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Esa noche nació Javier Solís — Pedro Infante: “No pidas permiso para cantar”

 Pedro se había instalado en una silla de las gradas medias, sin avisar, sin que nadie lo hubiera invitado formalmente. Venía solo, con ropa sencilla que no lo distinguía del resto y llevaba en el bolsillo interior del saco una libreta pequeña donde de vez en cuando anotaba algo con letra apretada. estaba preparando un personaje.

 En pocos meses comenzaría el rodaje de una película donde tendría que meterse en la piel de un boxeador. Y Pedro Infante era de los que no podían fingir lo que no habían sentido ni observado con atención real. Necesitaba entender cómo se mueve un hombre que vive de sus puños,  cómo respira antes de subir al ring, qué cara pone cuando el árbitro levanta su mano al final o cuando la noche termina sin que nadie la levante.

 Necesitaba ver de cerca lo que iba a tener que convertir en otra cosa sobre una pantalla. Con la misma honestidad con que siempre había construido cada papel que había interpretado, llevaba tres peleas observando cuando salió el joven del lado izquierdo del ring. Tenía 20 años, aunque en ese momento parecía más joven y más viejo al mismo tiempo.

 Esta contradicción que tienen los muchachos que han trabajado duro desde temprano y que han aprendido  cosas que la infancia normal no enseña. Era delgado para ser boxeador, pero con esa delgadez fibrosa que engaña a quien no sabe mirar. La clase de cuerpo que ha sido construido con esfuerzo y no con privilegio, con repetición y con la aceptación de que el dolor es simplemente parte del proceso y no una señal de que algo está mal.

 subió al ring con la mirada fija en el frente, como quien ya tiene la pelea en la cabeza y lo sabe y sube igual porque bajar no es una opción que se permita. En sus ojos había algo que Pedro identificó de inmediato sin poder nombrarlo todavía, algo que tenía que ver con la distancia entre donde uno está y donde uno siente que debería estar.

 Esa distancia que algunos hombres aprenden a ignorar y que otros cargan como un peso silencioso que los mueve sin que nadie lo vea. Se llamaba Javier Solís, aunque en ese recinto nadie lo llamaba por ese nombre todavía, sino por el apodo que le habían puesto en el gimnasio donde entrenaba desde los 16 años. Cuando llegó por primera vez con los zapatos rotos y la determinación intacta de quien no tiene otra cosa que ofrecer más que sus  ganas, Pedro lo vio entrar al ring y lo observó con la atención concentrada del hombre que toma notas aunque no saque la

libreta. La pelea duró seis rounds. Javier ganó cuatro de ellos con una claridad que hizo que las gradas respondieran cada vez que conectaba. Ese sonido gutural y colectivo que hacen  los hombres cuando ven a alguien hacer exactamente lo que se supone que hay que hacer en un ring. Eleaba con inteligencia más que con fuerza bruta,  moviéndose de una manera que sugería que su cuerpo había aprendido esa geometría del combate con mucha repetición y poca queja.

 Cuando el árbitro levantó su mano al final,  las gradas aplaudieron con el reconocimiento práctico que ese tipo de público reserva para el trabajo bien hecho, sin euforia exagerada, pero sin tacañería tampoco. Javier recibió el aplauso sin sonreír, con una inclinación breve de la cabeza que era respeto hacia el público y hacia el deporte y no celebración personal, porque en su cara no había la satisfacción que debería haber después de ganar.

 Pedro aplaudió también guardó la libreta en el bolsillo sin haber escrito nada. Había visto lo que necesitaba ver, pero no era lo que había ido a buscar. Había ido a estudiar el movimiento y la resistencia y la manera en que un cuerpo absorbe el impacto y sigue adelante. Había encontrado algo más difícil de anotar, la imagen de un hombre que hacía su trabajo con excelencia y que, sin embargo, al recibir el aplauso, miraba hacia el suelo como si ese reconocimiento llegara a una dirección equivocada.

Había algo en ese joven que no encajaba del todo con el lugar. No en el sentido de que fuera mejor o peor que los demás, sino en el sentido de que mientras los otros boxeadores parecían completamente en su elemento dentro del ring, completamente definidos por lo que hacían ahí adentro, este muchacho peleaba como alguien que está en el lugar correcto por las razones equivocadas, como alguien que ha aprendido a hacer bien algo que no eligió completamente, que domina su oficio con disciplina real, pero que al final de la noche, cuando el sudor se

seca y el ruido se va, se queda con algo que no es exacto. vacío, pero que tampoco es plenitud. Pedro conocía esa sensación desde adentro. La había visto en el espejo en sus primeros  años, antes de que encontrara el camino que era realmente suyo, antes de que la guitarra que construyó con sus propias manos en Sinaloa se convirtiera en el instrumento con que le hablaría a México entero.

 Fue hacia los camerinos sin pensarlo mucho. No había una razón precisa que pudiera articularle a alguien si le preguntaban. simplemente caminó hacia donde había visto desaparecer al joven con la calma de quien sigue un impulso que no necesita justificación porque viene de un lugar que siempre ha sido de confianza.

 El corredor que llevaba a los vestuarios era estrecho y olía más fuerte que las gradas, al inimento y a esfuerzo, y a ese cansancio específico del cuerpo que acaba de exigirse algo grande. Las paredes de concreto guardaban el frío de la noche y el calor de los cuerpos al mismo tiempo, y las bombillas del pasillo eran más débiles que las del ring, dejando zonas de sombra entre cada una.

 Había otros hombres ahí, entrenadores con toallas al hombro. El médico de guardia sentado en una silla leyendo algo, un par de periodistas de los que cubren el box en los periódicos de deportes. Nadie le prestó atención particular a Pedro, o si lo reconocieron, prefirieron respetar que estuviera ahí sin hacer alboroto.

Con ese tácito acuerdo que a veces tienen los lugares humildes con los hombres famosos que los visitan sin anunciarse. encontró al joven sentado en un banco de madera al fondo del corredor, no adentro del vestuario, sino afuera, con la espalda contra la pared de concreto y los codos sobre las rodillas.

 Todavía tenía los vendajes en las manos y una cortada pequeña sobre el pómulo izquierdo que alguien había limpiado, pero que seguía mostrando el color oscuro de la sangre reciente. No estaba celebrando su victoria, no estaba hablando con nadie. tenía los ojos fijos en el suelo con la expresión de alguien que acaba de terminar algo  que le costó mucho y que ya está pensando en lo siguiente sin permitirse el lujo del descanso intermedio, como si detenerse a sentir lo que acaba de pasar fuera un riesgo que no puede darse el lujo de

correr. Pedro se recargó en la pared de enfrente, no dijo nada de inmediato. El joven levantó la vista, lo reconoció en un segundo, con esa expresión que tiene la gente cuando el cerebro procesa algo que los ojos no esperaban ver en ese lugar, ese segundo de duda, antes de que la certeza llegue completa,  se incorporó ligeramente con el instinto del respeto aprendido desde pequeño.

Pedro le hizo un gesto con la mano que decía que no era necesario moverse, que se quedara como estaba.  se acuclilló hasta quedar a su misma altura, apoyando la espalda contra la pared, y lo miró con esa atención directa que tenía,  la que no disimulaba ni fingía estar en otro lado. le dijo que había peleado bien, que había visto los seis rounds completos y que el cuarto había sido especialmente bueno, que en el cuarto había hecho algo con el pie derecho que le había permitido crear un ángulo que el otro no

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