Y la niña secretamente comprende mejor que la mayoría de los adultos cómo se mueven los engranajes del mundo. A los 5 años, según una anécdota que la propia Hey contaría décadas después, en una entrevista privada, desmonta una caja de música suiza que su padre había traído de lucerna.
La desmonta entera, examina cada pieza y la vuelve a armar tornillo por tornillo hasta que vuelve a sonar perfectamente. Su madre, al descubrir lo que había hecho, casi le pega una bofetada por miedo a haber roto un objeto carísimo. Su padre, en cambio, se ríe y le dice, “Hey, no eres una niña normal. Tú vas a inventar algo algún día.
” Esa frase la lleva consigo toda la vida, la lleva incluso a los 80 años, la lleva cuando muere. Había otra historia que su padre contaba a veces en familia cuando Jedy ya era adolescente. Cuando ella tenía 7 años durante un verano en los Alpes Austriíacos, Jedy se había quedado mirando durante horas el funcionamiento de una pequeña presa hidroeléctrica del pueblo, donde estaban de vacaciones.
Había hecho preguntas técnicas al ingeniero que la mantenía. Había dibujado esquemas en una libreta. Había hecho cálculos aproximativos. Al final, el ingeniero le había dicho a Emil Kisler, “Su hija tiene cabeza de ingeniera, no de niña.” Esa frase había hecho llorar al padre de orgullo esa noche en privado.
Pero la madre, al saberlo había suspirado y había dicho una sola cosa, que Dios no nos castigue por eso. Pero hay un problema. En la Viena de los años 20, una niña judía con cara de princesa y cerebro de ingeniero no tiene espacio para desarrollarse. La sociedad espera de ella una sola cosa. Que crezca para ser hermosa, que aprenda piano, que hable francés, que cocine algo decente, que se case con un buen partido y que tenga hijos.
Nadie le pregunta qué quiere ser. Nadie le pregunta qué le interesa. La inteligencia en una niña en aquel mundo era una rareza incómoda, algo de lo que no se hablaba en voz alta. Yyy, lentamente aprende a esconderla. Aprende a sonreír cuando los adultos le hablan como a una muñeca. Aprende a fingir aburrimiento cuando escucha conversaciones técnicas.
Aprende a leer en secreto en su cuarto libros que ninguna niña de su edad lee. A los 10 años ya ha leído a Gote, a los 12 a Schopenhauer. A los 14 está fascinada por la electricidad, por los principios de la radio, por los descubrimientos de un joven austríaco llamado Erwin Schrodinger, del que apenas se habla todavía en los periódicos.
Pero su belleza ya empieza a llamar la atención. A los 14 años, Hey Kisler ya tiene los rasgos que años después harán temblar a Hollywood. La frente alta y blanca, los pómulos esculpidos, la boca pequeña y rosada, los ojos verdes profundos, casi negros bajo cierta luz, y unas cejas naturalmente arqueadas como dos pinceladas chinas.
Sus profesores se quedan mudos cuando la ven entrar en clase. Los amigos de su padre la miran demasiado. Los hombres en la calle la siguen con la mirada y ella a los 14 años ya entiende algo importante. Ese rostro va a ser una bendición y va a ser una condena. A los 15 años, sin decirle nada a sus padres, falsifica una nota de excusa escolar y se va a los estudios cinematográficos Sasha Film en las afueras de Viena.
Quiere ver cómo se hace una película. Le tiembla la voz cuando le dice al guardia que viene a una audición. El guardia, divertido, le abre la puerta. Esa misma tarde, sin haber actuado nunca, le ofrecen un pequeño papel en una película muda. Cuando su padre lo descubre, no la regaña. Le pregunta una sola cosa. ¿Estás segura, Hiriy? Ella dice que sí y él, contra la opinión de su madre, que llora durante días, le permite seguir.
A los 16 años ya ha actuado en dos películas, a los 17 en cuatro. Y entonces, en 1932 llega la oferta que va a cambiarlo todo y a destrozarlo todo. Un director checoslovaco llamado Gustav Machatí está preparando una película arriesgada, una película que se va a llamar Éxtasis, una película sobre una mujer joven casada con un hombre mayor impotente que descubre el amor con un joven amante en plena naturaleza.
Una película que va a tener esto era inaudito para 1933, una escena de desnudo total femenino y otra escena todavía más inaudita en la que se ve por primera vez en la historia del cine el rostro de una mujer durante un orgasmo. Sin cortes en primer plano durante segundos enteros. Machatí busca a una actriz desconocida, joven, hermosa, sin pudor y dispuesta a hacer historia. Le presentan a Hey Kisler.
Hey tiene 18 años recién cumplidos. Le explican el papel, le explican las escenas comprometidas. Le dicen que va a ser un escándalo, le dicen que también puede ser un triunfo. Hey firma. Sus padres no saben nada hasta que la película se estrena en febrero de 1933. en Praga. Cuando su padre lee la primera crítica en un periódico, bien es una crítica que habla de escenas obscenas y de la perdición de una joven austríaca se desploma en el sillón del salón sin decir una palabra y se queda media hora mirando la alfombra. Su madre llora
durante tres días seguidos. Los rabinos del barrio condenan la película. Los vecinos dejan de saludarlos. La Iglesia Católica la prohíbe en Italia, en Polonia, en Austria. El Papa Pío X la denuncia personalmente en una declaración pública y en una pequeña casa de campo en las montañas austriacas.
Un hombre de mediana edad llamado Adolf Hitler, todavía no fer, todavía solo canciller, manda prohibir la película en toda Alemania por decadencia moral judeo bolchevique. Y en otra mansión, en el norte de Italia, un hombre llamado Benito Mussolini ve la película tres veces seguidas en su sala privada de cine y al final exclama, según los testigos, esta muchacha tiene que estar en mi cama.
Hey en esos mes de 1933, en mitad del escándalo, se encierra en su cuarto durante semanas. No quiere salir, no quiere ver a nadie. Lee los periódicos en silencio, lee los insultos, lee las cartas anónimas que empiezan a llegar a la casa familiar. Algunas amenazadoras, otras simplemente humillantes.
