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La abandonaron en un rancho olvidado, pero el ranchero que apareció lo cambió todo.

 No había tenido hijo varón, solo a Clemencia. Y Clemencia había aprendido desde niña que eso no era razón para hacer las cosas de otro modo. Había aprendido a montar antes de los 5 años. Había aprendido a reconocer cuándo la tierra necesitaba agua y cuándo ya tenía demasiada. había aprendido el nombre de cada planta del rancho, cuáles daban fruto y cuáles solo daban sombra, y que las que solo dan sombra también son necesarias.

 Su padre nunca le dijo que la quería con esas palabras, pero le enseñó todo lo que sabía. Y Clemencia había aprendido que esa es la manera en que ciertos hombres dicen lo que no saben decir de otro modo. Don Abundio murió una tarde de marzo, sentado en su silla del corredor, mirando el rancho con esa mirada de quien está haciendo una cuenta final y está conforme con los números.

 Tenía 72 años y había vivido cada uno de ellos en esa tierra. Clemencia tenía 34. La familia no tardó en aparecer. Los tíos, los primos, los parientes, que en vida de don Abundio habían visitado poco y ahora llegaban con esa puntualidad que tienen ciertos afectos cuando hay algo material de por medio. El tío Ceferino, hermano mayor del padre, fue el primero en hablar claro.

“Esta tierra vale”, dijo sentado a la mesa de la cocina con el sombrero todavía puesto, como quien no tiene intención de quedarse más de lo necesario. Un rancho de este tamaño, con agua, con monte, con las mejoras que tu padre le hizo. Hay compradores, gente seria con dinero. Sería una tontería no aprovechar.

 Clemencia lo miró desde el otro lado de la mesa. No está a la venta, dijo. El tío Ceferino. Acomodó el sombrero en la cabeza con ese gesto de hombre que no está acostumbrado a que le digan que no. Clemencia, sé razonable. ¿Qué va a hacer una mujer sola con todo esto? Tu padre ya no está. No tienes marido, no tienes hijos.

 ¿Hasta cuándo vas a poder con esto sola? Hasta cuándo pueda respondió ella, y cuando no pueda, veré. El tío Ceferino se fue sin tomar el café que ella le había servido. Vinieron otros después. La tía remedios con sus consejos envueltos en compasión, que en el fondo era impaciencia. Los primos con sus opiniones sobre lo que debería hacerse con una propiedad que ninguno de ellos había trabajado un solo día.

 Y cada uno a su manera decía lo mismo con distintas palabras, que era demasiado para ella sola, que era una lástima desperdiciar el dinero que daba esa tierra, que su padre habría querido que fuera práctica. Clemencia los escuchaba con la paciencia que había aprendido de don Abundio, que era la misma paciencia con que él escuchaba al viento cuando anunciaba lluvia, sin interrumpir, sin apresurarse y sin cambiar los planes.

 Por eso, los meses que siguieron fueron de trabajo y de silencio. Clemencia se levantaba con el amanecer como siempre, ordeñaba las dos cabras que quedaban, revisaba la cerca del potrero, regaba el jardín que su padre había plantado frente a la casa, rosas y bugambilias y algunas hierbas que la madre había sembrado años atrás y que seguían vivas porque la tierra ahí era buena, y porque clemencia las regaba con el mismo cuidado con que su madre lo había hecho.

 Había cosas que no podía hacer sola. El techo del granero necesitaba reparación desde la última temporada de lluvia. La cerca del lado norte había cedido en dos tramos. El pozo necesitaba limpieza, cosas que su padre habría resuelto en una mañana y que a ella le costaban días enteros de trabajo con resultados apenas suficientes.

 Pero lo hacía porque no hacerlo significaba darle la razón a quienes decían que no podía. Y Clemencia en eso era hija de su padre. El dinero alcanzaba justo. Vendía leche, vendía huevos, vendía las frutas del huerto cuando daban. Bajaba al pueblo una vez por semana con lo que tuviera para vender y volvía con lo que necesitara para la semana siguiente.

No era abundancia, era suficiencia, que es la única forma de abundancia que no depende de nadie más. Las vecinas del pueblo la miraban con esa mezcla de admiración y lástima que reciben las mujeres que eligen lo difícil cuando podrían elegir lo fácil. Algunas le preguntaban si no pensaba casarse con esa curiosidad que disfrazan de preocupación.

 Clemencia respondía que no pensaba en eso, que tenía otras cosas en que pensar y cambiaba el tema con la naturalidad de quien ha tenido esa conversación demasiadas veces para seguir encontrándola interesante. Fue una tarde de octubre cuando apareció el hombre. Clemencia estaba en el jardín del frente regando las rosas con la olla de barro que había sido de su madre cuando escuchó el caballo en el camino.

No era ruido inusual. El camino que pasaba frente al rancho era de los que usaban los rancheros de la región para ir al pueblo y era común que alguien pasara a cualquier hora, pero ese caballo se detuvo. Clemencia no levantó la vista de inmediato, siguió regando, moviendo la olla de una planta a otra con ese ritmo pausado que tiene el riego cuando se hace con atención y no con prisa.

 Cuando finalmente levantó la vista, el hombre ya estaba parado al otro lado de la cerca, a caballo mirándola. Era hombre de unos 40 años, quizás algo más, de complexión fuerte, con las manos del tipo que trabaja la tierra, cara tostada de sol y una barba corta que no era descuido sino costumbre. vestía bien, no con la elegancia de ciudad, sino con esa otra elegancia del hombre de campo que usa ropa buena porque respeta los días importantes.

 Y ese claramente era un día importante para él, aunque todavía no hubiera dicho nada. Lo que Clemencia notó primero antes que cualquier otra cosa, fue la expresión. había llegado con una expresión, eso era evidente, la expresión de quien viene con un propósito definido, con las palabras preparadas, con la transacción clara en la mente.

 Y esa expresión, en el momento en que la miró a ella, había cambiado de un modo que él claramente no había previsto. No dijo nada por un momento, clemencia tampoco. El caballo se movió ligeramente y el hombre lo calmó con un gesto de la mano sin apartar la vista del jardín o quizás sin apartar la vista de ella, que en ese momento era difícil de distinguir.

“Busco el rancho El Refugio”, dijo finalmente. “Ya lo encontró”, respondió Clemencia y siguió regando. Se llamaba Eliodoro Vázquez y era dueño de un rancho mediano a tres leguas al oriente. Heredado de su padre como casi todo lo que uno tiene en el campo, trabajado con los años hasta volverlo algo más de lo que había sido.

 Había enviudado 5 años atrás. Tenía un hijo de 12 años que vivía con la abuela materna durante la semana y que llegaba al rancho los sábados. Era hombre ordenado, de cuentas claras y decisiones pensadas, que no hacía nada sin haberlo considerado suficientemente antes. Había considerado suficientemente la compra del rancho, el refugio.

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