LA VERDADERA RAZÓN por la que CHÁVEZ SE DEJÓ GANAR por DE LA HOYA y que han OCULTADO más de 30 AÑOS
El 7 de junio de 1996, en el Caesar Palace de Las Vegas, hubo una pelea de box que partió a México en dos, no a la mitad exacta. La fisura fue más complicada que eso, más irregular, del tipo de grieta que aparece en una pared cuando el edificio se asienta y que nadie sabe bien cómo reparar, porque para repararla primero hay que entender de dónde viene.
La pelea fue entre Julio César Chávez y Óscar de la Ol, dos mexicanos. Bueno, ahí estaba el problema. Esa frase, dos mexicanos, era exactamente lo que hacía la grieta tan difícil de explicar, porque los dos tenían apellido mexicano, los dos hablaban español, los dos venían de familias que habían cruzado la misma frontera, aunque en generaciones diferentes.
Y sin embargo, para los mexicanos de México, solo uno de los dos era mexicano de verdad. El otro era el pocho. Esa palabra pocho. Si usted creció en México, sabe exactamente lo que significa y lo que carga. Si creció en los Estados Unidos de padres mexicanos, probablemente la escuchó dirigida a usted en algún momento y sabe lo que duele.
[música] Y si nunca la escuchó en ninguno de los dos contextos, le cuento. Es la palabra que México usa para los mexicanos que crecieron al otro lado, que hablan inglés mejor que español, que se americanizaron en maneras que el México de adentro no termina de perdonar, aunque entienda perfectamente por qué pasó. Óscar de la olla era el Pocho, nacido en Los Ángeles en 1973, hijo de Joel de la Olaya que había emigrado desde Durango, nieto de Vicente de la Hoya que había emigrado antes, una familia mexicana en California desde hace dos generaciones, con todo lo que
eso implica. El español en casa, pero el inglés en la escuela y en el trabajo y en la televisión. Los tamales de Navidad, pero los hot dogs en el partido de béisbol. la bandera mexicana en la sala y el pasaporte americano en el cajón. de la Holly habló de esto muchas veces a lo largo de su carrera, de crecer en ese espacio intermedio donde México te dice que ya no eres suficientemente mexicano y Estados Unidos te dice que nunca vas a ser suficientemente americano, donde uno aprende a moverse entre los dos mundos
con la habilidad del que no tiene otra opción, pero que tampoco termina de pertenecer del todo a ninguno. ganó el oro olímpico en Barcelona 1992, representando a los Estados Unidos. Eso fue lo que lo puso en el mapa del boxeo mundial y fue también lo que complicó su relación con México de maneras que duraron toda su carrera.
Representó a Estados Unidos con el apellido de la olla y la cara de su abuelo duranguense, representó al país del norte en los Juegos Olímpicos. Para los mexicanos de México, eso tenía una lectura muy clara. Había elegido el lado equivocado. Para los mexicoamericanos, los que habían crecido en East Los Ángeles y en los barrios del suroeste, la lectura era diferente. De la olla había nacido ahí.
Tenía el pasaporte americano. Representar a Estados Unidos en los Olímpicos no era una traición, era la realidad de su situación legal y además había ganado el oro. Para la comunidad mexicana en California, ese oro era también suyo, aunque de la olla lo hubiera ganado con el uniforme rojo, blanco y azul.
Esa tensión que existía en el boxeo mexicano desde antes de la pelea con Chávez, pero que nunca había tenido un escenario tan grande donde expresarse, explotó la noche del 7 de junio de 1996 en el Caesar Palace. Pero para entender esa noche, hay que entender primero lo que eran los dos hombres cuando llegaron a ella.
Julio César Chávez en junio de 1996 tenía 33 años. Llevaba 16 años como profesional. Había peleado 97 veces. Tenía 94 victorias y dos derrotas, ambas contra Frankie Randal. Aunque la primera fue revertida años después, [música] cuando se descubrió que Randal había dado positivo en doping. Era tres veces campeón mundial en dos categorías.
El hombre que había llenado el Thomas and Max Center de Las Vegas con mexicanos que gritaban su nombre y que había ganado en los dos últimos segundos del duodécimo round contra Meldrick Taylor, el símbolo el que les había demostrado a los mexicanos de ambos lados de la frontera que Las Vegas podía ser territorio mexicano, pero el Chávez de 1996 ya cargaba con cosas que el Chávez de 1990 no cargaba.
Los años habían pasado de maneras que el boxeo no puede parar. La velocidad de reacción que a los 28 años era suficiente para manejar a los mejores del mundo ya no era exactamente la misma a los 33. Los campamentos de preparación que en los años de gloria habían sido disciplinados y sólidos, habían tenido irregularidades que las personas cercanas a él veían, aunque no siempre lo dijeran en voz alta.
Ramón Félix, su entrenador de toda la vida, el hombre que le había enseñado a pensar la pelea, llevaba 6 años muerto. Y había otras cosas, cosas fuera del ring que las personas cercanas a Chávez mencionaban en voz baja y que él mismo reconoció años después con una honestidad que le da [música] crédito. las adicciones que habían empezado como parte de la vida social del campeón más famoso de México y que con los años habían crecido hasta ocupar más espacio de lo que debían.
El Chávez que subió al Ring esa noche en el Caesar Palace era todavía un hombre peligroso. Seguía siendo capaz de noquear a cualquiera de su categoría con esa derecha que venía desde los ángulos que nadie más producía. Seguía teniendo la resistencia al daño que lo había hecho leyenda. [música] Seguía siendo Chávez, pero ya no era el Chávez de los 2 segundos del Thomas and Max Center.
De la olla al otro lado, tenía 23 años, 27 peleas profesionales, 27 victorias, campeón mundial superligero de la W. Físicamente estaba en el mejor momento de su vida atlética, que en el boxeo generalmente ocurre entre los 21 y los 26 años. La velocidad de sus manos era en ese momento probablemente la mejor que existía en su categoría.
Su movimiento era elegante y eficiente y tenía algo que los boxeadores de su generación raramente tenían. [música] La capacidad de vender de la olla era mediático de una manera que el boxeo no había visto desde Muhammad Ali, guapo, bilingüe, con una historia olímpica que los medios americanos podían contar sin complicaciones culturales. HBO lo amaba.
Las revistas lo ponían en [música] portadas, las mujeres lo seguían con una intensidad que hacía que los eventos donde peleaba tuvieran una demografía diferente a la de las peleas típicas de [música] boxeo. El establishment del boxeo americano lo había construido con cuidado durante 3 años desde Barcelona. Había elegido sus rivales de manera estratégica.
