Su voz salió baja, casi quebrada. “¿Finge que me besas?” Elena parpadeó confundida. “¿Qué? Por favor, finge que me besas”, repitió él sin dar tiempo a más preguntas. Antes de que pudiera responder, él tomó suavemente su muñeca y la guió a acercarse como si toda su vida dependiera de ese gesto. Elena se quedó sin aire un instante.
No entendía nada, pero la urgencia en su voz la obligó a actuar. se acercó lo suficiente para que pareciera un beso desde lejos, aunque en realidad sus labios no llegaron a tocarse. Fue un gesto improvisado, torpe, rápido, pero suficiente. “Sigue así, no mires atrás”, susurró Adrián. Ella obedeció sin comprender.
Tenía el corazón acelerado y una mezcla de nervios y confusión recorriéndole el cuerpo. Solo después de unos segundos se atrevió a susurrar, “¿Qué está pasando? Mi exesposa está aquí”, respondió él todavía actuando. “No quiero que se acerque.” Entonces todo hizo sentido. Elena, sin quererlo, estaba ayudando a su jefe a librarse de un encuentro incómodo.

Decidió seguirle el juego hasta que todo terminara. Caminó a su lado como si fueran pareja y trató de no perder la compostura. Mientras avanzaban, una mujer y un hombre los miraron desde otro pasillo. La mujer parecía satisfecha, como si su presencia fuera suficiente para incomodar a Adrián. El hombre observó con curiosidad y luego ambos siguieron su camino.
Solo entonces Adrián soltó un suspiro largo, casi tembloroso. “Gracias”, murmuró él. “¿Seguro que está bien?”, preguntó Elena aún desconcertada. Sí, ahora sí, respondió él, aunque su mirada decía otra cosa. Salieron del supermercado juntos. El silencio fue tan incómodo como extraño. Elena no sabía si debía preguntar algo más, pero sentía que él seguía alterado.
Cuando llegaron al estacionamiento, él se detuvo un momento, respiró profundo y se apoyó ligeramente contra un carro cercano. “No pensé verla aquí”, dijo Adrián. No estoy listo para enfrentarla. Entiendo, contestó Elena sin saber si debía decir algo más. Por un instante compartieron una mirada extraña, como si ambos sintieran algo que no sabían nombrar.
Adrián rompió el momento levantando la vista hacia el cielo. “Olvida que esto ocurrió”, dijo suavemente. “Te veo mañana en la oficina.” Elena solo asintió. Lo vio alejarse hasta que subió a su carro. Ella aún seguía sin entender por qué él le pidió algo tan absurdo como fingir un beso, pero había algo en su voz que no podía sacudirse, un miedo que no era normal ver en alguien tan poderoso como él.
Cuando llegó a casa, no pudo evitar pensar en lo que pasó. Se repetía la escena una y otra vez en su mente. El temblor en la voz de Adrián, la forma en que la tomó de la muñeca, lo cerca que estuvieron. No era normal. Nada en ese encuentro había sido normal. Esa noche durmió mal. Tenía demasiadas preguntas, una incomodidad que no sabía explicar y una sensación extraña en el pecho que no quería reconocer.
Al día siguiente, cuando entró a la oficina, pensó que Adrián la llamaría para hablar del incidente, pero él pasó caminando frente a su escritorio como si nada hubiera ocurrido. Ni una mirada, ni un gesto, nada. Ella intentó concentrarse en su trabajo, pero algo estaba pasando. No era solo el incidente del supermercado.
Desde temprano, varios empleados cuchicheban entre sí, como si hubiera un rumor circulando. Además, los jefes de departamento lucían tensos, revisando documentos con más prisa de la habitual. Durante el almuerzo, uno de los empleados comentó, “Dicen que llegará una auditoría interna esta semana. Algo gordo se está moviendo.
Auditoría, preguntó otro. Eso solo pasa cuando hay problemas serios. Elena sintió un nudo en el estómago. Todo estaba pasando al mismo tiempo y no entendía por qué. ¿Tendría algo que ver con la actitud de Adrián, con la exesposa, con algo más profundo? Quizá era coincidencia, pero había demasiadas señales de que algo en Borales Kensoden estaba a punto de explotar.
Por la tarde recibió un correo inesperado. Pasa a mi oficina. A B. El corazón le dio un salto. Caminó hacia la oficina del CO sintiendo como la tensión crecía con cada paso. Cuando entró, él estaba mirando por la ventana como si necesitara la vista de la ciudad para ordenar sus ideas. “Cierra la puerta, por favor”, dijo. Elena obedeció.
Él tardó en hablar. Ayer lo del supermercado. No sé cómo agradecerte. No se preocupe, solo fue un momento incómodo, respondió ella. Bueno, hizo una pausa larga. Necesito pedirte algo más. Elena lo miró sin poder imaginar que podía pedirle ahora. La próxima semana es el gala anual de Borealis. ¿Quieren que vaya acompañado? Es por imagen, ya sabes, cercanía, humanidad, esas cosas.
Ella entrecerró los ojos confundida. ¿Y qué tiene que ver eso conmigo? Adrián se dio la vuelta y la miró directo. Quiero que vengas conmigo. Quiero que seas mi pareja falsa. Solo por esa noche. Elena abrió la boca sorprendida. ¿Quiere que actúe de nuevo? Sí, respondió él. Funcionaste mejor que cualquier plan que teníamos. Hubo un silencio extraño. Él continuó.
Y será solo una noche, cena, fotos, sonrisas, nada más. ¿Y si digo que no? Preguntó Elena. Adrián la miró con una mezcla de cansancio y desesperación. No lo harás. Ella no supo que responder. Piénsalo, agregó él. No tardaré en necesitar tu respuesta. La reunión terminó así, sin más explicaciones. Cuando Elena salió de la oficina, sentía que estaba entrando en una historia que no pidió vivir, pero que ya la estaba arrastrando.
Elena salió de la oficina del CEO con la cabeza hecha un lío. No entendía por qué él la había elegido a ella para algo tan delicado como acompañarlo al gala. Podría haber escogido a cualquier otra persona de la empresa, alguien con más experiencia social, alguien que no fuera ella, pero no la había elegido a ella y eso le generaba una mezcla de temor y curiosidad difícil de explicar.
Apenas volvió a su escritorio, su compañera de área la miró con una ceja levantada. “¿Por qué te llamó el jefe?”, preguntó con tono suspicaz. Nada importante respondió Elena intentando sonar convincente. Ajá, claro murmuró la compañera como si no creyera una palabra. Elena suspiró y se concentró otra vez en su computadora.
O al menos lo intentó. Su mente seguía volviendo al supermercado a la forma en que Adrián tembló cuando le pidió que fingiera aquel beso y a lo extraño que se había comportado desde entonces. Mientras trabajaba, notó que otro departamento estaba en un ambiente tenso. Los jefes parecían discutir sobre proyectos retrasados y reportes duplicados.
La auditoría interna estaba empezando a causar caos y aunque nadie admitía nada, todos temían que hubiera responsabilidad repartida. Elena incluso escuchó rumores de que la empresa podría enfrentar multas importantes si se encontraban irregularidades. Esto se va a poner feo comentó alguien cerca de ella.
Y lo peor es que no sabemos quién está fallando. Elena tragó saliva. Ella no tenía nada que ocultar, pero el clima era tan turbio que cualquiera podía terminar arrastrado a un problema sin quererlo. Al terminar su turno, decidió pasar por la cafetería donde trabajaba su amiga Lía. Necesitaba desahogarse. Apenas entró, Lía notó su expresión.
