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“¡MILLONARIO LLEGA SIN AVISAR Y SORPRENDE CON ALGO INCREÍBLE A LA HORA DE LA COMIDA!”.

 Frente a ellas, Marisol,  su empleada de planta, servía arroz de una olla grande con una cuchara de metal. Parecía tan concentrada en no derramar nada que no lo escuchó llegar. Rodrigo parpadeó dos veces, como si al abrir de nuevo los ojos la escena fuera a desaparecer. Pero ahí estaban cuatro niñas, su mesa, su casa.

 Marisol se dio cuenta de su presencia cuando una de las niñas lo señaló con la cuchara. La joven se volteó con una expresión que pasó de la sorpresa al susto y luego a una especie de resignación. “Señor Rodrigo, no sabía que iba a venir a esta hora”, dijo rápido, limpiándose las manos con el mandil que siempre usaba.

 Yo le puedo explicar qué es esto. Fue lo único que él logró decir. Su voz salió más fuerte de lo que esperaba. Las niñas lo miraron al mismo tiempo. Sus ojos eran grandes, cafés, brillantes, y aunque ninguna habló, una de ellas se encogió un poco, como si temiera que la fueran a regañar. Marisol se acercó a él bajando la voz.

Hace unas horas, apenas se había ido usted, llegó una mujer, tocó la puerta, tenía a las niñas con ella, me dijo que eran hijas suyas y que tenía que entregárselas. Y después se fue, desapareció. Rodrigo se le quedó viendo sin entender cómo que desapareció, quién era, cómo se llamaba. ¿Por qué no llamaste a la policía? Marisol tragó saliva nerviosa.

 Me dejó esta hoja, solo eso. Me pidió que las cuidara, que usted entendería. Rodrigo le arrebató la hoja que ella sacó del bolsillo del mandil. Era una hoja común doblada en tres. Al abrirla leyó con letras temblorosas. Se llaman Luna, Abril, Sol y Clara.  Son hijas de Rodrigo Beltrán. Necesitan un hogar. Él es su padre.

 No tengo más tiempo. Cuídelas. No había firma. No había más datos. Rodrigo cerró la hoja con fuerza. Sentía un calor extraño en la cara, como si estuviera haciendo el ridículo. Miró a las niñas otra vez.  El parecido era molesto, innegable, pero no podía ser. No tenía hijas, nunca las había tenido. Era cuidadoso, siempre lo fue. O eso creía.

¿Y tú les creíste así no más? preguntó sin levantar la voz, pero con una rabia contenida. “No lo sé, señor”, respondió Marisol mordiéndose el labio. La señora se veía muy enferma, muy mal.  Parecía que no podía más. Me rogó. Yo no supe qué hacer. Rodrigo respiró hondo. Dio unos pasos hacia la mesa.

 Las niñas no se movieron. Tenían alrededor de cinco o 6 años. Estaban flaquitas con las mejillas hundidas. Una de ellas tenía un raspón en la frente, otra tenía los tenis rotos. No parecían niñas abandonadas, pero sí se notaba que venían de una situación difícil. Una de ellas, la de Moñito Verde, le habló sin mirarlo directamente.

 “Usted es Rodrigo.” Él no supo qué decir. Asintió con la cabeza. La niña sonrió como si eso le bastara. “Mi mami dijo que usted era bueno,  que aquí íbamos a estar mejor. Rodrigo sintió que algo en su pecho se rompía un poquito. No entendía nada, pero tampoco podía moverse. Tenía los brazos colgando como si le pesaran.

 Marisol se acercó a él bajando aún más la voz. No he llamado a nadie porque pensé que usted tenía derecho a decidir primero. Si quiere, las llevo a un dif o llamo a una patrulla. Pero no creo que hayan venido a hacer daño. Se han portado bien, comieron poquito y dijeron que tenían miedo. Rodrigo no contestó. Volvió a mirar la hoja, luego a las niñas, luego a Marisol y después se frotó la cara con ambas manos.

 “Voy a necesitar saber quién era esa mujer”, murmuró más para sí que para ella. “Y voy a necesitar que nadie más se entere de esto todavía.” Claro, señor.  ¿Les diste de comer? Sí. Comieron sopa y arroz. Iba a servirles un poco de carne, pero no me dio tiempo. Rodrigo  se volvió hacia las niñas. Se obligó a sonreír, aunque fue más una mueca que otra cosa.

 ¿Tienen hambre todavía?, preguntó. Una de ellas levantó la mano.  Las otras tres la imitaron. Marisol regresó a la cocina.  Rodrigo se quedó con ellas. Se sentó en la punta de la mesa como si fuera una junta de negocios y ellas sus socias. Se sintió ridículo. Las niñas lo miraban como si fuera alguien muy importante.

 Él no sabía ni cómo llamarlas. Quiso preguntar sus nombres,  pero se le adelantaron. “Yo soy sol”, dijo la del moñito rojo. “Yo soy abril”, dijo la de moño azul. “Luna,” dijo la tercera, levantando la mano como si pasara lista en la escuela. Clara”, dijo la última con voz bajita. “Okay”, respondió Rodrigo. No pudo decir más.

 No sabía que seguía, solo sabía que su vida sin aviso acababa de cambiar. Rodrigo no pegó un solo ojo en toda la noche. Se quedó sentado en su despacho con la misma hoja doblada sobre el escritorio, viéndola una y otra vez, como si de pronto fuera a revelarle algo más. La caligrafía temblorosa, las frases cortas, el tono urgente, todo le daba vueltas en la cabeza.

 Había algo que no podía quitarse de encima, una sensación rara, como un eco molesto en el pecho que no lo dejaba respirar a gusto. Él no era un hombre fácil de sacudir. Había enfrentado crisis empresariales, amenazas legales, traiciones dentro de su círculo, incluso un secuestro fallido hacía años. Pero esto era otra cosa. Esto lo había agarrado sin defensa.

 A las niñas las escuchó reír un par de veces mientras se bañaban. Marisol había improvisado pijamas con ropa que ella misma les cosió con retazos viejos. Cuando por fin cayó la noche, todo quedó en silencio. El tipo de silencio que no se siente tranquilo, sino tenso. Rodrigo pensó en llamar a alguien, a su abogado, a un detective privado, incluso a su mamá, aunque hacía años que apenas hablaban, pero no lo hizo.

 No quería explicar algo que ni él entendía todavía. Se quedó  ahí, mirando fijamente esa hoja, como si de pronto fuera a responderle. ¿Quién había sido esa mujer que había tocado su puerta y le había dejado a cuatro niñas? ¿Y por qué él? ¿Por qué ahora al día siguiente se levantó antes del amanecer, bajó a la cocina, puso café y se sentó en la barra con el celular en la mano? Buscó en sus contactos antiguos, en fotos guardadas, en mensajes del pasado. Nada.

 El nombre de Valeria no estaba en ninguna parte de su vida digital. Había borrado todo hacía años cuando decidió cerrar esa etapa, pero ahora ese nombre era como una alarma que no dejaba de sonar en su cabeza. Valeria Gómez. Era imposible que fuera ella. ¿O sí? Rodrigo había conocido a Valeria cuando él tenía 26. Fue durante una cena benéfica de esas que a él le parecían aburridas, pero a la que asistía por compromiso.

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