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Hedy Lamarr: La Mujer Más Bella del Mundo… que Murió Sola y Pobre

Y la niña secretamente comprende mejor que la mayoría de los adultos cómo se mueven los engranajes del mundo. A los 5 años, según una anécdota que la propia Hey contaría décadas después, en una entrevista privada, desmonta una caja de música suiza que su padre había traído de lucerna.

La desmonta entera, examina cada pieza y la vuelve a armar tornillo por tornillo hasta que vuelve a sonar perfectamente. Su madre, al descubrir lo que había hecho, casi le pega una bofetada por miedo a haber roto un objeto carísimo. Su padre, en cambio, se ríe y le dice, “Hey, no eres una niña normal. Tú vas a inventar algo algún día.

” Esa frase la lleva consigo toda la vida, la lleva incluso a los 80 años, la lleva cuando muere. Había otra historia que su padre contaba a veces en familia cuando Jedy ya era adolescente. Cuando ella tenía 7 años durante un verano en los Alpes Austriíacos, Jedy se había quedado mirando durante horas el funcionamiento de una pequeña presa hidroeléctrica del pueblo, donde estaban de vacaciones.

Había hecho preguntas técnicas al ingeniero que la mantenía. Había dibujado esquemas en una libreta. Había hecho cálculos aproximativos. Al final, el ingeniero le había dicho a Emil Kisler, “Su hija tiene cabeza de ingeniera, no de niña.” Esa frase había hecho llorar al padre de orgullo esa noche en privado.

Pero la madre, al saberlo había suspirado y había dicho una sola cosa, que Dios no nos castigue por eso. Pero hay un problema. En la Viena de los años 20, una niña judía con cara de princesa y cerebro de ingeniero no tiene espacio para desarrollarse. La sociedad espera de ella una sola cosa. Que crezca para ser hermosa, que aprenda piano, que hable francés, que cocine algo decente, que se case con un buen partido y que tenga hijos.

Nadie le pregunta qué quiere ser. Nadie le pregunta qué le interesa. La inteligencia en una niña en aquel mundo era una rareza incómoda, algo de lo que no se hablaba en voz alta. Yyy, lentamente aprende a esconderla. Aprende a sonreír cuando los adultos le hablan como a una muñeca. Aprende a fingir aburrimiento cuando escucha conversaciones técnicas.

Aprende a leer en secreto en su cuarto libros que ninguna niña de su edad lee. A los 10 años ya ha leído a Gote, a los 12 a Schopenhauer. A los 14 está fascinada por la electricidad, por los principios de la radio, por los descubrimientos de un joven austríaco llamado Erwin Schrodinger, del que apenas se habla todavía en los periódicos.

Pero su belleza ya empieza a llamar la atención. A los 14 años, Hey Kisler ya tiene los rasgos que años después harán temblar a Hollywood. La frente alta y blanca, los pómulos esculpidos, la boca pequeña y rosada, los ojos verdes profundos, casi negros bajo cierta luz, y unas cejas naturalmente arqueadas como dos pinceladas chinas.

Sus profesores se quedan mudos cuando la ven entrar en clase. Los amigos de su padre la miran demasiado. Los hombres en la calle la siguen con la mirada y ella a los 14 años ya entiende algo importante. Ese rostro va a ser una bendición y va a ser una condena. A los 15 años, sin decirle nada a sus padres, falsifica una nota de excusa escolar y se va a los estudios cinematográficos Sasha Film en las afueras de Viena.

Quiere ver cómo se hace una película. Le tiembla la voz cuando le dice al guardia que viene a una audición. El guardia, divertido, le abre la puerta. Esa misma tarde, sin haber actuado nunca, le ofrecen un pequeño papel en una película muda. Cuando su padre lo descubre, no la regaña. Le pregunta una sola cosa. ¿Estás segura, Hiriy? Ella dice que sí y él, contra la opinión de su madre, que llora durante días, le permite seguir.

A los 16 años ya ha actuado en dos películas, a los 17 en cuatro. Y entonces, en 1932 llega la oferta que va a cambiarlo todo y a destrozarlo todo. Un director checoslovaco llamado Gustav Machatí está preparando una película arriesgada, una película que se va a llamar Éxtasis, una película sobre una mujer joven casada con un hombre mayor impotente que descubre el amor con un joven amante en plena naturaleza.

Una película que va a tener esto era inaudito para 1933, una escena de desnudo total femenino y otra escena todavía más inaudita en la que se ve por primera vez en la historia del cine el rostro de una mujer durante un orgasmo. Sin cortes en primer plano durante segundos enteros. Machatí busca a una actriz desconocida, joven, hermosa, sin pudor y dispuesta a hacer historia. Le presentan a Hey Kisler.

Hey tiene 18 años recién cumplidos. Le explican el papel, le explican las escenas comprometidas. Le dicen que va a ser un escándalo, le dicen que también puede ser un triunfo. Hey firma. Sus padres no saben nada hasta que la película se estrena en febrero de 1933. en Praga. Cuando su padre lee la primera crítica en un periódico, bien es una crítica que habla de escenas obscenas y de la perdición de una joven austríaca se desploma en el sillón del salón sin decir una palabra y se queda media hora mirando la alfombra. Su madre llora

durante tres días seguidos. Los rabinos del barrio condenan la película. Los vecinos dejan de saludarlos. La Iglesia Católica la prohíbe en Italia, en Polonia, en Austria. El Papa Pío X la denuncia personalmente en una declaración pública y en una pequeña casa de campo en las montañas austriacas.

Un hombre de mediana edad llamado Adolf Hitler, todavía no fer, todavía solo canciller, manda prohibir la película en toda Alemania por decadencia moral judeo bolchevique. Y en otra mansión, en el norte de Italia, un hombre llamado Benito Mussolini ve la película tres veces seguidas en su sala privada de cine y al final exclama, según los testigos, esta muchacha tiene que estar en mi cama.

Hey en esos mes de 1933, en mitad del escándalo, se encierra en su cuarto durante semanas. No quiere salir, no quiere ver a nadie. Lee los periódicos en silencio, lee los insultos, lee las cartas anónimas que empiezan a llegar a la casa familiar. Algunas amenazadoras, otras simplemente humillantes.

Una carta escrita con una caligrafía elegante le sugiere que se suicide para preservar el honor de su familia. Eddie la guarda durante años. Nunca cuenta a nadie por qué décadas después, en una entrevista grabada en Florida, dirá, “Esa carta fue la primera vez que entendí que el mundo te puede odiar por ser tú misma.” Y esa lección no se olvida nunca.

Pero el hombre que de verdad va a cambiar la vida de Hiriy esa primavera no es ni Hitler ni Mussolini. Es un austríaco de 34 años, un industrial, un fabricante de armas y se llama Friedrich Mandle. Mandel es uno de los hombres más ricos del Imperio Austrohúngngaro en su fase final. heredero de la fábrica Hurtenberger Patron and Fabric, especializada en municiones, granadas y sistemas de armamento.

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