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El Millonario le ordenó a la mesera tocar el piano, sin imaginar que ella lo dejaría sin aliento

 Desde entonces, el piano se convirtió en su mayor enemigo. El viejo instrumento, cubierto por una manta gris seguía en la sala del departamento. Nunca lo vendió, aunque sabía que con ese dinero podrían haber vivido varios meses. No podía tocarlo, pero tampoco dejarlo ir. Era lo único que quedaba de aquella vida. Esa tarde, mientras revisaba un montón de facturas,  Emilio llegó corriendo con un sobre en la mano. Valeria gritó desde la puerta.

Llegó la carta del Instituto Helénico. Ella levantó la vista  temiendo lo que venía. Emilio abrió el sobre con nerviosismo y leyó  en voz alta. Nos complace informarte que has sido aceptado en el programa de verano de artes visuales. Su voz tembló. Me aceptaron. Vale. Valeria lo abrazó con fuerza.

 El corazón le latía rápido, dividido entre la felicidad y la angustia. Sabía lo que esa oportunidad significaba, pero también cuánto costaba. “Te lo mereces”, le dijo sonriendo. Es el primer paso de algo grande. Él la miró con esa mezcla de emoción e inocencia que solo tienen los jóvenes, que todavía creen que todo es posible. Pero el curso cuesta demasiado.

No quiero que te preocupes por eso. No digas tonterías. Lo resolveré como siempre,  respondió ella, intentando sonar segura. Sin embargo, cuando se quedó sola, dobló la carta y la guardó entre las cuentas sin pagar. 10,000  € Esa era la cifra que la atormentaba. Su salario apenas alcanzaba para la renta y la comida.

Aquella noche, mientras intentaba dormir, pensó que tal vez tendría que  vender el piano, pero no pudo ni imaginarlo. Al día siguiente, el ambiente en el restaurante estaba tenso. Adriana Lefebre, la  gerente, reunió al personal antes de abrir. Escuchen todos, dijo con seriedad. Hoy atenderemos un evento privado.

El señor Leandro Carali celebra su cumpleaños aquí y no quiero errores. Es exigente, poderoso  y difícil. Así que mantengan la compostura, eviten hablarle y no respondan a provocaciones. ¿Entendido?  Un murmullo nervioso recorrió la sala. Valeria asintió sin decir palabra. Había escuchado rumores sobre él, dueño de una de las compañías navieras más grandes de Grecia, famoso por su fortuna y por su carácter.

 Cuando el reloj marcó las 8, el restaurante se llenó de trajes caros, risas forzadas y copas de champaña. Los ventanales de la elición reflejaban las luces de Atenas mientras el sonido de un cuarteto de cuerda flotaba en el aire. Valeria se movía entre las mesas con precisión, llevando bandejas sin derramar una gota.

 En el centro del salón, Leandro Caralis dominaba la escena. Su presencia era imponente, traje negro impecable,  cabello oscuro perfectamente peinado y una sonrisa que no llegaba a los ojos. A su lado estaba su prometida,  Elena Moretti, vestida con un deslumbrante vestido plateado. Parecían la pareja perfecta, aunque algo en la forma en que él  la ignoraba decía lo contrario.

 Valeria pasó junto a ellos sirviendo copas. No esperaba que la notaran, pero Elena la miró por un instante. Fue una mirada rápida, confusa, como si intentara recordar un rostro olvidado. Valeria sintió un nudo en el estómago, aunque no entendía por qué. El resto de la noche transcurrió entre brindis, risas exageradas y órdenes dichas con desdén.

 Los invitados hablaban de inversiones, yates y destinos exóticos. Para Valeria, cada palabra era un recordatorio de que su mundo no pertenecía a ese lugar. Poco antes de medianoche, mientras reponía una botella de vino en la mesa principal, escuchó el sonido familiar de un piano. Giró la cabeza. En la esquina del salón había un majestuoso instrumento negro brillante bajo la luz.

 Un músico contratado tocaba melodías suaves para acompañar la velada. El corazón de Valeria dio un vuelco. Cada nota le recordaba quién había sido y lo que había perdido. Trató concentrarse en su trabajo, pero el temblor en sus manos la delató. “¿Estás bien?”, le preguntó una  compañera. “Sí, solo el sonido del piano me distrae un poco”, respondió forzando una sonrisa.

 “¿Te gusta la música clásica?” “Digamos que la conozco bien.” No dijo más. guardó silencio, respiró profundo y siguió su ruta entre las  mesas. No podía imaginar que esa misma noche el piano sería la puerta a todo lo que había enterrado. Desde la distancia, Leandro la observaba con curiosidad. Algo en  su actitud reservada, en la forma en que evitaba mirar a los invitados, llamó su atención.

No sabía  quién era, pero estaba a punto de convertirla en el centro de su diversión. El reloj  marcó casi la medianoche y el ambiente en elum seguía tan elegante como tenso. Los camareros se movían con precisión, intentando no llamar la atención de los invitados más poderosos de Grecia.

 Valeria servía copas en silencio, disimulando el cansancio en sus ojos. Sabía que esa noche tenía que ser perfecta. Un solo error podía costarle el trabajo. Leandro Caralis estaba en su elemento.  Reía con fuerza. contaba anécdotas de negocios y dejaba  que todos lo adularan. Su tono era arrogante, el de un hombre acostumbrado a que nadie le dijera que no a su lado.

 Elena Moretti sostenía su copa de vino con elegancia, pero su sonrisa era tensa. Escuchaba, asentía y fingía interés, aunque sus ojos parecían buscar algo más allá de aquella fiesta vacía. Valeria pasó cerca con una bandeja. No miró  directamente a nadie, pero escuchó claramente la conversación del grupo principal.

Leandro, ¿es cierto que compraste otro yate? Preguntó uno de sus amigos entre risas. Por supuesto, aunque sinceramente ya me estoy quedando sin espacio en el puerto, respondió él con aire de superioridad. Pero, ¿qué se le puede hacer? Cuando  trabajas duro, el dinero no deja de llegar. Las risas se multiplicaron.

Valeria pensó que el comentario sonaba hueco,  como si él mismo creyera poco en su propia broma. Dejó las copas en la mesa y dio media vuelta, intentando pasar desapercibida. Pero justo en ese momento, Elena levantó la vista y sus miradas se cruzaron por segunda vez. Fue solo un segundo, pero bastó.

 Elena frunció el ceño, ladeó la cabeza y siguió a Valeria con la vista. Había algo en ese rostro que le resultaba familiar, algo que la llevó años atrás a un aula llena de  música. Mientras tanto, Adriana Lefebre, la gerente, se acercó a Valeria con paso rápido. Mesa tres.  Pide más champaña. Susurró.

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