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El día que Agustín Lara se burló de María Félix en la calle – Su respuesta dejó a todos temblando

 El dolor de que el hombre que dice amarte sea el primero en humillarte. Por cierto, si estás historias de la doña te hacen sentir algo, si te transportan a esa época dorada que ya no regresará, suscríbete a este canal para que no te pierdas ninguna. Ciudad de México, noviembre de 1946. El otoño traía un aire fresco que bajaba desde los volcanes y se colaba entre los edificios del centro.

 María Félix tenía 32 años y estaba casada con Agustín Lara desde hacía poco más de un año, un año que había empezado como un sueño y se había convertido en una pesadilla disfrazada de lujo. Agustín Lara era sin discusión el compositor más importante de México, tal vez de toda Latinoamérica. Sus canciones sonaban en cada radio, en cada cantina, en cada serenata de cada esquina del país.

Solamente tú, Noche de Ronda, Granada, Farolito, María Bonita. Canciones que definieron una época entera, canciones que las abuelas todavía cantan mientras cocinan. Canciones que suenan en las bodas y en los funerales porque Agustín Lara había encontrado la manera de poner música a cada emoción humana. Tenía 49 años, una cara marcada por la viruela que él mismo describía como cara de genio golpeado por Dios.

 Dedos largos de pianista que se movían sobre las teclas como si el piano fuera extensión de su cuerpo y un ego que no cabía en ningún teatro de la República. Agustín Lara se sabía genio. Lo decía abiertamente, lo repetía en entrevistas, en fiestas, en la intimidad de su hogar. Yo soy Agustín Lara, decía como si eso explicara todo, como si su nombre fuera un argumento completo contra cualquier objeción y en cierto sentido lo era.

 En el México de los años 40, ser Agustín Lara era ser intocable. Los presidentes lo invitaban a cenas de estado. Los empresarios se peleaban por tenerlo en sus eventos. Las mujeres más hermosas del país soñaban con que les compusiera una canción. y él lo sabía, lo disfrutaba, lo explotaba. María Félix, por su parte, era la estrella más brillante del cine mexicano.

 Llevaba apenas 4 años haciendo películas, pero ya había filmado doña Bárbara, la mujer sin alma, la devoradora. Ya era la doña, ya caminaba por las calles de Ciudad de México como si fueran suyas, porque en cierto sentido lo eran. Los hombres se detenían cuando la veían pasar. Las mujeres la miraban con una mezcla de admiración y envidia que solo provocan las verdaderas reinas.

 Alta, esbelta, con esos ojos que parecían capaces de incendiar lo que miraban, María Félix no era solo bella, era magnética, era inevitable. Era la clase de mujer que entra a un cuarto y todo el mundo deja de hablar. Cuando se casaron en 1945, México enloqueció. Era la unión perfecta, la voz de México con el rostro de México.

 Agustín le había compuesto María Bonita durante su luna de miel en Acapulco con Pedro Vargas estrenándola en Serenata frente al mar y la canción se convirtió en himno nacional no oficial. Todo México la cantaba. Todo México celebraba esa unión. Pero detrás de las cámaras, detrás de las sonrisas en las portadas de las revistas, detrás de las fiestas llenas de champañe y aplausos, el matrimonio se estaba pudriendo desde adentro.

 Agustín Lara era cheloso, no celoso como un hombre enamorado, celoso como un hombre enfermo, celoso de una manera que empezaba con preguntas suaves, con dónde estabas y con quien hablabas, y terminaba con gritos a las 3 de la mañana, con acusaciones delirantes, con objetos rotos contra las paredes del departamento de Polanco, donde vivían.

 Agustín no soportaba que María trabajara. No soportaba que otros hombres la miraran en la pantalla, que actores la tomaran de las manos en las escenas, que directores le dijeran cómo moverse, cómo hablar, cómo sentarse. Cada película que María filmaba era una tortura para Agustín. Cada escena romántica era una traición.

 Cada estreno era una humillación. Tú no me necesitas a mí”, le decía Agustín en las noches de pelea. “Tienes a tus directores, a tus fans, a tus actorcitos de quinta que se derriten cuando los miras.” María intentaba calmarlo. “Austín, son películas, esa actuación. No es real. Nada de lo que haces es real”, respondía él.

 ni tus películas ni este matrimonio. Y después se sentaba al piano y tocaba durante horas canciones tristes, canciones de despecho, canciones que sonaban como llanto convertido en música. Y María se quedaba sola en la otra habitación, escuchando la música de su marido atravesar las paredes, preguntándose como un hombre que podía crear tanta belleza con los dedos podía ser tan cruel con las palabras.

 Los amigos cercanos sabían. Lupita, la asistente de María, lo sabía mejor que nadie. Doña María le decía cuando la encontraba llorando después de una pelea. Usted no tiene que aguantar esto. Nadie tiene que aguantar esto. María se secaba las lágrimas con cuidado. El maquillaje siempre intacto. La dignidad siempre de pie, aunque por dentro estuviera destrozada. Es mi esposo, Lupita.

 Le di mi palabra ante Dios. Su palabra ante Dios. repetía Lupita con una mezcla de tristeza y rabia. Dios no le pidió que se dejara destruir, pero María aguantaba. Aguantaba porque en esa época divorciarse era escándalo mortal. Aguantaba porque amaba a Agustín, o al menos amaba al hombre que Agustín había sido cuando le compuso María Bonita frente al mar.

 cuando la miraba con esos ojos de poeta consumido y le decía que ella era lo más hermoso que existía en el mundo, aguantaba porque tenía la esperanza de que ese Agustín regresara, de que los celos pasaran, de que la música sanara lo que la inseguridad había enfermado. Pero ese Agustín no iba a regresar y María lo descubriría de la peor manera posible.

 Los meses previos al incidente habían sido particularmente brutales. Agustín había empezado a beber más de lo habitual. que ya era mucho. Llegaba borracho a las 4 de la mañana, oliendo a tequila, a perfume ajeno, a noches que María prefería no imaginar. Y entonces empezaban las peleas. Agustín le decía cosas horribles, que estaba envejeciendo, que su belleza se marchitaba, que sin él no sería nadie, que antes de conocerlo era solo una cara bonita de álamos, sonora, una pueblerina que tuvo suerte. María callaba.

 Se mordía la lengua, apretaba los puños debajo de las cobijas y se repetía a sí misma que no iba a rebajarse, que no iba a pelear con un borracho, que una reina no discute con quien no está a su nivel. Pero cada insulto dejaba marca. Cada palabra cruel era una cicatriz invisible que se sumaba a las anteriores.

 Y María Félix podía hacer muchas cosas. Podía ser paciente, podía ser estratégica, podía ser elegante en su sufrimiento, pero tenía un límite. Todo ser humano tiene un límite. Y Agustín estaba a punto de encontrarlo. La semana antes del incidente, algo cambió en María. Lupita lo notó primero. Doña María ya no lloraba después de las peleas.

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