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“Resuélvelo y te daré 800 millones” — El CEO japonés se rió, pero la conserje los dejó helados

Valeria reconoció los símbolos de inmediato, algoritmos cuánticos, concretamente un problema de corrección de errores que había frustrado a los investigadores durante años. Ofrezco 800 millones de dólares continúa Kira, a quien logre resolver este problema. Es considerado imposible con los marcos teóricos actuales.

Mi equipo lleva 5 años intentándolo sin éxito. El público murmuró impresionado. El premio era una locura, pero más lo era el desafío. Resolverlo cambiaría por completo el mundo de la computación cuántica. Valeria no podía apartar la vista de la pantalla. Su mente comenzó a moverse por instinto, analizando, calculando, buscando patrones.

Aquello era lo que ella solía hacer cuando aún era estudiante universitaria antes de que su vida se desmoronara. Entonces, Akira la vio. Ella estaba demasiado cerca de las puertas del salón con el cubo amarillo a su lado y él sonrió con malicia. “Quizá nuestro personal de limpieza quiera intentarlo”, dijo y la multitud estalló en risas.

 En ese instante la vida de Valeria cambió para siempre. Ahora, sobre el escenario y con el micrófono en la mano, su voz sonó firme. Ofreciste una recompensa a quien pudiera resolverlo, ¿verdad? Dijiste que cualquiera podía hacerlo. Entonces cumplirás tu palabra. El silencio se volvió absoluto. Cada persona en la sala grababa con su teléfono.

 Akira la observó sin saber cómo salir de la situación. ¿Entiendes en qué te estás metiendo? preguntó finalmente bajando el tono. Ningún experto ha podido resolverlo. Lo entiendo, respondió ella sin titubear. Pero también entiendo que hiciste una oferta pública. Si no piensas cumplirla, tendrás que admitir frente a todos que solo querías burlarte de mí.

El público contuvo el aliento. Aquida, acorralado, asintió lentamente. Muy bien. Recuperó el micrófono. Tenemos a nuestra primera competidora oficial. Tendrás 30 días para presentar una solución. Si funciona, recibirás la recompensa completa. “Mi nombre es Valeria Montiel”, dijo ella, levantando la mirada y voy a lograrlo.

 Cuando bajó del escenario, los murmullos la siguieron. Algunos se reían, otros la miraban con asombro, otros simplemente no creían lo que acababan de presenciar. Pero ella caminó erguida, tomó su cubo amarillo y se fue del salón. Aquella noche el video ya se había vuelto viral. La limpiadora que aceptó el desafío de 800 millones era el tema más comentado en redes y noticieros.

Algunos la apoyaban, otros se burlaban. Valerian no leyó nada. Llegó a su pequeño apartamento, cenó arroz con verduras, encendió su viejo computador y revisó el correo. Ahí estaba. un mensaje de Sar Quantum Systems con acceso al portal de investigación y las especificaciones completas del problema. abrió los archivos y empezó a leer.

 El archivo que había recibido no era cualquier documento, eran cientos de páginas llenas de ecuaciones, diagramas y simulaciones. A medida que avanzaba, Valeria comprendía la magnitud del reto. El problema trataba de mantener la coherencia cuántica en grandes sistemas de Cubit sin que el propio proceso de corrección generara nuevos errores.

Lo habían intentado los mejores laboratorios del mundo sin resultados. Ella sabía que lo que tenía frente a sí era considerado imposible, pero eso solo la motivaba más. Tomó una libreta y empezó a escribir. La noche se volvió madrugada y el sonido del lápiz sobre el papel fue lo único que rompía el silencio de su pequeño apartamento.

Cuando el reloj marcó las 2 de la mañana, tenía tres hojas llenas de fórmulas y una idea germinando en su cabeza. durmió apenas 4 horas. A las 6 ya estaba otra vez frente al computador. Esa era la ventaja de no tener nada que perder. Su mente llevaba tres años acumulando ideas y hambre de demostrar que aún era capaz de pensar como la científica que alguna vez fue.

 El problema llamado paradoja de coherencia se basaba en algo que ella conocía bien. Había leído sobre eso incluso durante sus turnos de limpieza cuando se refugiaba en los artículos científicos como quien se aferra a una cuerda en medio del naufragio. Ahora tenía una oportunidad real para probar lo que sabía. El tercer día, Valeria pidió licencia sin sueldo en su trabajo de limpieza.

Su supervisora la miró confundida. ¿Estás segura de dejar el turno, Valeria?, preguntó la mujer con tono preocupado. Conseguir horas extra después no será fácil. Lo sé, respondió Valeria con una sonrisa tranquila. Pero necesito concentrarme en algo más importante. Pasó las siguientes jornadas en la biblioteca pública con montones de libros apilados alrededor y su viejo portátil conectado a la red gratuita.

Escribía, tachaba, volvía a intentar. Tomaba café barato para mantenerse despierta y se obligaba a comer algo de vez en cuando. Sabía que su propuesta debía ser distinta. Todos los intentos anteriores fallaban porque trataban los errores como procesos secuenciales, uno a la vez. Pero la física cuántica no funcionaba así.

 Y si las correcciones pudieran ocurrir todas al mismo tiempo, pensó una tarde mientras observaba como la luz se filtraba entre los estantes de la biblioteca. Esa idea, tan simple y tan descabellada empezó a tomar forma. ¿Eres Valeria Montiel? preguntó de pronto una voz a su lado. Ella levantó la vista. Un joven de unos veintitantos años, piel clara y cabello castaño oscuro, sostenía dos vasos de café.

 Vestía jeans y una camisa azul. “Sí”, respondió ella, algo desconcertada. “Nos conocemos, no exactamente”, dijo él con una sonrisa amable. Soy Samuel Kimura, ingeniero en Saro Quantum Systems. Vi tu video y, bueno, pensé que podrías necesitar café. Le ofreció uno de los vasos. Valeria dudó un segundo, pero aceptó. Gracias. No tienes idea de cuánta gente en la empresa está apoyándote, dijo Samuel sentándose frente a ella.

Lo que hizo el señor Sato fue humillante y verte subir al escenario fue como ver a alguien enfrentarse a un gigante. Valeria bajó la mirada avergonzada. No estaba pensando en eso. Solo me cansé de quedarme callada. “Pues hiciste bien”, respondió él con convicción. A veces hay que recordarles a los poderosos que la inteligencia no se mide por un traje o un título.

 Samuel echó un vistazo a las hojas llenas de ecuaciones y frunció el seño con interés. Eso es tu trabajo sobre el problema. Sí, pero apenas estoy empezando, dijo ella. Todos los enfoques que he revisado fallan porque corrigen de forma secuencial. Yo quiero intentar algo diferente, usar el propio entrelazamiento cuántico como mecanismo de autocorrección.

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