Pon esa cara solo cuando tu vida se está cayendo a pedazos”, dijo. “¿Qué pasó ahora?” “No sé ni por dónde empezar”, respondió Elena sentándose. “Empieza por lo más raro”, sugirió Lía. “Siempre funciona.” Elena respiró hondo. “Mi jefe, el CEO, me pidió que lo acompañe a un gala como si fuera su pareja.” Lea abrió mucho los ojos.
No, bueno, eso sí está raro. Raro es poco, agregó Elena. Me pidió que actúe. Actuar. ¿Cómo? Elena bajó la voz. Ayer me pidió que fingiera que lo besaba en el supermercado. Lía soltó una carcajada que hizo voltear a varias personas. Perdón, perdón, se disculpó entre risas. Es que, ¿qué? Elena explicó todo lo ocurrido.
Cuando terminó, Lía se quedó seria. Mira, no soy experta en ceos poderosos, pero eso no es normal. Lo sé. Y ahora quiere que sea su acompañante. ¿Por qué tú? No tengo idea. Lía cruzó los brazos pensativa. Ten cuidado, Elena. Esto podría volverse algo delicado. No digo que él te quiera hacer daño, pero sí que podrías terminar en medio de cosas que no ves venir. Elena asintió.
Ella también lo sentía. Todo estaba pasando demasiado rápido y ahora con la auditoría interna y los rumores de problemas financieros, el ambiente era aún más complicado. Esa noche, ya en su departamento, revisó el correo esperando ver algún mensaje de Adrián. No lo había, pero hubo algo que si llamó su atención, un mensaje de recursos humanos.
Oportunidad de traslado interno. Sucursal Toronto. Revisión de perfiles recomendados. Elena Marín lo leyó varias veces. Recomendados. ¿Quién la recomendó? ¿Por qué justo ahora? Se recostó en la cama intentando ordenar sus ideas. Adrián le pedía favores extraños. Su exesposa había aparecido justo ese día.
La empresa estaba en crisis y ahora recursos humanos le ofrecía la posibilidad de mudarse. No sabía si era una oportunidad genuina o una manera sutil de alejarla del centro del problema. Intentó dormir, pero no pudo. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba lo cerca que estuvo del CEO y no solo físicamente, sino emocionalmente. Él había mostrado miedo, algo que jamás se espera de alguien como él.
Al día siguiente, en la oficina el ambiente estaba más pesado que antes. Se hablaba de que un cliente grande de Montreal había solicitado una reunión urgente debido a intranquilidad por rumores internos. Todo apuntaba a que algo grave estaba por destaparse. A media mañana, Elena caminaba hacia la sala de archivos cuando escuchó voces elevadas provenientes de una oficina cercana.
Se detuvo sin querer y reconoció la voz de Adrián. No voy a permitir que se manipulen los reportes”, decía él con firmeza. “Si alguien está jugando sucio, se va a descubrir.” “¿Estás exagerando?”, respondió otra voz masculina. “No estoy exagerando. Sé que alguien está intentando hundir mi área.” Elena sintió un escalofrío.
¿Quién estaba atacándolo? ¿Y por qué parecía tan seguro de ello? avanzó para no parecer curiosa, pero esas palabras se quedaron en su mente. Sentía que cada paso que daba la metía más en una historia de la que no podía escapar. Al volver a su escritorio, recibió de nuevo un mensaje del CEO. Hoy, 7 de la tarde, ensayo de interacción para el gala. No faltes.
Elena suspiró. Ensayo, murmuró para sí. ¿Será en serio? El resto del día pasó lento. Cuando finalmente salió de la oficina, tomó un taxi hacia el lugar indicado por Adrián, un salón privado en un hotel del centro. Al llegar, él ya estaba allí revisando algunos documentos. “Gracias por venir”, dijo sin levantar la vista.
“No estoy segura de que se supone que hagamos”, comentó ella. “Vamos a practicar lo básico,” respondió él con serenidad. sonrisas, posturas, como caminar juntos, cosas simples. La gala es muy importante. Elena se cruzó de brazos. ¿Y por qué yo? Adrián finalmente la miró. Porque contigo la gente baja la guardia. No sé cómo explicarlo. Contigo no parezco tan inaccesible.
Elena no esperaba esa respuesta. Y eso es bueno para una gala. Sí. Hubo un silencio que ninguno de los dos quiso romper. Comenzaron el ensayo. Adrián le pidió que caminara a su lado, que lo tomara del brazo, que sonriera cuando él hablara y que mantuviera cierta cercanía física. Era un juego extraño, casi irreal.
Todo el tiempo, Elena sentía que estaba haciendo algo que no debía, aunque nada de eso fuera real. En uno de los ejercicios, él se acercó demasiado. Tan cerca que Elena sintió como se tensa el ambiente. Así, murmuró él, así nos verán más creíbles. Si sigue tan cerca, va a parecer más que creíble, respondió ella sin pensar.
Él la miró con sorpresa y luego soltó una pequeña sonrisa. Tienes razón. Siguieron practicando hasta que ambos se sintieron agotados. Antes de despedirse, Adrián dijo, “Gracias por hacer esto. No debería pedirte estas cosas, pero lo hago porque quiero ayudar”, dijo Elena, aunque en realidad no sabía por qué lo decía.
Lo aprecio. Cuando salió del hotel, una ligera lluvia comenzaba a caer. Elena caminó despacio, sintiendo que algo dentro de ella había cambiado. Y lo peor era que no entendía si ese cambio era bueno o peligroso. Mientras esperaba el taxi, vio a un hombre parado al otro lado de la calle, observándola fijamente.
No movía un músculo, no parecía querer acercarse, solo la miraba. Elena frunció el ceño. ¿Quién? Susurró. Antes de que pudiera reaccionar, el hombre dio media vuelta y desapareció entre los edificios. Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Algo raro estaba ocurriendo y ella ya estaba demasiado metida como para retroceder.
Elena llegó a su apartamento con la sensación de que alguien la seguía. No estaba segura si había imaginado al hombre que vio afuera del hotel, pero algo en su mirada le había puesto la piel de gallina. Cerró la puerta con seguro, se recargó en ella y respiró hondo. No podía permitir que el miedo la paralizara, pero tampoco podía ignorar lo que vio.
Se preparó un té, aunque sabía que no le serviría de mucho. La cabeza le daba vueltas. La auditoría, la gala, Adrián, el extraño, la posible mudanza a Toronto. Su vida, que siempre había sido simple, de repente se había convertido en un torbellino. Esa noche durmió poco y mal. Soñó con pasillos interminables, voces que no entendía y la sensación constante de que alguien la observaba.
Al despertar, el corazón le latía fuerte. No podía seguir así. Al llegar a la oficina al día siguiente, lo primero que notó fue a varios empleados reunidos frente a las pantallas, murmurando entre ellos. Cuando se acercó, vio que estaban leyendo un artículo en línea. “¿Qué pasa?”, preguntó. Uno de ellos respondió sin apartar la vista.
Un periodista de Dancudor está insinuando que la empresa tiene problemas internos. Habla de tensiones entre departamentos y decisiones cuestionables del CEO. Elena sintió un nudo en el estómago. Menciona algo específico? No son indirectas, pero se nota que alguien le está filtrando información”, dijo otro empleado. Elena retrocedió lentamente.
Cada pieza parecía encajar demasiado rápido. Rumores, auditorías, tensión interna y ahora un periodista que casualmente sabía más de la cuenta. No necesitaba mucho para entender que la situación podía estallar en cualquier momento. Al llegar a su escritorio, vio un sobre sin remitente. Lo abrió con cuidado.
