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El crujido del vidrio contra el hueso de un cráneo humano es un sonido que la tierra no olvida

El crujido del vidrio contra el hueso de un cráneo humano es un sonido que la tierra no olvida. Sonó más fuerte, más seco y más definitivo que el trueno que en ese mismo instante desgarraba el cielo negro sobre la región de La Rioja Alavesa. La sangre, espesa, oscura y caliente, comenzó a brotar de inmediato, mezclándose en el rostro de Mateo con la lluvia helada de noviembre y con el espeso líquido carmesí del vino tinto que albergaba la botella recién destrozada. Era un charco oscuro, siniestro, una herejía derramada sobre la tierra arcillosa y calcárea que durante siglos solo había bebido sudor y agua del cielo.

Mateo, con sus setenta y dos años de vida incrustados en cada arruga de su piel curtida como el cuero viejo, sintió que el mundo entero, con sus colinas de viñedos y sus cielos tormentosos, giraba violentamente sobre un eje invisible. El dolor en su cabeza era cegador, una explosión de luz blanca en medio de la noche negra, pero ni siquiera eso lograba enmascarar la agonía punzante, aguda y casi insoportable que le partía el pecho. Dos de sus costillas derechas acababan de astillarse, quebrando el aire de sus pulmones, convirtiendo cada intento de respirar en una tortura de cuchillos invisibles.

Arriba, recortada de manera grotesca contra los faros halógenos y cegadores de un inmenso tractor John Deere que rugía en ralentí como una bestia de metal desbocada, se erguía la figura tambaleante de Rodrigo. Era el joven heredero, el nuevo dueño y señor de la Finca Los Lamentos, un muchacho de veintiocho años cuyo único mérito en la vida había sido nacer del vientre adecuado y sobrevivir a la reciente y trágica muerte de su padre, el respetado Don Alejandro. En su mano derecha, temblorosa por la furia y los excesos, Rodrigo aún empuñaba el cuello astillado y cortante de una botella de Gran Reserva de la cosecha del 94.

—¡Mi pintura! ¡Hijo de puta, mira lo que has hecho! ¡Has rayado la maldita pintura nueva de mi tractor con tus asquerosos harapos, viejo inútil! —bramó Rodrigo. Su voz, rasgada, histérica y empapada en el hedor dulzón y nauseabundo de la ginebra barata y la arrogancia de cuna, cortó la lluvia. Las palabras fueron escupidas con un desprecio tan profundo, tan visceral, que helaba la sangre mucho más rápido que la tormenta invernal que azotaba el valle del Ebro.

Mateo intentó hablar, intentó levantar una mano callosa y temblorosa cubierta de barro y sangre para protegerse de un segundo golpe, pero sus pulmones se negaron a llenarse de aire. Tosió, y una fina niebla rojiza manchó sus labios. Sus ojos, nublados por la conmoción cerebral incipiente, no miraban al monstruo de metal ni al joven tirano que acababa de casi matarlo. Sus ojos, desesperados y vidriosos, buscaban ansiosamente a través del barro y la oscuridad la base del inmenso tractor. Buscaban a “La Matriarca”.

Apenas tres minutos antes, el infierno se había desatado. Mateo, el capataz no oficial, el hombre que conocía cada cepa, cada raíz y cada piedra de aquellas cien hectáreas mejor que las líneas de sus propias palmas, estaba terminando de asegurar unas cubiertas plásticas cerca del lindero norte. La lluvia había comenzado como un susurro y rápidamente se había convertido en un diluvio torrencial. Fue entonces cuando escuchó el motor acelerado, el derrape incontrolable de unas ruedas masivas sobre el lodo. Rodrigo, completamente borracho, había decidido “probar” la nueva maquinaria que acababa de comprar con el dinero que su padre había dejado para las nóminas. Conducía a ciegas, riendo a carcajadas histéricas dentro de la cabina climatizada, aplastando sarmientos y destruyendo hileras enteras de tempranillo joven en su estúpido juego de poder y embriaguez.

