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El pecado original en el pasillo de embutidos

Parte 1: El pecado original en el pasillo de embutidos

La mañana del domingo en el barrio de Chamberí no presagiaba, ni de lejos, que el orden constitucional de la gastronomía española estuviera a punto de saltar por los aires. Alberto, un tipo que se consideraba a sí mismo un “espíritu libre de los fogones” —término que suele usar la gente que no sabe distinguir el pimentón de la Vera del serrín—, se despertó con una misión. No era una misión cualquiera. Aquel domingo le tocaba a él organizar la comida con el grupo de amigos de siempre, esos que llevan juntos desde la facultad y que han sobrevivido a rupturas, mudanzas y hasta a un intento fallido de montar una criptomoneda basada en el precio de la caña de Mahou.

Alberto se plantó en el supermercado con una confianza que solo da la ignorancia más absoluta. Llevaba en mente la paella. Pero no una paella cualquiera. Él quería “darle un toque”. Porque, según él, la cocina tradicional española pecaba de ser un poco rígida, un poco “de museo”. Y ahí estaba él, frente a la nevera de los precocinados y embutidos, mirando un paquete de chorizo asturiano de esos que sueltan grasa solo con mirarlos. Una voz en su cabeza, probablemente la de su abuela valenciana que en paz descanse, debió de gritarle desde el más allá, pero Alberto estaba demasiado ocupado pensando en el “contraste de sabores”.

— Si es que el arroz es como una esponja —se decía a sí mismo mientras echaba el chorizo al carro con una sonrisa de villano de opereta—. El arroz se lo traga todo. Y el chorizo… el chorizo es alegría. ¿Quién puede estar en contra de la alegría?

Llegó a casa y empezó el ritual. Sacó la paella —el recipiente, que Alberto llamaba “paellera” ante el horror de sus amigos valencianos— y la puso sobre el fuego. La cocina empezó a llenarse de ese olor a sofrito que es el himno nacional de los domingos. Pero entonces, ocurrió el sacrilegio. Alberto cortó el chorizo en rodajas generosas, casi desafiantes, y las lanzó al aceite caliente. El chisporroteo sonó como un aviso de la Guardia Civil. El aceite se tiñó de un rojo anaranjado, radioactivo, casi amenazante. Aquello ya no era un sofrito, era una zona catastrófica.

A eso de las dos de la tarde, sonó el timbre. El primero en llegar fue Borja. Borja no es una persona, es un tribunal de la Inquisición con zapatillas de marca. Es valenciano de tres generaciones, de los que creen que si no usas agua del Turia y le hablas al arroz en valenciano antiguo, lo que estás haciendo es un insulto a la humanidad. Borja entró en el piso con esa alegría forzada de quien sabe que va a beber vino gratis, pero se detuvo en seco a tres metros de la cocina.

— Alberto… —dijo Borja, olisqueando el aire como un sabueso que detecta un cargamento de sustancias ilícitas—. ¿Qué es ese olor?

— ¿Olor? Olor a gloria, Borja. Pasa, hombre, que ya casi está el sofrito —respondió Alberto con una calma que rozaba la psicopatía.

— Huele a… huele a grasa de la buena. Demasiado buena. Huele a algo que no debería estar en una paella. Huele a… ¿matanza?

Borja se acercó a la cocina con pasos lentos, como si se aproximara a una bomba de relojería. Se asomó a la paella y sus ojos se abrieron tanto que casi se le caen las gafas dentro del arroz. Ahí estaban. Flotando entre el tomate y el pimiento, las rodajas de chorizo reían con crueldad, soltando su pringue roja sobre los granos de arroz que, inocentes, empezaban a absorber el pecado.

— ¿Qué has hecho, Alberto? —la voz de Borja era un susurro quebrado, el tipo de voz que se usa en los funerales de Estado.

— Pues una paella, tío. Con su fundamento. He pensado que le faltaba un poco de “punch”.

— ¿Punch? —Borja se llevó las manos a la cabeza—. ¡Has cometido un atentado terrorista gastronómico! ¡Esto es una declaración de guerra!

Alberto se encogió de hombros y removió el arroz con una cuchara de madera, extendiendo la mancha roja por toda la superficie. Para él, aquello era arte moderno. Para Borja, era el fin de la civilización occidental tal y como la conocíamos. Y lo peor estaba por llegar, porque el resto de la pandilla estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta.


Parte 2: El conflicto diplomático de la sobremesa

A medida que el resto de los invitados cruzaba la puerta, la tensión en el salón de Alberto se podía cortar con un cuchillo jamonero. Elena y Javi llegaron cargados con un par de botellas de vino blanco, con la ilusión de quien espera una comida marinera ligera y refrescante. No sabían que lo que les esperaba era una ración doble de colesterol y conflicto social.

— ¡Hola chicos! Menudo olorcito —dijo Elena, dejando las botellas sobre la mesa—. Aunque… ¿es mi nariz o huele un poco fuerte para ser solo marisco?

— No es tu nariz, Elena. Es el fin de la diplomacia —sentenció Borja, que seguía de pie junto a la ventana, mirando al vacío como si estuviera procesando un trauma infantil.

— ¿Qué pasa? —preguntó Javi, extrañado—. ¿Se ha quemado el socarrat?

— Ojalá se hubiera quemado —respondió Borja, señalando con un dedo tembloroso hacia la cocina—. Alberto ha decidido que la receta de mil años de historia necesitaba una actualización de “influencer” de extrarradio. Ha puesto chorizo. En la paella.

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