Dentro había una hoja doblada varias veces. La nota decía, “No te metas donde no te llaman, no sabes con quién estás tratando.” Elena tragó saliva. Sintió que las piernas le temblaban. Miró alrededor, pero nadie parecía prestarle atención. guardó la hoja en un cajón y se obligó a respirar profundo. No podía dejar que el pánico la controlara, aunque cada vez había más señales de que estaba en peligro.
Durante la mañana trabajó como pudo, pero la ansiedad le quemaba el pecho. Cuando levantó la mirada, vio que Adrián la observaba desde la entrada de su oficina. No dijo nada, pero un leve movimiento de su cabeza le indicó que quería hablar con ella. Elena tomó sus cosas y fue hasta allí. Cerró la puerta detrás de sí.
¿Todo bien?, preguntó Adrián. Ella dudó en responder. No quería sonar paranoica, pero tampoco quería mentirle. Recibí una nota anónima, dijo finalmente. No sé de quién es, pero no fue agradable. Adrián frunció el ceño. ¿Puedo verla? Elena negó con la cabeza. La guardé. Luego se la enseño si quiere. Él asintió lentamente, aunque la preocupación siguió en su expresión.
No quiero que te sientas insegura aquí. Si algo te parece extraño, me lo dices. No sé si deba involucrarlo. Ya estás involucrada, respondió él con firmeza. Elena sintió un ligero temblor en el estómago. Él nunca hablaba de esa manera con ella. Nunca había mostrado tanta preocupación. Ahora, respecto al gala, continuó Adrián.
Quiero que sepas que no te estoy obligando a nada. Si no quieres hacerlo, solo dime y encontraré otra manera. Ella lo miró fijamente. Lo haré. No quiero que parezca que me estoy echando atrás. Gracias. Hubo un breve silencio. Adrián se pasó una mano por la frente como si cargara más peso del que podía soportar.
No sabes cuánto se está complicando todo, murmuró. Lo he notado. El río sin humor. He tratado de mantener esto bajo control, pero alguien está jugando muy sucio y temo que todo esto te afecte más de lo que imaginas. Elena bajó la mirada. Algo dentro de ella quería preguntarle que le estaba ocultando, pero decidió callar. No era el momento.
Después de la conversación, regresó a su escritorio intentando mantener la calma. Sin embargo, las cosas no mejoraron. A media tarde, el jefe de su departamento la llamó para revisar un reporte que, según él, tenía errores graves. “Erores?”, preguntó Elena sorprendida. Revisé ese archivo tres veces, pues hay inconsistencias.
Mira esto. Elena observó los números señalados. Eran diferentes a los que ella había enviado. Habían sido modificados. Esto, esto no estaba así, dijo ella. Alguien cambió los datos. El jefe la miró con desconfianza. ¿Me estás diciendo que alguien alteró tu trabajo? Sí, eso estoy diciendo. Yo no hice ese cambio. El jefe suspiró.
Con la auditoría encima, cualquier irregularidad nos afecta. Y tú estás en la lista de empleados observados. Observados. Repitió Elena sorprendida. Alguien envió un informe diciendo que habías presentado reportes dudosos. No te lo dije antes porque pensé que era un malentendido, pero ahora. Elena sintió un vuelco en el corazón.
Yo jamás haría algo así. Espero que sea cierto, porque recursos humanos revisará tu trabajo esta semana. Cuando salió de la oficina, tuvo que apoyarse en una pared. Era obvio que alguien estaba manipulando todo para perjudicarla y solo había una persona que tenía motivos suficientes para hacerlo. Marco, él siempre había tenido un comentario desagradable, una burla sutil, un gesto de envidia.
Ahora era claro que estaba yendo mucho más allá. De pronto, una voz la llamó desde atrás. Oye, ¿todo bien? Era Marco. Elena respiró hondo y lo enfrentó. Tú tocaste mis reportes. Marco sonrió con una calma que la irritó profundamente. No sé de qué hablas. Claro que sabes. Si crees que alguien está intentando hundirte, deberías revisar mejor tus propias cosas, respondió él encogiéndose de hombros.
A veces la gente comete errores sin darse cuenta. Elena sintió la sangre hervir. No permitiré que me culpes por algo que no hice. Relájate, dijo él. No todo gira alrededor de ti. Pero su sonrisa lo delató. Él sabía exactamente lo que estaba haciendo. Esa tarde, mientras guardaba sus cosas para irse, recibió un mensaje en su teléfono.
Era de Adrián. Una cena rápida. Necesito hablar contigo antes del gala. Elena dudó unos segundos. Estaba agotada, preocupada y con mil pensamientos revueltos. Pero parte de ella sabía que decir que no solo haría que más dudas crecieran dentro de ella. Está bien. ¿Dónde? En el restaurante del hotel de ayer. Cuando llegues, pregunta por mí.
Elena guardó el teléfono y salió del edificio. Afuera ya estaba oscureciendo y las luces de la ciudad daban un aire frío a las calles. Caminó hasta la parada del taxi, pero antes de subir notó algo a lo lejos. El mismo hombre de la noche anterior parado bajo un poste observándola. Elena se obligó a no mostrar miedo, subió al taxi y cerró la puerta de inmediato.
“Al centro, por favor”, dijo con voz firme. Mientras el taxi se alejaba, miró por la ventana. El hombre ya no estaba o quizá nunca dejó de estar. “Hagamos un juego para quienes leen los comentarios.” Escribe la palabra croazán en la sección de comentarios. Solo los que llegaron hasta aquí lo entenderán. Continuemos con la historia.
El taxi avanzaba por las calles iluminadas de Dancudor mientras Elena intentaba calmar los nervios. El hombre desconocido apareciendo dos noches seguidas ya no podía ser casualidad. No sabía si mencionarlo o no cuando viera a Adrián. Tal vez él sabría qué estaba pasando o tal vez la tomaría por exagerada, pero algo dentro de ella le decía que ese hombre no estaba ahí por accidente.
Cuando llegó al restaurante del hotel, un empleado la guió a un área privada. Adrián estaba sentado en una mesa apartada revisando algo en su teléfono. Al verla, guardó el dispositivo de inmediato. “Gracias por venir”, dijo él mientras ella tomaba asiento. “No tenía muchos planes”, respondió Elena, aunque en realidad lo único que quería era cerrar los ojos y dormir por una semana.
Adrián la observó unos segundos, como si pudiera notar cada cosa que intentaba ocultar. “¿Te ves cansada? Ha sido un día complicado para mí también”, admitió él. La auditoría se adelantó. “Llegan mañana.” Eso la sorprendió. Tan pronto. Sí. Y me preocupa lo que puedan encontrar, no por mí, sino porque alguien está moviendo cosas desde dentro.
Nunca había sentido tanta tensión en la empresa como ahora. Elena pensó en los reportes alterados, en la nota anónima, en el hombre siguiéndola. Tragó saliva. Creo que alguien podría estar metiéndose conmigo también. Adrián la miró con seriedad. ¿A qué te refieres? Ayer vi a un hombre observándome afuera del hotel. Hoy lo vi otra vez.
También recibí una nota en mi escritorio y mis reportes fueron alterados. Él frunció el ceño. Una nota. ¿Qué decía? Que no me metiera donde no me llaman. Adrián se inclinó hacia adelante apoyando las manos sobre la mesa. Elena, esto ya no es un juego. No puedo permitir que estés en peligro por culpa de algo que está pasando en la empresa.
No sé si sea por la empresa dijo ella en voz baja. También pensé que quizá tenga que ver con usted. Adrián guardó silencio. No eludió la pregunta, pero su mirada se endureció como si estuviera considerando posibilidades que él mismo temía aceptar. “Voy a encargarme de esto”, dijo finalmente. “No tienes que preocuparte.