Y entonces, Mateo vio la trayectoria de la muerte. El tractor masivo, pesando toneladas de acero implacable, había perdido tracción en una ladera empinada y se deslizaba sin control, derrapando lateralmente. Y justo en su camino, indefensa en la base de la colina, se encontraba la Cepa Número Uno. “La Matriarca”. Una vid retorcida, gruesa como el torso de un hombre, que llevaba plantada en ese mismo trozo de tierra más de ciento veinte años. Había sobrevivido a la filoxera a finales del siglo XIX, a la Guerra Civil, a las heladas negras y a las peores sequías. Era un monumento vivo, un milagro botánico.

Mateo no lo pensó. No hubo cálculo humano en su acción, solo el instinto puro, fiero y desesperado de un padre protegiendo a su hijo. Se lanzó corriendo a través del barro resbaladizo, sus botas pesando kilos por la arcilla acumulada. Llegó un segundo antes que la rueda dentada del monstruo de acero. En un acto de locura heroica, el anciano agricultor arrojó su propio cuerpo, frágil y gastado por décadas de sol y escarcha, entre la rueda del tractor y la corteza nudosa de la vid centenaria.

El impacto fue brutal. El guardabarros de metal sólido golpeó el costado derecho de Mateo, lanzándolo contra el tronco duro de La Matriarca. El crujido de sus costillas al romperse fue ensordecedor para él. El tractor se detuvo en seco, habiendo sido frenado apenas lo suficiente por el cuerpo del hombre y el impacto oblicuo. La vid había sido salvada. Ni un solo sarmiento importante había sido quebrado. Pero Mateo había pagado el precio.

Y ahora, tendido en el suelo, sangrando profusamente por la cabeza, escuchaba la sentencia dictada por el monstruo que había engendrado su querido patrón.

—¡Levántate, escoria! —rugió Rodrigo, pateando el costado ileso de Mateo con su bota de cuero italiano de diseño, completamente inadecuada para el campo—. ¡Has arruinado la carrocería! ¡Me costará miles de euros repintar esta máquina por tu estúpida manía de meterte donde no te llaman! ¿Qué hacías tirándote al suelo como un perro rabioso?

—La… la cepa… —logró susurrar Mateo, tragando sangre, señalando con un dedo tembloroso hacia el tronco milenario que se alzaba a unos centímetros de la rueda del tractor—. La Matriarca… casi la matas, muchacho. Casi matas el alma de Los Lamentos.

Rodrigo soltó una carcajada estridente, desquiciada. Miró la vieja vid, un amasijo de madera oscura y retorcida que a sus ojos ignorantes no era más que leña vieja y fea.

—¿Por esta basura? ¿Te has tirado contra mi máquina de cien mil euros por un maldito arbusto podrido? —Rodrigo se acuclilló, agarrando a Mateo por el cuello de su chaqueta impermeable, empapada y rasgada, obligándolo a mirarlo a los ojos inyectados en sangre—. Estás loco, viejo. Mi padre era un imbécil sentimental por mantenerte aquí, pagándote como si fueras un ingeniero cuando no eres más que un campesino mugriento que apesta a abono.

Mateo gimió de dolor cuando la presión en su cuello amenazó con asfixiarlo. Las costillas rotas raspaban contra sus pulmones en una fricción letal.

—Lárgate —susurró Rodrigo, soltándolo bruscamente para que la cabeza del anciano volviera a golpear contra el barro—. Estás despedido. Recoge tus harapos y sal de mi finca. Ahora mismo.

—Rodrigo… por favor… —jadeó Mateo, la lluvia lavando parte de la sangre de sus ojos, revelando un dolor que iba más allá de lo físico—. Llevo cuarenta años aquí… tu padre…

—¡Mi padre está muerto y enterrado! —le interrumpió el joven, poniéndose de pie con dificultad, tambaleándose por el alcohol—. Ahora esto es mío. Y no quiero parásitos estúpidos en mi propiedad.

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