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¡INJUSTICIA TOTAL! Puerto Rico le TUMBÓ a México la Pelea del Milenio 🇲🇽

 

 

 Esa era en ese momento la segunda racha más larga en la historia de la división peso welter. Solamente por debajo de la que tenía el legendario Henry Armstrong. Allá por los años 40. Tito había noqueado a Yori Boy Campas, había vencido por decisión a Héctor Camacho, había aplastado a Maheneng Sulu, había noqueado a Troy Waters y en febrero de ese mismo año 1999 había vencido por decisión unánime al mismísimo Pernel Weaker.

 Ese Waker que nadie podía golpear, ese Waker que parecía un fantasma arriba del ring, Tito le había ganado. En Puerto Rico Tito no era un boxeador, era una religión. Cuando Tito peleaba, la isla entera se paralizaba. Las calles se vaciaaban. Los restaurantes ponían la pelea en pantallas gigantes, las iglesias rezaban por él.

 Comparaciones con Roberto Clemente empezaban a aparecer en las páginas deportivas y eso para cualquier puertorriqueño son palabras mayores. Roberto Clemente era el ídolo absoluto de la isla. El Santo Laico, el mártir del béisbol que había muerto en un accidente de avión llevando ayuda a Nicaragua. Y comparar a Tito con Clemente era decir que Tito era el atleta más querido de su generación.

 La revista de Ring lo tenía como segundo en el ranking Libra por Libra, justamente detrás de Óscar. Y entonces tienes esto, tienes a los dos mejores boxeadores libra por libra del mundo con apenas semanas de diferencia de edad. Ambos invictos, ambos campeones del mundo en la misma división, ambos cargando el peso simbólico de dos naciones que llevaban más de 60 años enfrentándose en el ring.

 Porque hay que decirlo, la rivalidad México contra Puerto Rico en el boxeo es la rivalidad más vieja, la más intensa y la más romántica del deporte. Empezó allá por 1934 cuando el puertorriqueño Sixto Escobar venció al mexicano Rodolfo Baby Casanova. Desde entonces, cada pelea entre un mexicano y un boricua se siente como un partido de fútbol entre Argentina y Brasil.

 Y aquí estaba ahora la cumbre de toda esa rivalidad. El último gran capítulo, la pelea que iba a definir en los 90 quién era el rey, si los mexicanos tenían a su Golden Boy o si los puertorriqueños tenían a su Tito. La negociación de la pelea fue un infierno. Y para entender por qué tienes que entender quiénes eran los dos hombres que controlaban a estos dos boxeadores.

 Por el lado de Óscar estaba Bob Arum, promotor con varias décadas en el negocio, dueño de la compañía Top Rank, abogado entrenado en Harvard, considerado por muchos el promotor más astuto del boxeo. Por el lado de Tito estaba Don King. Y si me preguntas a mí, Don King es probablemente el personaje más colorido, más controversial y más temido en toda la historia del boxeo.

 Un hombre con una melena blanca eléctrica que parecía siempre erizada por una corriente invisible. Un hombre que hablaba con frases shakespeirianas en plena conferencia de prensa. Un hombre que había promovido a Mohamad Ali, a Mike Tyson, a Larry Holmes, a Evander Hoollyfield, Bob Arum y Don King. Se odiaban.

 Llevaban más de 20 años odiándose. Se habían demandado mutuamente más veces de las que se podía contar. se habían insultado en público en cientos de ocasiones y de repente ahora los dos tenían que sentarse en la misma mesa para copromover la pelea más grande del año. El acuerdo fue brutal. Arum sería el promotor principal, pero le tendría que pagar a Don King ,00000 solamente por traer a Tito.

 La bolsa de Óscar fue garantizada en 15,000000es dó más 6,000ones adicionales por porcentaje de la televisión, lo que llevaba el total a alrededor de 21 m000ones. Tito recibió 8.5 millones garantizados con la posibilidad de ganar hasta 4,000000 más dependiendo de las ventas del pay-perview. era hasta ese momento una de las bolsas más altas jamás vistas para una pelea fuera del peso pesado.

Pero el dinero no fue lo único que se peleó. Cada detalle, absolutamente cada detalle, se convirtió en una guerra. ¿Quién entra primero al ring? ¿De qué color son los guantes? ¿Quién está en la esquina roja? ¿Quién aparece primero en los carteles? ¿Cuántas entradas para la familia? ¿Qué se toca primero? ¿El de Estados Unidos o el de Puerto Rico? Cada cosa se discutía durante horas y cada cosa se filtraba a la prensa.

 Era un circo, pero era también el circo más rentable del año. La gira promocional empezó meses antes de la pelea. Conferencias de prensa en San Juan, en Nueva York, en Houston, en Los Ángeles, en Las Vegas. Y desde la primera de esas conferencias quedó claro que esto no iba a ser un combate cualquiera. Don Félix, el padre de Tito, hablaba poco con la prensa.

 Era un hombre serio, callado, casi reservado, y cuando hablaba lo hacía con la autoridad de un patriarca que no necesita levantar la voz para que lo escuchen. Óscar, en cambio, era el pulido, el carismático, el de las sonrisas perfectas para las cámaras. Y Tito en sus apariciones era todo lo opuesto a Óscar. Tito era seco, directo, parco, hablaba poco.

 Cuando le preguntaban si estaba listo, decía simplemente, “Estoy listo.” Cuando le preguntaban si iba a ganar, decía simplemente voy a ganar. No había arrogancia, había certeza. Pero el momento que definió la prepelea, el momento que se convirtió en la imagen icónica de toda la promoción, ocurrió cuando el campamento de Trinidad finalmente abrió las puertas a la prensa.

 Habían estado entrenando en las villas del hotel El Conquistador en Fajardo, totalmente blindados. Don Félix había prohibido la entrada de cualquier reportero. Decía que había espías. Decía que el equipo de Óscar quería robarle estrategias y cuando finalmente, días antes del combate abrieron un entrenamiento público para los medios, los reporteros entraron al gimnasio improvisado y vieron algo que se les quedó grabado en la memoria.

 Había un saco de boxeo colgado en el centro del salón, un saco normal de cuero de los que pegan los boxeadores, pero en ese saco había un letrero pegado y el letrero decía con letras grandes y burlonas, Óscar Chicken de la olla. Óscar, el pollito de la olla. La palabra chicken en inglés, además de gallina, significa cobarde.

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