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Ella necesitaba una cita para Navidad — Así que su jefe Multimillonario le dijo “Yo seré tu cita”

 Él asintió lentamente. No sonró, pero algo en su expresión se suavizó. Si necesitas a alguien, puedes fingir que soy yo. Las palabras cayeron con un peso extraño, como si el aire hubiera cambiado de golpe. ¿Cómo dice? Dijiste que ibas a llevar a alguien, continuó él con tono sereno. Si tu ex intenta llamar la atención, puedes responderle de la misma forma.

 Mariana soltó una risa nerviosa. Eso no es posible. Usted es mi jefe. Soy una persona, respondió. Y no me gusta ver a alguien siendo expuesta de esa manera. Ella lo miró sin saber qué decir. Sebastián ya estaba girando para irse cuando Mariana habló. ¿Por qué haría eso por mí? Sebastián se detuvo. Digamos que no simpatizo con quienes lastiman y luego actúan como si nada.

 No dijo más. Se fue y Mariana se quedó ahí con el corazón acelerado y la sensación de que algo acababa de moverse bajo sus pies. El resto del día pasó como si nada, correos, llamadas, reuniones, pero su mente regresaba una y otra vez a esas palabras. Esa noche, durante la comida, Mariana volvió a mirar el mensaje de su madre, preguntando a qué hora llegaría con su acompañante.

Había mentido para no escuchar lástima. Ahora esa mentira estaba creciendo. Al día siguiente, en su hora de comida, Mariana bajó al café de la esquina. se sentó junto a la ventana removiendo el contenido de la taza sin probarlo. No respondiste. Sebastián estaba frente a ella con una taza en la mano, como si ese encuentro hubiera sido planeado.

 Pensé que estaba bromeando dijo ella. Nunca bromeo con ese tipo de cosas. Hubo un silencio breve. De verdad iría a una cena familiar conmigo. Si tú quieres. Mi tía hace preguntas incómodas. Sé responderlas. Mariana lo miró intentando descifrar si aquello era real. Solo sería una noche, dijo ella. Una noche, confirmó él. Ella asintió despacio.

Está bien. Sebastián no celebró, solo asintió una vez. Entonces, necesitamos reglas. Se reunieron más tarde en una sala pequeña. Sebastián fue directo. Debemos parecer una pareja real. Historia sencilla. Nada exagerado. De acuerdo. Contacto normal. Nada forzado. Si te sientes incómoda, lo dices y nos vamos. Mariana lo observó con atención.

¿Por qué se está tomando esto tan en serio? Porque si voy no permitiré que te ridiculicen. Eso la desarmó más de lo que esperaba. Esa misma noche, Mariana llamó a su madre. No voy sola dijo. Estoy saliendo con alguien. Silencio al otro lado. ¿Desde cuándo? Desde hace un tiempo. ¿Cómo se llama? Sebastián.

 Hubo un golpe seco como si alguien se hubiera sentado de golpe. Sebastián Montoya. Mariana cerró los ojos. Sí. La noticia se propagó rápido. Mensajes, llamadas, comentarios curiosos. Mariana se sentía atrapada entre nervios y una extraña calma. Días después, Sebastián fue a su departamento para repasar detalles. No llegó como jefe, llegó como alguien dispuesto a escuchar.

 Hablaron de la familia, de preguntas incómodas, de silencios que dolían. “No quiero que esto te afecte”, dijo ella. “No lo hará.” Cuando se fue, Mariana se quedó mirando la puerta cerrada. Algo ya había cambiado. Esa noche un mensaje apareció en su celular. Una foto borrosa. Ella y Sebastián sentados juntos riendo. El texto decía, “Parece que ya es oficial.

” Mariana sintió un nudo en el estómago. Minutos después, el teléfono sonó. “Voy a encargarme de esto”, dijo Sebastián. Pero no haré nada sin tu permiso. ¿Qué significa eso? Que si el mundo va a inventar una historia, prefiero que no te lastime. Mariana respiró hondo. Confío en usted. Hubo un silencio breve. En mí, corrigió él.

Y por primera vez ella no sintió miedo al decirlo. Confío en ti. Mariana no durmió esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de esa foto regresaba a su mente. No por el escándalo, sino por la forma en que estaba sonriendo. No recordaba la última vez que se había visto así, relajada, sin estar midiendo cada gesto.

 A la mañana siguiente, el rumor ya no era un susurro. En la oficina las miradas se desviaban apenas ella pasaba. No eran descaradas, pero estaban ahí. ¿Todo bien?, preguntó una compañera fingiendo naturalidad. Sí, respondió Mariana. Todo normal. Mentía solo un poco. En su bandeja de entrada apareció un mensaje nuevo de Sebastián Montoya.

Asunto: acuerdos. Pasemos a mi oficina a las 11. Necesitamos ajustar algunos detalles. Mariana miró el reloj. Faltaban 10 minutos. Su estómago dio un giro extraño. Sebastián ya estaba ahí cuando ella entró sin saco, mangas dobladas, una taza de café en la mano. No parecía el mismo hombre distante que dirigía juntas con una sola mirada.

La situación se está moviendo más rápido de lo previsto, dijo el sin rodeos. Ya hay medios preguntando de forma indirecta. Medios repitió ella sorprendida. Nada oficial, pero cuando algo empieza es difícil frenarlo. Mariana se sentó despacio. Yo no quería esto. Lo sé, respondió él. Por eso quiero que tengas el control.

 Le mostró el celular. Un breve comunicado frío, cuidadoso. Solo confirmamos que estamos saliendo sin detalles, sin entrevistas. Ella leyó el texto dos veces. Y si digo que no, no se publica. Mariana levantó la mirada. De verdad. Sí. Ese detalle, pequeño firme, le dio más tranquilidad de la que esperaba. Está bien”, dijo finalmente, “Pero solo eso.” Sebastián asintió.

Gracias por confiar. Cuando el comunicado salió, el ruido cambió de tono. Ya no era especulación, era curiosidad. Mariana apagó notificaciones y decidió concentrarse en trabajar hasta que su hermana llamó. Es cierto. Depende de que tan exagerado lo digas. Mamá está convencida de que te vas a casar.

 Mariana se pasó una mano por la cara. Dile que respire. Demasiado tarde. Esa tarde Sebastián pasó por ella para acompañarla a casa. No era algo que hicieran normalmente, pero ahora todo era distinto. Ricardo ya llegó, dijo Mariana mirando su teléfono. Dos días antes. Sebastián apretó ligeramente el volante. Entonces, no vamos a esperar.

 ¿Qué? Vamos hoy. Mariana lo miró. Hoy sí. Caminamos juntos sin explicaciones, sin carreras. Ella tragó saliva. Está bien. El trayecto fue silencioso, pero no incómodo. Sebastián tomó su mano al detenerse frente a la casa. No tienes que demostrar nada, dijo. Solo estar. La puerta se abrió antes de que tocaran. Su madre la abrazó con fuerza.

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