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El Eco de Sangre Bajo el Balcón de Ronda

La sangre tiene un sonido particular cuando gotea sobre la madera de caoba. Es un tic-tac sordo, rítmico, casi hipnótico, que marca los segundos finales de una dinastía.

Isabella Valeriana contenía la respiración, aplastada contra el frío muro de piedra del pasillo oeste de su propia mansión. El aire, que normalmente olía a jazmín y a la brisa fresca que subía desde el Tajo de Ronda, ahora estaba espeso, asfixiante, saturado con el inconfundible hedor del hierro oxidado y la muerte. Apenas una hora antes, ella había estado empacando una pequeña maleta de cuero, dispuesta a abandonar su jaula de oro, su apellido y su inmensa herencia, todo por el hombre que aguardaba bajo su balcón. El hombre de la guitarra. El hombre de los ojos color tormenta.

Pero el destino, con su ironía cruel y afilada, le había reservado una sinfonía muy distinta para esa noche.

El reloj de pie del gran salón dio las dos de la madrugada. El sonido reverberó como un lamento fúnebre por los techos abovedados. Isabella asomó apenas un ojo por la rendija de la puerta entreabierta de la biblioteca de su padre. Lo que vio la paralizó. El terror le inyectó hielo puro en las venas.

Allí, de pie sobre la rica alfombra persa que ahora bebía un charco oscuro y espeso, estaba Alejandro. Su Alejandro. El apuesto y melancólico artista callejero que le había robado el corazón nota a nota, noche tras noche. Sin embargo, no sostenía su vieja guitarra flamenca. En su mano derecha empuñaba un cuchillo de caza, cuya hoja brillaba a la luz de la luna filtrada por los ventanales, goteando la vida de Don Carlos Valeriana.

Su padre yacía degollado sobre el escritorio de roble, con los ojos abiertos en una expresión de pánico congelado.

Isabella quiso gritar, pero el sonido murió en su garganta, ahogado por un nudo de horror puro. El mundo entero pareció desmoronarse bajo sus pies. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía el hombre que le había jurado amor eterno bajo las estrellas, el que le recitaba versos de Lorca y Bécquer, ser el verdugo de su linaje?

Alejandro se movió con una precisión letal y silenciosa, como un felino entrenado para la matanza. Se agachó para limpiar la hoja del cuchillo en la chaqueta de su padre. Su rostro, aquel rostro que ella había acariciado en la penumbra del balcón, estaba desprovisto de cualquier emoción. No había amor, no había pasión, ni siquiera remordimiento. Solo la fría y calculadora concentración de un profesional terminando un trabajo.

En ese instante de puro terror, un ruido a sus espaldas hizo que Isabella girara la cabeza bruscamente. Era su madre, Doña Leonor, caminando como una sonámbula por el pasillo, envuelta en su bata de seda, alertada por algún ruido inusual.

—¿Carlos? —susurró la mujer mayor, frotándose los ojos.

Antes de que Isabella pudiera salir de su escondite y advertirle, la puerta de la biblioteca se abrió de par en par con un crujido espeluznante. Alejandro emergió de las sombras. Sus ojos, antes cálidos y llenos de promesas de un futuro juntos en Sevilla o Madrid, se clavaron en Doña Leonor. Eran los ojos de un depredador.

—Señora Valeriana —dijo él. Su voz, la misma voz aterciopelada que le cantaba al oído a Isabella, sonaba ahora metálica y vacía—. La lista debe completarse.

—¡No! —El grito finalmente desgarró la garganta de Isabella, pero fue demasiado tarde.

Con un movimiento fluido e implacable, Alejandro avanzó. Un destello plateado en la oscuridad, un gemido ahogado, y el cuerpo de su madre se desplomó contra el suelo de mármol.

Isabella cayó de rodillas, temblando incontrolablemente, observando la escena desde la oscuridad de su escondite, incapaz de procesar la magnitud de la traición. El hombre por el que iba a sacrificarlo todo no era un bohemio enamorado; era el emisario de la muerte, un asesino a sueldo introducido en su hogar a través de la vulnerabilidad de su propio corazón. Ella había sido la llave. Ella le había abierto las puertas de la fortaleza. El romance, las miradas furtivas, la guitarra… todo había sido una elaborada y macabra coreografía para infiltrarse en la mansión de los Valeriana.

Alejandro se detuvo en medio del pasillo, rodeado por los cadáveres de los patriarcas de la familia. Ladeó la cabeza, escuchando atentamente. Sabía que faltaba alguien. Sabía que la heredera, su “amada” Isabella, estaba en la casa. Lentamente, giró su rostro hacia la oscuridad donde ella se escondía.

—Isabella… —murmuró, y esta vez, había una sombra de algo diferente en su voz. ¿Pena? ¿Crueldad? No importaba—. Sal, mi amor. Es hora de terminar nuestra canción.

El eco de sus pasos comenzó a acercarse, lentos, rítmicos, inexorables.

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