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Se Burlaron de Juan Gabriel Cuando Cantó Su Nueva Canción —Lo Que Pasó Años Después Sorprendió Todos

 pasaba las noches en hoteles de ciudades donde lo recibían con aplausos escribiendo en cuadernos viejos. Y fue en una de esas noches en Monterrey cuando empezó a escribir sobre el lugar donde todo había comenzado para él. El bar Noa Noah de Ciudad Juárez era un lugar de ambiente, como le decían en esa época, a los lugares donde las personas que el mundo rechazaba podían ser ellas mismas sin disculparse, donde la música sonaba distinta y las personas bailaban sin miedo al juicio ajeno.

 Juan recordaba las noches cantando en ese bar cuando nadie lo conocía, cuando no tenía dinero ni fama, pero sí tenía la libertad de ser completamente auténtico y pensaba que necesitaba escribir una canción que honrara ese lugar y esas personas que lo habían aceptado cuando no era nadie. trabajó en la canción durante semanas entre shows y viajes, puliendo cada palabra para que capturara exactamente lo que sentía sobre aquel lugar donde todo era diferente, pero todo era verdadero.

 La llamó el no y cuando la terminó supo que tenía algo especial entre manos. Una canción que celebraba la libertad de ser quien eres sin pedir permiso. Una canción que hablaba de un lugar que existía en las sombras, pero que para muchas personas era el único sitio donde podían respirar. Sabía también que era arriesgada porque hablaba abiertamente sobre cosas que la sociedad conservadora de los años 70 prefería mantener escondidas, pero confiaba en que los ejecutivos de su disquera verían lo que él veía.

 Una canción honesta que conectaría con miles de personas. pidió una reunión con Héctor Villarreal diciéndole que tenía una canción nueva que quería mostrarle. Algo diferente a lo que había hecho antes, algo importante. Héctor aceptó recibirlo porque Juan Gabriel ya era un artista rentable y cuando un artista rentable dice que tiene algo nuevo, las disqueras escuchan, aunque no siempre con la mente abierta que se necesita, para entenderlo verdaderamente revolucionario.

 La reunión fue en una sala de juntas en las oficinas de la disquera en Ciudad de México. Ventanas grandes quedaban a Paseo de la Reforma y una mesa donde se sentaban Héctor Villarreal y Arturo Campos con trajes impecables y expresiones que habían visto todo. Héctor presidía la reunión. Un hombre de 4ent y tantos años con fama de tener buen olfato comercial, pero también de ser inflexible con cualquier cosa que considerara demasiado arriesgada para el mercado.

 Juan entró con su guitarra sintiendo ese nerviosismo que siempre lo acompañaba cuando iba a mostrar algo nuevo. Porque mostrar algo nuevo es mostrar un pedazo vulnerable de ti mismo y esperar que no lo destroen. mientras los dos ejecutivos terminaban de conversar sobre números de ventas como si él no estuviera ahí.

 afinó la guitarra despacio, dándose tiempo para respirar y prepararse. Cuando Héctor finalmente le hizo un gesto para que empezara, Juan tocó los primeros acordes de El Noa Noa y comenzó a cantar sobre aquel lugar de ambiente donde todo es diferente, donde las personas bailan sin miedo y la música suena distinto, donde él había encontrado refugio cuando el resto del mundo le cerraba las puertas.

Juan salió de aquella sala de juntas con las piernas flojas y la guitarra pesando como nunca en su espalda. Caminó por los pasillos de la disquera, sintiendo las miradas de secretarias y asistentes que probablemente habían escuchado todo a través de las paredes delgadas. llegó a su carro estacionado en Paseo de la Reforma y se quedó sentado al volante por casi media hora sin arrancar el motor, mirando el cuaderno donde estaba escrita el no y pensando en todas las horas que había invertido en pulir cada palabra, cada acorde, convencido de que

tenía algo importante entre manos. La risa de Arturo Campos seguía resonando en su cabeza como un eco que no se callaba. Esa risa que había reducido su canción más honesta a algo ridículo, algo de lo que burlarse. Guardó el cuaderno en el fondo de su maleta debajo de partituras y papeles viejos, como si enterrarlo físicamente pudiera hacer que dejara de dolerle el rechazo.