Una carta escrita con una caligrafía elegante le sugiere que se suicide para preservar el honor de su familia. Eddie la guarda durante años. Nunca cuenta a nadie por qué décadas después, en una entrevista grabada en Florida, dirá, “Esa carta fue la primera vez que entendí que el mundo te puede odiar por ser tú misma.” Y esa lección no se olvida nunca.
Pero el hombre que de verdad va a cambiar la vida de Hiriy esa primavera no es ni Hitler ni Mussolini. Es un austríaco de 34 años, un industrial, un fabricante de armas y se llama Friedrich Mandle. Mandel es uno de los hombres más ricos del Imperio Austrohúngngaro en su fase final. heredero de la fábrica Hurtenberger Patron and Fabric, especializada en municiones, granadas y sistemas de armamento.
Católico convertido porque su madre era judía, lo cual técnicamente lo convertía en medio judío bajo las leyes raciales que ya empezaban a aplicarse en Europa. Pero un católico que viste impecablemente asiste a misa todos los domingos y mantiene negocios con todos los dictadores de la región. Vende balas a Mussolini, vende granadas a Franco, vende cañones a Hitler y nadie le pregunta por su sangre.
Desteña Elisá vende va la sangre. Hey lo conoce en una fiesta de gala en el Hotel Imperial de Viena en mayo de 1933. Mandel entra en el salón rodeado de su séquito habitual. Dos guardaespaldas de 90, un secretario, dos diplomáticos italianos, un general austriaco. Lleva un smoking negro impecable, el pelo engominado hacia atrás, las uñas perfectamente recortadas y un anillo de oro con un escudo en el meñique.
Cuando ve a Harry, atraviesa el salón sin saludar a nadie más, se planta delante de ella, le besa la mano sin pedir permiso y le dice una sola frase en alemán perfecto. Fra Kissler, voy a casarme con usted. Hey se ríe. Cree que es una broma. Mandle no se ríe. Esa misma noche, Mandle envía un carro con chóer a la casa de los padres de Hey con un ramo enorme de rosas blancas y una invitación a cenar al día siguiente.
Emil Kisler, el padre banquero, conoce el nombre de Mandle, sabe quién es, sabe lo que vende, sabe a quién se lo vende y le dice claramente a su hija esa misma noche, Hiri, este hombre es peligroso. No vayas a esa cena. Hey va a la cena. Tres semanas después, Mandle le propone matrimonio formalmente.
Le ofrece una vida de palacios, de viajes, de joyas, de protección eterna. También, sin decirlo abiertamente, le ofrece la posibilidad de borrar el escándalo de Éxtasis. Esa película, dice, no será nunca más un problema en su vida. Él se encargará de comprar todas las copias existentes en Europa y las destruirá. Eyiduda, pero la presión es enorme.
La fama de éxtasis ya empieza a complicarle conseguir papeles serios. La gente la mira en la calle como si fuera una mujer perdida. Sus padres están agotados y Mandle, con todos sus millones parece la única salida. El 10 de agosto de 1933 en la iglesia Carl Skirch de Viena ante 200 invitados Hey Kisler, 18 años, se casa con Friedrich Mandle, 33 años.
El padre de Hey no asiste, su madre tampoco, solo unos tíos lejanos van. Hey lleva un vestido de seda blanca que pesa 7 kg. La ceremonia dura una hora y al final cuando Mand la vesa adelante del altar, ella siente por primera vez en su vida que está entrando en una jaula. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios.
Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Lo que viene después es uno de los matrimonios más tóxicos del que se haya tenido testimonio en la alta sociedad europea del siglo XX. Mandle traslada a Hidi al Schloss Schzena, un castillo enorme del siglo XVII, a 2 horas de Viena, escondido entre bosques de pinos, 15 habitaciones, 22 sirvientes, tres cocineros, dos chóeres, cuatro guardaespaldas armados, pero ninguna llave para Jedi.
Las puertas del castillo se cierran cada noche desde fuera. Las cartas que ella escribe son leídas primero por el secretario de Mandel. Lares, las llamadas telefónicas son grabadas, las visitas son aprobadas o rechazadas por él. Y cuando salen, Mandle exige que ella vaya delante en el carro con uno de los guardaespaldas, mientras él va detrás vigilando con sus binoculares de teatro.
La obliga a ir con él a todas las reuniones de negocios, a todas las cenas con clientes, a todas las visitas a las fábricas. quiere mostrarla, quiere que el mundo entero vea que tiene a la mujer más hermosa de Austria, pero también sin saberlo, le va a regalar a Jedy lo más valioso que va a llevarse de ese matrimonio, las conversaciones técnicas.
Porque Mandle, cuando se reúne con generales italianos, con ingenieros alemanes, con coroneles austriíacos, no se molesta en pedirle a Jedy que se vaya de la habitación. Cree que ella, joven, hermosa, esa cabecita rubia, como la llama, no entiende nada de lo que se dice. Cree que está pensando en peinados y vestidos.
Pero Hey escucha, Hey escucha todo. Hey escucha durante 4 años. Escucha sobre torpedos guiados por radio. Escucha sobre sistemas de control remoto. Escucha sobre frecuencias de transmisión. Escucha sobre el problema técnico que más preocupa a todos los ejércitos europeos en esos años. ¿Cómo evitar que las señales de radio de los torpedos sean interceptadas y desviadas por el enemigo? Si una flota lanza un torpedo controlado por radio hacia un buque enemigo, basta con que el enemigo intercepte la frecuencia de control para que el torpedo gire y vuelva a su propio
remitente. El problema parece insoluble. Los mejores ingenieros del tercer Rik y de la Italia fascista llevan años intentando resolverlo. Hey escucha y mientras escucha en la cabeza de esa cabecita rubia que todos subestiman, las ideas empiezan a girar. Hay una escena de aquellos años que contaría décadas después en una conversación privada con su biógrafo.
Una noche de invierno de 1935 durante una cena en el Schloss Schwarzeno, man. estaba conversando con un general de la Marina italiana sobre un nuevo sistema de torpedos guiados por radio. El general explicaba en italiano. Mandía de traductor improvisado. En un momento, Mandle se equivoca al traducir una palabra técnica.