Lo había puesto en televisión con la frecuencia suficiente para construir una base de fanáticos sólida. lo había presentado como el futuro del boxeo, la figura que podía cruzar fronteras demográficas y vender en todos los mercados. Y la pelea con Chávez era el siguiente paso en ese plan, el momento donde de la olla enfrentaba a la leyenda y la vencía, consolidando su estatus de estrella del boxeo americano del nuevo milenio.
Eso era lo que el [música] establishment americano del boxeo quería de esa pelea. Lo que México quería era más complicado. Los mexicanos de México querían que Chávez ganara. Querían que el viejo campeón, [música] el que había llevado la bandera mexicana por las Arenas de Las Vegas durante una década, le demostrara al Pocho que el boxeo mexicano de verdad seguía siendo más fuerte que el boxeo mexicano de segunda generación con pasaporte americano.
Los méxicoamericanos de California y de Texas [música] y de Illinois querían que de la olla ganara. Querían que uno de los suyos, alguien que había crecido en los mismos barrios donde ellos habían crecido con los mismos dos idiomas y las mismas dos identidades, llegara a la cima del boxeo mundial.
Y había también un tercer grupo que raramente se menciona cuando se habla de esta pelea, el grupo de los que querían las dos cosas al mismo tiempo, los que amaban a Chávez, porque Chávez era Chávez, pero que también sentían algo por De la olla, porque De la era también una historia familiar, la del hijo de los que emigraron, que triunfa en el país donde nació.
[música] Los que esa noche en el Caesar Palace no supieron bien para qué lado gritar. Ese [música] tercer grupo es el que hace que la historia de esta pelea sea más complicada y más interesante que la narrativa simple del mexicano contra el Pocho. Las semanas previas a la pelea tuvieron la intensidad de las peleas que van más allá del deporte.
Las conferencias de prensa, donde los dos hombres compartían la misma mesa, tenían una tensión que venía de todo lo que cargaban, no solo de lo que iba a pasar en el ring. Chávez hablaba en español. de la olla respondía en inglés y en español, según quién le estuviera haciendo la pregunta, con una fluidez que irritaba a algunos mexicanos de México, precisamente porque era fluida.
que de la olla pudiera hablar bien español era paradójicamente algo que algunos le reprochaban, como si el español del Pocho sonara diferente, aunque dijera lo mismo. Chávez en las declaraciones que hizo en esas semanas [música] fue más cuidadoso que en otras ocasiones. Los que lo conocían bien notaban que había algo diferente en la manera en que se preparó públicamente para esta pelea.
[música] menos fanfarronada, menos de la seguridad absoluta que había caracterizado sus conferencias de prensa durante una década, no de manera dramática, pero perceptible para los que sabían mirarlo. El día de la pelea, el Caesars Palas Palace era una mezcla que Las Vegas no había visto en esos términos antes.
Mexicanos de México con banderas verdes, blancas y rojas. méxicoamericanos con las mismas banderas, pero a veces mezcladas con algo que indicaba su apoyo a Deoya. americanos blancos que habían llegado por de la olla y que ese día entendieron quizás por primera vez en sus vidas que México no es un solo bloque, sino muchos méxicos con [música] muchas maneras de ver el mismo mundo.
Los dos hombres subieron al ring Chávez primero. La recepción fue lo que siempre había sido cuando Chávez entraba a un ring en Las Vegas, una explosión de un sector de las gradas que hacía que las paredes vibraran, pero esta vez había algo diferente. Había también silencio de otro sector y había un tercer sector que aplaudía sin el fervor de los que tienen todo en juego.
De la olla después, la recepción fue más compleja todavía. Aplausos fuertes de una parte, [música] abucheos de otra y esa mezcla extraña que se produce cuando el público no está seguro de si está viendo a un héroe o a un villano. [música] La campana del primer round sonó y en los primeros 30 segundos quedó claro lo que iba a hacer la noche.
De la olla era más rápido, mucho más rápido. Las manos le salían con una velocidad que Chávez, a los 33 años con 16 de carrera encima, no podía igualar. El jab llegaba limpio, las combinaciones llegaban antes de que Chávez terminara de organizar la respuesta defensiva. El movimiento de Dela era fluido, ligero, el de alguien que está en el mejor momento de su vida física.
Chávez respondió haciendo lo que siempre había hecho, caminando hacia adelante, buscando la distancia corta donde su pegada tenía más peso, intentando meter el cuerpo donde el trabajo al cuerpo podía empezar a acumular daño, pero de la olla no le daba esa distancia. [música] Se movía antes de que Chávez llegara, golpeaba y se alejaba.
Usaba el ring con una eficiencia que hacía que los pasos de Chávez llegaran siempre un momento tarde. El primer round fue de de la olla, el segundo también. El tercero empezó a mostrar algo que los que conocían bien a Chávez habían temido ver, que el corte que de la olla abrió sobre su ojo izquierdo en el segundo round era de los que sangran de maneras que no se detienen entre round y round con el trabajo del Cutman.
El ojo izquierdo de Chávez sangraba. En el cuarto round, con el corte empeorando, el médico del ring hizo lo que los médicos del ring tienen la obligación de hacer cuando ven que la situación puede empeorar, de manera que ponga en riesgo la integridad del peleador. Se acercó al árbitro, revisó el corte y recomendó parar la pelea. La pelea se paró.
De la olla ganó por knockout técnico en el cuarto round. En las gradas del Caesar Palace hubo dos reacciones simultáneas. El sector de de la Oló, el sector de Chávez protestó y ese tercer sector que mencioné antes, el que no sabía bien para qué lado gritar, se quedó en silencio procesando lo que había visto en México esa noche.
La reacción fue la que usted ya puede imaginar si siguió el boxeo en esa época. Los medios cubrieron la derrota de Chávez con la tristeza de los que ven caer a alguien que había sido más que un deportista. Los aficionados de la generación de Chávez, los que lo habían visto desde los 80, los que habían estado en Las Vegas esa noche del Thomas and Max Center, sintieron algo que no tenía nombre preciso, pero que se parecía al fin de una era.
Y los que apoyaban a De la olla, que lo sabía en México, aunque muchos prefirieran no admitirlo en ese momento, guardaron sus opiniones para no meterse en problemas. El debate sobre si la pelea debió haberse parado en el cuarto round duró semanas. El equipo de Chávez reclamó, dijo que el corte era manejable, que Chávez podía haber continuado, que le habían quitado la pelea cuando todavía tenía ocho rounds para dar la vuelta.
De la olla respondió que el resultado en el ring antes del corte ya decía lo suficiente, que iba ganando claramente, que los cartones de los tres rounds anteriores eran inequívocos. Los dos tenían argumentos. Los argumentos de de la [música] olla eran más fuertes, pero los de Chávez eran comprensibles. El boxeo tiene esa ambigüedad cuando se para una pelea por corte.
