La casa no era grande ni pequeña, era justa, como él mismo decía cuando alguien le preguntaba cómo era su vida, justa, con lo que se necesita y sin lo que estorba. Tres cuartos. Una cocina que daba al patio, un patio con piso de cemento donde crecían en macetas y en la tierra algunas plantas que Hortensia, su esposa, había sembrado con sus propias manos a lo largo de los años.
Hortensia había muerto 4 años atrás, un martes de febrero que amaneció despejado y terminó con lluvia. murió en su cama despacio, como había vivido, sin aspavientos y con la misma dignidad callada que tuvo para todo. Desde entonces, Eusebio vivía solo en la casa justa. Sus hijos, que vivían en distintas ciudades, llamaban los domingos.
Venían en diciembre y a veces en verano. Le dejaban el refrigerador lleno y se iban con esa mezcla de alivio y culpa que tienen los hijos cuando dejan a sus padres viejos en las casas donde los criaron. Eusebio no se quejaba. Nunca había sido hombre de quejarse. Se levantaba a las 6, hacía sus ejercicios lentos en el patio, calentaba el café que preparaba la noche anterior y salía a regar.
Regaba todas las plantas con el orden que Hortensia le había enseñado. Primero las que daban al oriente porque recibían el sol de mañana, luego las del centro, luego las del rincón. La maceta de barro oscuro era siempre la última. Había quienes lo veían desde la calle y lo saludaban. Eusebio respondía con la mano.

Algunos, los que lo conocían de años, sabían que era hombre de pocas palabras, pero de ninguna palabra falsa. Que si decía que algo iba bien, era porque iba bien. Que si no decía nada, era porque estaba pensando. Lo de la planta seca era algo que los vecinos también habían notado. Nadie le preguntaba.
Con los hombres viejos y tranquilos, hay preguntas que uno aprende a no hacer. Para entender la maceta, hay que regresar 53 años a una tarde de abril en que Eusebio Carranza tenía 28 años y trabajaba de ayudante en una ferretería del centro del pueblo. Era viernes y había llovido en la mañana.
Las calles olían a tierra mojada y a las flores del jacaranda, que ese año habían florecido tarde. Eusebio barría la acera cuando vio a una mujer joven que venía caminando por la banqueta con una maceta en los brazos. Una maceta grande de barro con una planta que le salía por todos lados y que claramente pesaba más de lo que ella esperaba cuando decidió cargarla sola.
La mujer avanzaba con pasos cortos y concentrados, mirando el suelo para no tropezar. con los brazos en tensión y los labios apretados en esa expresión de quien no va a pedir ayuda aunque le cueste la espalda. Eusebio dejó la escoba apoyada en la pared y se acercó. ¿Le ayudó con eso? Ella lo miró. Tenía los ojos oscuros y una mancha de tierra en la mejilla que claramente no sabía que tenía.
“Ya casi llego”, dijo. “¿A dónde va?” “A la esquina. Son media cuadra más. Déjeme ayudarle. Ella dudó un momento. Luego, con la lentitud de quien cede rendirse, le pasó la maceta. Pesaba como piedra de río. Caminaron a la esquina. Eusebio llevaba la maceta y ella caminaba a su lado con las manos libres, sin saber del todo con ellas.
Es una bugambilia, dijo ella, como explicándose a sí misma. La compré porque se veía bonita, pero no calculé bien el peso. ¿A dónde la va a poner? En el patio de mi casa. Quiero que suba por la barda. Las bugambilias suben bien, dijo Eusebio. Pero necesitan sol directo. Su patio da al oriente. Ella lo miró de costado.
¿Usted sabe de plantas? Lo que me enseñó mi madre. Llegaron a la esquina. Ella señaló una puerta de madera verde a mitad de la cuadra siguiente. Eusebio cargó la maceta hasta la puerta. Ella la abrió y él entró al patio, que era pequeño y cuadrado, con una barda de adobe y una buena cantidad de sol cayendo de plano sobre el centro.
“Aquí”, dijo él, dejando la maceta donde la luz llegaba sin interrupción. Pegada a esta barda, va a crecer hacia arriba. En dos años cubre todo el muro. Ella lo miró, luego miró la maceta, luego volvió a mirarlo a él. Gracias, dijo. Se llama Hortensia. Eusebio no supo en el momento si le estaba diciendo el nombre de la planta o el suyo propio. Era el suyo propio.
Se casaron dos años después en la iglesia del pueblo, un sábado de octubre con el cielo despejado y el olor acopal mezclado con el olor a tierra que había llovido la noche anterior. Hortensia llevaba un vestido blanco que su madre le había cosido a mano durante tres meses y un ramo de bugambilias cortadas del mismo patio donde Eusebio la había conocido.
En ese patio, la bugambilia había crecido exactamente como él predijo. Subía por la barda, se extendía hacia los lados, florecía en temporada con esa generosidad desmedida que tienen las bugambilias cuando encuentran el sol que necesitan. Cuando se mudaron a la casa nueva, Hortensia cortó una rama con raíz y la sembró en una maceta de barro que compró en el mercado.
Una maceta grande, oscura, con fondo de piedritas para que drenara bien. La bugambilia de la maceta tardó en agarrar. Hubo un invierno en que pareció que no iba a sobrevivir. Las hojas se fueron cayendo una a una y el tallo se puso gris y tieso. Eusebio quiso tirar la maceta. Hortensia le dijo que esperara.
Espera que todavía no termina. Y no había terminado. En primavera salió un brote del tallo gris, luego otro. Y para el verano, la bugambilia de la maceta tenía más flores que ningún año anterior. Los años que vinieron fueron años de vida ordinaria, que es el tipo de vida que desde adentro parece poco y desde afuera con el tiempo suficiente resulta ser todo.
Eusebio trabajó en la ferretería hasta que pudo comprarla. La administró con los mismos principios con que su padre le había enseñado a tratar las cosas. con cuidado, sin desperdiciar, arreglando lo que se podía arreglar antes de reemplazar. Hortensia llevaba la contabilidad con una libreta y un lápiz y una capacidad para los números que nunca dejó de sorprenderlo. Tuvieron tres hijos.
Los criaron en la casa justa con lo justo, que resultó ser suficiente para que los tres terminaran escuela y se fueran a vivir sus vidas propias en ciudades más grandes. Las mañanas de Eusebio y Hortensia tenían un ritmo que fue tomando forma solo, sin que nadie lo decidiera.