Harry, que entiende perfectamente el italiano y conoce el término correcto, corrige a su esposo con voz baja, casi en susurro. Mandle se vuelve hacia ella con los ojos llenos de furia. Le ordena que se calle, le ordena que se vaya a su habitación. El general italiano se queda en silencio. Jedy se levanta, se disculpa y sube las escaleras.
Esa noche, en su cuarto cerrado con llave por fuera, llora durante horas, no por la humillación pública, sino por una cosa peor, porque acaba de comprender que su esposo prefería pasar por ignorante delante de un general extranjero antes que reconocer públicamente que su esposa era inteligente. Pero antes de poder hacer nada con esas ideas tiene que escapar porque la vida en Slos Schwarzenu se vuelve insoportable. Mandle.
se vuelve celoso, obsesivo, la controla cada hora del día, la acusa de mirar a otros hombres, la encierra en su habitación tres días seguidos cuando ella le contesta, le rompe los discos de jazz que ella escuchaba a escondidas, le quema un libro de Sigmund Freud que él considera judaico y peligroso. le confisca el pasaporte y la última noche le da una bofetada delante de los sirvientes por reírse de un chiste que un huésped italiano le había contado.
Esa noche decide huir. Tarda meses en planearlo. Lo planea con la misma precisión con la que años después diseñaría su patente. Identifica a la única empleada que la trata con simpatía. Una camarera francesa llamada Lore, contratada hace poco, todavía no integrada en el sistema de vigilancia, le hace amistad, le compra regalos y un día sutilmente le pregunta si tienen la misma talla. Sí, la tienen casi exacta.
Una tarde de mayo de 1937, mientras Mandle está en Berlín cerrando un contrato con un coronel de la Vermacht, Jedy invita a Laure a tomar el té en su salón privado. Pone una pequeña dosis de un sedante en su taza. Veronal, suficiente para que duerma 6 horas. Cuando Laure se desploma en el sofá, Jedy le quita el uniforme, la ropa, los zapatos, los documentos de identidad.
le deja una nota disculpándose, cierra la puerta con llave por fuera y sale del castillo vestida de camarera con la cabeza cubierta por un pañuelo gris, llevando solo una pequeña maleta con joyas y dinero en efectivo. Toma el último tren de la tarde a Viena. Desde Viena, otro tren nocturno a París. Cuando Mandle al día siguiente descubre lo ocurrido, manda detrás de ella a cinco detectives y a tres agentes de la Gestapo.
amigos suyos, pero Jedy ya está cruzando la frontera francesa y de París, en cuestión de horas, toma un tren a Calés y de Calés un ferry a Inglaterra. Cuando los detectives llegan a París, ella ya está en Londres, tiene 22 años. Está sola, está en una ciudad donde no conoce a nadie. ha dejado atrás un palacio, una fortuna, un país, un padre que está envejeciendo, una madre que se va a quedar destrozada, pero por primera vez en 4 años respira.

En Londres alquila una habitación en un hotel modesto cerca de Hide Park y empieza a hacer lo único que sabe hacer, contactar con el mundo del cine. Escribe cartas a productores, visita las oficinas de los estudios británicos, se prepara para tener que volver a empezar desde cero. Pero el destino esta vez tiene otros planes, porque en ese mismo verano de 1937 está en Londres uno de los hombres más poderosos del cine mundial, Luis B.
Mayer, el sar absoluto de la Metro Goldwin Mayor. El hombre que dirige Hollywood con mano de hierro. Mayer está en Londres reclutando talentos europeos antes de que estalle la guerra que todo el mundo ya empieza a oler. Una gente le dice a Meer que hay una austríaca, antigua mujer de Mandle, que está en Londres buscando trabajo, que es la actriz de éxtasis.
Meer arruga la cara, conoce esa película, la considera obsena, no quiere ni oír hablar de ella en los Estados Unidos, pero el agente insiste, le dice que la chica es de una belleza imposible, que vale la pena verla, aunque sea solo una vez. Mayer acepta. cita a Hey en su suite del hotel Clarage. Hey llega vestida con un traje gris simple, casi sin maquillaje.
Cuando entra en la habitación, Meer la mira 10 segundos sin hablar. Después de esos 10 segundos, le hace una oferta $15 por semana para que vaya a Hollywood. Harry le dice que no. Le dice que ella no es una empleada que se compra por $125. le dice que si quiere algo de ella tendrá que pagar como un señor. Meer se queda boqui abierto.
En 30 años dirigiendo Hollywood, jamás una actriz desconocida le había rechazado una oferta, mucho menos una refugiada europea sin contactos. Meer se ríe. Le ofrece 200, Hey dice que no. Le ofrece 300, Hey dice que no. Esa misma noche, sin contrato, Harry se va del hotel, pero Mayer ha estado pensando y al día siguiente descubre algo.
Mayyer se va a embarcar en el transatlántico Normandia hacia Nueva York y Hey, sin avisarle, ha comprado un pasaje en el mismo barco en tercera clase, pagado con sus últimas joyas vendidas. Durante 7 días en el Atlántico Norte, Jedy se las arregla para encontrarse con Mayer y su esposa todas las tardes.
Cena en la mesa de al lado. Se viste cada noche con uno de los vestidos que ha podido salvar. Se peina como una estrella. Habla con elegancia. Conoce a otros pasajeros de primera clase y al cuarto día, Mayer ya no puede más. la invita a su mesa, renegocia el contrato delante de su esposa Margaret y firma en el papel timbrado del barco un contrato a $500 por semana.
Pero Mayer pone una condición. Hedwig Kiesler no le sirve. El apellido es demasiado europeo, demasiado judío, demasiado escandaloso por culpa de éxtasis. En el barco, mientras cruzan el Atlántico, le inventan un nombre nuevo. Mayer propone varios. Su esposa Margaret recuerda a una actriz silenciosa muerta hacía años, una belleza llamada Bárbara Lamar.
¿Qué tal Hey Lamar? Sugiere Hey lo prueba en voz alta. Le gusta. Suena breve, musical, fácil de pronunciar en inglés. Cuando el Normandía atraca en Nueva York, el 30 de septiembre de 1937, una multitud de fotógrafos los espera. Mayer ya ha enviado un comunicado a la prensa. Llego con la actriz más bella de Europa. Se llama Hey Lamar.