” “No puedo no preocuparme”, respondió ella. “Me están usando como pieza para algo y por eso mismo te protegeré.” Elena sintió un escalofrío. No sabía si sentirse tranquila o más inquieta. Él no hablaba así con nadie en la empresa. No mostraba preocupación por nadie, pero con ella algo era distinto. Necesitamos practicar los últimos detalles del gala, continuó Adrián.
Pero antes quiero tener algo claro. Si en algún momento te sientes insegura, me dices si se cancela todo. No dejaré que esto comprometa tu estabilidad. No se preocupe. Lo haré, respondió Elena, aunque sabía que no era tan sencillo. La conversación cambió a detalles del evento. ¿Cómo entrarían? ¿Cómo debían comportarse? ¿Qué decir si alguien les preguntaba sobre la relación? Adrián tenía respuestas para todo.
Incluso ensayaron algunas frases, algunas poses, ciertas distancias entre ellos. Elena se dio cuenta de que él había planeado cada detalle meticulosamente. Sin embargo, durante el ensayo, hubo un momento en el que él la miró de una manera distinta, no como jefe, no como alguien ensayando una actuación, sino como alguien intentando descifrar algo que todavía no entendía.
Elena, empezó a decir él, pero la frase quedó suspendida cuando una camarera golpeó la puerta para preguntar si necesitaban algo más. Elena sonrió con incomodidad. Adrián solo terminó diciendo, “Olvídalo.” No importa. Siguieron un poco más, aunque ambos sabían que algo había quedado en el aire.
Cuando terminaron, Adrián la acompañó hasta la salida del hotel. Antes de despedirse, Elena decidió contarle lo último que la había inquietado. ¿Hay algo más? Creo que Marco está alterando mis reportes. La mandíbula de Adrián se tensó. ¿Estás segura? Sí. Él lo niega, pero no tengo duda. Adrián respiró hondo. “Mañana hablaré con él.
” “No quiero que piense que estoy inventando cosas”, dijo ella. No importa lo que piense él, importa lo que está pasando. Y si está haciéndote daño, no dejaré pasar eso. Elena sintió como se le apretaba el pecho. Había algo tranquilizador en la forma en que él hablaba, aunque al mismo tiempo sabía que eso solo complicaría más las cosas para ambos. “Gracias”, murmuró ella.
“Descansa, mañana será un día pesado para los dos.” Cuando Elena caminó hacia la salida del hotel, Adrián la vio irse con expresión preocupada, como si algo dentro de él estuviera a punto de romperse. El taxi tardó unos minutos en llegar. Durante ese tiempo, Elena revisó su teléfono.
Tenía varios correos nuevos, entre ellos uno de recursos humanos solicitando una reunión al día siguiente para revisar ciertos patrones en su desempeño. “Perfecto”, murmuró irónicamente. “¿Qué más falta?” subió al taxi y se recostó en el asiento. Estaba agotada, pero justo cuando cerró los ojos, sintió que el conductor la observaba por el retrovisor.
Los ojos del hombre eran fríos, casi sin expresión. Ella se incorporó lentamente. ¿Todo bien? Preguntó. El conductor no respondió, solo siguió manejando. Elena tragó saliva, miró por la ventana para calmarse. Las luces de la ciudad pasaban rápido, pero su instinto le gritaba que algo iba mal.
Cuando llegaron frente a su edificio, el conductor finalmente habló con un tono inexpresivo. “Tenga cuidado.” “¿Qué?”, preguntó ella confundida. El conductor no repitió la frase, solo se limitó a dejarla bajar y arrancó de inmediato. Elena se quedó paralizada en la acera. No sabía qué significaba ese comentario. ¿Había sido una advertencia, una amenaza o solo un comentario extraño de un desconocido? Subió a su departamento sintiendo que el piso se movía bajo sus pies.
dejó su bolso en el sofá y se sentó un momento tratando de respirar. El teléfono vibró. Un mensaje desconocido. Deja de acercarte al CEO. No sabes en qué te estás metiendo. Elena sintió un escalofrío que la dejó sin aire. Se levantó de golpe, mirando hacia la ventana, como si alguien pudiera estar observándola desde afuera.
La noche estaba completamente oscura. Solo las luces de la calle iluminaban la zona. ¿Quién eres?, susurró, aunque sabía que nadie la escucharía. El teléfono volvió a vibrar. Última advertencia. Elena retrocedió hasta la pared temblando. No, definitivamente algo grande estaba ocurriendo y ella estaba en el centro de todo.
Elena no durmió nada aquella noche. Cada vez que cerraba los ojos recordaba el mensaje en su teléfono y la mirada vacía del conductor del taxi. se levantó varias veces para revisar la puerta, asegurarse de que estuviera bien cerrada y volvió a mirar por la ventana para confirmar que nadie estuviera afuera. Sus nervios estaban destrozados.
Aún así, cuando amaneció, hizo un esfuerzo por comportarse como si fuera un día normal. Llegó a la oficina temprano con la esperanza de evitar encontrarse con demasiada gente, pero al entrar notó que varios empleados murmuraban mirando sus pantallas. Se escuchaban frases sueltas como, “Esto está peor de lo que pensábamos y si el consejo descubre esto, se viene una ola de despidos.
” Se acercó a su escritorio intentando parecer tranquila. Abrió su computadora y vio dos correos nuevos de recursos humanos recordándole la reunión que tendría más tarde. Solo eso bastó para que se le hiciera un nudo en el estómago. A media mañana, Adrián la llamó por teléfono. “Ven a mi oficina cuando puedas.
Elena dudó unos segundos. Tenía miedo de que él notara su estado emocional, pero también sabía que no podía evitar esa conversación. Cuando entró, encontró a Adrián revisando un folder lleno de documentos. “Cierra la puerta, por favor”, dijo sin levantar la vista. Elena obedeció. Cuando él finalmente la miró, notó en su expresión un cansancio distinto, algo más pesado que los días anteriores.
“Tenemos un problema serio,”, dijo él. “¿Qué pasó ahora?” Encontré más reportes alterados. No solo los tuyos. Hay una manipulación general en varios departamentos. Están intentando culpar a tu área entera. Elena abrió los ojos sorprendida. ¿Y usted cree que sí?”, respondió él antes de que ella terminara. Alguien está intentando sabotear la empresa desde adentro y por alguna razón te están usando como uno de los blancos principales.
Elena sintió que el corazón le latía más rápido. ¿Sabe quién es? Adrián apretó la mandíbula. Tengo sospechas, pero todavía no puedo comprobar nada. Sin embargo, quiero que sepas algo. No permitiré que te culpen por cosas que no hiciste. No dejaré que te hundan para llegar a mí. Elena tragó saliva. No entiendo por qué me están atacando a mí.
Porque eres la persona más fácil de señalar, respondió él. Y porque saben que yo no lo permitiré. Hubo un silencio incómodo. Elena pensó en el mensaje anónimo, en el hombre que la seguía, en el conductor del taxi. Todo encajaba demasiado bien como para ser coincidencia. Recibí otro mensaje anoche, dijo ella en voz baja.
Me dijeron que deje de acercarme a usted. La expresión de Adrián cambió por completo. Sus ojos se endurecieron. ¿Qué decía exactamente? que no sabía en lo que me estaba metiendo y que era la última advertencia. Adrián se puso de pie, caminó unos pasos y se llevó una mano a la frente. Esto ya pasó un límite.
No puedo permitir que te sigan acosando de esta manera. No es su culpa, respondió ella. Yo acepté ayudarlo. No se trata de culpa, dijo él mirándola directamente. Se trata de protegerte. Todo esto empezó desde ¿qué? Desde el supermercado. Elena recordó el momento exacto en el que él le había pedido fingir un beso. Nunca imaginó que ese gesto desesperado detonaría una cadena de eventos tan peligrosa.