El resultado oficial dice una cosa [música] y la pregunta de qué habría pasado si hubiera continuado queda sin respuesta. La revancha llegó 17 meses después. En septiembre de 1998. Las condiciones habían cambiado para los dos. Chávez tenía 35 años para entonces, dos años más de carrera encima. El periodo entre las dos peleas no había sido el de alguien que había aprovechado el tiempo para prepararse de manera diferente.
Había seguido siendo Chávez con todo lo que eso implicaba en esa época de su vida, que era menos de lo que había implicado en 1990. de la olla tenía 25 y había tenido sus propias complicaciones en el periodo entre las dos peleas, incluyendo una derrota de puntos ante Pernel Whitaker, que le había dejado algunas preguntas sobre su capacidad de manejar la presión de las peleas largas de 12 rounds.
Esa derrota había inyectado algo de incertidumbre en el relato del campeón invencible que el establishment americano había construido alrededor de él. La revancha tuvo un contexto diferente a la primera pelea. Los dos llegaban con algo que demostrar. De la joya necesitaba confirmar que la primera victoria había sido legítima y que podía repetirla en 12 rounds completos.
Chávez necesitaba demostrar que la primera vez había sido el corte y no el declive. La segunda pelea duró ocho rounds. De la olla ganó por decisión unánime, esta vez sin el corte como variable. Esta vez con 12 rounds disponibles y con el resultado sin ambigüedad de la olla había sido el mejor de los dos durante ocho rounds claros y el médico paró la pelea de nuevo, esta vez también por un corte, pero en un momento donde el resultado ya era suficientemente claro para que la protesta del equipo de Chávez tuviera menos peso, después de esa segunda
pelea, algo que llevaba tiempo siendo visible, se hizo imposible de ignorar. La era de Chávez había terminado. Eso es difícil de decir sobre alguien que había sido durante una década el símbolo más poderoso del boxeo mexicano, que había llenado Las Vegas con banderas tricolores cuando nadie más podía hacerlo, que había ganado en el Thomas andan Max Center con dos segundos de diferencia y había hecho llorar a hombres de 50 años en los bares del este de Los Ángeles.
Pero el tiempo no espera a los símbolos. Chávez siguió peleando después de la segunda derrota ante de la olla. Siguió haciéndolo durante 7 años más, hasta 2005. Tuvo victorias. Tuvo también derrotas contra rivales que en sus mejores años no habrían representado un problema. y finalmente se retiró con un récord que seguía siendo extraordinario en términos históricos, pero que en los últimos años había adquirido la irregularidad de las carreras, que duran más de lo que el cuerpo puede sostener.
[música] De la olla siguió también. Tuvo una carrera larga y rica en victorias y en derrotas importantes. Ganó títulos mundiales en seis categorías diferentes. Perdió peleas que el mundo no esperaba que perdiera contra Shane Mosley, contra Bernard Hopkins, contra Floyd Mayweather. Cada derrota añadió complejidad a la narrativa del boxeador mediático que el establishment americano había construido y que la realidad del ringaba de la manera que se esperaba.
Pero lo que me interesa contarle sobre estas dos peleas y lo que las rodea va más allá de los resultados. Va a lo que la rivalidad Chávez de la Ol dice sobre México, sobre los dos Méxicos que existían en esa arena del Caesar Palace esa noche de junio de 1996 y que siguen existiendo décadas después. El México de adentro y el México de afuera, el que se [música] quedó y el que se fue, el que habla solo español y el que habla los dos, el que tiene el pasaporte verde y el que tiene el pasaporte azul con nombre español adentro. Esa tensión entre los dos
Méxicos [música] es real y es antigua y no la inventó el boxeo. La igración mexicana a Estados Unidos lleva más de un siglo produciendo generaciones de personas que quedan en ese espacio intermedio, que son demasiado mexicanas para que los americanos las traten como americanas y demasiado americanas para que México las trate como mexicanas.
Óscar de la Ol vivió eso toda su vida pública. Cada vez que un periodista mexicano le preguntaba en español y él respondía con fluidez, había algo en los comentarios de esa entrevista que lo señalaba. [música] Si respondía con el español que tenía, que no era el español de México, sino el español de los que aprendieron en casa [música] y luego mezclaron con el inglés de la escuela.
Lo criticaban por el acento o por las palabras que usaba. Si respondía en inglés, la crítica era peor. No había respuesta correcta, porque la pregunta detrás de la pregunta no tenía que ver con el idioma, tenía que ver con la lealtad. con a cuál de los dos mundos le debía más, con si los años en Los Ángeles habían borrado algo de lo que venía de Durango y la respuesta honesta que de la olla fue dando en distintas entrevistas a lo largo de los años era que los dos mundos eran suyos y que no iba a elegir entre ellos, porque elegir
habría sido mentir sobre lo que era. Eso requería una valentía específica, la de declarar que uno existe en el medio sin disculparse por eso. [música] Chávez, por su lado, nunca tuvo que manejar esa tensión de la misma manera. Chávez era de Culiacán, era de [música] México, era el producto más puro de una tradición boxística que venía del interior del [música] país.
No había ambigüedad en su identidad. Eso le daba una solidez que de la olla tenía que construir de otra manera, [música] pero también le daba una ceguera específica, la de los que nunca han tenido que defender su identidad porque nadie se la ha cuestionado, la de los que pueden señalar a los que están en el espacio intermedio y llamarlos pochos, sin entender del todo lo que significa crecer en ese espacio.
La pelea del 7 de junio de 1996 en el Caesar Palace fue donde esas dos maneras de ser mexicano tuvieron que compartir un ring. Y el resultado fue que la manera americanizada, la del Pocho, ganó en el cuarto round con el corte que no se pudo cerrar. México tardó en procesar eso. Algunos no lo procesaron del todo. Todavía hay personas que crecieron en esa época y que cuando hablan de de la olla tienen una reserva que no tienen cuando hablan de otros campeones de su generación.
Una distancia que viene de la pelea con Chávez y que ninguna de las victorias posteriores de Deya pudo deshacerla completamente. Otros sí lo procesaron. Con el tiempo y con la distancia que da el tiempo, entendieron que de la olla era también parte de la historia del boxeo mexicano, aunque hubiera ganado el oro con el uniforme americano.
Que la comunidad mexicana en California tenía derecho a su propio héroe, aunque ese héroe tuviera el pasaporte equivocado para algunos. Y los que siempre lo habían entendido así, los mexicoamericanos que desde el principio vieron en de la olla la historia de sus familias, que esa noche en el Caesar Palace celebraron mientras el sector de Chávez protestaba, siguieron con su vida después de la pelea, sabiendo que habían sido parte de algo importante, [música] aunque no siempre se los reconociera.