Los flashes la ciegan. Las preguntas le caen encima en un inglés que ella apenas habla, pero sonríe. Sonríe como le ha enseñado su madre que sonría una dama. Hedwig Kiesler ya no existe. A partir de ese momento, solo existe Harry Lamar. Los primeros meses en Hollywood, Harry vive aislada, no habla casi nada de inglés. Las fiestas de los estudios le parecen falsas.
Las actrices estadounidenses la miran con desconfianza y celos. Sus compañeros de reparto le sonríen delante de las cámaras y luego no la invitan a sus cenas privadas. En Beverly Hills vive sola con una sirvienta filipina llamada María y un pequeño perro pequinés que se llama Body. Por las noches le escribe largas cartas a su madre en Viena.
Cartas que tardan semanas en llegar. Cartas en las que cuenta lo que comió, lo que rodó, qué tiempo hace en California. Su madre en Viena lee esas cartas en voz baja, sentada en una silla cerca de la ventana y las guarda en una caja de zapatos. Esa caja, después de la guerra se perdería para siempre. Las cartas de la única hija a una madre que pronto iba a quedar atrapada bajo el régimen nazi nunca se han podido recuperar.
llega a Hollywood en tren. Dos semanas después, Mayer la instala en un pequeño apartamento de Beverly Hills, le pone un profesor de inglés a domicilio, le compra ropa nueva, la presenta a la prensa y empieza a fabricar lentamente una leyenda. Su primera película estadounidense, Al Geers, se rueda en 1938. Es un drama romántico ambientado en el norte de África.
Harry aparece por primera vez en una escena en la que entra en una taberna, levanta la cara hacia la cámara y mira fijamente al actor protagonista Charles Boyer. La escena dura 15 segundos, pero esos 15 segundos cambian la historia del cine americano. Los espectadores en la sala de prueba se quedan en silencio. Algunos lloran.
Una mujer del público dice, “Según los recuerdos del montador, esto no es una actriz. Esto es una visión. Cuando Algars se estrena en 1938, el periódico Los Angeles Times escribe la frase que la perseguirá toda la vida. Harry Lamar es la mujer más bella del mundo. La frase se vuelve un titular, una etiqueta, una jaula.
A partir de ese día, en todas partes, en cada artículo, en cada presentación, en cada estreno, Hey es presentada como la mujer más bella del mundo. Mayer está encantado. Hollywood está encantado. Los estudios fabrican afiches. Las revistas la convierten en portada. Los hombres estadounidenses pegan su rostro en los talleres mecánicos, en los aviones de guerra que ya se están construyendo, en los camerinos de los soldados que pronto irán a la guerra.
Pero en privado, en sus cartas a una vieja amiga bienesa que se conservan en archivos de la Biblioteca Nacional de Austria, escribe: “Soy más prisionera aquí que con Friedrich. Allá me encerraba un castillo. Aquí me encierra mi propia cara. Porque Meer no le permite hacer otros tipos de papeles. Solo le da papeles de mujer fatal, de seductora exótica, de diosa silenciosa.
Hey quiere hacer comedia. Meer le dice que no. Hey quiere hacer drama serio. Mayer le dice que no. Hey quiere papeles con diálogos largos, con conflicto, con personajes complejos. Meyer le dice que su acento europeo no le permite eso y la encasilla una y otra vez en el mismo molde, cuerpo, cara, silencio.
Hey entiende rápidamente que en Hollywood ser hermosa es no ser respetada. Ser hermosa es ser un objeto. Ser hermosa es no tener voz. Así que decide en privado recuperar la voz por otros medios. Por las noches, después de los rodajes, vuelve a su casa de Beverly Hills, cierra las cortinas y se dedica a algo que casi nadie en Hollywood sabe.
Lee libros de ingeniería, lee manuales de la Marina estadounidense que ha conseguido a través de contactos. Lee artículos sobre transmisión por radio, lee tratados sobre torpedos, lee revistas científicas suizas, alemanas, francesas y monta en una habitación libre de su casa una pequeña sala de trabajo con un tablero de dibujo, un compás, un transportador, lápices de varios colores y libretas de notas. Hollywood no sabe nada.
Hollywood sigue viendo a la diosa silenciosa. Hollywood la fotografía, la pasea, la exhibe. Y mientras Hollywood la usa como decoración, ella en silencio va construyendo algo que el mundo solo va a entender 60 años después. En 1940, cuando está ya en serio la Segunda Guerra Mundial en Europa y Estados Unidos todavía no ha entrado, pero ya se prepara.
Hey decide que su trabajo paralelo no puede esperar. Su madre todavía está en Viena, atrapada bajo el régimen nazi. Su padre acababa de morir de un infarto unos meses antes. Hey se enteró por un telegrama y lloró tres días seguidos. Sus primos están desapareciendo, sus amigos de la infancia están huyendo y ella desde su mansión de Hollywood siente que está sentada cómodamente mientras Europa se hunde. Quiere hacer algo.
Quiere usar lo que aprendió escuchando en las cenas de Mandle. Quiere aportar al esfuerzo de guerra estadounidense. Y en una fiesta en Beverly Hills en septiembre de 1940 conoce al hombre que va a hacer posible lo imposible. Su nombre es George Anthill. Anile. Es un compositor de música vanguardista, 40 años, bajo, redondito, con lentes redondos.
famoso en los años 20 por una obra escandalosa llamada Balet Mecanic, en la que usaba 16 pianos sincronizados que tocaban automáticamente. Una obra técnica, una obra que requería una invención mecánica para que 16 pianos tocaran exactamente al mismo tiempo, sincronizados a la fracción de segundo. Esa invención, Annale, la había patentado.
Edie lo conoce, le hace preguntas inteligentes, lo deja sorprendido. Anteil le contaría años después a un periodista. Esa mujer me hablaba de pianos sincronizados, como si llevara toda la vida estudiando música mecánica. Y de pronto, sin transición, me preguntó sobre torpedos guiados por radio.
Le pregunté de dónde sacaba esas ideas. Me contestó, “De Friedrich Mandle. Mi exmarido vendía esto. Anzile y Jedy empiezan a verse cada semana en casa de ella, en casa de él. Discuten, dibujan, calculan. La idea central es de Hey. Y si un torpedo guiado por radio cambiara de frecuencia decenas de veces por segundo. Si el emisor y el receptor estuvieran sincronizados como 16 pianos sincronizados, saltando los dos a las mismas frecuencias, en el mismo orden, en el mismo momento exacto, entonces el enemigo no podría interceptar la señal.