¿Cree que su exesposa tenga algo que ver?, preguntó. Adrián negó con la cabeza. Nadie es complicada, pero no llega a estos extremos. No, esto viene de alguien más. Alguien que quiere eliminar cualquier cosa que me haga parecer débil. ¿Y yo lo hago parecer débil? Preguntó Elena confundida. Él la miró durante varios segundos antes de responder. Me haces parecer humano.
Elena sintió un vuelco en el estómago. No supo qué decirle. Ten cuidado hoy con recursos humanos, continuó Adrián. Van a intentar presionarte. Si te preguntan algo, responde con calma. No firmes nada sin leerlo. Y si necesitas que intervenga, solo dímelo. Está bien. Él respiró hondo, como si la situación le pesara más de lo que podía admitir.
Y Elena, si en algún momento sientes que quieres abandonar todo esto, dímelo. No te voy a juzgar. No lo haré”, respondió ella con tono firme. “No pienso dejar que alguien me manipule así.” Una sombra de orgullo cruzó por el rostro de Adrián. “Bien, entonces afrontaremos esto juntos.” Elena bajó la mirada un momento tratando de controlar las emociones que le explotaban por dentro.
“¿Puedo preguntarle algo?” “Claro.” ¿Qué fue lo que iba a decir anoche antes de que lo interrumpieran? Adrián desvió la mirada. Hubo un silencio extraño cargado de algo que ninguno se atrevía a nombrar. “Nada importante”, respondió finalmente. Elena no insistió, pero sabía que no era verdad.
Después de la conversación se dirigió a la sala de descanso para intentar despejar la mente. Ahí se encontró con Marco, quien la miró con una sonrisa que no podía ser más falsa. ¿Lista para tu reunión con recursos humanos?”, preguntó él. Elena sintió un impulso de responderle de forma amarga, pero se contuvo. “¡Lo estaré”, respondió con neutralidad.
“Ojalá todo te salga bien”, agregó Marco, aunque su tono indicaba lo contrario. Ella no respondió y salió del lugar sin mirar atrás. No iba a darle el gusto de verla nerviosa. Cuando llegó la hora de la reunión con recursos humanos, sintió como la ansiedad le apretaba el pecho. Entró a la sala y encontró a dos representantes esperándola.
Le ofrecieron asiento y comenzaron a hacer preguntas sobre su trabajo, sus reportes y sus movimientos internos. Durante toda la reunión, Elena notó algo extraño. Las preguntas estaban diseñadas para hacerla tropezar. No buscaban aclarar dudas, buscaban culparla. Aquí hubo cambios en tus reportes, dijo una de las representantes.
Yo no los hice, respondió Elena con firmeza. Pero aparecieron bajo tu usuario, insistió la mujer. Mi usuario pudo ser manipulado, contestó. Hay evidencia de que alguien está alterando documentos. Ambos representantes intercambiaron miradas incómodas como si eso complicara su plan.
“Aún así, debemos revisar tu acceso al sistema”, dijo el otro. “Háganlo,”, respondió ella. “No tengo nada que esconder.” La reunión se alargó más de lo esperado. Cuando por fin salió, se sentía agotada, pero también furiosa. No iban a vencerla con trucos baratos. De regreso al pasillo, su teléfono vibró. Un mensaje desconocido. Última oportunidad.
Aléjate. Elena apretó el teléfono con fuerza. Ya basta, susurró. En ese momento, una voz detrás de ella la hizo sobresaltarse. Elena, todo bien. Era Lía, la varista, quien había ido a entregar bebidas al piso corporativo. Elena respiró hondo. Creo que alguien me quiere ver caer. Pues no lo permitas, respondió Lía.
Y si necesitas ayuda, aquí estoy. Elena sonrió con agradecimiento. Tener a alguien de su lado le daba fuerzas. Cuando terminó su jornada, Adrián la esperaba afuera del edificio apoyado contra su carro. Ella se sorprendió al verlo. ¿Qué hace aquí? Asegurándome de que llegues bien a casa, respondió él. Puedo cuidarme sola. Lo sé, dijo él.
Pero no pienso dejarte sola esta noche. Por un momento, Elena sintió que el mundo dejaba de moverse. Adrián, no quiero que esto lo afecte más. Ya me afecta, respondió él con sinceridad. Y en ese instante algo invisible e intenso empezó a unirse entre los dos. Sin embargo, nada podía preparar a Elena para lo que ocurriría la mañana siguiente, porque al despertar, lo primero que vio en su teléfono fue una fotografía filtrada.
Ella y Adrián entrando juntos al hotel la noche del ensayo. La imagen ya estaba circulando en redes y debajo un mensaje anónimo. Esto apenas comienza. Elena se quedó mirando la foto filtrada en su teléfono durante varios segundos, como si su cerebro necesitara más tiempo del normal para procesar lo que veía sus ojos.
La imagen era clara, nítida, tomada desde una distancia calculada. Ella entrando al hotel junto a Adrián, muy cerca, demasiado cerca para lo que cualquiera consideraría una relación profesional, no importaba que la foto no mostrara nada comprometedor. Bastaba la insinuación. El teléfono no dejaba de vibrar. Mensajes, notificaciones, reenvíos, preguntas.
Algunos de sus compañeros ya le habían escrito, algunos con curiosidad disfrazada de preocupación y otros con comentarios maliciosos. Elena sintió un vacío en el estómago, un mareo repentino. No puede ser, murmuró. La segunda parte del mensaje no ayudaba. Esto apenas comienza. Respiró hondo, se duchó rápido y salió casi corriendo hacia la oficina.
Sabía que ese día sería un infierno. Cuando llegó, los pasillos estaban más silenciosos que de costumbre, pero las miradas lo decían todo. Algunos empleados bajaban la vista al verla pasar, otros disimulaban mal su interés. En su escritorio encontró una nota escrita a mano. “Sabíamos que algo raro había.” la arrugó sin pensarlo.
Minutos después recibió un mensaje corto de Adrián. Mi oficina ahora. Elena se levantó de inmediato y caminó directo hacia la puerta del CEO. Cada paso la hacía sentir más expuesta, como si todos los ojos se clavaran en ella. Cuando entró, encontró a Adrián de pie mirando la foto en su propio teléfono. Su expresión era dura, controlada, pero sus ojos delataban una mezcla de rabia y preocupación.
¿Estás bien?, preguntó él sin rodeos. No, respondió ella con honestidad. No estoy bien. Adrián asintió como si esperara esa respuesta. La foto la enviaron al consejo esta mañana. están pidiendo explicaciones y por supuesto Marco está alimentando rumores por todos lados. Elena sintió un nudo en la garganta. Esto es culpa mía, dijo en voz baja.

No, respondió Adrián con firmeza. No vuelvas a decir eso. No hiciste nada malo. Somos víctimas de un juego sucio. ¿Y qué van a hacer con la foto? intentar convertirla en un escándalo. Elena bajó la mirada. Entonces, ¿qué pasa ahora? Adrián respiró hondo y caminó alrededor de su escritorio como si buscara la forma correcta de decirlo.
Habrá una reunión con recursos humanos y con el consejo. Van a analizar si hubo conducta inapropiada, favoritismo o cualquier cosa que puedan usar para hundirnos. Nos a los dos, respondió él. Elena sintió que el aire se volvía más pesado. No sabía que era peor, que la culparan a ella o que arrastraran a Adrián también.
