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La conserje habló con el Multimillonario Ruso y salvó el trato de millones

Isabela se enderezó de  inmediato. Estaba terminando de limpiar las mesas, señora Lozano. Pues hazlo más rápido,  replicó Beatriz mirándola con desprecio. Los huéspedes de este hotel pagan demasiado para ver a una empleada de limpieza paseándose frente a ellos. Isabela apretó el trapo  entre sus manos.

Sí, señora. Y arregla ese carrito.  Está haciendo ruido. No quiero que los clientes se quejen por un chirrido a las 6 de la mañana. Beatriz se alejó con paso firme, dejando  trás de sí un silencio pesado. Isabela bajó la cabeza, respiró hondo y siguió trabajando.  No era la primera vez que la humillaban.

Desde su primer día, Beatriz había dejado claro  que no quería verla cerca de los clientes importantes. Lo irónico era que ambas tenían  estudios universitarios. Beatriz había presumido su maestría en administración muchas veces, sin saber que la joven a quien despreciaba también tenía un título, incluso de una carrera más exigente.

Isabela se agachó fingiendo revisar las ruedas del carrito, pero en realidad lo hacía para calmarse. Pensó en  su madre y en las palabras que le repetía cada vez que hablaban por teléfono. “Aguanta un poco más, hija. La vida siempre recompensa el esfuerzo.” Esa frase era lo único que la mantenía  firme.

Unos pasos tranquilos se acercaron. “Buenos  días, Isabela”, dijo Samuel Rivas, el jefe de seguridad del turno  nocturno. “Buenos días, don Samuel”, respondió ella con una pequeña sonrisa. Samuel era de los pocos que la trataban con respeto. Llevaba más de 20 años trabajando  en hoteles y conocía muy bien la injusticia que se escondía detrás del lujo.

 “¿Otra vez te habló feo esa mujer?”, preguntó con  tono amable. “Nada nuevo”, dijo Isabela encogiéndose de hombros. “Ya estoy acostumbrada.” “No deberías”, contestó el hombre. No cualquiera  tiene la inteligencia que tú tienes. Algún día vas a salir de aquí,  ya verás. Isabela sonrió sin decir nada.

 No creía que eso fuera posible, pero le agradeció el gesto. A eso de las 9:30, el ambiente del hotel cambió por completo. Los empleados corrían, los jefes daban órdenes a los gritos y los teléfonos no dejaban de sonar. El gerente general Rafael Cordero caminaba de un lado a otro con el celular pegado a la oreja. Isabel  anotó la tensión en el aire.

 Preguntó discretamente a un compañero que pasaba. “Hoy llega un empresario ruso, el señor Alexei Morosov”, le explicó en voz baja. “Dicen que viene a cerrar un contrato de 500 millones de dólares con el grupo Monterrosa.” Eso lo explicaba todo. Isabela conocía el nombre. Había leído sobre él durante sus estudios, un magnate de la energía,  poderoso y exigente, famoso por despedir a cualquiera que no cumpliera con sus estándares.

A las 10 en punto, las enormes puertas de vidrio del hotel se abrieron y entró una comitiva impresionante. Varios hombres altos, vestidos de traje oscuro, avanzaron primero. Detrás de ellos apareció Alexei Moroso  con paso firme y mirada seria. Rafael Cordero se adelantó con una sonrisa tensa.

 Bienvenido  al hotel Imperial Reforma, señor Moroso. Es un honor recibirlo. Morosob asintió y comenzó a hablar en ruso con su asistente. Su tono  era seco, autoritario. Nadie entendió una palabra. “La traductora debería llegar en cualquier momento”, murmuró Beatriz  nerviosa. Pero los minutos pasaron y no apareció nadie.

 Beatriz revisó su teléfono una y otra vez hasta que su rostro se tornó  blanco. Rafael, susurró, la traductora tuvo un accidente en el viaducto. Está hospitalizada. El gerente la miró atónito. Y los suplentes uno dio positivo a COVID y la otra se negó a venir. Rafael se llevó una mano a la frente. No puede ser. Si no conseguimos un traductor, Morosovop se irá y perderemos el contrato.

 Desde un rincón, Isabela fingía limpiar una varanda mientras escuchaba todo. Entendía perfectamente lo que el empresario ruso decía, aunque nadie más lo notaba. El asistente del magnate se acercó al gerente y habló en inglés. El señor Moroso  dice que si en 10 minutos no hay traductor, se retira al hotel Ris del Bosque.

 Rafael se quedó helado. Por favor, dígale que nos dé un poco más de tiempo pidió desesperado.  El asistente tradujo y Morosov respondió con  evidente molestia. Isabela comprendió perfectamente lo que había dicho, que los mexicanos no sabían cumplir lo que prometían. Beatriz comenzó a llamar a cuánto contacto tenía.

Tiene que haber alguien disponible, gritaba. Estamos hablando de 500 millones de dólares. El silencio se apoderó del lobby. Morosok  miró su reloj y luego dio media vuelta, dispuesto a marcharse. Isabela sintió el impulso de hablar, pero la duda la frenó. Sabía que si se equivocaba la despedirían.

  Sin embargo, si no decía nada, todos perderían. Respiró hondo y dio un paso  al frente. “Señora Lozano”, dijo con voz temblorosa, “creo que puedo ayudar.”  Beatriz giró furiosa. “Ayudar. Tú vuelve a tu trabajo, Duarte. Hablo ruso, dijo Isabela con serenidad. ¿Puedo ser intérprete?” El comentario provocó murmullos.

 Varios empleados se miraron entre sí, sorprendidos. Beatriz soltó  una risa. sarcástica. Tú hablas, Shuso. Por favor, no hagas perder más tiempo. Es verdad, insistió. Estudié relaciones internacionales. Rafael la miró con una mezcla de esperanza y miedo. ¿De verdad puedes hacerlo? Sí, señor, respondió con firmeza. Beatriz chasqueó la lengua.

Esto  es ridículo. Si sale mal, será culpa tuya le dijo al gerente. Rafael asintió. No tenemos otra opción. Isabela dio un paso hacia el empresario ruso. Sentía como le temblaban las manos, pero su voz salió clara. Bienvenido a México, señor Morosovop”, dijo en ruso. Morosovop se detuvo y la observó con sorpresa.

  El silencio se apoderó del lobby. Todos los presentes,  desde los recepcionistas hasta los guardias de seguridad, quedaron inmóviles observando a la joven de limpieza a hablar con el magnate ruso. Alexei Moroso frunció el ceño intrigado. Su asistente se giró con gesto confundido. Nadie en el hotel sabía hablar su idioma y sin embargo esa muchacha con uniforme de limpieza  y mirada firme lo había saludado con una pronunciación impecable.

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