Porque para cuando intentara fijar una frecuencia, esa frecuencia ya habría cambiado. La idea era genial, pero el problema técnico era brutal. ¿Cómo sincronizar dos máquinas, una en el barco, otra en el torpedo para que saltaran a la misma frecuencia exactamente en el mismo momento, 88 veces a lo largo del recorrido.
Imposible con la tecnología de la época, a menos que se usara un mecanismo análogo al que Anil había usado para sincronizar sus 16 pianos. Una banda perforada como un rollo de pianola. E trabajan durante meses. Hey hace los esquemas. Unil resuelve las cuestiones mecánicas. Consultan a un profesor de la Universidad de Caltec.
Verifican los cálculos y el 10 de junio de 1941 presentan su solicitud de patente ante la oficina de patentes de los Estados Unidos. El número de patente es el 2 292 387. Está registrado a nombre de Hedwick Kiesler Marky, porque para entonces Hey ya se había vuelto a casar con un guionista estadounidense llamado Jean Marky, su segundo marido, y de George Anthile.
Hey y George Anthilale, durante esos meses de 1940 y 1941 trabajan en condiciones casi clandestinas. ¿Saben que si Hollywood se entera, será otro escándalo. La gran estrella de la MGM, descubierta haciendo cálculos técnicos sobre torpedos con un compositor vanguardista, sería la portada de todos los chismes. Así que se reúnen siempre en privado, casi siempre por las noches, casi siempre en casa de Jedy.
Anthale llega con su maletín lleno de partituras viejas que utiliza como camuflaje. Eddie le abre la puerta envuelta en una bata simple. Despliegan los esquemas en la mesa del comedor. Trabajan hasta las 2 o las 3 de la mañana. La sirvienta María le sirve café cargado y panecillos. Y cuando Anthil se va hacia el amanecer, Hey borra cuidadosamente la pizarra blanca que ha instalado en su sala de trabajo.
Borra cada número, cada esquema, cada cálculo por si alguien entra durante el día. La patente se aprueba el 11 de agosto de 1942. Hey y Anthil donan la patente gratuitamente a la marina de los Estados Unidos sin pedir un solo dólar como contribución al esfuerzo de guerra. Hey escribe en la carta de donación que la acompaña.
Es lo mínimo que puedo hacer por el país que me dio refugio. La Marina recibe la patente y la archiva. Le contestan semanas después una carta que Hidi guardará el resto de su vida. La carta dice en esencia que la marina ya tiene suficientes inventores expertos, que una actriz no tiene la formación necesaria para diseñar tecnología militar y que el sistema propuesto es demasiado complejo para implementarse.
Le sugieren, en cambio, que use su belleza para algo más útil, vender bonos de guerra al público estadounidense. Hiid lee esa carta y la rompe en pedazos, la rompe en cinco trozos. llora durante toda esa noche y al día siguiente, sin decir una palabra a nadie, llama a la oficina del tesoro y se ofrece para la campaña de bonos. Durante 1943 y 1944, Hey Lamar recorre Estados Unidos.
Da discursos en Chicago, en Boston, en Philadelphia, en Detroit, en Los Ángeles. Promete besos a cambio de la compra de bonos. Un beso por cada $25,000. Vende sola en una sola noche en Philadelphia 8 millones de dólares en bonos. En total durante esos 2 años ayuda a recaudar 25 millones de dólares para el esfuerzo de guerra estadounidense.
Es la celebridad civil que más bonos vende durante la Segunda Guerra Mundial. Pero ese dinero no le pertenece, esa fama no le sirve y la patente, su patente, su verdadero legado, se queda olvidada en un cajón del departamento de Marina. Lo que Hey nunca supo, lo que nadie le diría hasta los años 90, es que la Marina sí usó esa patente.
La usó secretamente durante la crisis de los misiles de Cuba en 1962 para los sistemas de comunicación de la flota que bloqueó la isla. La usó en los satélites de comunicación militar de los años 70 y a partir de los años 80, cuando la patente cayó en dominio público, las empresas de telecomunicaciones la utilizaron como base para tres tecnologías que iban a transformar el mundo, el GPS, el wifi y el Bluetooth.
Cada vez que alguien usa hoy un celular para conectarse a internet, está usando, sin saberlo, la idea que Hey Lamar concibió en su casa de Hollywood en 1940, mientras Hollywood la usaba como decoración. Si esta historia te está impactando, dale like ahora nos ayuda enormemente a seguir contando estas vidas olvidadas.
Mientras tanto, en su vida personal, Hey se va casando y se va divorciando y se va casando otra vez, como si buscara desesperadamente a alguien que la tratara como una persona completa y no como un cuerpo. Su segundo matrimonio fue con Jean Marky, un guionista alto y elegante en 1939. Duró 2 años. Adoptaron a un niño, James, en 1939.
Cuando se divorció de Marky en 1941, Harry se quedó con la custodia del niño, pero ya empezaba a sentirse incapaz de ser una madre como las que ella había imaginado tener cuando era niña en Viena. Su tercer matrimonio fue con el actor británico John Loder en 1943. Tuvieron dos hijos biológicos, Denise en 1945 y Anthony, en 1947.
Los dos hijos recibieron los apellidos paternos. Cuando se divorció de Loder en 1947, Hey quiso seguir cuidándolos, pero algo se estaba quebrando lentamente en su vida. En 1955, después de que su carrera empezara a declinar, Hey tomó una decisión que iba a perseguirla hasta el final de sus días.
Su hijo adoptado James, que entonces tenía 16 años, fue enviado a vivir con otra familia. Hey lo entregó, lo dejó ir. Algunos biógrafos dirían años después que James se había vuelto rebelde, que la situación con su madre se había hecho imposible, que era una decisión consensuada. Otros dirían que Harry simplemente no podía soportar las exigencias emocionales de un adolescente cuando ella misma se sentía abandonada por el mundo.
