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Niña le Dio sus Ahorros a un Soldado que Lloraba… 20 Años Después un General la Buscó

 Su papá había muerto cuando Lucía tenía 4 años en un accidente  con un camión de carga y desde entonces eran ellas dos contra el mundo, contra la renta,  contra el hambre, que a veces tocaba la puerta sin avisar. Lucía no sabía de carencias  porque su mamá tenía esa habilidad rara de las madres pobres, esa de hacer fiesta con un plato de frijoles  y un pedazo de queso seco.

 Pero Lucía sí sabía de sueños y su sueño tenía nombre, tenía cara,  tenía vestido azul. Era una muñeca que estaba en la vidriera de Doña Esperanza, la dueña de la única tienda del pueblo. Una muñeca de los conjos que cerraban cuando se acostaba y abrían cuando se levantaba. Lucía pasaba por esa vidriera todos los días camino a la escuela y se quedaba parada un rato largo mirándola con la nariz pegada al  vidrio frío.

 Doña Remedios le dio un frasquito de vidrio con tapa de metal y le dijo, “Mija, si quiere esa muñeca, ahorre. Cada moneda que le sobre, cada centavito, métalo aquí. Diosito, ayuda al que se ayuda. Y Lucía empezó a guardar una moneda que se encontró barriendo el patio, otra que le dio el padrino el día de su santo, un billete  chiquito que ganó vendiendo limones con su mamá en el mercado de los sábados.

 8 meses llevaba  juntando, 8 meses de no comprar dulces en el recreo, 8 meses de mirar la muñeca y decirle bajito, “Ya casi ya mero  voy por ti.” Aquella mañana de septiembre, Lucía iba al mandado con el frasquito en la bolsa de manta. Su mamá la había mandado por sal y por un manojo de cilantro y ella iba contenta porque pensaba aprovechar el viaje para pasar por la vidriera y contarle  a la muñeca que ya casi tenía completo el dinero.

 El sol apenas se asomaba entre las casas, el aire  olía a tortilla recién hecha y a café de olla y a leña mojada. Y entonces, al pasar por la plaza del pueblo, lo vio.  Estaba sentado en una banca de hierro pintada de verde debajo del laurel grande. Un soldado joven no tendría más de 22 años con el uniforme polvoso y la mochila tirada a los pies como bulto  sin dueño.

Tenía la cabeza entre las manos y los hombros. Le temblaban con ese temblor callado de los hombres que aprendieron desde niños que llorar fuerte no se hace. Lucía se paró en seco. Los niños tienen esa cosa de no entender  los protocolos de los grandes, esa cosa de acercarse cuando los adultos se alejarían.

 Se acercó despacio y se quedó parada frente a él. El soldado tardó en notarla. Cuando levantó la cara, Lucía vio unos ojos rojos hinchados y una barba de tres días y una pena  que no le cabía en la cara. Y sin pensarlo, sin medirlo, sin calcular nada, metió la mano en su bolsa, sacó el frasquito,  lo destapó y le ofreció todo lo que tenía adentro.

 ¿Por qué lloras, señor soldado? Tome, son mis ahorros para una  muñeca, pero usted los necesita más. El soldado se llamaba Mateo Salvatierra y aquella mañana iba camino al cuartel después de enterrar a su madre. Había llegado dos días antes con permiso de emergencia. Había alcanzado a despedirse. Había ayudado a cargar el cajón hasta el panteón con sus propias manos y ahora regresaba con la orden de incorporarse a una misión en la frontera.

 Una de esas misiones de las que no se hablaba mucho y de las que no todos volvían. No tenía padre, no tenía hermanos, no tenía  esposa ni hijos. Su madre era todo lo que tenía en el mundo y su madre acababa de quedar bajo 2 metros de tierra fresca. Por eso lloraba en aquella banca, porque por primera vez en su vida estaba completamente solo  y porque sentía que ya no le importaba volver de dónde lo mandaran.

 Y entonces apareció esa niña con un frasquito. Mateo recibió las monedas con la mano que le temblaba, las apretó en el puño hasta que los nudillos se le pusieron blancos. miró a Lucía y le preguntó con la voz quebrada, “¿Cómo te llamas, mi hija?” Lucía Hernández, para servirle. “¿Y tu mamá sabe que andas regalando tus ahorros?” Lucía se encogió de hombros con esa naturalidad de los niños que no saben que  están haciendo algo grande.

Mi mamá dice que cuando uno ve a alguien triste,  uno tiene que hacer algo. Usted está triste. Mateo se rió y lloró al mismo tiempo.  Esa risa rota que sale cuando el alma no sabe qué hacer con tanto sentimiento junto.  Sacó de su mochila una libretita y un lápiz mocho  y le pidió a Lucía que le anotara ahí su nombre.

 y el nombre del pueblo. Ella lo hizo con su letra de niña aplicada despacio, cuidando cada letra como si estuviera en el cuaderno de la escuela. Después,  Mateo le tomó las dos manos chiquitas entre las suyas, grandes y callosas, y le dijo algo que Lucía no entendió en ese momento, pero que se le quedó grabado para siempre.

 Mi hija,  estas monedas no las voy a gastar, las voy a llevar conmigo a donde vaya. Y un día, si Diosito me presta vida, voy a volver y le voy a comprar a usted  la muñeca más bonita que haya visto en su vida. Se lo juro por mi madre, que apenas enterré ayer. Lucía no supo que responder, solo asintió con la cabeza.

 El soldado se levantó, se acomodó la mochila, le dio un beso en la frente que olía  a sudor y a tabaco, y se fue caminando hacia la carretera donde lo esperaba el camión militar.  Lucía se quedó parada en la plaza con el frasco vacío en la mano y una sensación rara en el pecho. Esa sensación que dejan las cosas importantes cuando pasan y uno todavía no sabe que son importantes.

 Cuando llegó a su casa sin la sal y sin  el cilantro, doña Remedios la regañó tantito. Lucía le contó lo que había pasado sin adornos. Su mamá se quedó callada un momento largo. Después se sentó en la silla  del comedor, se cubrió la cara con el delantal y se puso a llorar bajito. Hija de mi alma, eso que hizo  vale más que todas las muñecas del mundo. Diosito la vio, mija.

 Diosito siempre ve. Pasaron los años como pasan los años en los pueblos chicos, sin prisa y sin aviso. Lucía creció.  La muñeca de la vidriera la compró otra niña y Lucía se acostumbró a no soñar con cosas de Loza. Soñó con cosas más grandes, con terminar la primaria, con terminar la secundaria, con ser maestra como la señorita Adela que le había enseñado a leer juntando las letras.

Pero la vida tiene sus maneras de cobrar el paso. Doña Remedios se enfermó de los pulmones cuando Lucía tenía 14 años. 3 años de tratamientos a medias, de medicinas  que no alcanzaban, de noches en vela con un trapo húmedo en la frente de la enferma, Lucía dejó la escuela para cuidarla.

 A los 17 enterró a su mamá en el mismo panteón donde  habían enterrado al soldado un cuarto de siglo atrás. Quedó sola en la casa de adobe con el patio de tierra y dos  gallinas viejas que ya casi no ponían. Se puso a lavar ropa ajena, igual  que había hecho su mamá. Después se fue de muchacha de servicio a la cabecera municipal,  a casa de unos señores que la trataban bien, pero que pagaban poco.

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