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Padre soltero halla a policía gravemente herida: lo que él y su perro hicieron sorprendió a todos

El perro no obedeció. Bajó por el sendero entre zarzas, olfateando el aire con urgencia. Álvaro resbaló dos veces, se manchó los vaqueros y casi perdió la linterna. Detrás, en su casa, la puerta se cerró con llave. No sabía si Sara se había marchado o seguía allí intentando convencer a Lucía. No podía pensar en eso. Si pensaba en eso, volvería corriendo.

Y el ladrido de Niebla no era un ladrido cualquiera.

Era una llamada.

Al llegar a la curva de la cantera, Álvaro vio primero las marcas de neumático. Dos líneas negras, violentas, sobre el barro. Después, una valla rota. Más allá, entre matorrales aplastados, brillaba algo azul.

Un coche.

No, un coche patrulla.

Estaba medio volcado contra unas rocas, con el capó hundido y la puerta del conductor abierta como una mandíbula rota. Las luces parpadeaban sin sirena, bañando el bosque en destellos azules.

—Madre mía…

Álvaro bajó con cuidado.

—¡Hola! ¿Me oye alguien?

Nadie contestó.

Niebla no fue hacia el coche. Corrió hacia la parte baja del barranco, donde el agua de lluvia formaba un reguero rojizo entre las piedras.

Álvaro sintió un frío terrible en la nuca.

—¡Niebla!

El perro se detuvo junto a un cuerpo.

Era una mujer. Uniforme oscuro. Cabello pegado a la cara. Una mano bajo el pecho. La otra extendida hacia el vacío, como si hubiera intentado arrastrarse.

Álvaro se arrodilló en el barro.

—Señora, ¿me oye?

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