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María Félix detuvo la grabación a mitad del show cuando vio a un millonario humillando a una anciana

Esa noche sueño se cumplió de una manera que nadie, absolutamente nadie, podía haber previsto. Lo que María Félix hizo en los siguientes 22 minutos destruyó la reputación de uno de los hombres más poderosos de México, generó una crisis en Televisa, provocó protestas frente a las oficinas de Montemayor y creó un movimiento social que cambió la forma en que la televisión mexicana trataba a sus espectadores.

Y todo empezó porque un millonario creyó que podía reírse de una anciana sin consecuencias. Por cierto, no olvides suscribirte a este canal para seguir escuchando más historias como esta. Octubre de 1975. México vivía una época contradictoria. El milagro mexicano se desmoronaba, la inflación subía, el peso se debilitaba, pero la televisión mexicana estaba en su apogeo.

 Los programas de variedades dominaban la pantalla y el más importante de todos era Gran Gala Mexicana, un show semanal en vivo que combinaba entrevistas, música y segmentos con el público. conducía Fernando Álvarez del Castillo, un hombre elegante, carismático, con una sonrisa perfecta y la habilidad de hacer que cualquier invitado se sintiera cómodo frente a las cámaras.

Fernando era bueno en su trabajo, pero tenía un defecto fatal. Le tenía miedo a los poderosos y esa noche los poderosos estaban en primera fila. Gran Gala Mexicana tenía un formato especial cada tres meses. Invitaban a empresarios, políticos y figuras de la alta sociedad a sentarse junto al público general. La idea era mostrar que México era un país unido, que ricos y pobres podían convivir en armonía frente a las cámaras.

Era una mentira bonita, pero funcionaba para los Redings. Esa noche de octubre, la primera fila estaba ocupada por lo más selecto de la élite mexicana. Ernesto Montemayor Garza ocupaba el asiento central como si el estudio fuera una extensión de su sala privada. Tenía 58 años, complexión robusta, cabello plateado peinado hacia atrás con brillantina, un reloj padc Philip que costaba más que la casa de cualquiera de los técnicos del estudio y una actitud que destilaba superioridad en cada gesto. Montemayor no era solo rico, era

obscenamente rico. Su fortuna venía de las minas de plata de Zacatecas que su familia controlaba desde el porfidiato de bancos que prestaban a tasas usureras a campesinos desesperados. de haciendas donde los trabajadores vivían en condiciones que no habían cambiado mucho desde la revolución.

 Era un hombre acostumbrado a que el mundo se arrodillara ante su dinero y esa noche esperaba que la televisión hiciera lo mismo. A su lado, en contraste brutal, estaba doña Carmen Solís, 79 años, cabello blanco recogido en un chongo sencillo, vestido floreado que segamente era su mejor prenda, zapatos negros gastados pero limpios, manos arrugadas que habían lavado ropa ajena durante 40 años para mantener a sus cinco hijos.

Doña Carmen venía de la colonia Tepito. Vivía sola desde que su esposo murió hacía 12 años y nunca en su vida había pisado un estudio de televisión. Había llegado ahí porque tres meses antes, cuando el programa anunció un concurso de cartas donde el público podía escribir por qué quería asistir a una grabación especial, doña Carmen se sentó en su mesa de cocina y escribió con letra temblorosa en una hoja de cuaderno, “Tengo 79 años y no me queda mucho tiempo.

 Solo quiero conocer a María Félix antes de morirme.” Ella me enseñó que una mujer pobre también puede tener dignidad. La producción recibió más de 50,000 cartas. Eligieron la de doña Carmen porque era la más honesta, la más desnuda, la más real. Y la sentaron en primera fila junto a un millonario que no sabía nada sobre honestidad, desnudez ni realidad.

María Félix era la invitada estelar. Tenía 61 años y seguía siendo la mujer más imponente de México. Se había retirado del cine hacía 5 años, pero su presencia seguía generando terremotos mediáticos. Cuando los productores de Gran Gala Mexicana le ofrecieron la entrevista, María puso una condición. Quiero conocer a la señora que escribió esa carta.

 Los productores se sorprendieron. ¿Qué señora? la del concurso, la que dice que quiere conocerme antes de morirse. Quiero que esté en primera fila y quiero que la presente. Los productores aceptaron de inmediato lo que fuera por tener a María Félix en el show. Lo que no sabían era que María había investigado a doña Carmen.

 Había enviado a Lupita, su asistente de toda la vida, a Tepito, para averiguar quién era esa mujer. Lupita regresó con la historia completa, viuda, madre de cinco. La bandera durante décadas ahora vivía de la pensión mínima, pero mantenía su casa impecable. iba a misa cada domingo y tenía una colección de recortes de revistas con fotografías de María Félix que guardaba en una caja de zapatos como si fueran reliquias sagradas.

Cuando Lupita le contó todo esto a María, la doña se quedó callada un largo rato. Luego dijo con la voz quebrada por algo que pocas personas le habían visto expresar. Esa mujer es más fuerte que yo. Yo tuve belleza, tuve fama, tuve hombres que me adoraban. Ella no tuvo nada de eso y aún así sobrevivió con dignidad.

Eso merece más que una invitación a un programa de televisión. Lupita la conocía lo suficiente como para saber que María estaba planeando algo, pero no preguntó. Con María Félix uno no preguntaba. Uno esperaba y observaba. La noche de la grabación, el estudio 5 de Televisa estaba repleto. 400 personas en el público, más de 60 técnicos, productores, camarógrafos, iluminadores y en la cabina de control un equipo nervioso que sabía que con María Félix cualquier cosa podía pasar.

Fernando Álvarez del Castillo abrió el show con su carisma habitual. Bienvenidos a Gran Gala Mexicana. Esta noche, una edición especial. Aplausos, música, las luces giraban, todo perfecto. En los primeros 40 minutos, Fernando entrevistó a un cantante joven, presentó un segmento cómico y charló brevemente con algunos invitados de la primera fila.

 Cuando llegó a Ernesto Montemayor, el tono cambió. Don Ernesto, qué honor tenerlo aquí. Cuéntenos sobre su último proyecto filantrópico. Montemayor sonrió con esa sonrisa de quien está acostumbrado a que le pregunten cosas fáciles. Estamos construyendo una escuela en Zacatecas. Creo firmemente en darle oportunidades a los que menos tienen. Aplausos educados.

Nadie en el público sabía que esa escuela era una fachada fiscal, que Montemayor la usaba para deducir impuestos mientras sus trabajadores mineros ganaban menos que el salario mínimo. Nadie, excepto María Félix, que estaba viendo todo desde su camerino a través de un monitor. “Lupita”, dijo María sin despegar los ojos de la pantalla.

 “Ese es Montemayor, el de las minas.” “Sí, doña María lo conoce. No personalmente, pero conozco su tipo. Lo he visto mil veces. Hombres que construyen escuelas para que los periódicos los fotografíen y destruyen familias para que nadie se entere. María encendió un cigarrillo. El humo formó espirales en el camerino. ¿Dónde está la señora Carmen? En primera fila, justo al lado de Montemayor.

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