Posted in

Cuando se burlaron de Pedro Infante en público, Cantinflas hizo algo que nadie esperaba

Siempre había  sido así, accesible, humano, sin esas aires de superioridad que otros artistas adoptaban.  La cena transcurría con normalidad, conversaciones educadas, risas contenidas,  el sonido suave de cubiertos contra porcelana. Pedro conversaba con su hermano sobre planes futuros,  proyectos pendientes, nada importante, solo  charla fraternal que lo hacía sentir un poco menos exhausto.

 En una mesa del otro lado del salón, un grupo de empresarios estadounidenses  cenaba con algunos socios mexicanos. habían venido a México para negociar contratos de importación, hombres de negocios acostumbrados a sentirse superiores en cualquier lugar donde estuvieran, especialmente en países que consideraban inferiores.

 Uno de ellos, un tipo corpulento de unos 50 años llamado Richard Coleman. Bebía whisky tras whisky. Su rostro enrojecido evidenciaba que no era su primera copa de la noche. Hablaba cada vez más alto,  sus comentarios cada vez más arrogantes. Sus socios mexicanos reían nerviosamente, incómodos, pero sin atreverse a callarlo.

 Coleman  era cliente importante. Cerca de las 10 de la noche, cuando los postres estaban siendo servidos, Coleman se puso de pie tambaleándose ligeramente. miró alrededor del salón con esos ojos de alguien buscando entretenimiento. Su mirada se detuvo en Pedro. Lo reconoció inmediatamente. Incluso borracho.

 El rostro de Pedro Infante era inconfundible. Coleman dijo algo a sus acompañantes que Pedro no alcanzó a escuchar, pero las carcajadas que siguieron no auguraban nada bueno. Entonces, Coleman comenzó a caminar hacia la mesa de Pedro.  Sus pasos eran deliberados, aunque no del todo firmes. La gente en las mesas intermedias notó su avance  y las conversaciones comenzaron a apagarse, reemplazadas por ese silencio incómodo que precede a los problemas.

Pedro vio al hombre acercarse y supo  instintivamente que venían problemas. Había desarrollado un  sexto sentido para estas situaciones después de años de fama. podía  distinguir entre un admirador entusiasta y alguien buscando confrontación. Este definitivamente era lo segundo. Coleman llegó a la mesa de Pedro y se detuvo ahí balanceándose ligeramente.

 No saludó, no pidió permiso para interrumpir, simplemente comenzó a hablar en inglés con acento texano  marcado, lo suficientemente alto para que varias mesas cercanas pudieran escuchar. Así que tú eres el famoso Pedro Infante, el cantante de cantina que tiene a todo México babeando. Pedro entendía inglés perfectamente.

Años de trabajar en la industria le habían enseñado el idioma. Miró al hombre sin responder inmediatamente. José, su hermano, se tensó en su  silla, los puños cerrándose instintivamente. Pedro le puso una mano en el brazo. Calma. Coleman continuó  envalentonado por el silencio. En Estados Unidos tenemos verdaderas estrellas.

  Frank Sinatra, Dean Martin, gente con clase real, con talento internacional, no estos cantantes de ranchera que gritan en películas baratas para campesinos. El silencio en el salón ahora era absoluto. Incluso los meseros se habían detenido sosteniendo  bandejas en el aire sin saber qué hacer. Los socios mexicanos de Coleman lucían  mortificados, pero ninguno se atrevía a intervenir.

 Pedro sintió la familiar oleada de humillación. No era la primera vez que alguien menospreciaba su trabajo,  su cultura, su valor como artista, pero dolía cada vez, especialmente viniendo de extranjeros que venían a México a hacer negocios mientras despreciaban  todo lo mexicano. Antes de que Pedro pudiera responder, otra voz cortó el aire, una voz que todos en ese salón reconocieron instantáneamente,  inconfundible en su tono y cadencia.

Disculpe, señor, pero creo que hay un malentendido aquí. Mario Moreno, Cantinflas,  se había puesto de pie desde su mesa cerca del estrado principal. Había estado cenando con su esposa Valentina y algunos miembros del comité organizador. Caminaba ahora hacia ellos con  esos pasos característicos, postura relajada, pero presencia que llenaba cualquier  espacio.

 Coleman se giró hacia Mario entornando los ojos. ¿Y tú quién eres? Otro de estos actorcillos mexicanos. Soy Mario Moreno y usted es un invitado en mi país, comportándose de manera que francamente da vergüenza ajena. El rostro de Coleman se puso más rojo. No me hables de vergüenza. Vengo  a este país, traigo dinero, traigo negocios y tengo que aguantar que me den lecciones de modales.

Qué interesante perspectiva, respondió  Mario, su tono cortés pero con acero debajo. Usted trae dinero como si eso fuera un favor que nos hace. Como si México necesitara que hombres como  usted vengan a iluminarnos con su presencia. Exactamente.  Escupió Coleman. Sin inversión estadounidense, este país seguiría en la Edad Media.

 Mario sonríó, pero no había humor en esa sonrisa. Déjeme explicarle algo sobre este país que claramente no entiende.  México tiene 5,000 años de civilización. Teníamos ciudades monumentales cuando sus ancestros apenas descubrían la rueda. Tenemos cultura, arte,  música que ha existido por siglos. No necesitamos su validación.

 Coleman soltó una carcajada amarga. Cultura. Llaman cultura a estos espectáculos de mariachis y charros.  En Hollywood hacemos cine real con presupuestos reales para audiencias internacionales. Nuestras películas de pueblo que solo ven en México. Mario dio un paso  adelante. Su voz seguía calmada, pero había ganado intensidad.

 ¿Sabe cuántas personas han visto las películas de Pedro Infante? Más de 100 millones en toda Latinoamérica. Sus películas se proyectan desde Tijuana hasta Buenos Aires. Niños, adultos, ancianos, todos conocen su rostro, su voz, sus canciones. ¿Cuántas personas conocen su nombre, señor Coleman? Fuera de su círculo de negocios, ¿quién sabe  quién es usted.

 Eso es diferente, masculló Coleman. Yo no soy actor. Exactamente. Usted no es actor, no es artista, no crea nada que no existía antes. Usted  mueve dinero de un lado a otro y cree que eso lo hace superior a un hombre que ha dedicado su  vida a su arte, que ha traído alegría a millones, que representa lo mejor de  nuestra cultura.

Pedro observaba la escena desarrollarse sintiendo una mezcla de gratitud y  asombro. Mario tenía esa habilidad única de desarmar con palabras,  de convertir confrontación en lección sin levantar la voz, sin perder compostura. Valentina desde su mesa observaba con esa expresión que Mario  conocía bien. Orgullo mezclado con preocupación.

Read More