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México dice NO a EE. UU.: Sheinbaum protege la industria nacional con firmeza…

 el ultimátum, o abren las puertas de sus fábricas a inspectores extranjeros o enfrentan aranceles de hasta el 25% sobre el acero y el aluminio. La respuesta de México fue un portazo, no a la violación de nuestra soberanía industrial, no a permitir que inspectores extranjeros auditen nuestras empresas en nuestro propio territorio, no a ser tratados como una provincia en lugar de un socio comercial.

 México calificó esta exigencia como una extralimitación inaceptable de los acuerdos firmados en el TEMEC, el tratado que supuestamente nos une como socios en igualdad de condiciones. Y en el centro de todo esto hay un mecanismo técnico con un nombre que va a escuchar mucho en los próximos días, la regla meltor, fundido y vertido.

 Estados Unidos exige que todo el acero exportado a su mercado sea fundido y moldeado íntegramente en Norteamérica. El argumento oficial es cerrar la puerta trasera al acero chino o ruso que podría entrar triangulando a través de México. Pero lo que Washington realmente quiere no es solo un certificado de origen. Quiere el derecho de entrar a nuestras fábricas, de revisar nuestros procesos, de auditarnos como si fuéramos una colonia, no un socio soberano.

 Quédate hasta el final porque la última pieza lo cambia todo. Pero esta amenaza no surge de la nada. Para entender lo que está pasando, hay que ver la sombra que se proyecta detrás de la Casa Blanca. Estas tácticas de presión comercial, usar la seguridad nacional como garrote para imponer condiciones, no son nuevas.

 Son el sello de fábrica de una doctrina que Donald Trump instaló en el corazón de la política exterior estadounidense. Fue su administración la que desempolvó la sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de 1962. una reliquia de la guerra fría, una herramienta diseñada para tiempos de conflicto armado, ahora reciclada como arma comercial contra aliados y socios.

La administración actual la heredó y en lugar de guardarla la está usando. ¿Por qué? Quizás por la presión de los sindicatos del acero en estados que deciden elecciones, quizás por convicción propia de que el proteccionismo es el camino, pero el resultado es el mismo, una lógica agresiva que no distingue entre rivales y socios y encima de todo eso flota una amenaza mayor.

 La posible vuelta de Donald Trump al poder envenena cada negociación, cada cálculo, cada movimiento. México no está negociando solo con la administración actual, está negociando con la sombra de un hombre cuyas políticas contra México fueron condenadas en todo el mundo y que podría volver a sentarse en el despacho oval. La comunidad internacional lo ve con alarma.

 Países de América Latina que también han sufrido esta diplomacia de presión reconocen en la postura de México algo más que una disputa comercial. ven un acto de resistencia, una línea trazada en la arena. ¿Y qué pasa si Washington decide ignorar esa línea? Lo que México tiene preparado en silencio va a sorprender a más de uno. La primera reacción que importa no viene de los mercados, no viene de los analistas, viene de adentro del poder mexicano.

 Fuentes cercanas al equipo de transición de la presidenta electa Claudia Shainbound confirman que esta postura de firmeza fue consultada directamente con ella. Tiene su respaldo total, sin reservas, sin letra chica. El mensaje que se está enviando al mundo es deliberado. El nuevo gobierno de México no va a comenzar su mandato de rodillas.

La frase que circula en los círculos políticos lo dice todo. Sin libertad no hay concesiones. No es una declaración técnica, es una declaración de principios, una advertencia de que la soberanía no está en la mesa de negociación, ni siquiera cuando al otro lado está el mercado más grande del planeta.

 Internamente, esto se describe como una respuesta ante lo que el propio equipo de transición llama un agresor histórico. No están improvisando, están reconociendo décadas de presiones, intervenciones y condiciones impuestas y decidiendo que esa dinámica termina aquí. Este momento no es solo una respuesta a un ultimátum, es la definición del tono de los próximos 6 años.

 Y mientras Shainbaum ancla la postura política, desde la industria llega una advertencia que Washington debería estar escuchando con mucha más atención de la que le está prestando. La Cámara Nacional de la Industria del Hierro y del Acero, La Canacero, acaba de publicar un comunicado que no deja lugar a interpretaciones. Aplauden la defensa de la soberanía y al mismo tiempo lanzan una advertencia que debería helar la sangre en Washington.

Si estos aranceles se materializan, Estados Unidos no estaría dañando a México, se estaría disparando en el pie. El argumento es demoledor. Un arancel del 25% no debilitaría solo a la industria mexicana, derrumbaría la competitividad de toda la cadena de suministro norteamericana. Y mientras Norteamérica se enfrasca en una pelea interna, los productores de acero de Asia China a la cabeza estarían abriendo champaña.

 Los números ya están sobre la mesa. Un colapso en las negociaciones generaría un daño inmediato de al menos 10 millones de dólares repartidos entre ambas economías. Pero esa cifra fría no captura lo que realmente está en juego. Piénselo así. Un solo componente automotriz, un arnés, un chasí, puede cruzar la frontera entre México y Estados Unidos hasta ocho veces durante su fabricación.

 Se procesa aquí, se envía allá, regresa, vuelve a cruzar ocho veces. Ahora aplique un arancel del 25% en cada cruce. El costo de producción no sube, se dispara a niveles absurdos. Se estima que la competitividad manufacturera de Estados Unidos caería un 15% a nivel global. Los autos ensamblados en Norteamérica se volverían invendibles frente a los asiáticos y europeos.

 Un golpe mortal para un sector que emplea millones de personas en ambos lados de la frontera. Y México va a quedarse viendo cómo pasa todo esto. Lo que el gobierno mexicano tiene preparado en silencio es una jugada que nadie en Washington anticipó. Esto no es una improvisación. No es una reacción emocional, es ajedrez.

 El gobierno mexicano lleva semanas construyendo en silencio una lista de productos estratégicos estadounidenses que serían objeto de aranceles de respuesta si Washington aprieta el gatillo. Una lista diseñada no para dañar a la economía estadounidense en general, sino para golpear exactamente donde más duele políticamente.

 Los productos seleccionados tienen nombre y tienen dirección: maíz, carne de cerdo, manzanas. ¿Por qué esos tres? Porque no son productos cualquiera. Provienen del cinturón agrícola estadounidense los estados que deciden elecciones presidenciales, los estados que ningún político en Washington puede permitirse perder. La lógica es quirúrgica.

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