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El Último Deseo de un Niño Enfermo era conocer a Pedro Infante — Hasta que…

 ¿Qué le vamos a decir?, preguntó Carmen. Finalmente Héctor no respondió de inmediato. Miró las flores moradas que caían del jacaranda sobre el suelo del jardín y pensó en su hijo, en ese niño de ojos grandes y risa fácil, que en este momento estaba en la habitación 214 escuchando un cassete viejo con las canciones de Pedro Infante.

 No sé, dijo Héctor. Todavía no sé. Miguel Ángel llevaba tres meses internado. Había entrado en noviembre cuando una fiebre que no cedía con nada los obligó a llevarlo de urgencia. Desde entonces, la habitación 214 se había convertido en su mundo entero. Las paredes color crema, la ventana con vista al estacionamiento, la televisión pequeña que colgaba del techo y que casi nunca encendía porque prefería escuchar su música.

 La obsesión de Miguel Ángel por Pedro Infante había comenzado dos años atrás, cuando su abuelo Ernesto lo sentó en su sillón favorito, puso un disco viejo en el tocadiscos y le dijo, “Escucha esto, chamaco, para que sepas lo que es cantar de verdad.” Lo que sonó en ese cuarto oloroso a madera y tabaco fue Amorcito Corazón, y algo en la voz de aquel hombre que Miguel Ángel no conocía le llegó directo al pecho como si lo conociera de toda la vida.

 “¿Quién es ese señor, abuelo?”, preguntó Miguel Ángel. El abuelo Ernesto sonrió con esa sonrisa de quien acaba de entregarle algo valioso a alguien que lo sabrá cuidar. Ese mi hijo es Pedro Infante, el más grande que ha dado este país. Desde esa tarde, en el sillón del abuelo Ernesto, Miguel Ángel se convirtió en el fan más improbable que Pedro Infante había tenido en décadas.

Mientras sus compañeros de segundo grado coleccionaban estampas de futbolistas y discutían sobre caricaturas japonesas, él pedía que le prestaran cassetes. Buscaba películas en la biblioteca del barrio y le hacía preguntas a su abuelo que a veces el propio Ernesto no sabía responder.

 ¿Por qué Pedro Infante nunca está triste cuando canta, abuelo, aunque las canciones sean tristes? El abuelo Ernesto pensó la respuesta durante un momento largo. Porque aprendió a convertir el dolor en algo hermoso, mi hijo. Eso es lo que hacen los grandes artistas. Miguel Ángel guardó esa respuesta en algún lugar profundo y la siguió pensando durante semanas. Él también tenía dolor.

 Un dolor que vivía en sus huesos desde antes de que los médicos le pusieran nombre. un cansancio que no era como el de los niños normales después de correr o jugar, sino uno más pesado, más oscuro, que lo despertaba a veces en la madrugada sin razón aparente. Y había descubierto que cuando escuchaba a Pedro Infante, ese dolor no desaparecía, pero se volvía más soportable, como si la música fuera una mano que lo tomaba del hombro y le dijera, “Aquí estoy.

 No está solo.” En la habitación 214 tenía pegado con cinta adhesiva sobre la cabecera de su cama un recorte de revista que su abuelo le había conseguido. Era una fotografía en blanco y negro de Pedro Infante con su sombrero charro sonriendo con esa sonrisa que llenaba cualquier espacio. Bajo la fotografía, con letra torpe de niño, Miguel Ángel había escrito con marcador rojo: “El mejor cantante del mundo.

” Las enfermeras que entraban a revisar sus signos vitales habían aprendido a respetar esa fotografía como si fuera un objeto sagrado. Una vez, una enfermera nueva trató de despegarla porque pensó que era basura adherida a la cama y Miguel Ángel la miró con una seriedad tan absoluta que la enfermera retrocedió sin decir nada y nunca volvió a tocarla.

Carmen y Héctor habían aprendido a leer el estado de ánimo de su hijo por la música que escuchaba. Cuando ponía cielito lindo, estaba de buen humor. Cuando ponía el soldado raso, estaba pensativo. Y cuando ponía Amorcito Corazón, que era casi siempre, simplemente estaba siendo Miguel Ángel, ese niño que amaba una voz que pertenecía a otro tiempo y que de alguna manera le hablaba directo al corazón.

Una tarde de febrero, tres días después de que los médicos les dieran la noticia a sus padres, la enfermera soledad entró a la habitación a cambiar el suero y encontró a Miguel Ángel mirando fijamente la fotografía de la cabecera con una expresión que no era tristeza exactamente, sino algo más parecido a la concentración de alguien que está resolviendo un problema muy complicado.

¿En qué piensas? le preguntó Soledad mientras ajustaba el gotero. Miguel Ángel tardó en responder. “En que quiero conocerlo”, dijo finalmente señalando la fotografía con un dedo delgado. “Quiero conocer a Pedro Infante antes de que no terminó la frase, pero Soledad entendió perfectamente lo que esa pausa contenía.

Soledad Vargas llevaba 11 años trabajando en el Hospital Civil de Guadalajara y había desarrollado con el tiempo una armadura invisible que le permitía hacer su trabajo sin que el dolor de los pacientes la destruyera por dentro. Era necesaria esa armadura. Sin ella, ninguna enfermera podría sobrevivir emocionalmente a lo que se veía en esos pasillos.

 Pero había momentos, ciertos momentos específicos donde la armadura fallaba. La frase incompleta de Miguel Ángel fue uno de esos momentos. Salió de la habitación con pasos normales, caminó hasta el baño del personal, cerró la puerta con seguro y se sentó en el suelo con la espalda contra la pared durante 4 minutos completos. No lloró, solo respiró y pensó en lo que ese niño acababa de decirle con esa media frase que dolía más que cualquier frase completa.

 El problema era uno que nadie en esa habitación había mencionado todavía en voz alta, pero que todos conocían perfectamente. Pedro Infante había muerto en 1957 en un accidente de aviación en Mérida, Yucatán, cuando tenía apenas 39 años. Llevaba casi cuatro décadas muerto cuando Miguel Ángel nació y sin embargo, este niño hablaba de él como si fuera una persona viva y cercana, como si conocerlo fuera algo que podía suceder cualquier tarde de martes si las circunstancias eran las correctas.

 Nadie le había dicho a Miguel Ángel que Pedro Infante estaba muerto. Soledad no sabía si era porque sus padres no habían encontrado el momento o porque la noticia les parecía demasiado cruel para añadirla a todo lo demás que el niño ya cargaba. o simplemente porque en el universo de la habitación 214, donde las canciones de Pedro Infante sonaban todos los días, la muerte del cantante era un hecho que pertenecía al mundo exterior y ese mundo exterior había dejado de importar.

 Esa noche, Soledad buscó a Carmen en la sala de espera del tercer piso, donde la madre de Miguel Ángel solía quedarse cuando Héctor cubría su turno en la ferretería donde trabajaba. Carmen estaba tejiendo. ¿Qué era lo que hacía sus manos cuando su cabeza no encontraba cómo quedarse quieta? Doña Carmen, ¿puedo hablarle de algo? Carmen levantó la vista.

 Había algo en el tono de Soledad que le dijo que no era una conversación sobre medicamentos ni sobre horarios. Claro, Soledad, siéntate. Soledad le contó lo que Miguel Ángel había dicho esa tarde. La frase incompleta. El dedo señalando la fotografía. La pausa que lo contenía todo. Carmen dejó de tejer. Miró sus manos durante un momento largo.

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