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El episodio prohibido de María Félix que el gobierno quiso borrar

 Cada programa, cada noticia, cada entrevista pasaba por un filtro invisible, pero implacable. Si decías algo que incomodara al presidente, tu programa desaparecía. Si insistías, tú desaparecías. Así funcionaba México en los años 70. Antes, en 1968, el gobierno había masacrado a cientos de estudiantes en Tlatelolco. La televisión no transmitió nada.

 Los periódicos publicaron la versión oficial y México aprendió una lección brutal. La verdad era peligrosa y quien la decía pagaba con su vida. En ese contexto, hacer televisión en vivo era caminar sobre hielo delgado. Cada conductor sabía exactamente que podía decir y que no. Cada productor tenía una línea directa con gobernación por si algo salía de control.

Y cada invitado firmaba un acuerdo tácito. Podía ser gracioso, podía ser polémico, pero nunca, bajo ninguna circunstancia podías decir la verdad sobre el poder. Raúl Astor no entendió eso a tiempo. Raúl tenía 38 años, cabello oscuro, peinado hacia atrás, bigote fino, ojos de hombre que todavía creía en lo que hacía.

 Llevaba dos años al frente de Encuentro Nocturno, un programa de entrevistas que salía al aire los miércoles a las 10 de la noche. No era el programa más visto de México, pero tenía algo que los demás no tenían. Invitados de verdad. No los títeres que Televisa reciclaba de programa en programa. Raúl buscaba a los que tenían algo que decir, a los incómodos, a los que hacían sudar a los productores.

Y esa noche de septiembre, Raúl había conseguido a la invitada más grande de su carrera, María Félix, la doña, 58 años, retiraba del cine hacía 2 años, pero más vigente que nunca. María no daba entrevistas, no las necesitaba. Su nombre bastaba para llenar cualquier titular sin abrir la boca, pero algo había cambiado.

 Tres semanas antes de la entrevista, María había llamado directamente a la producción del programa. No a través de su representante, no a través de su asistente, ella misma. Quiero ir a tu programa, le dijo a Raúl cuando le devolvió la llamada. Raúl casi se cayó de la silla. Señora Félix, sería un honor. ¿Cuándo le convendría? Mañana, dijo María. Raúl rió nervioso.

Señora, el programa sale los miércoles. ¿Puedo programarla para la próxima semana? No, la próxima semana. El miércoles más cercano. Hay algo que necesito decir y no puede esperar mucho. Raúl sintió algo en su estómago. Ese instinto de periodista que le decía que estaba frente a algo grande. ¿Puedo preguntar de qué se trata? No, respondió María. Pero te prometo algo, Raúl.

 Va a ser la entrevista más importante de tu vida. Los productores enloquecieron. Tener a María Félix era un golpe maestro de audiencia, pero la forma en que lo había pedido los ponía nerviosos. María Félix no pedía cosas. María Félix ordenaba, exigía, tomaba. Que ella llamara personalmente, que insistiera en una fecha cercana, que hablara de algo urgente. Todo eso olía a problema.

 El productor ejecutivo, un hombre gordo llamado Horacio Fuentes, llamó a Raúl a su oficina. ¿Qué quiere decir? No me dijo. Eso no me gusta, Raúl. Una entrevista sin saber el tema es una bomba sin desactivar. Es María Félix Horacio. Si dice que tiene algo importante, lo tiene. Horacio se recostó en su silla.

 El cuero crujió bajo su peso. Escúchame bien. Si dice algo sobre el gobierno, cortamos. Si menciona a Echeverría, cortamos. Si habla de platelolco, de desaparecidos, de cualquier cosa que pueda meternos en problemas, cortamos. ¿Entendido? ¿Entendido? Raúl salió de la oficina sabiendo que no iba a cumplir esa orden, porque Raúl Astor, a diferencia de la mayoría de los conductores de televisión de México, todavía creía que el periodismo significaba algo.

 Todavía creía que decir la verdad era más importante que conservar el trabajo. Le costaría todo. El miércoles 4 de septiembre, el estudio de Canal 2 estaba cargado de electricidad. Los técnicos lo sentían. Los camarógrafos lo sentían. Incluso los sutileros, que normalmente no prestaban atención a nada que no fuera mover muebles, estaban tensos.

Todos sabían que María Félix venía. Todos sabían que algo iba a pasar. Lo que nadie sabía era que María llegó al estudio a las 9:30 de la noche, una hora antes de la transmisión. llegó en una limusina negra con su asistente Lupita y dos maletas de ropa porque María Félix no elegía vestuario con anticipación.

Lo elegía en el momento, dependiendo de cómo se sintiera, dependiendo de lo que quisiera proyectar. Esa noche eligió un vestido negro, largo, ceñido, elegante, sin ser provocativo. Esmeraldas en el cuello, las mismas que le había regalado a Alexander Burger años atrás. Cabello perfecto, maquillaje impecable y esos ojos, esos ojos verdes que habían intimidado a presidentes, que habían hecho temblar a los hombres más poderosos del mundo, que habían sobrevivido cuatro décadas de fama sin perder ni un gramo de intensidad. Lupita

la miraba preocupada mientras María se sentaba frente al espejo del camerino. Doña María, ¿estás segura de esto? María no respondió. Aplicaba lápiz labial con mano firme. Ni un temblor, ni una duda. Doña María. María la miró a través del espejo. Lupita, llevo 17 años callada. 17 años cargando algo que me está matando por dentro.

 Si no lo digo hoy, me voy a la tumba con eso. Y Sebastián se queda enterrado dos veces, una en la tierra y otra en el olvido. Lupita bajó la mirada. sabía de quién hablaba. Sebastián Torres, el periodista, el amigo, el muerto. Pero si habla, doña María, si dice lo que quiere decir en televisión nacional, no van a quedarse de brazos cruzados.

Ya sé lo que pueden hacer, respondió María. Ya me amenazaron una vez y aquí sigo. Lupita quiso decir algo más, pero conocía esa mirada. La misma mirada que María tenía cuando dejó a su primer esposo, cuando rechazó Gegwer, cuando enfrentó a los estudios, cuando se plantó frente a cualquier hombre que intentó doblarla.

La mirada de una mujer que había decidido algo y que no había fuerza humana capaz de detenerla. “Está bien”, dijo Lupita. “Pero si las cosas se ponen feas, nos vamos.” María sonrió. Si las cosas se ponen feas, Lupita, es porque estamos haciendo lo correcto. Las cosas fáciles no cambian nada. A las 10 de la noche, el programa comenzó.

 Raúl Astor saludó a la cámara con su estilo habitual, seguro pero no arrogante, cercano pero profesional. presentó a María con las palabras que cualquier conductor habría usado. Leyenda del cine, icono nacional, la mujer más bella de México. Pero cuando María entró al set, las palabras sobraron.

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