Hay algo sobre de la olla que quiero contarle que va más allá de la pelea con Chávez y que creo que [música] es parte esencial de entender quién es este hombre. De la olla usó el dinero y la plataforma que el boxeo le dio para construir algo que muy pocos boxeadores de su generación construyeron. Fundó Golden Boy Promotions en 2002 y se convirtió en uno de los promotores más importantes del boxeo americano de las últimas dos décadas.
La empresa que creó ha promovido algunos de los peleadores más importantes del boxeo moderno, incluyendo a Canelo Álvarez, que es hoy el nombre más grande del boxeo mundial. Esa continuidad es importante. De la olla, el pocho que venció a Chávez en 1996, [música] se convirtió en el hombre que construyó la plataforma sobre la cual el siguiente gran campeón mexicano del boxeo construyó su carrera.
Hay una ironía en eso que dice algo sobre la manera en que las historias continúan, [música] aunque las peleas terminen. El establecimiento americano del boxeo, que lo había construido como el futuro del deporte en los años 90, terminó viéndolo convertirse en parte del poder del boxeo desde el otro lado, desde la silla del promotor.
Y el México, que lo había señalado como pocho, terminó viéndolo como el hombre que llevó a un jaliciense llamado Saúl Álvarez a ser el boxeador más taquillero del planeta. Esas cosas no se planean. ocurren porque la historia del boxeo, como la historia de todo lo demás, es más complicada y más larga que cualquier narrativa que uno pueda construir en el momento en que los hechos están ocurriendo.
Quiero hablarle también de algo sobre Chávez después de las dos derrotas ante de la olla, que dice mucho sobre quién es y sobre lo que México siente por él. Chávez siguió siendo Chávez después de esas derrotas. seguía llenando arenas, seguía generando una reacción en el público mexicano que ningún otro boxeador de su generación podía generar.
Cuando aparecía en eventos de boxeo, cuando se le veía en televisión, cuando alguien mencionaba su nombre en conversación, había algo que se encendía en la gente de cierta edad que ninguna derrota podía apagar. Eso dice algo sobre lo que Chávez había construido durante la década anterior, que iba más allá del récord. Había construido un lugar en la memoria colectiva de una generación que las pérdidas ante de la olla no podían deshacer porque ese lugar no dependía de los resultados.
El Chávez que llenó el Thomas and Max Center en 1990 y el Chávez que perdió en el Caesar’s Palace en 1996 y en 1998 son el mismo hombre y México guarda al primero de una manera que el segundo no borró. Eso es lo que hacen los grandes ídolos cuando lo son de verdad. Construyen algo en la memoria de la gente que sobrevive a las derrotas.
La relación entre Chávez y Deya, después de las dos peleas fue con los años más civilizada de lo que los años del ring podrían haber predicho. Los dos han aparecido juntos en eventos, los dos han hablado del otro con el respeto que se tienen los que se midieron en serio y saben lo que eso cuesta.
Eso también es parte de la historia. Las rivalidades que se construyen sobre tensiones más grandes que los dos individuos, como la de Chávez y de La Consión entre los dos Méxicos detrás, a veces terminan mejor entre los protagonistas que entre los públicos que los usaron como representantes. Los dos hombres pudieron soltar algo que sus respectivos públicos siguieron cargando durante años.
Chávez y de la olla soltaron la rivalidad con el tiempo. Los dos Méxicos que estaban en el Caesar Palace esa noche de junio de 1996 la siguen cargando en algunos aspectos. más suave, más distante. Pero ahí la pregunta de qué significa ser mexicano cuando uno crece en el otro lado sigue siendo una pregunta sin respuesta definitiva.
La pregunta de cuánto de la identidad original sobrevive a dos generaciones en otro país sigue siendo una pregunta que cada familia resuelve a su manera. La pregunta de si el Pocho es menos mexicano que el de adentro sigue siendo una pregunta que México no ha terminado de responder de manera que sea completamente justa para todos los que la viven.
El boxeo no resuelve esas preguntas, las pone en escena, [música] las hace visibles de una manera que el deporte tiene el poder único de hacer, poniendo los cuerpos de dos personas en un ring, donde no hay manera de esconderse detrás de palabras o de argumentos o de posiciones políticas. La noche del 7 de junio de 1996 en el Caesar’s Palace, los dos Méxicos se pusieron en un ring y en el cuarto round, cuando el médico paró la pelea por el corte de Chávez, uno de los dos ganó en términos del resultado oficial.
Pero la pregunta que la pelea planteó siguió sin respuesta y sigue sin ella. Eso es lo que hace que esta historia sea más grande que los cuatro rounds que duró la primera pelea y los ocho que duró la segunda, que plantea algo que el deporte raramente puede plantear con tanta claridad.
La pregunta de quiénes somos cuando el país donde nacemos y el país donde crecemos son países diferentes. Si usted creció en México, esa pregunta tiene una respuesta que le parece obvia. Si creció en California o en Texas o en Illinois de padres mexicanos, tiene una respuesta diferente que también le parece obvia. Y si como yo ha pensado en esto durante años, la respuesta más honesta es que ninguna de las dos respuestas obvias es completamente justa para todos los que viven la pregunta.
Chávez fue el grande de esa generación. de la olla fue el Pocho que lo venció dos veces y los dos juntos contaron algo sobre México que México todavía está aprendiendo a escuchar. El video que publicamos la semana pasada es el de Barrera contra Morales, la guerra civil del boxeo mexicano. Dos hombres de la Ciudad de México y de Tijuana que partieron a un país de otra manera.
Si todavía no lo ha visto, se lo recomiendo porque estas historias se entienden mejor juntas. El boxeo mexicano es una historia larga con muchos capítulos y cada uno de ellos dice algo que los otros no dicen solos. Se lo dejo en la pantalla. Antes de que lo haga, quiero contarle algo sobre de la olla que muy poca gente menciona cuando se habla de su carrera y que creo que es esencial para entender por qué su historia es más complicada que la del villano que le quitó el cinturón.
a Chávez. Óscar de la Ol, habló en varias entrevistas a lo largo de su carrera [música] sobre lo que fue crecer en East Los Ángeles, siendo el nieto de emigrantes, no con el dramatismo del que construye una narrativa de sufrimiento para ganar simpatía, con la precisión del que describe una realidad específica que conoce desde adentro.
East Los Ángeles en los años 70 y 80, cuando de la olla crecía, era un barrio que el resto de los ángeles miraba de la misma manera que Tepito lo mira el resto de la ciudad de México. Con esa mezcla de fascinación y precaución que producen los lugares donde la pobreza y la densidad crean sus propias reglas, donde los chicos aprenden a moverse entre la calle y la casa con la habilidad del que no tiene otra opción.