James creció pensando que su madre lo había abandonado. Tardó 40 años en volver a verla. Solo unos pocos meses antes de la muerte de Hiri lograron reconciliarse por teléfono. James diría en una entrevista años después. Mi madre era una mujer brillante pero rota. Y las mujeres rotas a veces rompen a sus hijos sin querer. Sus otros dos hijos, Denise y Anthony, mantuvieron una relación más cercana con ella, sobre todo Anthony.
Anthony Laer, el menor, se quedó cerca de su madre. toda la vida. Y fue Anthony quien décadas después recogería sus cenizas y las llevaría a Viena. Pero antes de llegar a las cenizas todavía falta mucho. En 1949, Hey protagoniza la película de Cecil B, de Mil Sanson y Dalila. La película es un éxito monumental, recauda más que cualquier otra película de aquel año.
Harry interpreta a Dalila con una intensidad que sorprende a los críticos. Por primera vez, Hollywood empieza a hablar de ella como actriz, no solo como cara bonita, y por primera vez le ofrecen otros papeles. Pero entonces Hiri comete una serie de errores que van a destruir lo que queda de su carrera. Rechaza el papel principal de Casa Blanca, ofrecido por Meer en 1942.
El papel que terminaría haciendo Ingrid Bergman lo rechaza porque no le gustó el guion. Esa decisión la perseguiría toda la vida. Rechaza también el papel principal de Gilda en 1946. El papel terminaría haciéndolo Rita Hayworth y consagrándola para siempre. Hey lo rechazó porque pensaba que el personaje era demasiado vulgar.
Esa decisión también la perseguiría. y en 1947 decide fundar su propia productora llamada Mars Productions. Quiere controlar sus propios papeles, quiere romper con los estudios. Es una idea genial, una idea adelantada a su tiempo. Marilyn Monroe haría algo parecido años después y le iría mejor. Pero Harry no tiene la red de relaciones necesaria para hacer funcionar una productora independiente en aquel Hollywood mafioso.
La productora pierde dinero, pierde estrenos, pierde contratos. Y en 1953, Mars Production cierra. Harry pierde casi todo lo que había ahorrado. A partir de ese momento, su decadencia es lenta pero imparable. Los papeles se vuelven más raros, más pequeños, más mediocres. Las grandes productoras dejan de llamarla.
Las nuevas estrellas Marilyn, Grace Kelly, Audrey Hebburn la reemplazan en las portadas de las revistas y Harry lentamente va desapareciendo del centro de la atención pública y para luchar contra esa desaparición comete el peor error de su vida. Empieza a operarse la cara. Las primeras cirugías son discretas, pequeños retoques, una nariz refinada, unos pómulos levantados, pero después de cada operación, Jedi se mira al espejo y siente que algo todavía falla, que necesita otra cirugía más y otra y otra en total, entre 1955 y 1980, según los biógrafos, Hey se someterá a
más de 15 cirugías. estéticas, algunas serias, algunas experimentales, algunas claramente hechas por médicos sin escrúpulos que abusaron de su desesperación. Su rostro lentamente va cambiando, las facciones se desfiguran, los ojos se hunden, la piel se vuelve tirante, los pómulos se levantan demasiado y a partir de los años 60, la mujer que entra a las clínicas con el rostro de Hey Lamar empieza a salir con la cara de otra persona, una persona que ella misma no reconoce.
Hubo una operación en particular que destruyó algo irreversible en ella. Fue en 1969 en una clínica privada de Los Ángeles. Un cirujano experimental le inyectó un material llamado silicona industrial directamente en las mejillas. No era silicona médica, era silicona destinada al uso industrial.
El cirujano, que años después perdería su licencia, le había prometido un rejuvenecimiento permanente. Lo que consiguió fue una deformación lenta y dolorosa. En los meses siguientes, las mejillas de Jedy empezaron a hincharse. La piel se endureció, aparecieron protuberancias bajo la superficie y cuando otros médicos intentaron corregir el daño, descubrieron que era imposible.
La silicona industrial se había integrado al tejido, no se podía retirar. Hey, al darse cuenta, se encerró en su habitación durante un mes entero. Se negó a verse en el espejo y cuando salió no fue la misma persona. Era una mujer que había perdido su rostro y con su rostro todo lo que el mundo le había permitido ser.
Edy deja de aparecer en público, cierra las cortinas de su casa, vive en habitaciones con luz baja, recibe a poquísimos visitantes, se comunica con casi todo el mundo solo por teléfono. Y en los años 70 y 80 las llamadas telefónicas se convierten en su única manera de existir socialmente. Llama a sus amigos cada noche. Habla durante horas, cuenta historias de Viena, cuenta historias de Hollywood, cuenta detalles sobre Mandle, sobre Mayer, sobre la patente, sobre George, que ya había muerto en 1959, y muchos de sus amigos cansados descuelgan el teléfono y la dejan
hablando sola al otro lado. Eddie no se da cuenta. Oh, quizás sí, pero sigue hablando. En 1966 ocurre el primer incidente que destroza públicamente lo que queda de su dignidad. La detienen en un supermercado de Los Ángeles por robar productos por valor de $6. Maquillaje, comida, cosas absurdas. Sus abogados consiguen que se retiren los cargos, pero los periódicos lo publican en primera plana.
Edy Lamar, detenida por robo. Las revistas la convierten en chiste, los programas de televisión la mencionan con mofa y encerrada en su casa, se niega a salir durante un año entero. En 1975 demanda al cineasta Mel Brooks. En la película Blazing Sadles hay un personaje cómico llamado Headley Lamar. Brooks lo había puesto como un homenaje.
Hey lo considera un insulto. La demanda termina en un acuerdo extrajudicial pequeño, pero el incidente la deja humillada otra vez. En 1991, segunda detención por robo. Otro supermercado. Más productos absurdos. Pinturas labiales. Gotas para los ojos. Cargos retirados otra vez. Pero esta vez los periódicos son más crueles.
La describen como la sombra de lo que fue, como una vieja olvidada que se ha vuelto loca, como El fantasma de Hollywood, Hey Lee, esos artículos y llora. En sus últimos 15 años, Hey vivía rodeada de cajas. Cajas de cartón apiladas en cada esquina del apartamento, cajas con recortes de periódicos sobre ella, cajas con fotografías viejas de Viena.