¿Y qué piensa decirles?, preguntó ella. Adrián guardó silencio unos segundos. La verdad, respondió finalmente, “que no estamos involucrados de manera romántica.” Elena asintió, aunque esas palabras le revolvieron el estómago. No porque fueran mentira. sino porque al escucharla se dio cuenta de que por dentro una parte de ella no quería que fueran tan ciertas.
“Pero hay algo más”, agregó Adrián. “¿Qué cosa? No creo que la foto sea lo único que tengan.” Un escalofrío le recorrió la espalda a Elena. ¿A qué se refiere? Ayer pregunté a seguridad sobre alteraciones de acceso en documentos internos. Alguien está manipulando cosas desde dentro y dejando rastros falsos que apuntan hacia ti.
Y si tienen fotos es porque han estado siguiéndote desde hace días. Elena tragó saliva. Entonces, el hombre que vi es posible, respondió él. Por eso no quiero que vuelvas a casa sola por ahora. No es seguro. Elena negó con la cabeza. No puedo depender de usted así. No es dependencia, Elena”, dijo él con un tono que nunca le había escuchado.
Es sentido común. “Quiero que estés bien.” Ella desvió la mirada tratando de ocultar la presión en su pecho. “¿Qué hay de la gala? ¿Todavía quiere que vaya?” Adrián soltó una breve risa sin humor. “La gala ahora es lo que menos importa. Pero sí debes ir conmigo. Si cancelamos, solo alimentaría los rumores. Elena asintió sin decir nada.
Voy a hacer todo lo posible para protegerte, agregó él. La sinceridad de su voz la estremeció. Nadie había hablado así por ella desde hacía mucho tiempo. “Gracias”, dijo en un susurro. La reunión fue interrumpida cuando apareció un asistente del consejo para decirle a Adrián que lo necesitaban de inmediato. Antes de salir, él la miró una última vez.
Quédate en lugares donde haya gente. No te muevas sola por los pasillos y si ves algo sospechoso, llámame. Elena asintió. Cuando él salió, se quedó un momento en la oficina respirando hondo, intentando recuperar el control. Luego regresó a su escritorio, aunque sabía que no podría concentrarse. Apenas se sentó, recibió un mensaje de Lía.
¿Estás viendo lo que está circulando? ¿Estás bien? Elena respondió con un simple. Luego te explico. Mientras revisaba correos, otro mensaje apareció en su teléfono. Esta vez sin número visible. Te dije que te alejaras. Elena apretó el puño. No podía permitir que alguien la intimidara. No. Ahora. Minutos después, Marco apareció junto a su escritorio como si nada hubiera pasado.
“Vaya, vaya, qué rápido se corren los chismes.” dijo él con una sonrisa burlona. “Lárgate”, respondió Elena sin mirarlo. No seas así, continuó él. Solo quiero asegurarme de que estés bien acompañada, Marco. No tengo tiempo para tus estupideces. Uy, cuidado que ahora te defiendes con más carácter. ¿Será por el CEO? Elena se levantó tan rápido que la silla se movió hacia atrás.
No tengo por qué aguantar tus comentarios. Marco se encogió de hombros. Solo digo lo que todos piensan. No todos piensan como tú, respondió ella con firmeza. Marco se inclinó un poco hacia ella. Créeme, Elena, en esta empresa todos piensan peor de lo que imaginas. Se fue dejándola con un temblor en las manos. A la hora del almuerzo, Elena decidió salir a despejarse.
Caminó unas cuadras hasta un pequeño parque cercano, intentando replantear todo. Necesitaba poner sus ideas en orden, respirar un poco. Mientras estaba sentada en una banca, su teléfono volvió a vibrar. Un mensaje nuevo. Hoy no estás sola. Elena levantó la vista de inmediato, buscando en todas direcciones. El parque estaba lleno de gente, pero eso no le daba paz.
Podía ser cualquiera. Cualquiera podía estar observándola, enviando mensajes, tomando fotos. La angustia comenzaba a desbordarse cuando alguien la llamó. Elena. Ella se giró sobresaltada, pero respiró aliviada al ver que era Lía. ¿Qué haces aquí?, preguntó Elena aún con el corazón acelerado. Vi la foto, te escribí, no contestaste, me preocupé. Vine a buscarte.
Elena intentó sonreír. Estoy bien, creo. No, no lo estás, respondió Lía sentándose a su lado. Pero yo sí estoy aquí. Elena bajó la mirada. Se sentía vulnerable, expuesta, usada por fuerzas que no entendía. Lia, alguien me está siguiendo. Lía la miró muy seria. ¿Estás segura? Sí, lo vi dos veces.
Y los mensajes no sé quién los envía. Lía respiró hondo. Entonces, no te vayas sola a ninguna parte. Voy a acompañarte siempre que pueda. Elena sintió un suave alivio. Gracias, de verdad. Pero ese alivio duró poco porque a mitad de la tarde, cuando regresaron al edificio, la recepcionista las detuvo. Elena, recursos humanos te está buscando.
Dicen que es urgente. Elena tragó saliva. Ahora, ¿qué pasó? No me dijeron, solo que vayas de inmediato. Elena se preparó mentalmente para un nuevo golpe. Caminó hacia la oficina de recursos humanos con pasos firmes, aunque por dentro sentía que el mundo se movía bajo sus pies. Al entrar, encontró a tres personas esperándola.
La atmósfera era fría, tensa. “Toma asiento, por favor”, dijo una de ellas. Elena lo hizo. Uno de los representantes colocó una carpeta frente a ella. “Hemos recibido nueva información”, dijo. Fotografías, reportes alterados y una declaración interna anónima. Y con todo esto hemos decidido suspenderte de manera temporal mientras investigamos.
Elena abrió los ojos. Incrédula. “¿Qué? Pero yo no hice nada.” Lo sabemos, dijo uno. Pero debemos seguir el protocolo. ¿Quién envió esa declaración?, preguntó ella. Es confidencial. Elena sintió un vacío emocional como si le arrancaran algo desde dentro. “Esto es injusto”, dijo con la voz quebrada. Lo lamento”, respondió la mujer.
“Tendrás que dejar el edificio hoy mismo.” Elena no sabía si llorar, gritar o desmayarse. Solo sabía una cosa. Esto no era el final. Era el ataque más fuerte antes de que todo explotara. Hagamos otra broma para quienes solo revisan la caja de comentarios. Escriban la palabra baguette. Los que llegaron hasta aquí entenderán el chiste. Continuemos con la historia.
Elena salió de la oficina de recursos humanos sintiendo que el mundo entero se le venía encima. No recordaba haber caminado hasta elevador. No recordaba haber presionado el botón. Lo único que recordaba era la sensación de vacío, como si todas las horas que había trabajado, todo lo que había hecho por la empresa hubiera sido borrado en cuestión de minutos.
Cuando las puertas se abrieron en la planta baja, vio a Adrián esperándola. Él entendió todo solo con verla. ¿Qué pasó?, preguntó acercándose. Me suspendieron respondió ella, casi sin voz. Adrián cerró los ojos un instante, conteniendo su rabia. Ven conmigo. No puedo. Me dijeron que tengo que dejar el edificio ya mismo.
Ven conmigo, repitió él. Esta vez más firme. Ella asintió. No quería estar sola ni un segundo más. Salieron del edificio por la puerta lateral, evitando a los empleados curiosos. Afuera, el cielo estaba nublado, como si todo en Dancor hubiera decidido acompañar el caos de ese día. Adrián la llevó a un café discreto donde nadie los reconocería.
Apenas se sentaron, él habló con un tono que nunca le había escuchado. Esto fue un ataque directo. Se nota en todo. Las fotos, los reportes, la declaración anónima, todo está perfectamente sincronizado. Siento que me están arruinando la vida, murmuró Elena. No lo van a lograr, respondió él.