Los de la olla vivían en ese barrio con el español en casa y el inglés en la escuela y la doble lealtad que produce crecer entre dos mundos. Su madre, Cecilia González murió de cáncer de mama cuando Óscar tenía 17 años. Eso fue en 1990, el mismo año en que Chávez estaba en la cima de su carrera y en que de la olla [música] empezaba a construir la suya como amateur.
La muerte de su madre dejó una marca en de la olla que él mismo ha descrito como definitoria. Le prometió antes de que muriera que iba a ganar el oro olímpico, que ese oro lo iba a dedicar a ella. Y en Barcelona 1992, cuando subió al podio con la medalla de oro y lloró frente a las cámaras de todo el mundo con 19 años, lo que estaba cumpliendo era esa promesa.
Eso es lo que era Óscar de la [música] olla antes de que existiera la pelea con Chávez y antes de que el debate del Pocho empezara a definirlo públicamente. un muchacho de East Los Ángeles que había perdido a su madre y que le había prometido algo que cumplió con los guantes puestos en Barcelona. El debate del Pocho, que fue real y que duró años, eclipsó muchas veces esa historia más simple y más humana.
lo redujo a la etiqueta, al representante del lado equivocado de la frontera, al que eligió el uniforme americano. Y la etiqueta, como todas las etiquetas, perdía algo importante en el camino. Perdía al muchacho de 17 años que le prometió algo a su madre moribunda y que lo cumplió. Chávez también tuvo pérdidas que formaron parte de quién fue.
La muerte de Ramón Félix, su entrenador de toda la vida en 1990. El hombre que le había dicho a los 16 años que pensaba como un campeón. El hombre que fue la voz honesta cuando todo el mundo a su alrededor empezó a decirle solo lo que quería escuchar. Los dos hombres que se enfrentaron en el Caesars Palace en 1996 habían cargado pérdidas importantes antes de que existiera la rivalidad entre ellos.
Los dos habían construido sus carreras sobre algo más que el talento y el entrenamiento. Los dos tenían historias humanas debajo de los guantes que el debate del pocho y del mexicano de verdad tendía a simplificar hasta hacerlas irreconocibles. También es parte de lo que la pelea Chávez de la olla fue dos hombres con sus historias completas, con sus pérdidas y sus razones en un ring donde el mundo lo redujo a símbolos de cosas más grandes que ellos mismos.
Los símbolos son necesarios. Los ídolos son necesarios. El deportista que representa algo más allá de sí mismo, cumple una función en la vida de la gente que lo sigue, que va más allá del entretenimiento. [música] Pero los símbolos tienen que ser personas primero y las personas tienen que ser vistas completas, [música] aunque sea más difícil que verlas simplificadas.
Chávez fue visto completo [música] muchas veces a lo largo de su carrera porque México lo necesitaba ver completo. Sus adicciones, su generosidad desbordada, su incapacidad de decir que no, sus años difíciles después del retiro. Todo eso fue parte del relato público de Chávez porque México eligió cargarlo todo junto.
De la olla [música] fue visto de manera más fragmentada, el lado que convenía ver según quién estaba mirando. Los mexicanos de México veían al Pocho que había elegido el uniforme americano. Los americanos veían al boxeador mediático con nombre español. Los méxicoamericanos veían al hijo de los suyos que había llegado a la cima. Muy pocos intentaron ver las tres cosas al mismo tiempo.
Esa fragmentación de la imagen de Deya dice algo sobre la incomodidad que produce el espacio intermedio donde creció. Las personas que no encajan de manera limpia en una sola categoría generan esa incomodidad y la manera de manejarla es ver solo el lado que confirma la categoría que uno quiere aplicar. El boxeo no resuelve eso, pero lo hace visible de manera que pocas otras cosas pueden.
Quiero hablarle de la noche de la primera pelea desde el punto de vista de alguien que la vio desde las gradas, desde el sector que apoyaba a Chávez, que era el más grande y el más ruidoso de los dos sectores mexicanos. Ese sector esperaba que Chávez ganara. tenía razones para esperarlo. Chávez había ganado 94 peleas, había vencido a los mejores de su generación.
Había demostrado que el tiempo y el daño acumulado no podían con algo que había en él que iba más allá de lo físico. Cuando de la olla empezó a conectar en el primer round, con esa velocidad que los 33 [música] años de Chávez ya no podían igualar, ese sector no lo procesó de inmediato. Siguió gritando, siguió alentando, siguió con la convicción de que Chávez iba a dar la vuelta.
En el cuarto [música] round, cuando el médico se acercó al árbitro y la pelea se paró, ese sector procesó lo que había visto de maneras distintas. Algunos reclamaron. Dijeron que la pelea no debería haberse parado, que el corte [música] era manejable, que le habían quitado a Chávez la oportunidad de remontar. Otros, los que habían visto los primeros cuatro rounds con honestidad, sabían que el corte había sido el pretexto, pero que la diferencia entre los dos hombres en el ring esa noche era más profunda que un corte, que de la olla había sido
mejor en los cuatro rounds que duraron y que probablemente habría seguido siendo mejor en los ocho que faltaban. Eso era más difícil de aceptar que la injusticia del corte. Porque si el corte era la razón, la derrota de Chávez tenía [música] una explicación que no implicaba que el tiempo había pasado y que de la olla era simplemente mejor esa noche.
La revancha de 1998 quitó esa posibilidad. Ocho rounds completos, sin corte que interrumpiera y de la olla ganó de manera que no dejó argumentos. El tiempo había pasado. De la joya era mejor esa noche y el Chávez de 35 años ya no era el Chávez del Thomas and Max Center. Ese reconocimiento, el de que una era había terminado, fue lo que el sector de Chávez en el Caesar Palace de 1998 tuvo que procesar de manera que el de 1996 no había tenido que hacer completamente.
Es una de las cosas más difíciles que existen en el deporte. Reconocer cuando el ídolo al que uno siguió durante años ha llegado al final de lo que puede ser, que el tiempo es implacable, aunque sea injusto, que los cuerpos tienen un arco que ninguna voluntad puede cambiar indefinidamente.
[música] Los que habían seguido a Chávez desde los 80 tuvieron que hacer ese reconocimiento después de 1998 y lo hicieron cada uno a su manera y en su tiempo. Porque el amor que sentían por Chávez no dependía de que Chávez ganara, dependía de lo que Chávez había sido durante una década, de las noches que les había dado, de los momentos que les había dado.
Esos momentos siguen siendo de ellos. La derrota antes de la olla no los borra. Los cambia de contexto, pero no los borra. Déjeme hablarle de algo sobre la relación entre estas dos peleas y el México que vino después. En los años siguientes a las peleas Chávez de la Olla, el boxeo mexicano siguió produciendo figuras grandes, barrera y morales, que ya contamos en el video de la semana pasada.