 Arrancó el carro y manejó de regreso a su casa, sintiendo que algo fundamental se había roto dentro de él. No solo la confianza en la canción, sino la confianza en que podía ser auténtico y exitoso al mismo tiempo. Esa noche no pudo dormir. Se quedó despierto hasta el amanecer, preguntándose si Héctor y Arturo tenían razón, si realmente estaba jugando con fuego, si su carrera valía más que su verdad.

 Los meses siguientes, Juan Gabriel hizo exactamente lo que los ejecutivos esperaban de él. escribió canciones seguras sobre amor romántico que sabía que las radios tocarían sin dudarlo. Grabó un álbum completo de ese material y fue exitoso porque Juan sabía cómo escribir lo que el público quería escuchar.

 Sabía cómo crear melodías que se quedaban en la cabeza y letras que tocaban el corazón sin incomodar a nadie. Pero cada vez que cantaba esas canciones, sentía que estaba interpretando un papel, que estaba siendo una versión pulida y aceptable de sí mismo, que había dejado las partes más interesantes en el camerino. Los shows se llenaban, los discos se vendían, las revistas lo entrevistaban y Juan sonreía para las cámaras mientras por dentro se sentía cada vez más vacío.

Pasó de ciudad en ciudad, de teatro en teatro, cantando las mismas canciones con el mismo profesionalismo, pero sin el fuego que antes lo caracterizaba. Su manager notaba que algo había cambiado, pero no sabía qué. Veía a Juan llegar a los shows con esa sonrisa perfecta que desaparecía en cuanto las luces se apagaban. ¿Estás bien?, le preguntaba.

 Y Juan respondía que sí, que solo estaba cansado, cuando la verdad era que estaba cansado de fingir ser alguien que no era completamente. Pasaron dos años así, dos años de éxito externo y vacío interno. Dos años en los que Juan Gabriel se convirtió en uno de los artistas más exitosos de México, mientras se alejaba cada vez más de la razón por la que había empezado a hacer música.

 El cuaderno con el noa seguía en el fondo de su maleta. Lo llevaba a todos lados, aunque nunca lo abriera, como un recordatorio de lo que había sacrificado por la aprobación de dos hombres en una sala de juntas. A veces, en la soledad de habitaciones de hotel, después de shows agotadores, sacaba la guitarra y cantaba el Noa noa para sí mismo en voz tan baja que apenas se escuchaba.

 Y en esos momentos sentía que volvía a conectar con algo real dentro de él, pero después guardaba la guitarra y volvía a la vida que había construido, la vida donde cantaba lo que le decían que cantara y sonreía cuando le decían que sonriera. Sus amigos más cercanos empezaron a notar el cambio. Lo veían en fiesta sentado en una esquina con la mirada perdida.

 Lo escuchaban hablar de la música con un desapego que nunca había tenido antes. “Ya no hablas de música como si te importara”, le dijo un día su amigo compositor. Y Juan no supo qué responder porque tenía razón. Había dejado de importarle porque había dejado de ser suya. Fue en 1979 cuando todo llegó a un punto crítico durante una gira por el norte del país.

Comingó. Juan estaba en Monterrey después de un show que se había vendido completamente, pero que él había cantado sintiendo absolutamente nada, moviéndose por el escenario con los gestos correctos y las sonrisas correctas, mientras por dentro estaba completamente apagado. Se quedó en el camerino después de que todos se fueron, mirándose en el espejo rodeado de luces y viendo a un extraño que se parecía a él, pero que había perdido algo esencial.

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