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COMO HERENCIA, LA JOVEN EMBARAZADA RECIBIÓ UNA CASA DE PAJA — Y EL CIELO SORPRENDIÓ A TODOS…

 Cuando Remedios quedó embarazada, Rodrigo desapareció sin despedida, sin carta, sin nada, como si nunca hubiera existido. Ella tardó dos meses en decírselo a su padre, dos meses cargando ese secreto sola, rogándole a Dios que Rodrigo regresara, que todo fuera un malentendido. Pero Rodrigo no volvió. Y el vientre no mentía.

 El día que se lo dijo a don Aurelio fue un martes por la tarde. Él estaba sentado en la sala leyendo el periódico con los lentes puestos y una taza de café en la mesita. Remedios se paró frente a él con las manos juntas y le dijo todo. Que estaba embarazada, que Rodrigo se había ido, que tenía miedo. Él no gritó.

 Eso fue lo peor. No gritó, no lloró, no se levantó, solo dobló el periódico despacio, se quitó los lentes, los limpió con el pañuelo y la miró con esa cara suya fría, cerrada, como puerta que ya no tiene bisagra. Esta casa ya no es tu casa, dijo. Tres días después, una mañana de jueves, sacaron sus cosas en dos costales.

 La tía Consuelo los preparó, tirando la ropa sin doblar como si fuera basura. Don Aurelio no salió a despedirla. El vecino fulgencio, que hacía mandados para la ferretería, la llevó en su camioneta vieja. No le habló en todo el camino, solo manejó. Remedios. Iba sentada en el asiento de adelante con una maleta vieja de cartón apoyada entre las piernas y un sombrero de palma puesto para cubrirse del sol que pegaba fuerte por el parabrisas.

Llevaba la mano libre sobre el vientre, protegiéndolo sin pensar como hacen las madres antes de saber que ya lo son. Iban por un camino de terracería que ella nunca había tomado, alejándose del pueblo, subiendo hacia el cerro que la gente llamaba el cerro del Saú, porque había un árbol de sauce grande y viejo a la mitad de la loma.

 El camino era polvo y piedra con baches que hacían rebotar la camioneta. Con cada sacudida remedios apretaba más la mano sobre el vientre. Llegaron a un terreno apartado, rodeado de monte cerrado, y allí, recargada contra la ladera, había una choosa. Ni siquiera se le podía llamar Jacal. Era una construcción vieja de palos y lodo, con techo de zacate sucio y agujereado.

En lugar de puerta había un costal de Xle colgado de un clavo. Las paredes tenían grietas por donde entraba el viento. El suelo era tierra apelmazada y húmeda. Fulgencio bajó los costales sin decir palabra, subió a la camioneta y se fue. Remedios se quedó parada frente a aquella cosa con la maleta en la mano y el sombrero todavía puesto. Mirándola.

El viento movía el costal de la entrada. A lo lejos, un pájaro gritó en el monte. El olor era a tierra mojada y a encierro, al lugar donde nadie había vivido en mucho tiempo. Tenía 19 años, 7 meses de embarazo y estaba completamente sola en el cerro. Entró despacio. El interior era oscuro y chico.

 Había una tabla vieja recargada en la pared que tal vez servía de cama, un cajón de madera sin tapa en la esquina y en el rincón del fondo un montón de paja vieja y seca apilada contra la pared, cubierta de polvo y telarañas. El techo era tan bajo que con estirar el brazo casi se tocaba. Por los agujeros del zacate se colaban rayos de luz que iluminaban el polvo flotando en el aire.

Se sentó en el suelo, no en la tabla, en el suelo. Con la espalda en la pared fría, puso las manos sobre el vientre y sintió al bebé moverse. Ese movimiento suave que llevaba semanas sintiéndose y por primera vez desde que salió de casa de su padre lloró. Lloró sin ruido, sinoos, solo con las lágrimas cayendo solas.

 Lloró por ella, lloró por el bebé, lloró por la madre que no tenía, lloró por el hombre que la abandonó y por el padre que la echó. Lloró hasta que no quedó nada y cuando se acabaron las lágrimas se quedó mirando el rincón del fondo, la pila de paja vieja. Había algo que brillaba debajo. Al principio pensó que eran ojos de animal.

 Dio un respingo y se pegó más a la pared, pero los ojos no se movían, no parpadeaban, solo brillaban con ese filo metálico quieto que tiene el hierro viejo cuando le pega la luz. Se levantó despacio con esa pesadez que da el embarazo en los últimos meses y se acercó. Apartó la paja con el pie. Debajo había una argolla de hierro gruesa, oscura de óxido, sujeta a una tabla que no era parte del suelo natural.

 Era una tabla clavada, diferente al resto, más reciente. Se arrodilló con dificultad. Pasó la mano por la argolla, estaba fría y pesada. Tiró suavemente, no se movió, tiró más fuerte y de pronto la tabla chirrió, un sonido seco que llenó la chosa y le heló la sangre. Soltó y retrocedió el corazón disparado. Esperó. Nada pasó.

 Se quedó mirando aquella argolla por un largo rato. Algo dentro de ella, más fuerte que el miedo, le decía que aquello no estaba allí por casualidad. Pero era tarde, el sol empezaba a bajar. Tomó ropa de los costales, tapó los agujeros que pudo con lo que encontró, acomodó la tabla vieja para dormir y se envolvió en lo que tenía.

 El frío de la noche entró por todos lados. El monte sonaba, crujía, respiraba. Remedio se quedó despierta con los ojos abiertos, el vientre encima de ella como un mundo propio, rezando en voz muy baja. A la mañana siguiente, con la luz del día, volvió a la argolla. Esta vez jaló con fuerza con las dos manos, inclinando todo el peso del cuerpo hacia atrás.

 La tabla crujió, se resistió y luego se dio de golpe con un golpe sordo. Levantó una nube de polvo que la hizo toser. Cuando se dispersó, vio lo que había debajo, un hueco en la tierra, hondo, oscuro, y dentro, apilados con cuidado, costales de tela amarrada con mecate grueso. El corazón le latió tan fuerte que lo sintió en los oídos. Sacó el primer costal.

 Era pesado más de lo que esperaba y tuvo que sentarse en el suelo para abrirlo con cuidado, desatando el nudo con los dedos torpes del nervio. Cuando la tela se abrió y vio el contenido, se quedó sin aliento. Monedas, monedas de oro, muchas apiñadas hasta el borde, viejas con un peso de un lado y un águila del otro.

 Las tomó una por una, mirándolas, pasándolas entre los dedos. Eran reales, eran pesadas, eran oro. Volvió al hueco. Había cuatro costales. El segundo también tenía monedas. El tercero tenía piedras de colores rojas y verdes y una casi transparente que brillaba como si tuviera luz propia. El cuarto tenía monedas de plata, más oscuras, más gastadas, pero igual de pesadas.

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