Juan Manuel Márquez, que es otra historia extraordinaria que merece su propio video. [música] Y después, Canelo Álvarez, que llegó en los 2000 y que es hoy el nombre más grande del boxeo mundial. Cada una de esas figuras negoció de manera diferente la tensión entre el boxeo mexicano y el mercado americano. Barrera y Morales lo hicieron peleando en Las Vegas con su identidad intacta como Chávez, aunque en una escala diferente.
Márquez lo hizo con la elegancia técnica de alguien que no necesita el show para demostrar lo que vale y Canelo lo hizo de una manera completamente diferente. Canelo Álvarez habla inglés en las conferencias de prensa. Tiene manager americano, promotora americana, transmisión exclusiva con un servicio de streaming americano.
Vive del año en los Estados Unidos. Se ha construido de una manera que el establishment americano del boxeo puede manejar sin los problemas que Chávez le causaba cuando llegaba hablando solo español y poniendo banderas mexicanas en Las Vegas. Eso hace a Canelo menos mexicano que Chávez. La respuesta fácil es que no. Que Canelo es de Guadalajara, que tiene el pasaporte mexicano, que nunca ha representado a otro país.
Pero la pregunta más interesante es, ¿por qué la pregunta se hace tan raramente para Canelo como se hacía para de la olla? Y la respuesta tiene que ver con el pasaporte, sí, pero también con que Canelo construyó su americanización de manera gradual y desde adentro. mientras que de la olla llegó americanizado por las circunstancias de haber nacido en el otro lado.
La diferencia entre elegir americanizarse y haber nacido americanizado es real y produce reacciones diferentes en México, aunque el resultado sea similar en términos de cómo los dos operan dentro del sistema del boxeo americano. Chávez nunca eligió americanizarse. Eso fue lo que lo hizo, el símbolo que fue. y de la olla.
Nunca tuvo la opción de no ser americano porque había nacido siéndolo. Eso fue lo que lo hizo el pocho que fue. Canelo eligió americanizarse, sin decirlo así, de manera gradual, de maneras que el mercado mexicano puede tolerar, porque Canelo sigue siendo identificablemente mexicano, aunque también opere de manera identificablemente americana.
Esas diferencias son las que el boxeo mexicano ha navegado durante décadas en su relación con el mercado americano que lo necesita, pero que tampoco siempre sabe cómo contenerlo. Y la pelea entre Chávez y de la Olaya en 1996 fue donde esa negociación se hizo más visible y más difícil y más honesta que en cualquier otro momento de la historia reciente del boxeo mexicano.
Usted que llegó hasta acá ya sabe todo eso. lo lleva desde esa noche o desde que alguien se lo contó con la intensidad con que se cuentan las cosas que importan. El boxeo mexicano tiene muchas historias. Esta es una de las más complicadas y de las más honestas. Dos mexicanos en un ring, uno de adentro y uno de afuera, uno con el pasaporte verde y uno con el pasaporte azul y una grieta en las gradas del Caesar Palace que reflejaba una grieta más vieja y más profunda en México mismo.
El video de Barrera y Morales está en la pantalla. La semana pasada, otro México que el boxeo puso en escena. La guerra civil entre la capital y la frontera. Otra manera de ver quiénes somos cuando nos miramos desde adentro. Se lo dejo ahí. Hay algo que quiero añadir sobre las noches específicas de las dos peleas que no he contado todavía y que creo que completa el cuadro de lo que fue esta rivalidad.
La noche de la primera pelea en junio de 1996, el ambiente dentro del Caesar Palace tenía algo que los periodistas que cubrieron el evento describieron como diferente a cualquier otra pelea que hubieran cubierto en Las Vegas. Diferente a las peleas de Chávez de los años anteriores, que también habían sido especiales.
Diferente a las peleas de De la olla que habían precedido a este encuentro. La diferencia estaba en la tensión dentro del público mexicano. Las peleas anteriores de Chávez en Las Vegas habían tenido un público mexicano relativamente unificado. Todos, o casi todos, querían que Chávez ganara. La energía era de comunidad, de gente reunida detrás de la misma causa.
[música] Esta pelea tenía esa división, el sector de Chávez y el sector de de la Ollya, y entre los dos, ese tercer grupo que mencioné antes, los que tenían razones para estar en los dos lados y que no sabían bien qué hacer con eso. Un periodista que cubrió la pelea para un diario de los Ángeles escribió en su crónica que nunca había escuchado a dos partes del mismo público hablarse en el mismo idioma con tanto calor durante la entrada a la arena, que los intercambios en español entre los de Chávez [música]
y los de Deya, antes de que empezara la pelea, tenían la intensidad de una discusión familiar [música] que era la misma familia, pero que sobre algo específico no se ponían de acuerdo. Esa imagen, dos partes del mismo público discutiendo en español antes de la pelea, captura algo sobre esa noche que ningún análisis deportivo puede capturar del todo.
La noche de la segunda pelea en septiembre de 1998, el ambiente fue diferente. Dos años habían pasado. El debate del Pocho había tenido tiempo de enfriarse un poco. La primera derrota de Chávez había tenido tiempo de ser procesada de maneras más matizadas que las de la noche misma. y las dos partes del público mexicano llegaron al MGM Gran con algo que en la primera pelea no tenían.
La experiencia de haber [música] estado en el mismo arena 2 años antes y de saber que lo que iban a ver podía terminar de maneras que los dos sectores podían encontrar difíciles. Esa experiencia previa produjo un ambiente diferente, todavía dividido, todavía los dos sectores con sus lealtades intactas, pero con un componente de resignación, especialmente en el sector de Chávez, [música] que en la primera pelea no había estado.
Los que habían visto los cuatro rounds de la primera pelea con honestidad ya sabían lo que probablemente iban a ver esa noche. Y los que no habían podido verlo con honestidad la primera vez habían tenido dos años para reflexionar sobre lo que habían visto. Cuando de la olla ganó la segunda pelea por decisión unánime en ocho rounds, el sector de Chávez no reaccionó con la misma intensidad de protesta que había tenido en 1996.
Hubo tristeza, hubo el tipo de silencio que produce el reconocimiento de algo que se sabía, pero que mientras no se confirmaba definitivamente seguía siendo posible negar. Pero la protesta fue menor. El argumento del corte que le habían quitado a Chávez la primera vez ya no existía. La realidad de lo que había pasado en el ring durante ocho rounds era la que era.
Y el sector de de la olla celebró con una dimensión que la primera victoria no había tenido del todo, porque la primera podía atribuirse al corte, podía tener un asterisco, la segunda no tenía asterisco posible. Quiero hablarle también de lo que estas dos peleas significaron para la carrera de Deya en términos de su relación con el público mexicano.
