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La confesión prohibida de María Félix que su hijo hizo desaparecer

 Ciudad de México. Septiembre de 1974. Colonia Polanco. Eran las 11 de la noche de un martes lluvioso cuando María Félix cerró las puertas de su estudio privado, descolgó los tres teléfonos de la casa y le dijo a Lupita, su asistente de toda la vida, que no la molestara bajo ninguna circunstancia, que no importaba quién llamara, quien tocara la puerta, quién llegara.

 Esa noche no existía para nadie. Lupita la conocía bien. Llevaba más de 20 años a su lado. Conocía cada humor, cada capricho, cada señal. Y esa noche vio algo diferente en los ojos de María, algo que no había visto antes. No era la furia que le conocía cuando alguien la insultaba. No era la tristeza elegante que mostraba cuando recordaba a Jorge Negrete, no era el hielo con que trataba a los periodistas.

 Era algo más profundo, más antiguo. Era la mirada de una mujer que había decidido hacer algo irrevocable. “Señora, susurró Lupita. Está bien, vete a dormir”, respondió María. Su voz era suave, pero definitiva. Mañana va a ser un día largo. Por cierto, no olvides suscribirte a este canal para seguir escuchando más historias como esta, historias de la época que forjó a las verdaderas leyendas de México.

 Para entender lo que María Félix hizo esa noche de septiembre de 1974, hay que entender primero la herida más profunda de su vida. Una herida que ninguna película curó, que ningún matrimonio sanó, que ninguna joya tapó. La herida se llamaba Enrique. Enrique Álvarez Félix nació el 6 de enero de 1934 en Guadalajara, Jalisco.

 María tenía apenas 19 años. Se había casado a los 17 con Enrique Álvarez a la Torre, un hombre que al principio parecía un sueño y después se convirtió en pesadilla. El matrimonio fue un desastre desde el inicio. Álvarez a la torre era celoso, controlador, un hombre que no podía soportar que su esposa fuera más hermosa, más inteligente, más magnética que él.

 Cuando nació el niño, María creyó que todo cambiaría, que un hijo les daría propósito, dirección, paz. Se equivocó. El nacimiento de Enrique solo intensificó la guerra entre ellos. Álvarez a la torre usaba al niño como arma. Si María se atrevía a contradecirlo, le quitaba al bebé. Si María salía sin permiso, amenazaba con llevarse al niño lejos.

 Si María soñaba con ser algo más que esposa, Álvarez a la Torre le recordaba que una madre no podía tener ambiciones. Y entonces llegó el momento que partiría la vida de María en dos mitades irreconciliables. En 1938, cuando Enrique tenía 4 años, María se divorció. Era un acto de valentía casi suicida en el México de los años 30.

 Una mujer que se divorciaba era vista como una fracasada moral. Una vergüenza. Pero María no podía seguir viviendo con un hombre que la estaba destruyendo, así que firmó los papeles y respiró libre por primera vez en 7 años. Pero la libertad vino con un precio que María jamás imaginó. Alvarez Salator le arribat a Enrique usó sus contactos, sus abogados, su familia, la moral de la época que decía que una mujer divorciada no merecía criar a un hijo y un juez le dio la razón.

 María perdió la custodia de su hijo. El día que se lo quitaron, María no lloró en público. Se paró derecha con la mandíbula apretada, los ojos secos. Solo cuando llegó a la casa de su madre, sola en la habitación donde había dormido de niña en Álamos, se derrumbó. Lloró toda la noche, toda la madrugada, todo el amanecer.

 Lupita, que entonces apenas la conocía, le contó años después a un periodista que nunca había escuchado a un ser humano llorar así, como si le arrancaran algo de adentro con las manos. María Félix construyó toda su carrera cinematográfica, toda su imagen de mujer invencible, toda su armadura de diamantes y frases mortales sobre las cenizas de esa pérdida.

 Cada película que filmó, cada hombre que conquistó, cada escenario que dominó, cada frase lapidaria que lanzó contra quien se atreviera a desafiarla, todo era un intento de llenar el vacío que le dejó perder a su hijo. La industria del cine mexicano la recibió como una diosa. En 1943 debutó en El Peñón de las Ánimas y México descubrió a una criatura que no se parecía a nada que hubieran visto antes.

 No era la mujer sumisa del melodrama clásico. No era la madre sacrificada. No era la novia virginal. Era algo nuevo, algo peligroso, algo que fascinaba y aterraba al mismo tiempo. Era una mujer que miraba a los hombres directamente a los ojos y no bajaba la mirada. Y el país se enamoró de ella con la misma fuerza con la que le temía.

Pero mientras México adoraba a María Félix, la actriz, María Félix, la madre vivía en un infierno privado. Veía a Enrique esporádicamente cuando su exmarido lo permitía. El niño crecía lejos de ella, educado para creer que su madre lo había abandonado, que había preferido la fama al amor de su hijo, que era una mujer fría que solo pensaba en sí misma.

 Álvarez a la Torre se aseguró de envenenar la relación desde la raíz y lo logró. Enrique creció con una imagen distorsionada de su madre. Para él, María Félix no era la doña, no era la leyenda, no era la mujer más bella de México, era la mujer que lo abandonó, la que eligió el cine sobre él, la que prefería los aplausos de desconocidos al amor de su propio hijo.

Y esa herida se convirtió en resentimiento, el resentimiento en distancia, la distancia en un muro que ninguno de los dos supo como derribar durante décadas. Enrique siguió los pasos de su madre y se convirtió en actor. Algunos dijeron que lo hizo para estar cerca de ella, para entrar en su mundo.

 Otros dijeron que lo hizo para demostrarle que él también podía brillar sin ella. La verdad probablemente estaba en algún punto medio. Debutó en los años 50 y tuvo una carrera respetable, no brillante como la de su madre, pero sólida. Actuó en telenovelas, en teatro, en algunas películas. El público lo conocía como el hijo de María Félix, una etiqueta que lo persiguió toda su vida y que el odiaba con una intensidad que pocos conocieron.

Porque ser hijo de María Félix significaba vivir permanentemente a la sombra de una mujer más grande que la vida misma. Significaba que cada logro suyo era minimizado, cada fracaso amplificado, cada relación personal analizada bajo la lupa de quién era su madre. Septiembre de 1974. María Félix tenía 60 años.

 Había filmado su última película 4 años antes, la generala en 1970. Vivía en su casa de Polanco, rodeada de arte, de recuerdos, de una soledad que disfrazaba de independencia. Alexander Berger, su quinto esposo, el banquero francés que le había dado estabilidad emocional durante años, había muerto ese mismo año, en 1974. María estaba sola de una manera que no había experimentado antes.

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