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Pedro Infante cantó en una boda en Veracruz, miró a la novia y lo que hizo enfureció al esposo

que en el puerto de Veracruz muy poca gente podía permitirse decirle  que no a Aurelio Buentello Garza sin que eso tuviera consecuencias de algún tipo. Pedro leyó lo que encontró. Leyó también lo que no estaba escrito, pero  que cualquier persona con experiencia en el mundo de los hombres con poder podía leer sin dificultad entre las líneas de lo que sí estaba escrito.

 Buentello tenía una hija.  Se llamaba Consuelo, 23 años. Y según lo que Pedro pudo armar juntando una  nota de sociales del dictamen con lo que le confirmó por teléfono un amigo periodista del puerto, Consuelo Buentello  se casaría en menos de tres semanas con un comerciante de Córdoba llamado Ernesto Fuyal, un hombre de 48 años  con negocios en el tabaco y con deudas políticas exactamente con las mismas personas con quienes  Buentello tenía negocios desde hacía años.

Pedro anotó lo  que había encontrado en un papel, lo dobló, lo dejó sobre el escritorio. El telegrama  seguía en el bolsillo de su camisa, apagó la lámpara del estudio y se quedó sentado en la oscuridad con los codos sobre  las rodillas, pensando que los hombres como Buentello no mandan telegramas por cortesía.

 Los mandan porque ya saben la respuesta que van  a recibir y eso era lo que no lo dejaba estar tranquilo. El segundo mensaje no llegó por escrito. Llegó en persona un lunes por la mañana  a través de un hombre delgado de traje café que se presentó en la puerta del hangar con el sombrero en  la mano y una sonrisa que estaba construida para parecer amable sin serlo del todo.

dijo que venía de parte del señor Buentello, que el  señor Buentello esperaba la respuesta al telegrama y que si Pedro necesitaba algún elemento adicional para tomar su decisión. El señor Buentello tenía en su poder cierta documentación relacionada con asuntos personales del señor Infante,  que podría resultar de interés para quienes supieran darle uso.

No agregó  más. No necesitaba agregar más. Pedro no miró con la calma específica de quien escucha algo que ya sospechaba  y le dijo que agradecía la visita y que tendría respuesta antes del viernes. El hombre puso el sombrero, asintió  con esa sonrisa calculada y se fue.

 Jacinto, que había escuchado  desde el fondo del hangar sin atreverse a moverse, esperó a que el automóvil desapareciera y miró a  Pedro sin saber qué cara poner. Pedro no le dio explicaciones, solo le dijo que revisara el aceite de la avioneta porque iban a volar pronto. Esa noche, Pedro sacó del cajón del  escritorio los papeles del proceso legal que llevaba meses atendiendo con discreción.

 Era un asunto relacionado con su situación  matrimonial, con nombres y fechas que en las manos equivocadas podían convertirse en una versión de la historia  muy distinta a la verdadera, con el poder suficiente para encender los periódicos durante semanas. Era lo único que  Pedro había intentado mantener lejos de la vida pública con toda la prudencia que permite existir como hombre  famoso.

 Buentello lo sabía y al saberlo tenía exactamente  lo que necesitaba. Pedro releyó el telegrama original. El texto era breve, casi cordial. Decía que el señor Buentello quería contratar  al señor infante para amenizar la boda de su hija Consuelo el 12 de abril en el rancho familiar a las afueras del puerto, que sería un honor para la familia  que Consuelo había crecido con su música, que era su artista favorito desde niña.

 Nada en el texto decía lo  que el hombre del traje café había dicho en el hangar con su silencio preciso. Pedro tomó un papel y anotó  una cifra. Era una cifra que no existía en ningún contrato artístico que hubiera  firmado en su vida. Era el precio de una avioneta nueva. Era más de lo que cualquier anfitrión de fiesta privada hubiera aceptado pagar sin pedir tiempo para pensarlo.

 Era una cifra diseñada para cerrar la puerta. La anotó, la miró un momento y marcó el número que venía  al pie del telegrama. Contestó una voz joven y profesional. Pedro dijo que quería hablar con bueno. Hubo una pausa breve. Luego esa otra voz  más gruesa, más pausada, con el peso de los hombres que llevan mucho tiempo sin que nadie les  diga que no.

 Buentello habló de su hija con el calor de un padre que ama lo que tiene. Pedro  escuchó sin interrumpir. Cuando Hentello terminó, Pedro dio su precio. Hubo un silencio al otro lado que duró exactamente el tiempo que tarda  un hombre en decidir si lo que tiene enfrente es un obstáculo o simplemente el costo natural de lo que quiere.

Luego dijo que aceptaba que un automóvil lo esperaría en el aeropuerto de Veracruz el jueves 11 por la tarde  y colgó. Pedro dejó el teléfono en su lugar. El hangar  estaba vacío. Se recostó en la silla y miró el techo de lámina y pensó que algo en todo ese asunto estaba mal desde el principio  y que sin embargo, iba a ir.

Porque a veces los hombres hacen exactamente lo que saben que no deberían hacer y lo hacen con los ojos completamente  abiertos. Y eso es lo más difícil de explicar después. incluso para uno mismo. Pedro piloteó el mismo el vuelo a Veracruz como hacía  siempre que podía, porque volar le daba una claridad que ninguna otra cosa le ofrecía.

Esa sensación de que el mundo  se ordena cuando uno sube lo suficiente y lo ve desde arriba con su proporción verdadera, sin los ruidos y las urgencias  que entierra hacen que todo parezca más grande de lo que es. Jacinto viajó en el asiento de al lado sin hablar casi nada, que era su manera de acompañar cuando entendía que Pedro  necesitaba silencio más que conversación.

Cuando aterrizaron en  el aeropuerto de Veracruz, el aire olía a sal y a petróleo mezclado con esa humedad tropical específica que se pega a la ropa desde el primer momento y que no es desagradable, sino simplemente  distinta, como una manera que tiene el trópico de recordarle al recién llegado que está en otro territorio.

 En la pista esperaba un automóvil negro con un chóer que abrió la puerta trasera sin decir su nombre ni preguntar  el de ellos. Pedro se sentó Jacinto a su lado y el automóvil salió hacia la ciudad. El puerto los recibió con su ruido propio,  las bocinas de los barcos en la distancia, los vendedores en las banquetas, la música de algún establecimiento mezclándose con el tráfico.

 Pedro miraba por la ventanilla con la  atención que guardaba para los lugares que conocía desde antes de ser famoso. Veracruz era uno de esos. Había cantado ahí cuando nadie sabía su nombre todavía, en cantinas que olían a madera  húmeda y a cerveza derramada para públicos que lo escuchaban sin saber aún que estaban escuchando a  alguien que iba a importar.

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