[música] Porque hay algo curioso que ocurrió en los años siguientes, que dice mucho sobre cómo funciona la memoria del deporte. Con el tiempo, la percepción de de la olla en México fue cambiando lentamente, de manera casi imperceptible al principio [música] y luego más visible. El Pocho que había vencido a Chávez fue también el hombre que construyó Golden Boy Promotions y que llevó a un jaliciense a ser el boxeador más famoso del mundo.
Fue el hombre que habló en entrevistas sobre sus raíces mexicanas con una honestidad sobre lo complicado de su situación que fue difícil de ignorar para los que escuchaban con atención. fue el hombre que después de su retiro del ring habló públicamente sobre sus propios problemas de salud mental y de adicciones con una vulnerabilidad que los hombres de su generación raramente se permiten.
Esa vulnerabilidad pública, ese reconocimiento de que el hombre detrás del boxeador mediático también tenía sus grietas y sus noches difíciles, fue lo que más contribuyó al cambio de percepción. México tiende a abrirse a los que muestran la humanidad completa, a los que no pretenden ser solo el triunfo, sino también la caída y el intento de levantarse.
Chávez lo hizo también. sus adicciones reconocidas públicamente, su rehabilitación, sus años difíciles después del retiro y su regreso a la vida pública con algo diferente de lo que había tenido antes. Esa humanidad completa fue lo que mantuvo el amor de México por Chávez más allá de los resultados en el ring. de la olla tardó más en llegar a ese lugar con el público mexicano, pero llegó de manera parcial con las reservas que siempre van a existir en algunos sectores, pero llegó y los dos hombres, el mexicano de verdad y el Pocho,
terminaron siendo parte de la misma historia, la historia del boxeo mexicano moderno, que es también la historia de los dos Méxicos que existieron en las gradas del Caesars Palace esa noche de junio de 1996 y que siguen existiendo en las gradas de cada arena donde pelea un boxeador mexicano.
Hoy hay una última cosa que quiero contarles sobre la primera pelea entre Chávez y de la Olaya, que no cabe en los análisis deportivos, pero que para mí es la imagen más honesta de lo que fue esa noche. cuando paró la pelea en el cuarto round y de la olla levantó los brazos. Hubo un momento antes de que el caos de la celebración empezara donde los dos hombres estuvieron cerca el uno del otro en el ring.
Ese momento duró lo que duran los momentos en el ring, que es diferente a como duran afuera. De la olla miró a Chávez. Chávez miró a De la olla. Lo que pasó en esa mirada, lo que los dos hombres se dijeron sin palabras en ese segundo antes de que los rincones y los árbitros y los fotógrafos y todo el aparato de la victoria y la derrota llegaran a separarlos, nadie lo sabe con certeza.
Pero los que estuvieron cerca del ring dicen que en esa mirada no había el odio que los meses previos de conferencias de prensa y de debate del Pocho habían sugerido que podría haber. Había algo diferente, algo que se parecía más al reconocimiento mutuo de dos hombres que habían estado en el mismo lugar y que sabían lo que eso costaba.
Esa mirada es la imagen que me llevo de la rivalidad Chávez de la olla. Más que los cuatro rounds de la primera pelea y los ocho de la segunda, más que las banderas divididas en las gradas, más que el debate del pocho que duró años. dos hombres, un ring, un segundo de reconocimiento mutuo antes de que el mundo llegara a interpretarlo todo.
Eso también es el boxeo. Eso también es lo que el boxeo produce cuando lo que pasa entre las cuerdas es honesto. Y el video de la semana pasada, el de Barrera y Morales, tiene su propio momento. Así, el abrazo después de la tercera pelea. Morales diciéndole algo al oído a Barrera.
las caras de los dos hombres en ese abrazo, el mismo reconocimiento, la misma honestidad que produce el haber estado en el mismo lugar y saber lo que cuesta. Se lo dejo en la pantalla. Vale la pena verlo si todavía no lo ha visto. Quiero contarle algo sobre la vida de de la olla fuera del ring, que muy poca gente conecta con la historia del Pocho y con lo que pasó en el Caesar’s Palace.
de la olla habló en una entrevista de 2021 mucho después de haberse retirado del boxeo sobre los años en que fue el peleador más mediático del mundo. Habló con una honestidad que en sus años de carrera raramente se había permitido. [carraspeo] Dijo que la fama que el boxeo le dio en los años 90 llegó antes de que tuviera las herramientas emocionales para manejarla.
que el muchacho de 19 años que lloró en el podio de Barcelona con la promesa a su madre cumplida fue también el mismo muchacho que no sabía bien qué hacer con el mundo que ese podio abrió. las entrevistas, los contratos publicitarios, las portadas de revistas, la televisión, todo eso llegó junto y de la olla lo navegó con la habilidad del que tiene instinto para el show, pero sin los recursos personales que hacen que ese show sea sostenible a largo plazo.
habló de años de alcohol, de la dificultad de construir relaciones genuinas cuando todo el mundo que se acerca tiene un interés en el hombre público más que en el privado, de la soledad específica del que está rodeado de gente todo el tiempo y que sin embargo, se siente solo de maneras que es difícil de articular. Eso también es Óscar de la Ol, el Pocho, el que venció a Chávez, [música] el hombre mediático que el establishment americano construyó como el futuro del boxeo.
Y también el muchacho de East Los Ángeles que perdió a su madre a los 17 años y que nunca terminó de procesar completamente lo que vino después de Barcelona. Conocer eso cambia la manera de leer la rivalidad con Chávez, la complejiza, la saca del territorio simple del mexicano contra el Pocho y la pone en el territorio más interesante de dos hombres con sus historias completas que se encontraron en un ring, donde el mundo los usó como representantes de cosas más grandes que ellos mismos.
Chávez también habló de cosas similares después de su retiro, [música] de los años difíciles, de las adicciones, de la dificultad de ser el símbolo de toda una generación cuando uno es también una persona con sus grietas y sus noches malas. [música] De haber encontrado la manera de salir del otro lado de algo que en los peores momentos parecía no tener salida.
[música] Los dos hombres que se miraron en el ring del Caesar’s Palace esa noche de junio de 1996 llevaban esas historias encima, aunque en ese momento no fuera visible para nadie más que para ellos mismos. Y las dos derrotas de Chávez ante de la olla, que el mundo del boxeo procesó como el fin de una era y el inicio de otra.
También pueden leerse como el encuentro de dos hombres que pagaron precios muy diferentes [música] por lo que el boxeo les dio. Chávez pagó con los años y con el cuerpo. De la [música] olla pagó con la identidad y con los años que siguieron al retiro. Los dos pagaron, los dos lo reconocieron después y los dos encontraron sus maneras de seguir.
