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El día que Emilio Azcárraga se burló de María Félix en su oficina – Su respuesta dejó a todos fríos

Una historia que los estudios Claun documentaron oficialmente, que los periódicos de la época mencionaron apenas con una línea críptica, pero que quienes estuvieron presentes contaron durante décadas con la precisión de quien ha repasado un recuerdo tantas veces que ya no distingue si lo recuerda o si simplemente lo vive de nuevo cada vez.

 Por cierto, si esta es la primera vez que escuchas una historia en este canal, suscríbete antes de continuar. Lo que viene no es algo que quieras perderte a medias. Ciudad de México, septiembre de 1948. Los estudios Clasa Films en la colonia Nonoalco, el lugar donde se fabricaban los sueños del cine mexicano. Mario Moreno Reyes tenía 38 años y era, sin discusión posible el hombre más famoso de México.

 No la figura más respetada, no el más elegante, no el más poderoso en el sentido que esa palabra tiene cuando se aplica a políticos o empresarios. Pero el más querido, con esa clase de cariño que el público le tiene a las personas que los han hecho reír en los momentos en que reír era la única cosa que les quedaba. Cantinflas había nacido en un barrio pobre de la Ciudad de México.

 Había crecido entre carpas de circo y teatros ambulantes. Había inventado un personaje que era al mismo tiempo la burla y el homenaje al pelado mexicano, al hombre sin nada que usaba las palabras como su único escudo, que hablaba y hablaba hasta que el lenguaje mismo se volvía una broma sobre sí mismo, que confundía y desarmaba, y hacía reír precisamente porque en esa confusión había una verdad que México reconocía.

 Era el hombre del pueblo. Era el espejo cómico en que la mitad de México se veía y se reía de lo que encontraba. Tenía una manera de entrar a cualquier set que llenaba el espacio de inmediato, no con arrogancia, sino con esa energía particular de quien sabe exactamente el efecto que produce y ha aprendido a usarlo con generosidad.

Los técnicos lo adoraban, las chicas del guardarropa lo adoraban. Los directores a veces se desesperaban con el por qué Cantinflas era incapaz de repetir exactamente el mismo chiste dos veces, lo que convertía cada toma en una improvisación que podía ser genial o podía ser un desastre y generalmente era las dos cosas al mismo tiempo.

 Ese septiembre de 1948, Mario Moreno estaba filmando escenas adicionales para una comedia que ya llevaba tres semanas de producción. No era su proyecto más ambicioso ni el que más le importaba. Era trabajo y Cantinflas era un hombre que tomaba el trabajo con la seriedad de quien sabe que el talento sin disciplina no llega muy lejos.

 Llegó al foro a las 8 de la mañana con su termo de café, su sombrero de palma y esa sonrisa que parecía dibujada permanentemente en su cara como si el músculo que producía la sonrisa en él no supiera hacer otra cosa. María Félix tenía 34 años y llevaba seis de carrera cinematográfica. 6 años que eran en realidad una vida entera comprimida en el tiempo que a otros les llevaba apenas empezar.

 Había debutado en 1942 con El Peñón de las Ánimas y desde ese primer papel había quedado claro que lo que estaba pasando en la pantalla no era actuación en el sentido técnico del término. Era algo más difícil de definir y, por eso mismo difícil de ignorar. Diego Rivera la llamó un ser monstruosamente perfecto. Los críticos de cine europeos que la descubrieron cuando sus películas cruzaron el Atlántico usaron palabras que el español mexicano no tenía equivalente directo.

 La audiencia, que no necesitaba palabras técnicas para entender lo que veía, simplemente la llamaba la doña y en ese apodo estaba todo lo que se necesitaba decir. era la mujer más fotografiada de México, la más copiada en peinados y en modas, la que hacía que las revistas se agotaran el día de su publicación cuando ella estaba en la portada.

 Pero lo que distinguía a María Félix de otras bellezas de la época de oro no era la belleza, porque México no carecía de mujeres hermosas en esa generación dorada. Era la manera en que esa belleza coexistía con una inteligencia que no pedía permiso para existir, con una voluntad que no se doblaba ante directores, ni ante productores, ni ante la industria entera, cuando la industria entera consideraba que debía doblarse.

 María Félix había rechazado a Hollywood cuando Hollywood la cortejaba. Había terminado matrimonios cuando el mundo decía que una mujer no podía. Había elegido sus papeles con una selectividad que desconcertaba a los productores que no entendían porque alguien rechazaría el dinero y la fama que ellos ofrecían.

 La razón era siempre la misma, aunque María rara vez la explicaba porque consideraba que las decisiones que uno toma bien no necesitan explicación, porque no me da la gana y eso es suficiente. Ese septiembre de 1948 estaba en los estudios Cla Films para una reunión de producción relacionada con su próxima película. No estaba filmando ese día.

 Había llegado puntual, como siempre con su asistente soledad. Dos pasos atrás como siempre. con un traje de gabardina color vino que no necesitaba ningún adorno adicional porque en María Félix la ropa encontraba su mejor argumento simplemente al estar sobre su cuerpo. La reunión era a las 10. Llegó a las 9:45 porque llegar tarde a las citas propias era una descortesía que nunca se permitió y llegar exactamente a tiempo era, en su criterio, llegar 5 minutos tarde.

Mientras esperaba en el pasillo adyacente al foro principal, alguien adentro abrió una puerta y por esa puerta abierta durante los 30 segundos que tardó en cerrarse, el foro entero la vio a ella y ella vio el foro entero. Cantinflas la vio primero. Estaba entre toma y toma. Con el café en la mano, rodeado de técnicos que reían con alguna de sus ocurrencias.

 Vio a María en el pasillo y algo ocurrió en su cara que los que lo conocían bien habrían identificado de inmediato el destello particular en sus ojos cuando encontraba material, no material malo, material interesante, el tipo de situación que su mente cómica procesaba automáticamente como oportunidad. El problema, el error que cambiaría la tarde entera, fue que Cantinflas olvidó en ese momento algo fundamental, que no todo el mundo quería hacer su material y que María Félix, específicamente era exactamente el tipo de persona ante

quien ese olvido tenía consecuencias que no se resolvían con una carcajada. Oigan, oigan,” dijo Cantinflas, levantando la voz lo suficiente para que el foro entero lo escuchara, porque Cantinflas nunca decía nada en voz baja si podía decirlo para una audiencia. “Miren quién se dignó a visitarnos. La doña en persona.

 Señores, fíjense qué honor para nosotros los mortales. Risas en el foro, risas cómodas. Las risas de quien está acostumbrado a que Cantinfla sea gracioso y anticipa la gracia incluso antes de que llegue. María se detuvo en el umbral de la puerta. Lo miró no con sorpresa, porque María Félix rara vez se sorprendía de nada, con esa atención particular que le daba a las cosas que valía la pena observar antes de decidir cómo responder.

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