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La Primera Prueba de Juan Gabriel en RCA Víctor Duró 3 Minutos y Dejó a Enrique Okamura Sin Palabras

 Había hecho audiciones en varias disqueras antes, cantando sus propias composiciones con la esperanza de que alguien le diera una oportunidad como intérprete. Pero siempre la respuesta era la misma. Rechazo Cortés, seguido de la sugerencia de que dejara que otros cantaran sus canciones. Después de cada audición fallida, había vuelto a intentarlo en otra disquera con la misma determinación desesperada de alguien que no tiene otra opción más que seguir intentando.

 Ahora había dejado de ofrecer su voz. y solo ofrecía sus composiciones dispuesto a venderlas por lo que fuera necesario para sobrevivir, porque había aprendido que el orgullo es un lujo que los pobres no pueden permitirse. Cada rechazo le dolía como una confirmación de que tal vez todos tenían razón. Tal vez él solo servía para escribir, pero nunca para cantar.

Tal vez su lugar era detrás del escenario donde nadie tuviera que verlo. Esa mañana de 1971, Alberto había llegado temprano a las oficinas de RCA Víctor en Ciudad de México, con una cita para ver a un asistente de producción que había mostrado algo de interés en comprar dos de sus canciones.

 Llegó 2 horas antes porque no tenía dinero para desayunar y pensó que era mejor esperar en la recepción de la disquera que en la calle. Al menos ahí había sillas y aire acondicionado. La recepcionista le dijo que el asistente llegaría tarde y le ofreció esperar en una sala pequeña al final del corredor. Una habitación con una mesa vieja y sillas desiguales donde los músicos esperaban su turno para audiciones.

 Alberto se sentó ahí con su guitarra en las piernas y empezó a tocar bajito para sí mismo. No porque estuviera ensayando, sino porque tocar lo calmaba. lo hacía sentir menos solo en un edificio lleno de gente importante que no sabía que él existía. Empezó a cantar una de sus canciones nuevas, una que se llamaba No tengo dinero y que había escrito pensando en todas las veces que había caminado por las calles con una muchacha bonita sin poder invitarla ni a un café.

 Enrique Okamura había llegado temprano esa mañana. También era el director artístico de RCA Víctor y tenía una reputación de descubrir talentos que otros pasaban por alto, de escuchar lo que nadie más escuchaba. Caminaba por los corredores revisando algunas partituras cuando escuchó una voz que venía de la sala de espera al final del pasillo.

 Una voz que lo hizo detenerse en seco porque había algo en ella que no podía identificar, pero que sabía que era especial. No era técnicamente perfecta, no era entrenada como las voces de los cantantes profesionales que audicionaban todos los días, pero tenía algo que esas voces pulidas no tenían. Tenía verdad cruda, tenía dolor auténtico, tenía una forma de pronunciar cada palabra como si le estuviera costando la vida decirla.

Okamura se acercó despacio a la puerta de la sala de espera y se quedó parado afuera escuchando sin hacer ruido, sin querer interrumpir lo que fuera que estaba sucediendo del otro lado. La canción hablaba de no tener dinero, pero tener amor, de ser pobre, pero digno. Y la voz que la cantaba conocía esa pobreza de primera mano.

 Se notaba en cada inflexión que no era un personaje, sino una confesión. Cuando la canción terminó, Okamura abrió la puerta y encontró a un muchacho flaco de 21 años con ropa modesta y una guitarra gastada que lo miraba con ojos enormes de sorpresa porque claramente no esperaba que nadie lo estuviera escuchando. ¿Quién eres?, preguntó Okamura  y Alberto se puso de pie torpemente casi tirando la guitarra.

 Alberto Aguilera, señor, estoy esperando al asistente de producción para mostrarle unas canciones que escribí. Okamura lo miró de arriba a abajo, evaluando no solo lo que veía, sino lo que acababa de escuchar a través de la puerta. “Ven a mi oficina”, dijo finalmente. “Quiero escucharte cantar otra vez, pero esta vez quiero verte la cara mientras cantas.” Shirono.

 Alberto siguió a Okamura por el corredor con el corazón latiendo tan fuerte que pensó que todos en la disquera podían escucharlo sin saber que esos siguientes minutos cambiarían absolutamente todo, sin saber que el hombre que caminaba adelante de él estaba a punto de darle la oportunidad que nadie más había querido darle.

 La oficina de Enrique Okamura era más pequeña de lo que Alberto había imaginado, con paredes cubiertas de discos de oro y fotos de artistas famosos que él solo había visto en revistas. Okamura le señaló una silla frente a su escritorio y Alberto se sentó en la orilla como si tuviera miedo de ocupar demasiado espacio, sosteniendo la guitarra contra su pecho como un escudo.

 ¿Quieres agua café? Preguntó Okamura y Alberto negó con la cabeza, aunque tenía la garganta seca como papel. Hubo un silencio incómodo donde Okamura lo miraba con esa intensidad que tienen las personas acostumbradas a evaluar talento. Y Alberto miraba sus propias manos sin saber qué hacer con ellas. Entonces Okamura se recostó en su silla y, en lugar de pedirle que cantara, hizo una pregunta que Alberto no esperaba. Cuéntame tu historia.

 ¿De dónde vienes? Alberto levantó la vista sorprendido, porque nadie en ninguna audición anterior le había preguntado algo así. Normalmente solo querían escucharlo cantar para rechazarlo más rápido. “Vengo de Ciudad Juárez”, comenzó Alberto con voz baja. Crecí en un orfanato porque mi mamá no podía cuidarme. Aprendí a tocar guitarra ahí.

Suron Okamura asintió sin interrumpir y algo en esa mirada paciente hizo que Alberto siguiera hablando, contándole cosas que no había planeado contar sobre cómo había llegado a Ciudad de México con sueños de ser cantante, sobre cómo había vivido en las calles cantando por monedas. Entonces llegó a la parte difícil, la parte que normalmente omitía en las audiciones porque sabía que nadie quería contratar a alguien que acababa de salir de prisión.

 Estuve en Lecumberry”, dijo finalmente mirando el piso, esperando ver disgusto en el rostro de Okamura. 18 meses por un robo que no cometí. Me acusaron en una fiesta y no tuve cómo defenderme. Okamura se inclinó hacia delante con expresión seria. “¿Y qué hiciste en esos 18 meses?” Alberto no esperaba esa pregunta tampoco.

 Escribí canciones, muchas canciones. Era lo único que podía hacer para no volverme loco ahí dentro. Okamura tomó un lápiz de su escritorio y empezó a golpearlo suavemente contra la mesa, pensando en algo que Alberto no podía leer en su expresión. Me contaron que has hecho audiciones en otras disqueras antes de venir aquí. ¿Es cierto? Alberto asintió sintiendo que su estómago se apretaba porque tal vez Okamura había hablado con esos otros ejecutivos.

 Tal vez ya sabía que nadie lo quería como cantante. Sí, señor. He hecho varias audiciones, pero siempre me dicen lo mismo. Que mis canciones son buenas, pero que debo dejar que otros las canten, que yo no tengo el perfil para estar en el escenario. Okamura dejó de golpear el lápiz. ¿Y tú qué opinas de eso? La pregunta tomó a Alberto completamente desprevenido, porque nadie nunca le había preguntado su opinión sobre su propio rechazo.

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