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Pedro Infante y Pedro Vargas: La Pelea SECRETA que México NUNCA CONOCIÓ

 El indio Fernández lo vio primero y caminó hacia él con los brazos abiertos. Pedro, mi hermano, pensé que no vendrías aquí. Estoy indio”, respondió Pedro con esa sonrisa genuina que derretía corazones. No me perdería tu celebración por nada. Los dos hombres se abrazaron con fuerza, palmadas en la espalda. Afecto real.

 Fernández tomó a Pedro del hombro y lo guió hacia el bar improvisado bajo un árbol de jacaranda enorme. “Tequila,” ordenó Fernández al cantinero. Del “Bueno, de mi reserva personal.” Dos caballitos aparecieron llenos hasta el borde con líquido dorado. Brindaron por la red, dijo Pedro. Por el cine mexicano respondió Fernández. Bebieron de un trago.

 Pedro saludó a conocidos mientras caminaba por el jardín. Abrazó a Dolores, quien lo besó en la mejilla con genuino cariño. Dolores siempre había sido maternal con Pedro. Lo veía como el hijo talentoso que nunca tuvo. Estrechó manos con productores, rió con camarógrafos, escuchó pacientemente mientras un guionista borracho le explicaba una idea para película que claramente no tenía sentido.

 Eran casi las 11 cuando Pedro Vargas llegó y todo cambió. Pedro Vargas era diferente a Infante en casi todo, donde Infante representaba al pueblo, a los carpinteros y mecánicos y albañiles que se veían reflejados en sus películas, Vargas representaba refinamiento, cultura europea, educación formal. Era el tenor favorito de la alta sociedad mexicana.

 Cantaba ópera, boleros sofisticados, música que requería entrenamiento vocal que Infante nunca tuvo. Vargas llegó con séquito pequeño pero notable. Su esposa, elegantísima con vestido de noche importado de París. Su manager, un hombre delgado con lentes que tomaba notas mentales de cada interacción y dos músicos de su orquesta personal, por si acaso surgía oportunidad de cantar.

Cuando Vargas entró al jardín, también hubo pausa en conversaciones, pero era diferente a la reacción que provocaba Infante. Con Vargas, la gente mostraba respeto, casi irreverencia. No era amado como infante, era admirado, respetado, temido, incluso tenía reputación de ser brillante pero difícil, talentoso, pero arrogante, capaz de grandeza artística, pero también de crueldad calculada con quienes consideraba inferiores.

El indio Fernández también recibió a Vargas calurosamente, aunque Pedro Infante notó algo. El abrazo fue más breve, más formal. Fernández respetaba a Vargas profesionalmente, pero no había la misma hermandad genuina. Durante los primeros 30 minutos, Pedro Infante y Pedro Vargas no se cruzaron. El jardín era suficientemente grande, la fiesta suficientemente concurrida.

 Cada uno tenía su órbita de admiradores, su círculo de conversaciones. Infante estaba cerca del bar principal, rodeado de técnicos de sonido y actores secundarios que lo adoraban. Vargas estaba en la terraza elevada conversando con críticos musicales y compositores clásicos sobre la decadencia del bolero moderno.

 Pero todos en esa fiesta sabían algo. Había tensión entre los dos Pedros. No era secreto dentro de la industria, aunque el público general no tenía idea. La rivalidad había comenzado años atrás, sutilmente con comentarios en entrevistas que parecían inocentes, pero llevaban veneno escondido. Vargas había dicho en una entrevista para Revista de Revistas en 1951, que el cine mexicano estaba sacrificando calidad artística por popularidad masiva, que se estaba volviendo demasiado simplista, demasiado enfocado en complacer gustos básicos.

No mencionó a Infante directamente, pero todos entendieron a quién se refería. Infante era la estrella más grande del cine popular mexicano, el rey de películas que los críticos cultos despreciaban, pero que el pueblo amaba. Infante había respondido meses después en entrevista diferente diciendo que el arte que no conecta con la gente común no es realmente arte.

 Es masturbación intelectual para élites que han olvidado de dónde vienen. Tampoco mencionó a Vargas directamente, pero el mensaje era claro. Desde entonces, la tensión había crecido. En premios se ignoraban mutuamente. En fiestas compartidas mantenían distancia deliberada. Sus respectivos círculos sociales hablaban mal del otro, alimentando el fuego.

 Los productores, siempre buscando drama que pudieran explotar, a veces los ponían en situaciones incómodas a propósito, sugiriendo colaboraciones que sabían nunca ocurrirían, solo para ver la reacción. Esa noche, el indio Fernández había bebido suficiente tequila para pensar que podía arreglar las cosas.

 Fernández era así. Creía que el alcohol y la buena voluntad podían solucionar cualquier conflicto. Cerca de las 11:30 caminó hacia donde estaba Infante y lo tomó del brazo. Pedro, ven conmigo. Quiero presentarte a alguien. Infante lo siguió sin sospechar nada, atravesando el jardín hacia la terraza donde Vargas conversaba animadamente sobre Wagner con un director de orquesta sinfónica.

Fernández interrumpió la conversación con la sutileza de un toro. Pedro Vargas, quiero que conozcas apropiadamente a Tinosona, Pedro Infante. Los dos más grandes perros de México, finalmente juntos en mi casa. El silencio que siguió fue incómodo. Vargas miró a Infante con expresión imposible de leer.

 Infante extendió su mano, educado como siempre. Mucho gusto, don Pedro. Vargas observó la mano extendida por dos segundos que parecieron eternos. Luego la estrechó brevemente, sin fuerza, sin calidez. “El gusto es mío”, dijo Vargas. Su voz perfectamente modulada, pero fría como hielo. El indio Fernández, demasiado borracho para leer la tensión, continuó.

“Ustedes dos deberían hacer algo juntos, una película, un concierto especial. Imaginen los dos Pedros en el mismo escenario. Sería histórico. Infante sonrió diplomáticamente. Sería interesante, sin duda. Vargas tomó un sorbo de su copa de coñac francés. Nada del tequila común que bebían los demás.

 Tendría que ser el proyecto correcto, respondió. Algo que respete la integridad artística de ambos. La palabra integridad estaba cargada de significado. Infante lo captó inmediatamente. Por supuesto, respondió calmadamente. Algo que la gente realmente quiera ver. Ahora fue Vargas quien captó el insulto implícito.

 Sus presentaciones sinfónicas llenaban teatros, pero no con las multitudes masivas que Infante atraía. Había diferencia entre audiencias que quieren ver y audiencias que aprecian. Dijo Vargas, su tono todavía educado, pero con filo. Fernández, finalmente percibiendo que su plan no estaba funcionando, intentó cambiar de tema. “Háblame de tu próximo proyecto, Pedro”, le dijo a Infante.

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