No, mientras yo pueda mover un dedo. Pero, ¿por qué me hacen esto? ¿Qué ganan hundiéndome? Adrián apoyó los codos en la mesa. Alguien quiere dañarme. Y descubrieron que tú eres la forma más efectiva de hacerlo. No importa si no hiciste nada, solo necesitan que la duda exista. Elena se masajeó las cienes. Tenía un dolor de cabeza insoportable.
¿Y ahora qué hacemos? Preguntó. Voy a enfrentar al consejo. Dijo Adrián. No permitiré que carguen esto sobre ti. Si hace eso, lo van a culpar aún más. No me importa. Esa frase la dejó inmóvil. Lo dijo con una sinceridad tan cruda que Elena sintió un temblor interno. Adrián tiene que pensar en su posición, en su carrera.
Estoy pensando en ti, respondió él sin dudar. Elena apartó la mirada sintiendo como las emociones se le acumulaban en la garganta. Antes de que pudiera contestar, su teléfono vibró. Era un mensaje de número desconocido. Te dije que te alejaras. No escuchaste. Elena lo mostró a Adrián. Él apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Voy a encontrar a quien está detrás de esto, dijo. Lo juro. ¿Y si no es alguien de la empresa? Preguntó Elena con temor. Entonces, ¿es alguien que me conoce lo suficiente para saber mis puntos débiles? Respondió él. La idea lo dejó pensativo unos segundos. Elena pudo ver en su rostro un dolor silencioso, como si estuviera recordando sombras del pasado que nunca había mencionado.
La conversación se interrumpió cuando una notificación apareció en la pantalla del teléfono de Elena. Era un artículo nuevo. El titular decía CEO de Borealis envuelto en relación dudosa con empleada suspendida. Elena sintió que la sangre se le helaba. No puede ser”, susurró Adrián.
Tomó el teléfono y leyó en silencio. Abajo del titular, el artículo mostraba la foto filtrada acompañada de insinuaciones sobre favoritismo, abuso de poder y mala conducta. Todo encajaba en la narrativa que alguien estaba construyendo contra ellos. “Esto es más grave de lo que pensé”, dijo Adrián. “Están tratando de destruirnos públicamente antes del Gala.
Y si lo logran, el consejo tendrá excusas para removerme. Elena sintió un mareo. Esto es mi culpa. No, interrumpió Adrián de inmediato. Si alguien tiene la culpa es quien hizo esto y lo voy a enfrentar. Elena no contestó. Miró por la ventana tratando de contener las lágrimas. No quería llorar frente a él. No quería parecer quebrada, aunque por dentro sí lo estaba.
“Te llevaré a casa”, dijo Adrián levantándose. “No quiero que vuelva sola. Y si alguien nos ve juntos, ya nos vieron, ya nos usaron. Nada de lo que hagamos ahora cambiará ese daño.” Elena asintió. Cuando llegaron a su edificio, Adrián se estacionó y apagó el motor. Elena se quedó mirando sus manos. Gracias por todo murmuró Adrián. La miró fijamente.
No tienes que agradecerme. No estoy haciendo esto por obligación. Elena sintió que su respiración se aceleraba. Había algo en su mirada que la desarmaba. “Cuídate”, dijo ella finalmente. “Lo haré, pero necesito que tú también te cuides y si pasa algo, cualquier cosa, me llamas de inmediato.” ¿Está bien? Elena bajó del auto, caminó hasta la entrada del edificio, pero antes de entrar volteó.
Adrián seguía ahí mirándola como si quisiera asegurarse de que nada le ocurriera. Ella levantó la mano en señal de despedida. Él respondió con un leve gesto y luego arrancó. Al entrar a su departamento, Elena cerró la puerta y se dejó caer al suelo. Por primera vez en todo el día dejó que las lágrimas salieran. No solo por miedo, sino por la injusticia de todo lo que estaba viviendo.
Después de un rato, se obligó a levantarse. Necesitaba pensar, necesitaba entender. Caminó hasta la mesa y abrió su computadora. Quería revisar los reportes alterados, ver si encontraba algún patrón, algo que pudiera defenderla. Mientras revisaba, una notificación apareció en la pantalla. Nueva carpeta agregada.
Confidencial Elena M. Elena sintió un escalofrío. ¿Qué es esto? Abrió la carpeta. Dentro había documentos falsos, correos manipulados, capturas de pantalla que ella nunca envió e incluso un archivo que insinuaba que había tenido acceso a información del consejo, cosa imposible. “Alguien instaló esto”, dijo horrorizada y entonces lo comprendió.
No solo la estaban vigilando, la estaban preparando para una caída total. Justo cuando iba a cerrar la computadora, alguien llamó a su puerta. Un golpe seco, insistente. Elena se congeló. El golpe se repitió. Elena dijo una voz. Soy yo, Lía. Elena respiró aliviada y abrió la puerta. Le entró de inmediato.
Tenía un mal presentimiento. Dijo, “¿Estás bien?” “No lo sé”, respondió Elena con voz temblorosa. Todo se está saliendo de control. Lía se acercó a verla la cara. “¿No estás sola? ¿Me escuchas? No estás sola.” Elena cerró los ojos unos segundos. “Gracias.” Lía se sentó con ella y la dejó hablar, desahogarse, procesar todo.
Cuando Elena terminó de contarle todo, Lía se quedó en silencio. Esto no es casualidad, dijo. Esto es un ataque profesional y alguien está moviendo hilos muy altos. ¿Crees que Adrián está en peligro? Si están haciendo esto para hundirte a ti, claro que lo está. Elena sintió un vacío en el pecho. No quería que él pagara por algo que solo pretendía ser un acto de ayuda.
Se quedaron en silencio un rato. Luego Lía dijo, “Mañana será un día clave y tú no te vas a caer.” ¿Entendido? Elena asintió, aunque por dentro sabía que lo peor todavía no ocurría, porque al día siguiente todo Vancouvería una segunda foto filtrada. y esa foto sería mucho peor. A la mañana siguiente, Elena despertó con el sonido insistente de notificaciones.
Abrió los ojos con un sobresalto, temiendo lo que pudiera encontrar. Al tomar el teléfono, vio de inmediato la nueva imagen que estaba circulando por toda la empresa y, peor aún, por redes sociales. Era ella, ella y Adrián, sentados en el café donde habían hablado luego de su suspensión. La foto estaba tomada desde afuera a través del ventanal y el ángulo había sido seleccionado con una intención clara, mostrar a ambos inclinados hacia adelante, lo suficientemente cerca como para que pareciera una conversación
íntima. Las manos de Adrián estaban sobre la mesa, cerca de las de ella. No se estaban tocando, pero la imagen insinuaba lo contrario. Debajo, una frase acompañaba la publicación. Reuniones secretas entre el CEO y la empleada suspendida. Favoritismo, encubrimiento. Elena sintió un hueco en el estómago. Ya basta, por favor, susurró.
Se levantó de la cama sintiendo que sus piernas eran de plomo. Apenas podía respirar. Cada nuevo ataque la golpeaba más fuerte que el anterior y no había forma de defenderse. Se preparó rápido, aunque ya no tenía que ir a trabajar, pero necesitaba encontrar respuestas. Antes de salir, recibió un mensaje de Adrián. Reúnete conmigo.
No, en la empresa. Te mando ubicación. Le envió un punto de encuentro cerca del puerto de Dancudor, un lugar aislado, lejos de miradas curiosas. Elena tomó su bolso y salió de su apartamento con pasos rápidos, deseando que nadie estuviera observándola. Durante el trayecto, recibió un mensaje de Lía. Vi la nueva foto.