Eso también es parte de la historia de estas dos peleas. La parte que queda cuando el debate del pocho se enfría y cuando los resultados del ring se convierten en datos históricos. La parte humana que el tiempo hace más visible porque cuando el calor del momento pasa lo que queda son las personas. Julio César Chávez y Óscar de la Ol, [música] el mexicano de verdad y el Pocho, el de Culiacán y el de East Los Ángeles, el que habló siempre en español y el que hablaba los dos, el que fue símbolo de un México y el que fue símbolo del otro.
Los dos partes de la misma historia, [música] los dos necesarios para que la historia sea completa. Y el video de la semana pasada, El de Barrera y Morales, está en la pantalla esperándole. Otra grieta dentro del boxeo mexicano. Otra manera de ver lo que somos cuando nos miramos desde adentro sin filtros.
Estas historias se merecen que las conozca completas. Se lo dejo ahí. Hay una cosa más que no quiero dejar sin decir sobre esta pelea y sobre lo que significa para los que la vivieron en tiempo real. Si usted tiene más de 40 años y creció en México o en un hogar mexicano en Estados Unidos, la noche del 7 de junio de 1996 probablemente la recuerda, aunque sea parcialmente, recuerda dónde estaba, con quién estaba, lo que sintió cuando paró la pelea en el cuarto round.
Si estaba del lado de Chávez, probablemente recuerda una combinación de sorpresa y de tristeza y de esa rabia específica que produce sentir que le quitaron algo a alguien que usted quería que ganara. Y quizás recuerda también, si es honesto consigo mismo, la sospecha que llegó en algún momento de esa noche de que el corte había parado la pelea, pero que de la olla iba ganando antes de que el corte ocurriera.
si estaba del lado de de la olla, si era de los que reconocían en él algo de su propia historia o de la historia de su familia, probablemente recuerda esa victoria con una dimensión específica, que las victorias de los ídolos que representan algo más grande tienen una victoria que era también una afirmación de que el espacio intermedio donde creció tiene sus propios campeones.
Y si era del grupo del medio, el que tenía razones para los dos lados, probablemente recuerda esa noche con una ambigüedad que el tiempo ha suavizado, pero no borrado del todo. Esos recuerdos son suyos, son parte de lo que vivió en ese año y son también parte de la historia más larga del boxeo mexicano, que es la historia de cómo México se ve a sí mismo cuando sus hombres suben a un ring.
Chávez le dio a México dos décadas de orgullo que ningún debate del Pocho puede quitar. De la olla le dio a los mexicanos de afuera la afirmación de que su historia también produce campeones, aunque esa historia sea más complicada de contar. Los dos juntos contaron algo que ninguno de los dos solo habría podido contar. Esa es la historia de Chávez contra de la Ol, completa con los cuatro rounds de la primera pelea y los ocho de la segunda, con el debate del Pocho y con las historias personales que el debate eclipsó, con las gradas divididas y con la mirada entre los dos
hombres antes de que llegara el caos de la victoria y la derrota. Guárdela también es suya. Antes de cerrar del todo, quiero añadir algo sobre el peso que tiene la palabra pocho en la historia de estas dos peleas y que creo que merece más atención de la que generalmente recibe. Pocho [música] es una palabra que México usa para señalar, para marcar la diferencia entre los que se fueron y los que se quedaron.
Tiene una carga de reproche que dice, “Tú elegiste otro lugar. Tú te fuiste. Tú ya no eres completamente de los nuestros.” Pero hay algo que esa carga ignora. que los que se fueron muchas veces no eligieron irse, que los hijos de los que emigraron nacieron en el otro lado sin haber tomado ninguna decisión sobre dónde nacer.
que crecer en Isel con el apellido de la olla no fue una elección de Óscar, sino una circunstancia de su nacimiento, que él heredó de las decisiones que sus abuelos y sus padres tomaron antes de que él existiera. Llamar Pocho a alguien por esas circunstancias es reprocharle algo que nunca estuvo en su mano. Es decirle que es menos mexicano por haber nacido donde sus padres lo llevaron o donde la vida los llevó a ellos. Eso no es justo.
Y en la noche del Caesar Palace de 1996, cuando las dos partes del público mexicano se miraban con la atención que ya describí, esa injusticia estaba presente, aunque nadie la nombrara exactamente así. Los mexicoamericanos que apoyaban a de la olla esa noche no estaban apoyando al traidor, estaban apoyando a alguien que era parte de su historia, que había crecido en barrios similares a los de sus familias, que llevaba los mismos dos idiomas y las mismas dos identidades que ellos llevaban. Estaban apoyando a uno de los
suyos, aunque México de adentro no lo viera así. Y los mexicanos de México que apoyaban a Chávez no eran los villanos que rechazaban a los que se habían ido. Estaban apoyando al símbolo de algo que habían necesitado durante una década, la afirmación de que el México de adentro podía ganar en Las Vegas en sus propios términos.
Estaban defendiendo algo que Chávez les había dado y que sentían que esa noche estaba en juego. Los dos grupos tenían razones, [música] los dos grupos cargaban historias. Y el ring del Caesar Palace fue [resoplido] el lugar donde esas dos historias tuvieron que encontrarse, aunque no hubiera manera de que se resolvieran en cuatro rounds, ni en ocho ni en ninguna cantidad de rounds.
Eso es lo que la palabra Pocho y la pelea Chávez de la olla ponen sobre la mesa. La pregunta de quién tiene derecho a ser mexicano y quién decide eso? Una pregunta que el boxeo no puede responder, pero que el boxeo, en su honestidad específica de poner a dos hombres en un ring sin intermediarios, hace visible de maneras que ningún otro formato puede igualar.
Chávez fue el grande de la olla, fue el que lo venció dos veces y México [música] fue el país que los dos representaron, cada uno a su manera, con sus identidades completas e incompletas, con sus pérdidas y sus victorias, con sus noches en Las Vegas y sus años difíciles después. Los dos son parte de la historia.
Los dos merecen que los contemos completos. Eso es lo que intentamos hacer aquí cada semana, contar las historias completas de los hombres que el boxeo mexicano produjo, con lo que ganaron y con lo que perdieron, con los cinturones y con lo que los cinturones no cubren. El video de Barrera y Morales está en la pantalla.
La semana pasada otro capítulo de la misma historia larga. Se lo dejo ahí. Y si esta historia le llegó de maneras que no esperaba, si la palabra pocho ahora tiene una dimensión que antes no tenía o si Chávez y de la olla son nombres que ya conocía, pero que ahora conoce de otra manera, cuéntemelo en los comentarios. Esos intercambios son también parte de lo que hacemos aquí.
Suscríbase si todavía no lo ha hecho. Active la campana. La semana que viene otra historia del boxeo mexicano que tampoco se ha contado así.