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El Arte del “Mensaje Borrado” (o cómo cavar tu propia tumba en un sofá de IKEA)

Parte 1: El Arte del “Mensaje Borrado” (o cómo cavar tu propia tumba en un sofá de IKEA)

La luz del salón tenía ese tono mortecino de las ocho de la tarde de un martes cualquiera en Madrid, cuando el cansancio acumulado se mezcla con el olor a suavizante de la ropa tendida y el runrún lejano del tráfico de la M-30. Sergio estaba repantingado en el sofá, con la mirada perdida en un anuncio de detergente, mientras acariciaba distraídamente el borde de su móvil. Era un gesto mecánico, casi zen, hasta que el dispositivo vibró con esa intensidad característica de quien tiene algo urgente que decir.

A su lado, Lucía no le quitaba ojo. Lucía tenía ese radar especial, una especie de sexto sentido desarrollado tras seis años de convivencia que le permitía detectar un cambio en la frecuencia cardíaca de Sergio a tres metros de distancia. Ella no estaba mirando la tele; estaba analizando la trayectoria del pulgar de su novio.

—¿Quién es? —preguntó ella, con una naturalidad que habría envidiado cualquier agente del CNI.

Sergio no respondió de inmediato. Sus dedos volaron sobre el cristal. Taca-taca-taca. Un segundo de duda. Y luego, el movimiento definitivo: deslizar, pulsar, confirmar. Borrar.

—Nadie, un grupo del curro —dijo él, dejando el móvil sobre la mesa de centro con una parsimonia excesiva, como si estuviera depositando una bomba de relojería que esperaba que no hiciera “tic”.

Lucía arqueó una ceja. No era una ceja cualquiera; era la ceja de la fiscalía del Estado.

—Has borrado el mensaje, Sergio. He visto el cartelito de “Mensaje eliminado” desde aquí. Y eso que no llevo las lentillas puestas.

—¿Qué dices? No he borrado nada —mintió él, sintiendo de repente que el cuello de su camiseta de algodón le apretaba como si fuera de lana virgen en pleno agosto sevillano.

—Sergio, por el amor de Dios, que nos conocemos. El brillo de la pantalla te ha delatado. Se ha puesto todo azul, luego has hecho un gesto raro con la muñeca y ¡pum!, espacio en blanco. ¿Por qué has borrado el mensaje?

—No era importante, de verdad. Era una tontería de Javi, ya sabes cómo es de pesado con los memes de cuñados —replicó Sergio, intentando que su voz no subiera de octava. Pero ya era tarde. El motor de la sospecha se había puesto en marcha y no había gasolinera cerca para parar aquel desastre.

—Si no era importante, ¿por qué lo borras? Lo importante se guarda, lo normal se deja, pero lo que se borra… lo que se borra es porque quema, Sergio. Porque tiene dinamita. Porque si yo lo leo, se lía la de Dios es Cristo.

Sergio soltó un suspiro largo, de esos que buscan ganar tiempo mientras el cerebro trabaja a tres mil revoluciones por minuto buscando una salida digna. El problema de Sergio no era la infidelidad —era demasiado vago para gestionar dos vidas paralelas, apenas podía con la suya propia—, sino su absoluta incapacidad para gestionar el drama preventivo de Lucía.

—Mira, Lucía, no empecemos. Ha sido un acto reflejo. Javi ha puesto una burrada, me ha dado cosa que la vieras, me entrara el agobio de explicarte el contexto y lo he borrado. Fin de la historia. ¿Podemos ver la serie ya? Que nos quedan tres capítulos para saber quién es el asesino y me estoy haciendo spoiler yo solo con Twitter.

—Ah, ¿entonces ahora resulta que me proteges? —Lucía se incorporó, dejando el cuenco de palomitas en el brazo del sofá con una precisión militar—. Me proteges de la ordinariez de Javi. Qué caballero. Qué detalle. El problema es que te he visto la cara, chaval. Te has asustado. Se te han puesto los ojos como platos de postre.

—No me he asustado. Me he… sorprendido. Es distinto.

—Sergio, que te ha dado un parraque. Te has puesto más blanco que el fondo del mensaje que acabas de eliminar. ¿Por qué te has asustado si solo era un meme de Javi? ¿Es que Javi ahora manda fotos tuyas en situaciones comprometidas? ¿Es que habéis montado un negocio de criptomonedas ilegal? ¿O es que el mensaje no era de Javi?

—Era de Javi. Te lo juro por la cobertura de este móvil —Sergio se llevó la mano al pecho, tratando de imprimirle épica a su defensa.

—Enséñame el chat.

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