Cajas con cartas que nadie había leído desde hacía décadas, cajas con vestidos que ya no se ponía. Cajas con guiones de películas que nunca filmó. Una visitante ocasional, una mujer joven que la entrevistó por teléfono en 1995, viajó una vez a Florida para conocerla. How to aceptó verla solamente en la oscuridad de su sala, con las cortinas completamente cerradas, sin maquillaje, con lentes oscuros.
La conversación duró 40 minutos. Cuando la joven se fue, Edie le dijo en la puerta, “No vuelvas, esto no es vida, esto es solo memoria.” Pero entonces algo empieza a cambiar. a principios de los años 90, en una época en la que ella se cree completamente olvidada, en una época en la que vive sola con sus tres perros, en una casa en Florida, lejos de Hollywood, lejos de todo el mundo, un periodista canadiense llamado Fleming Mix empieza a investigar la patente del año 1942.
Mix, descubre algo que casi nadie sabe. Descubre que esa patente, la patente 2 292 387, había sido durante décadas la base de tecnologías militares secretas y que ahora, en los años 90, esa misma patente está siendo usada como base para las tecnologías de telefonía celular, para las redes inalámbricas que están empezando a transformar el mundo entero.
Mix contacta a Hey, le pide una entrevista. Hey desconfiada, acepta solo por teléfono. La entrevista dura 3 horas y al final Hey llora. Llora porque por primera vez en 50 años alguien le pregunta sobre su invento. Por primera vez alguien la trata como una científica, no como una cara. El artículo de Mix se publica en Forbes en 1990.
El título es La invención olvidada de Hey Lamar. El artículo causa un pequeño revuelo en las comunidades técnicas. Sobre todo empieza a circular la información. Ingenieros y profesores universitarios descubren con asombro que la actriz de Sansón y Dalila había coinventado en 1942 una tecnología que ahora se utilizaba en todas partes.
En 1997, la Electronic Frontier Foundation, una organización dedicada a defender los derechos digitales, le concede a Hey Lamar el Pioneer Award. Es el primer reconocimiento público de su contribución a la ciencia. Hey tiene 82 años. Vive en Castleburry, Florida, en un apartamento modesto. Tiene los ojos casi destruidos por una operación que salió mal. Tiene poco dinero.
Tiene mucho dolor en las articulaciones y se niega a viajar a la ceremonia. Su hijo Anthony, que ya tiene 50 años y vive en California, viaja a Washington para recibir el premio en nombre de su madre. En el escenario, ante una multitud de programadores, ingenieros y científicos, Anthony lee una breve declaración que Hey le ha dictado por teléfono.
Acepto este premio con gratitud, dice Anthony leyendo las palabras de su madre. Cuando inventé esta cosa, yo era joven y creía que podía cambiar el curso de la guerra. La Marina no me hizo caso. Hollywood nunca me hizo caso. Si ahora, 55 años después sirve para algo, me alegro. Quiero pensar que esto significa que la gente al final escucha, aunque a veces tarde mucho.
Cuando Anthony termina de leer, en una pequeña sala de Florida, una mujer muy mayor está sentada delante de un teléfono que le transmite la ceremonia en vivo. Jedy, escucha el aplauso, lleva las manos a la cara y susurra una sola frase en alemán que solo sus tres perros oyen. Ya era hora. Esa es probablemente la última frase importante de su vida pública.
3 años después, el 19 de enero del año 2000, esa misma mujer está sentada en el mismo sillón. La televisión está apagada, el teléfono descolgado, la manta sobre las piernas y los ojos cerrados. El forense determinará después que murió de un fallo cardíaco, a las 4:10 de la tarde aproximadamente, sin sufrir, sin agonía, sin testigos, sola, como había vivido los últimos 20 años. Tenía 85 años, 2 meses y 10 días.
Sus tres perros estaban a sus pies llorando, llorando. Como solo los perros saben llorar a sus dueños. Su hijo Anthony llegó esa misma noche desde California. Encontró sobre la mesa de la cocina un sobre dirigido a él. Dentro una carta corta escrita con la caligrafía temblorosa de los últimos meses en la que Jedy le pedía algo específico.
Le pedía que sus cenizas no se quedaran en Florida. Le pedía que las llevara a Austria, al bosque de Viena, que las esparciera entre los pinos que de niña con su padre había aprendido a reconocer uno por uno. Anthony cumplió. Anthony Loder llegó esa noche del 19 de enero del año 2000 a la 1 de la mañana. La policía local todavía estaba en el lugar.
Tomó las llaves, entró al apartamento y se sentó delante del sillón donde habían encontrado a su madre. El cuerpo ya había sido retirado, pero la manta seguía ahí. Las marcas del cuerpo todavía estaban en el sillón, el teléfono descolgado, la televisión apagada. Anthony se quedó mirando el sillón durante una hora entera sin decir nada.
Después llamó a su hermana Denise en California para darle la noticia y después llamó a James, el hermano adoptado al que Jedi había entregado en 1955. Cuando James contestó, Anthony solo pudo decir cuatro palabras. Mamá, murió esta tarde. Hubo un silencio largo del otro lado de la línea y después James dijo con la voz quebrada, “Diles que la perdoné. Hace años que la perdoné.
” En octubre del año 2000, 9 meses después de la muerte de su madre, Anthony Ludwer, viaja a Viena con una pequeña urna. Camina hasta el Winner World, el bosque que rodea la ciudad. Encuentra un claro entre los pinos y esparce las cenizas de su madre lentamente, dejando que el viento se las lleve hacia las raíces de los árboles que su madre había amado de niña.
Mientras Anthony esparcía esas cenizas, en algún lugar de Viena, un hombre llamaba a su esposa desde su celular. Otro hombre se conectaba al wifi del café donde estaba sentado. Una mujer caminaba siguiendo las indicaciones del GPS en su teléfono. Sin saberlo, sin sospecharlo, los tres usaban la tecnología que la mujer, cuyas cenizas se posaban en ese momento sobre el suelo del bosque, había inventado 60 años antes en una mesa de cocina de Hollywood, mientras nadie la escuchaba.
Esa es la paradoja final de Harry Lamar. La mujer más bella del mundo, murió pobre y olvidada. La inventora ignorada por la Marina cambió el mundo entero. La actriz a la que Hollywood encasilló como adorno mecánico, terminó construyendo la tecnología más invisible y más universal del siglo XXI.