¿Dónde estás? Voy a ver a Adrián. Te aviso más tarde. Lía solo respondió, “Ten cuidado.” Elena llegó a la ubicación indicada. Adrián estaba esperándola, apoyado contra una varanda con vista al agua. Se veía agotado, como si no hubiera dormido en toda la noche. Cuando la vio acercarse, enderezó la postura. “Gracias por venir”, dijo él.
“Tenía que hacerlo”, respondió ella. Por un momento, ninguno habló. Las olas golpeaban suavemente las rocas y el viento frío parecía cortar la tensión en el aire. “¿Ya viste la foto?”, dijo él finalmente. Sí, esto ya no es un ataque contra ti solamente. Esto es un intento de destruirme públicamente antes de que pueda defenderme frente al consejo.
¿Quieren sacarme del cargo? Elena lo miró. Y van a lograrlo si no hago algo rápido. Sí. ¿Qué piensa hacer? Adrián suspiró. Voy a renunciar. Elena dio un paso atrás. ¿Qué no puede hacer eso? Si renuncio, los rumores pierden fuerza. No tendrán a quien culpar de favoritismo. Y tú podrás limpiar tu nombre sin arrastrar el mío.
No, dijo ella con la voz temblando. Eso no es justo. No puede sacrificar todo por algo que yo no hice. No estoy sacrificando por ti, respondió él. Estoy sacrificando porque es lo correcto. Elena sintió como su garganta se cerraba. ¿Y qué va a pasar con usted con su carrera? Adrián sonrió apenas una sonrisa llena de cansancio. Las carreras se reconstruyen.
La reputación también, pero si te dejo sola en esto, nunca me lo perdonaría. Elena bajó la mirada, incapaz de sostener la mezcla de emociones dentro de ella. Esto no debería estar pasando”, dijo en voz baja. “Lo sé.” Hubo un silencio largo. Adrián parecía debatirse internamente como si aún guardara algo que no sabía si debía decir.
“Elena, yo nunca debí involucrarte en nada de esto. Fui egoísta desde el principio.” “No lo fue.” “Si lo fui”, insistió él. Te pedí que me ayudaras cuando no tenía derecho a hacerlo. Te puse en peligro. Te arrastré a mis problemas y aún así sigues aquí. Elena sintió un temblor en el pecho. Lo sigo porque no podría hacer otra cosa.
Adrián la miró con una intensidad que casi la desarmó. Lo que siento por ti complica todo dijo él en un susurro. Elena abrió los ojos con sorpresa. Él nunca había admitido nada parecido. Adrián, no me respondas, dijo él. No, mientras estés lastimada por mi culpa. No sería justo. Ella tragó saliva sintiendo que las palabras se le atoraban en la garganta.
Quería decirle todo lo que había callado por semanas, pero sabía que él tenía razón. Nadie podía hablar de sentimientos en medio de un ataque tan calculado y cruel. ¿Qué va a hacer ahora?, preguntó ella con dificultad. Hoy mismo convocaré al consejo. Voy a asumir toda la responsabilidad pública. Tú no quedarás marcada por esto.
No me use como excusa para renunciar, pidió ella con un hilo de voz. No eres una excusa, respondió él. Eres la razón por la que voy a parar esto antes de que te destruya. Elena cerró los ojos unos segundos. Sentía un peso enorme en el pecho. Quería detenerlo, abrazarlo, pedirle que no lo hiciera, pero sabía que Adrián estaba decidido.
Era la única forma que veía para protegerla. “¿Hay algo más?”, dijo él mirando hacia el agua. El periodista que publicó la nota recibió correos de alguien dentro de la empresa. Descubrimos que varios mensajes fueron enviados desde un usuario vinculado a Marco. Elena sintió un impulso de rabia.
Lo sabía, pero no podemos comprobar que fue él quien envió la foto a menos que alguien lo enfrente directamente. ¿Quién? Adrián la miró fijamente. Tú. Elena se quedó helada. No, él me odia. Si lo enfrento, será peor. Si no lo haces, seguirá atacándote. Necesitas demostrarle que no le tienes miedo. Elena apretó los dientes.
Sabía que Adrián tenía razón, pero enfrentarse cara a cara con Marco era lo último que quería. Lo haré, dijo finalmente. No sola respondió Adrián. Estaré cerca. Elena asintió. Horas después se presentó en la oficina, aunque estaba suspendida. Varias personas la miraron sorprendidas. Caminó directo hacia el área donde Marco trabajaba.
Él estaba sentado actuando como si nada hubiera pasado. “Necesito hablar contigo”, dijo Elena. Marco sonrió sin levantar la vista. “¡Qué sorpresa! Creí que ya no podías entrar. Necesito que me mires”, dijo ella. Marco levantó la cabeza con ese gesto arrogante que tanto la irritaba.
“¿Qué pasa ahora?” “Sé lo que hiciste”, dijo Elena con firmeza. Alteraste mis reportes, enviaste fotos, filtraste información al periodista. “Estás jugando sucio y no lo voy a permitir.” Marco soltó una carcajada. “¿Y cómo vas a probarlo?” Elena mantuvo la postura. Lo voy a hacer y cuando lo haga, tú serás el que termine fuera de esta empresa.
Marco se acercó a ella con una sonrisa peligrosa. No tienes idea de lo que estás diciendo. Eres una empleada suspendida. Una más. Nadie te va a creer. No necesito que me crean hoy, respondió ella. Solo necesito que entiendas que ya no le tengo miedo a tus juegos. Por un instante, Marco pareció desconcertado. No esperaba que ella lo confrontara así.
Pero antes de que pudiera responder, Adrián apareció detrás. Yo sí le creo dijo él. El rostro de Marco perdió todo color. Señor Villaseca, tú y yo hablaremos luego, dijo Adrián. Por ahora, quiero que te alejes de ella. Marco bajó la mirada como si hubiera recibido un golpe. Elena sintió una mezcla de alivio y tensión.
Había dado un paso importante, aunque sabía que la guerra no estaba ganada. Más tarde, Adrián convocó al consejo. Elena no estuvo presente, pero supo lo que pasó por un mensaje que él le envió horas después. Renuncié. Puedes caminar libre. Elena sintió que el corazón se le rompía y al mismo tiempo algo dentro de ella se liberaba.
No sabía si debía llorar o gritar. Solo sabía que esa renuncia lo cambiaba todo. Pasaron semanas. Elena fue absuelta de toda culpa gracias a una investigación externa. Marco fue despedido. La empresa trató de recuperar su reputación y ella ella intentó rehacer su vida, aunque sentía un vacío constante al saber que Adrián ya no estaba ahí.
Hasta que un día, en el mismo supermercado donde todo empezó, lo vio de nuevo. Estaba escogiendo una botella de agua. Al verla, sonrió con una mezcla de nostalgia y alivio. Hola, Elena. Ella sintió un vuelco en el corazón. Hola. Él dio un paso hacia ella. Me alegra encontrarte. Pensé que no querrías volver a verme. No debería, respondió ella, pero aquí estoy y yo también.
Hubo un silencio breve, cálido. Adrián, empezó ella, no tienes que decir nada, respondió él. Solo quiero saber si estás bien. Ella sonrió suavemente. Estoy mejor ahora. Él asintió. Después dijo algo que hizo que todo lo vivido valiera la pena. Elena, ¿te gustaría empezar de nuevo? Sin cargos, sin empresa, sin miedos.
Ella lo miró durante un largo segundo y respondió, “Sí, me gustaría eso.” Los dos se quedaron allí. mirándose como si finalmente el mundo dejara de girar tan rápido. A veces los comienzos más extraños llevan a los finales más inesperados y ese era uno de ellos. Gracias por acompañarnos hasta el final de esta historia.
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