mateo. Y en la mente de su hijo, una voz resonó, nítida y abrasadora:

“Quémalos, Mateo. Quémalo todo. Si la ciudad está corrupta, que Las Fallas sean su pira funeraria. Eres el Guardián ahora.”

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