Cada vez que alguien envía un mensaje, cada vez que un médico opera con un sistema de comunicación inalámbrico, cada vez que un satélite militar transmite información, cada vez que un niño juega con un control remoto, esa es la herencia de Jedy. Pero la herencia que no se ve es otra. La herencia que no se ve es esta. una niña judía en Viena a los 5 años desarmando una caja de música suiza mientras su padre le decía, “Edy, tú vas a inventar algo algún día.
” Esa frase susurrada en una tarde de Viena en 1919 atravesó dos guerras mundiales, un matrimonio violento, una huida a través de Europa, 40 años de Hollywood, 15 operaciones estéticas, una decadencia humillante, dos detenciones y, finalmente, un sillón en Florida. Esa frase la atravesó todo y al final esa frase se cumplió. El padre tenía razón.
Hey inventó algo, solo que el mundo tardó casi un siglo en darse cuenta. 14 años después de su muerte, en 2014, Eddie Lammer es nombrada póstumamente miembro del National Inventors Hall of Fame en Estados Unidos. Es uno de los honores más altos que se le pueden otorgar a un inventor estadounidense. En la ceremonia, Anthony Loder pronuncia un discurso corto.
Termina diciendo con la voz entrecortada, “Mi madre habría querido decirles a las niñas pequeñas que están escuchando, si alguien les dice que son bonitas, no se conformen, sean también brillantes.” Y si alguien intenta convencerlas de que ser brillante y ser bonita son cosas incompatibles, sepan que mi madre demostró lo contrario y pagó por ello toda su vida, pero lo demostró.
All the and plas. En el año 2015, el 9 de noviembre, día en que Hiriy Lamar habría cumplido 101 años, Google le rindió homenaje con un doodle interactivo en su página de inicio. El doodle apareció en 70 países, mostraba escenas animadas de su vida. La niña bienesa con la caja de música, la actriz huyendo del castillo de Mandle, la inventora dibujando esquemas en la cocina de Hollywood, la anciana sola en Florida.
Millones de personas hicieron click en él y por primera vez en la historia, una generación entera de jóvenes niños, adolescentes, estudiantes universitarios, descubrió en un mismo día que la mujer que había inventado la base técnica del Wi-Fi de sus celulares era esa actriz olvidada de las películas en blanco y negro de sus abuelas.
En 2017, un documental titulado Bombshell, The Hey Lammer Story se estrena en festivales internacionales. El documental dirigido por Alexandra Dean reúne grabaciones de audio que Jedy había hecho en sus últimos años hablando sola en su apartamento de Florida. En una de esas grabaciones conservada en los archivos privados de su familia, Hey dice algo que resume probablemente toda su vida.
Dice, “Cualquier muchacha puede ser glamorosa, lo único que tiene que hacer es quedarse quieta y parecer estúpida.” Esa frase, dicha con ironía amarga, encierra todo el dolor de una vida en la que su belleza fue siempre una pared entre ella y el resto del mundo. Una pared que la separaba del respeto, una pared que la separaba del reconocimiento, una pared que la separaba sobre todo de ser escuchada.
Hey Lamar fue muchas cosas, fue una niña bienesa, fue una actriz escandalosa, fue una esposa prisionera, fue una refugiada que huyó disfrazada de sirvienta. Fue una estrella de Hollywood, fue una madre imperfecta. Fue una mujer que se operó hasta perderse. Fue una anciana sola, pero por encima de todo eso fue una inventora.
Una inventora que la Marina rechazó. Una inventora que Hollywood ignoró. una inventora que el siglo XX casi no quiso reconocer. Y al final, después de muerta, después de las cenizas, después de los bosques de Viena, el siglo XXI empezó a hacer lo único que se podía hacer. Empezó a escucharla. Cada vez que alguien se conecta a una red inalámbrica, Heyil Lamar habla.
Cada vez que una llamada salta de antena en antena, Hey Lamar habla. Cada vez que un satélite transmite datos a través de frecuencias cambiantes, Hey Lamar habla y la voz que nadie quiso oír cuando ella estaba viva, ahora se oye sin parar en cada rincón del planeta. Hay una pregunta que queda al final de esta historia.
Una pregunta que quizás cada uno tiene que hacerse en silencio. Si nosotros hoy hubiéramos podido sentarnos al lado de Jedy en aquel sillón silencioso de Castleberry, esa tarde del 19 de enero del año 2000, si hubiéramos podido entrar en su salón con una taza de té caliente y mirarla a los ojos, antes de que esos ojos se cerraran para siempre, ¿qué le habríamos dicho? ¿Le habríamos dicho que su patente había sobrevivido? Le habríamos dicho que millones de personas en ese mismo momento estaban usando su tecnología sin saberlo. Le habríamos
dicho que las niñas pequeñas del mundo dentro de unas décadas iban a escuchar su historia y a entender que ser bonita no es renunciar a ser brillante. Le habríamos podido devolver, aunque fuera un poco, todo el respeto que la vida le había negado. Una pregunta sin respuesta, como todas las preguntas que llegan demasiado tarde.
Hedy Lamar murió sola, pero su invento no estará nunca solo porque ese invento está en este momento exacto, en el celular que tienes en la mano, en el wifi al que estás conectado, en el GPS que te trajo hasta dónde estás. Jed está allí susurrando, quizás esa es la justicia más extraña del mundo.
La justicia llegada demasiado tarde, pero llegada al fin. Hay otras historias así, otras mujeres olvidadas detrás del brillo, otras mentes brillantes que el siglo XX prefirió ver como cuerpos. Otras vidas marcadas por la misma soledad luminosa, por el mismo talento ignorado, por la misma promesa que el mundo nunca quiso ver hasta que era demasiado tarde.
Y en la próxima historia que les vamos a contar, vamos a entrar en la vida de otra mujer extraordinaria, una mujer cuya inteligencia también fue silenciada bajo el peso de su apariencia. Una mujer cuya muerte también encierra preguntas que la historia todavía intenta responder. Una mujer cuyo nombre también brilla todavía en los archivos, aunque nadie haya querido escuchar verdaderamente lo que tenía que decir.
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