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La viuda que vendía flores secas cuidó el invernadero del apache hasta que volvió el notario

 Había sido de su esposo Leandro, antes de que la fiebre lo tumbara en menos de se días. y la dejara sola con un apellido prestado, dos deudas sin terminar de entender, y una parcela tan pobre que ni los gorriones parecían interesarse en ella. Lo peor no había sido el entierro ni el silencio de la primera noche.

 Lo peor había venido después, cuando su cuñado Anselmo apareció con voz grave y gesto de hombre correcto para decirle que por ley y por sangre él debía ayudarla a administrar lo que quedaba. Jacinta recordaba bien aquella tarde. Recordaba la sombra de Anselmo sobre la mesa, el olor a aguardiente en su aliento y la manera en que sus ojos recorrían la casa como si ya estuviera midiéndola.

 Desde entonces, cada visita había traído una nueva forma de presión, un papel que ella no entendía, una deuda que, según él, Leandro había dejado, una advertencia sobre lo difícil que sería para una mujer sola conservar una propiedad, nunca la insultaba de frente. Anselmo no era un hombre de arrebatos vulgares, era peor.

 sonreía poco, hablaba despacio y siempre parecía tener a la ley de su lado, aunque la ley en realidad fuera apenas lo que los hombres del valle decidían entre ellos. Por eso Jacinta había aprendido a vivir con el alma en guardia. vendía sus flores secas por la mañana, remendaba ropa por la tarde y por las noches cerraba con tranca la puerta, como si la madera pudiera defenderla de algo más profundo que el miedo.

 A veces, al quedarse sola junto a la lámpara, acariciaba el anillo de cobre que aún llevaba en la mano y se preguntaba en qué momento la vida se había vuelto tan estrecha. No había tenido hijos, no porque no los deseara, sino porque Dios no se los concedió. Y aquella ausencia, que ya era pena suficiente, se había convertido, además en una acusación silenciosa.

 En San Jerónimo, una viuda sin hijos parecía menos esposa, menos familia, menos persona, más fácil de borrar. Aquella mañana de mercado, mientras acomodaba sobre un paño sus pequeños manojos de flores secas, escuchó a dos muchachas cuchichear detrás de ella. Dicen que ya ni la casa es suya. Dicen que el hermano del difunto va a reclamarlo todo antes del invierno.

 Jacinta no alzó la cabeza, siguió ordenando sus ramilletes como si aquellas palabras no fueran dirigidas a ella, pero algo dentro de su pecho se endureció. No era la primera vez que oía rumores semejantes. Lo insoportable era comprobar que ya caminaban por el pueblo con la misma soltura que los perros callejeros. Vendió poco ese día.

 Tres atados de lavanda, dos bolsitas de romero y un ramo de siempre vivas a doña Elvira que se persignó antes de pagarle, como si hasta las flores de una viuda pudieran traer mala fortuna. Cuando el sol estaba ya inclinado hacia el oeste, Jacinta recogió lo que quedaba y emprendió el camino de regreso. No tomó la calle principal.

 Prefirió el sendero que bordeaba los terrenos viejos del norte, donde el polvo era más rojo y casi nadie transitaba. Fue allí donde lo vio por primera vez de cerca. El invernadero se levantaba detrás de una cerca de madera oscura a un costado de la antigua huerta de Los Salvatierra, aunque hacía años que el apellido de aquella familia había dejado de pronunciarse con naturalidad en el pueblo.

 Desde que el hombre a pase llegó a esas tierras y las compró por una suma que nadie entendió de dónde había salido, el lugar se volvió asunto de murmullos. Algunos decían que había sido guerrero, otros que era hijo de una mujer del valle y una pase de las sierras, otros aseguraban que había vuelto de lejos con cicatrices en el cuerpo y un carácter imposible.

 Lo cierto era que se llamaba Elías cruzado, aunque casi nadie usaba su nombre. Para la mayoría era solo eso, el apache temido. Jacinta se detuvo sin quererlo. El sol de la tarde golpeaba los vidrios largos del invernadero y los hacía brillar como agua quieta. Dentro, entre el vapor tenue y las sombras verdes, se movía una figura alta de hombros anchos inclinada sobre unas mesas de cultivo.

No era la imagen salvaje que el pueblo repetía con tanto gusto. Había en aquella escena algo más extraño y, por eso mismo más inquietante. Delicadeza. El hombre apartaba unas hojas marchitas con la punta de los dedos como si tocara algo frágil. A su alrededor crecían plantas que Jacinta no supo nombrar. Flores de tallos largos, brotes pálidos, enredaderas sostenidas con cuerdas limpias.

 Ella habría seguido de largo si no hubiese escuchado el crujido de la grava bajo su zapato. El hombre levantó la cabeza de inmediato. Jacinta sintió un vuelco torpe en el estómago. Había oído de sus ojos antes de verlo, que eran duros, que no pestañeaban, que hacían callar a cualquiera. Pero lo que la alcanzó desde la distancia no fue dureza, sino cansancio.

 un cansancio vigilante, como el de quien ha pasado demasiado tiempo esperando un golpe. Él salió del invernadero sin apresurarse. Llevaba las mangas arremangadas hasta los antebrazos, marcados por venas y por una vieja cicatriz cerca de la muñeca, el cabello oscuro sujeto atrás con una tira de cuero. No sonreía.

 Tampoco parecía dispuesto a intimidarla por gusto. Solo la miró con esa quietud que desarmaba más que cualquier brusquedad. Va a anochecer”, dijo al fin con voz baja y grave. “Ese camino se vuelve lodoso más adelante.” Jacinta apretó el canasto contra su falda. “Lo conozco.” Él asintió apenas.

 Sus ojos descendieron un momento al contenido del canasto. “Flores secas, no fue una pregunta.” Aún así, ella respondió, “Es lo que vendo.” Hubo un silencio breve. El viento movió los álamos detrás de la cerca y llevó hasta ellos un olor húmedo, terroso, distinto al del resto del valle. “La lavanda está bien conservada”, dijo él, como si aquello importara de verdad.

Jacinta no supo qué contestar. Hacía meses que nadie miraba su trabajo con otra cosa que no fuera lástima o desinterés. Aquella observación sencilla, dicha sin condescendencia, le produjo una incomodidad extraña, casi dolorosa. “Buenas tardes”, murmuró dando un paso para seguir su camino, pero antes de que se alejara, él habló otra vez.

 “Si vuelve a pasar por aquí, mañana le compraré un ramo.” Ella se volvió apenas sorprendida. “¿Para qué quiere flores secas? Por primera vez algo cambió en el rostro del hombre. No fue una sonrisa, fue apenas una sombra de memoria. Las flores que sobreviven después de cortadas suelen durar más que algunas personas. Jacinta no entendió del todo aquella respuesta, pero tampoco la olvidó.

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