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Él Dijo “Si Conoces Tragos Amargos Tan Bien, Tócala” a Ramón Ayala —Pero Chalino Sánchez Lo Oyó Todo 

Él Dijo “Si Conoces Tragos Amargos Tan Bien, Tócala” a Ramón Ayala —Pero Chalino Sánchez Lo Oyó Todo 

Chalino Sánchez estaba apoyado en la barra de un salón en Los Ángeles una noche de 1991 con un vaso en la mano y el sombrero inclinado hacia adelante cuando escuchó a un hombre en la mesa de al lado voltearse hacia Ramón Ayala y decirle sin rodeos con ese tono de quien quiere demostrar algo ante la gente alrededor.

Tragos amargos es una canción cualquiera, Ramón. Cualquiera canta eso. No hay nada especial ni en ti ni en ella. El salón estaba ruidoso. Había mucha gente, muchas conversaciones, mucha música sonando al fondo, pero aquellas palabras llegaron hasta Chalino, que estaba a pocos metros de ahí.

 Escuchó cada una de ellas con una claridad que lo hizo bajar el vaso lentamente sobre la barra sin apartar la mirada de la pared frente a él. Lo que ocurrió en los siguientes minutos hizo que aquel hombre y todas las personas que estaban alrededor cambiaran para siempre su percepción sobre Ramón Ayala. Ramón Ayala no era solo un hombre grande en ese mundo.

 Era una de las figuras que habían construido el sonido de la música regional mexicana con décadas de trabajo y tragos amargos. Era una de las canciones que más lejos habían llegado dentro de la comunidad mexicana dispersa por los Estados Unidos. Chalino Sánchez conocía esa canción desde antes de cualquier fama. La había escuchado sonar en bares ruidos donde trabajadores inmigrantes bebían después de un día largo.

 La había escuchado salir de radios viejos dentro de ranchos en el noroeste estadounidense donde él mismo había trabajado de sol a sol documento en el bolsillo. Menospreciarla así frente al propio Ramón con esa arrogancia de alguien que nunca necesitó una canción para atravesar un día difícil. Era el tipo de cosa que Chalino sentía primero en el estómago antes que en la cabeza y se quedó quieto en la barra por algunos segundos más, dejando que aquello se asentara antes de moverse.

 Chalino Sánchez había nacido en Rancho El Guayabo en Sinaloa, en una familia grande y pobre, y había perdido a su padre cuando apenas tenía 6 años, en una época en la que eso significaba que la infancia terminaba ahí mismo, sin tiempo, sin ceremonia y sin elección. Había cruzado la frontera ilegalmente siendo todavía joven.

 Había trabajado en cosechas por salarios que apenas alcanzaban para comer. Había pasado por la cárcel en Tijuana por delitos menores y fue precisamente dentro de la prisión donde descubrió que podía tomar la historia de cualquier hombre y transformarla en música de una manera que hacía que esa historia pareciera viva, urgente y verdadera.

 Todo ese camino le había enseñado algo que no venía de ningún libro, que la música del pueblo cargaba una dignidad que no dependía de que nadie la validara y que quienes intentaban disminuirla generalmente nunca la habían necesitado de verdad. Fue en la cárcel donde nacieron los primeros corridos de Chalino Sánchez, escritos para traficantes que querían escuchar sus historias cantadas, pero no sabían escribir ni una sola línea.

 Y él recibía a cambio dinero, relojes y a veces armas, porque en aquel ambiente la música valía tanto como cualquier otra moneda. Cuando salió comenzó a presentarse en bares y salones de la comunidad mexicana en Los Ángeles y la reputación fue creciendo de boca en boca. sin planes ni campañas, de la manera en que solo crece algo auténtico.

Para 1989 ya era conocido en toda California. Los conciertos se acumulaban más rápido de lo que podía atender y quien lo veía una vez rara vez dejaba de volver porque había algo en su voz que no se podía fabricar y que cualquiera reconocía de inmediato, incluso sin saber explicar exactamente qué era.

 El salón aquella noche reunía gente del universo de la música regional mexicana. músicos, productores, personas que conocían ese mundo desde adentro y tanto Ramón Ayala como Chalino Sánchez estaban allí en el mismo ambiente, sin demasiado protocolo, como sucedía en esos espacios donde la música regional mexicana respiraba fuera de los escenarios oficiales.

 El hombre que había hecho el comentario era alguien que se movía en ese medio con una arrogancia que la gente alrededor ya conocía, del tipo que habla fuerte porque aprendió que casi nadie suele responderle. Y fue con esa misma seguridad que se volteó hacia Ramón y soltó aquello como si fuera una verdad evidente que solo él se atrevía a decir.

Chalino Sánchez apartó el vaso de la barra, acomodó el sombrero y caminó hacia aquella mesa con esa calma específica que quienes lo conocían habían aprendido a no confundir con indiferencia. Chalino Sánchez llegó hasta la mesa sin prisa, se quedó de pie al lado del hombre y esperó a que notara su presencia antes de decir cualquier cosa, porque Chalino nunca necesitó hacer ruido para ser notado.

 Había un peso natural en su llegada que antecedía cualquier palabra. Cuando el hombre levantó la mirada y reconoció quién estaba ahí, la sonrisa que tenía en el rostro fue perdiendo firmeza poco a poco y Chalino aprovechó ese momento de silencio para decir con una voz baja y directa, “Acabas de decir que cualquiera canta tragos amargos frente al hombre que pasó toda su vida haciendo que esa canción llegara hasta donde llegó.

 Así que ahora me vas a escuchar. Purinot no había rabia en el tono, no había amenaza, había algo más pesado que ambas cosas juntas. Estaba la certeza tranquila de alguien que sabe exactamente lo que hará después y no necesita anunciarlo para hacerlo. Chalino Sánchez fue hasta el dueño del salón y le pidió prestada una guitarra.

regresó con ella hacia el centro del lugar, jaló una silla y se sentó justo en medio de todos, sin escenario, sin micrófono, sin ningún tipo de preparación, de la manera en que siempre había hecho música desde el principio, en cercanía real con la gente y sin barreras entre la voz y quién escuchaba. Las conversaciones alrededor fueron bajando solas mientras él afinaba las cuerdas con esa atención pausada de quien no tiene prisa.

 Y cuando terminó, se quedó un instante con las manos quietas sobre el instrumento antes de comenzar, como si estuviera ordenando algo por dentro que las palabras no alcanzarían a explicar. Ramón Ayala, sentado a pocos metros de ahí, observaba todo aquello en silencio con una expresión que no revelaba nada, pero que tampoco apartaba la atención de lo que estaba ocurriendo.

 Cuando Chalino Sánchez comenzó a tocar tragos amargos, el salón entero se detuvo sin que nadie lo hubiera acordado, porque había algo en aquella versión que era diferente de cualquier interpretación técnica de la canción. Era el tipo de interpretación que solo ocurre cuando quién canta. ya conoció de cerca el peso de aquello que la letra describe.

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