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Rechazada por ser pobre, salvó la vida del patrón y su destino cambió para siempre.

 Esa misma tarde, el dueño de  la pensión tocó la puerta con los nudillos, sin mirarla a los ojos, y le dijo que lo sentía, pero que necesitaba el cuarto, que tenía una familia con niños que pagaba puntual, que entendía su situación, pero que él también tenía sus necesidades. Elena recogió lo poco que tenía en un atado de tela, una fotografía de su boda, el rosario de su madre, dos mudas de ropa y una olla pequeña  que había sobrevivido a todo.

 Salió a la calle sin decir nada porque no había nada que decir. La noche se acercaba con ese frío húmedo de las montañas de Chiapas  que se mete por las grietas de la ropa y llega directo a los huesos. Elena comenzó a caminar sin rumbo hacia las afueras del pueblo, por el camino que bordeaba las milpas abandonadas y subía entre los pinos hacia las tierras altas.

Fue entonces cuando vio las paredes de adobe encalado asomando entre los árboles. La hacienda, los robles. Todo el pueblo sabía de los robles. Era la propiedad más grande de la región, con tierras que llegaban hasta el río del norte y ganado suficiente para alimentar tres pueblos. y era del hombre más temido de San Cristóbal del Valle, don Ricardo Cien fuegos, viejo de carácter de piedra que había despedido a todos sus peones hacía meses y que, según contaban, disparaba desde el corredor a cualquiera que se acercara sin ser

llamado. Decían que se había vuelto loco de amargura, que la riqueza lo había corrompido, que Dios lo estaba castigando por algún pecado viejo que nadie conocía, pero todos imaginaban. Elena miró la hacienda entre los árboles. Luego miró el camino que volvía al pueblo. Luego miró el cielo que se oscurecía rápido sobre los pinos.

 No tenía nada que perder porque ya lo había perdido todo. Empujó la tranquera y entró. El silencio dentro de la hacienda era  del tipo que pesa. No había perros ladrando, no había trabajadores en los establos,  no había lumbre en la cocina ni humo saliendo por la chimenea. Solo el crujir de las tablas viejas del corredor bajo sus  botas rotas y el viento colándose entre las vigas del techo.

Elena subió los escalones del porche despacio con la mano apoyada en el poste de madera para no tropezar en la oscuridad. Y entonces lo vio en una mecedora al fondo del corredor, envuelto en una manta de lana gruesa, a pesar del frío  que todavía no era de noche, estaba el temido don Ricardo 100 fuegos.

No era el monstruo que las leyendas pintaban, era un anciano pálido, con la piel del color de la cera vieja, que respiraba con esa dificultad de quien tiene la fiebre instalada en el pecho desde hace días. Una botella de medicina vacía había caído de la pequeña mesa de madera a su lado y nadie la había recogido.

 Estaba completamente solo, abandonado por el pueblo que amaba su dinero, pero que huyó en cuanto la fiebre del valle lo tocó. El anciano abrió los ojos pesadamente cuando escuchó sus pasos. Los tenía inyectados en rojo, la mirada turbia de quien lleva días sin dormir bien. La recorrió de arriba a abajo. Vio el vestido remendado, las botas rotas, el atado  de tela.

 ¿Vienes a robarle a un moribundo?”, dijo con una voz rasposa que salía mal, como puerta que necesita aceite. “Adelante, ya no me queda fuerza para detenerte.” Elena no se movió por un momento. Miró al hombre, miró la botella caída, miró la taza de barro vacía sobre la mesa. Luego entró a la cocina, encontró la jarra de agua que todavía tenía algo en el fondo, llenó la taza, volvió al corredor y se arrodilló junto a la mecedora.

 No respondió en voz baja, pero firme. Vengo a ofrecerle un poco de agua. El dinero no quita la sed del alma y parece que los dos hemos sido olvidados por el mismo mundo. Don Ricardo la miró como si no entendiera bien qué era lo que veían sus ojos. Luego tomó la taza con manos temblorosas y bebió. Los días que siguieron fueron de los más duros que Elena recordaría en su vida, pero también de los más honestos.

Durmió la primera noche en el suelo de la cocina, enrollada en su chal con la puerta cerrada para guardar el poco calor que quedaba en las brasas. Se levantó antes del amanecer porque el cuerpo de quien ha vivido en pobreza, no sabe dormir tarde y fue a buscar agua al pozo del patio. El pozo crujió cuando giró la manivela.

 El balde bajó con un sonido que rebotó en las paredes de piedra. Luego subió pesado y frío. Elena lo volcó en el cántaro grande de la cocina y fue a ver al enfermo. Don Ricardo tenía fiebre alta. Le ardía la frente como piedra al sol de mediodía. Elena buscó por los cajones de la cocina hasta encontrar trapos de tela limpia. Los mojó en el agua fría y se los puso en la frente y en la nuca.

Buscó también en el huerto abandonado del fondo de la propiedad, donde todavía crecían salvajes, unas matas de hierb buuena y gordo lobo, y preparó una infusión fuerte que olía a monte y a cosa seria. “Beba,”, le dijo. “¿Qué es eso?”, preguntó él con desconfianza, mirando la taza humeante.

 Lo mismo que le daban las abuelas cuando la medicina no alcanzaba. Don Ricardo la miró un momento, luego bebió. con esa resignación de quien ya no tiene energía para pelear contra nada. El primer día él no habló. La miraba trabajar desde la mecedora o desde la cama cuando Elena lo convenció de que era mejor que se acostara. La miraba limpiar el polvo de años que cubría los muebles, barrer las hojas secas que el viento había metido por las ventanas, calentar el caldo de verduras que había preparado con lo que encontró en el huerto y en la despensa. El

segundo día empezó a quejarse. Eso no lo pongas ahí. Ese mueble va contra la otra pared. ¿Quién te dio permiso de mover mis cosas? Nadie, respondió Elena sin voltearse. Pero estaban en el lugar equivocado y había que moverlas. Vieja mandona”, murmuró él. “Enfermo difícil”, respondió ella. Hubo un silencio.

 Luego, desde la cama llegó algo que sonaba sospechosamente como una risa contenida. El tercer día la fiebre empezó a ceder, no del todo, pero lo suficiente para que don Ricardo pudiera sentarse en la cama sin que le diera vueltas el cuarto. Elena le cambió los trapos en la frente, le dio el caldo caliente y se sentó en la silla de madera.

 junto a la ventana a remendar un agujero en su vestido, porque en algún momento de los últimos días había encontrado aguja e hilo en un cajón y no iba a desaprovecharlos. Fue ese tercer día con la luz de la tarde entrando por la ventana y el sonido del viento en los pinos afuera cuando don Ricardo habló de verdad por primera vez.

 ¿Cómo se llama? Elena. Elena Morales, viuda de Aurelio Ramos. ¿Cuándo murió su marido? Hace tres semanas en la mina de Cal, silencio. “Lo siento”, dijo él y sonó como si lo dijera de verdad, sin el adorno que le pone la gente a esas palabras cuando en realidad no sienten nada. “¿Y usted?”, preguntó Elena sin dejar de remendar, “¿Por qué está solo?” Don Ricardo tardó en responder, “Porque la soledad es lo que queda cuando uno pasa la vida acumulando cosas en lugar de personas.

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